Retóricas del espacio público y producción del espacio urbano desde las resistencias

Fuente: #EnsPlantem

Este texto es un fragmento del capítulo introductorio al libro “La ciudad mercancía. Turistificación, renovación urbana y políticas de control del espacio público“, y fue escrito junto a Juliana Marcús, Martín Boy, Sergi Yanes y Beppe Aricó.

Retóricas del espacio público y producción del espacio urbano desde las resistencias

Existen, por otro lado, elementos cruciales que definen y caracterizan a las actuales retóricas del espacio público, un término que, durante las últimas décadas, ha llegado a encarnar un concepto intrínsecamente etéreo y paradójico y del que algunos autores consolidados han hecho bandera y acción (como, por ejemplo, Jordi Borja, en sus publicaciones de 2003 y 2014). Aunque la idea de espacio público se funda, a un nivel meramente teórico, en la igualdad entre todos los miembros que lo ocupan y transitan, en la práctica éste funcionaría en base a la exclusión. De hecho, lo que realmente subyace a este concepto no sería sino un discurso prefabricado que se fundamenta en el carácter consensualista y, por ende, sustancialmente burgués que el propio Jürgen Habermas asignara a la idea de esfera pública (Delgado, 2011). Evidencia bien ilustrativa de ello sería el actual discurso mediático, político y económico, que legitima e incluso eleva el espacio público a la categoría de valor. Se trataría de una verdadera retórica estructurada de tal manera que se oculta, a la vez que resuelve, las contradicciones que se dan en el mismo. Así, los conflictos sociales profundos, que repetidamente se vuelven a presentar en la realidad práctica y simbólica de espacios públicos concretos, esto es, en lo urbano, son presentados como consecuencia de determinadas fórmulas urbanísticas que se pretenden urbanas y, por tanto, son solucionables desde la intervención física. Ligado a ello, y como si de un ideal normativo se tratara, el espacio público aparece insistentemente representado como un lugar armonioso e igualitario, reflejando el producto de cierto imaginario social –destinado a las clases medias, pero también a los y las turistas– antes que un lugar empíricamente constatable.

La inoculación de estos elementos ideológicos en la calle constituiría la elevación a norma del ideal burgués de un espacio desconflictivizado y civilizatorio, en el cual desaparecerían mágicamente todas las desigualdades sociales reales gracias a las habilidades deliberativas de sujetos racionales capaces de superar sus diferencias mediante el diálogo. Sin embargo, la calle, con su caótica deriva, no parece el espacio ideal para situar la mítica esfera pública. Así, los que quieren transformar la calle en espacio público, entendido desde el consensualismo liberal habermasiano, se encuentran con la presencia ineludible de las denominadas resistencias.

Efectivamente, la irrupción e inmediata censura de los usos y prácticas no regladas en el espacio público revelaría que la esfera pública se encuentra conformada por la confrontación entre diversos públicos que pugnan por el espacio. De ese modo, la tensión en el espacio público aparece de igual forma en los casos donde los sectores más vulnerables se autogestionan a partir de una serie de prácticas de las denominadas informales, que, si bien a primera vista parecen espontáneas, en realidad están profundamente organizadas. Estas prácticas, además, las suelen llevar a cabo actores sociales percibidos por el imaginario hegemónico como sectores naturalmente excluibles del espacio público –inmigrantes, trabajadoras sexuales, vendedores y vendedoras ambulantes, personas que viven en la calle, cartoneros y cartoneras, etc.–, pero que hacen de la calle su refugio, campo de juegos o medio de subsistencia asumiendo formas de desorganización social de carácter no burocrático.

Así, cabe preguntarse en relación a esto, ¿hasta qué punto las retóricas del espacio público consiguen conformar, normativizar y fiscalizar lo urbano en directa consonancia con los valores de las democracias liberales?, ¿es posible que el espacio público se construya también gracias a las prácticas periféricas llevadas a cabo desde las resistencias, es decir, mediante la acción contestataria de diferentes colectivos excluidos y marginalizados?, ¿quiénes quedan excluidos y excluidas cuando se señala que el espacio público es de y para todos y todas?, ¿el espacio público representa simplemente un concepto, un ideal, una creencia, o refleja también la forma urbana que adoptan los conflictos, es decir, el escenario donde se manifiestan y materializan disputas concretas que apelan, precisamente, al tan manido derecho a la ciudad?

Estas y otras preguntas intentarán ser abordadas en la presente publicación. Sin ánimo de dar respuestas acabadas, este libro persigue el objetivo de avanzar, desde las ciencias sociales, en el conocimiento de los nuevos roles que el turismo, el patrimonio, las reformas urbanas y el espacio público desempeñan en las urbes contemporáneas.

El libro puede ser descargado gratuitamente pinchando en el siguiente enlace:

La ciudad mercancía. Turistificación, renovación urbana y políticas de control del espacio público

PS: La foto de arriba muestra los planes del actual Ajuntament de Barcelona para hacer desaparecer el Hort de La Vanguardia, espacio autogestionado y vecinal del barrio del Poblenou, por un parque higienizado y bajo control.

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Las nuevas sucursales bancarias: entre el agujero en la pared y la desigualdad social

Fuente: eldiario.es

Este artículo fue publicado originalmente en el Diario Público el día 04/12/2018

Las nuevas sucursales bancarias: entre el agujero en la pared y la desigualdad social

José Mansilla y Horacio Espinosa, Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU)

A hole in the wall, así es como se denomina informalmente en los países de ámbito anglosajón a los cajeros automáticos. Literalmente quiere decir “un agujero en la pared” y, hasta hace poco, eran infrecuentes en nuestro ámbito territorial más cercano. De hecho, a nivel catalán y estatal, estos dispensadores electrónicos de dinero se han dispuesto, de forma habitual, en el interior de las oficinas, en una estancia separada. Esto permitía, por un lado, mantener el servicio una vez que las sucursales bancarias se cerraban y, por otro, ofrecer cierta confidencialidad y discreción a los potenciales clientes. En ámbitos latinoamericanos, a modo de ejemplo, en Argentina o México, este fenómeno es completamente desconocido, ya que todos aquellos y aquellas que se dirigen a un cajero en horas de cierre comercial buscan, sobre todo, seguridad.

No obstante, hay otro uso -no directamente vinculado con la actividad bancaria- que, lamentablemente, es cada vez más frecuente en el Occidente capitalista. Se trata de la ocupación, por parte de individuos que carecen de habitación, de las estancias de los cajeros para resguardarse de las inclemencias del tiempo y/o pasar la noche. De hecho, no es posible descartar que el incremento de este sector de la población en busca diaria de un sitio donde dormir y resguardarse no se encuentre directamente relacionado con la proliferación de los agujeros en la pared en nuestras ciudades.

Así, hace unos meses, la Caixa Bank ha comenzado sus planes de reestructuración referidos a su red de sucursales. Se trata de un proceso que finalizará con el cierre de unas 800 oficinas, con el consecuente ajuste de personal, además de un profundo cambio en la forma en que han venido trabajando hasta ahora. Gran parte de típicas sucursales serán ahora Stores, grandes tiendas que primarán la experiencia bancaria, signifique eso lo que signifique. Oficialmente, el objetivo de tal transformación es ofrecer un servicio más cercano a los clientes multicanal, esto es, aquellos que no solo operan online, sino también de forma presencial, ya que estos consumen más productos bancarios que el resto. Otras novedades señaladas son la extensión del horario de atención al cliente hasta las 18.00 h.-, así como un aumento de la productividad por parte de los trabajadores y trabajadoras del Banco.

Sin embargo, no se nos escapa que podrían existir otros motivos en lo relativo a tal proceso. La aparición de estas Stores viene acompañada de un rediseño del espacio de las oficinas. Grandes espacios diáfanos, a modo de esos loft  tan del gusto de las pseudo-start ups, donde, como no podía ser de otra manera, los cajeros automáticos son expulsados a la calle. En Barcelona, los cajeros automáticos deben de pagar una tasa por tener estos dispensadores abiertos en la vía pública a menos de 80 cm de línea de fachada; un pequeño precio por expulsar a posibles ocupantes ocasionales y delegar la seguridad y la intimidad de los clientes bancarios en ellos mismos y los servicios públicos. Además, ya se sabe que un grupo de pobres durmiendo en los cajeros no encaja en la nueva imagen que el grupo bancario quiere imprimir a sus oficinas.

En definitiva, todo son ventajas para el grupo bancario catalán: mejor diseño de interiores y desplazamiento de la desigualdad social, aunque en este caso lo podríamos denominar como arquitectura preventiva y anti-social. No sería la primera vez que La Caixa se encuentra tras un proceso de expulsión de población vulnerable; no hay que olvidar que la proliferación de los llamados narcopisos del Raval solo ha sido posible gracias a que las entidades bancarias, incluida La Caixa, son propietarias de más de la mitad de un parque de vivienda que quedó vacío como resultado de la ola de desahucios que los mismos bancos efectuaron.

De esta forma, la nueva red de Stores que deja en la calle a personas sin hogar sería un elemento más en la larga cadena de conductas insolidarias a la que nos tiene acostumbrados las entidades bancarias.

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La clase media de izquierdas en el diván

Fuente: Propia

No hace mucho, durante la presentación en Barcelona de su libro Un sociólogo urbano contracorriente, el sociólogo Jean-Pierre Garnier contaba cómo los divanes de los psicoanalistas estaban llenos de pacientes izquierdistas de clase media. Garnier, con su habitual tono burlón, justificaba esta sobreabundancia señalando que éstos eran incapaces de gestionar y conjugar emocionalmente su ideología, por un lado, y sus gustos, necesidades y formas de vida pequeño-burguesas, por otro. Y algo de esto hay.

Las clases sociales son una cuestión compleja. En sociedades post-capitalistas como la nuestra, los sectores productivos se hallan enormemente segmentados y diversificados y, de forma consecuente, la fragmentación social se ha convertido en norma. Bajo un prisma clásico, distinguir o adjudicar la pertenencia a una u otra clase social a los grupos e individuos se ha vuelto complejo, por no decir imposible, ya que la tradicional división entre capitalistas/burgueses y proletarios/trabajadores basada en la posición de los medios de producción hace tiempo que dejó de ser de utilidad para tal fin, si es que alguna vez fue una realidad. La aparición de una masa, más o menos importante, de trabajadores pertenecientes a sectores intermedios –profesionales liberales, gestores, técnicos especializados, etc.-, los cuales no mantienen una situación de dependencia tan directa del Capital como los obreros clásicos, ha devenido en el nacimiento de sociedades de clases medias, las cuales han aportado cierta estabilidad a las democracias liberales aparecidas tras la II Guerra Mundial. Para el surgimiento de las mismas ha sido fundamental el papel jugado por el Estado, el cual, garantizando determinados bienes de consumo colectivo –sanidad, educación a todos los niveles, etc.- ha fomentado y garantizado su preeminencia. Ahora bien, las reformas neoliberales acontecidas en el Occidente capitalista desde los años 70 del pasado siglo han erosionado, en gran medida, esta situación. La sucesiva desregulación y privatización de amplios sectores productivos, así como las consecuentes reformas laborales, han dado al traste con la seguridad en el trabajo y gripado el tan manido ascensor social. Nos hallamos antes una sociedad donde la precarización es la norma, sobre todo en los grupos sociales más jóvenes, y donde la desigualdad es, cada vez más, el pan nuestro de cada día.

No obstante, aunque a nivel material estas clases medias han perdido gran parte de su protagonismo, no ha sido así a nivel simbólico, manteniéndose de forma intacta, para vastos sectores de la población, su carácter aspiracional. Las clases medias son, hoy día, más una idea, un objetivo, que una realidad. Ser de clase media significaría, de este modo, unos ingresos, pero también la pertenencia a un determinado grupo que mantiene unos referentes, unas determinadas prácticas de consumo y una estética común. Este grupo social, proveniente en parte de entornos y contextos familiares populares, reconocería, además, su situación como privilegiada, de forma que no cejarían en buscar cierta legitimidad y respaldo social. Entre estos elementos de anclaje identitario se encontraría no solo la ciudad donde vivir, sino también el barrio, la calle e incluso la vivienda. Y atentos a estas necesidades, y a la búsqueda siempre incesante de las plusvalías, se encontraría el capital inmobiliario.

Es así que, en el barcelonés barrio del Poblenou, justo en su zona más antigua, se pusieron a la venta hace no más de dos años, un grupo de viviendas que ocupan una antigua parcela que había acogido una fábrica de jabones, primero, y un huerto okupado después. El conjunto, tal y como señala la web de sus arquitectos, supone “12 casas [las cuales] se anclan en la tradición urbana del Poble Nou y lo manifiestan mediante una pequeña intervención en sus muros de planta baja que recuerda los nombres de su Historia”. Las pareces que dan a las calles Fernando Poo y Sant Francesc acogen nombres vinculados al barrio: la Granota. Trofeu Mans. La França Xica. El tio Che. Pa amb vi i sucre. l’Aliança. Ateneu Colón. Joncar. Teneria Barcelonesa. Ca l’Aranyó, El Sabre de Plata, la Flor de Maig y otras, de forma que aportan el barniz de legitimidad histórica y popular que necesitan sus compradores. Los precios, en torno a los 725 mil euros por una vivienda de más de 154 m2, hacen imposible su adquisición por los originales moradores del barrio, mientras que las clases medias, mediante esta simple intervención simbólica, pueden ver disminuir su asistencia a los divanes que nos mencionara Garnier.

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La cuestión turística como cuestión global

Fuente: puntoporpunto.com

La cuestión turística como cuestión global

Durante los últimos meses, diferentes colectivos y grupos conformados por adolescentes y jóvenes de todo el mundo se han venido manifestando de forma sostenida en torno a la lucha contra el cambio climático. Los denominados Fridays for Future no han obviado el papel que el turismo juega en esta dinámica global. A modo de ejemplo, el pasado 20 de septiembre, más de 40 colectivos de jóvenes mexicanos reclamaron al Presidente Andrés Manuel López Obrador, entre otras cosas, la cancelación de las obras de infraestructuras que posibilitarían la puesta en marcha del conocido como Tren Maya; un tren que permitiría el transporte de turistas de sol y playa desde y hacia Cancún y la Riviera Maya, las ruinas de Palenque y otros centros de interés arqueológico. Con un recorrido de más de 1.500 km., y atravesando hasta cinco estados del sur de México, su desarrollo e implementación podría acabar con gran parte de uno de los mayores continuos de bosque tropical húmedo de Mesoamérica, cuyo papel en la fijación de carbono y el mantenimiento de la biodiversidad se consideran fundamentales para la lucha contra el cambio climático y la existencia de determinadas formas de cultura.

El turismo es un hecho social total en cuanto que como acción humana de índole colectiva acoge en su seno un conjunto de prácticas de carácter amplio que nos obligan a realizar un esfuerzo por comprender su naturaleza holística. En su vinculación con el medio ambiente, la respuesta social ofrecida por diferentes colectivos a la hora de enfrentar el cambio climático, podría ser encuadrado dentro de lo que, junto a Claudio Milano, he denominado La cuestión turística: el activismo turístico y la turistificació de los movimientos sociales; una crítica, cada vez más organizada, que reivindica modelos sociales y económicos alternativos al imperante en muchos territorios y que podría ser interpretada en función de la posición de sus protagonistas en procesos concretos de desposesión.

Se trataría, en definitiva, de la re-introducción de los aspectos materiales en el análisis de la relación entre movimientos sociales y turismo, abandonando anteriores y estériles marcos interpretativos que no perseguirían otra cosa que mostrar una realidad neutra medioambientalmente, pero también despolitizada y desconflictualizada, solo acta para la continuación de dinámicas de generación de desigualdad y exclusión.

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Barcelona turística, ¿renacimiento urbano o ciudad medieval?

Fuente: propia

Durante la primera década del nuevo siglo, algunas de las más importantes ciudades del Reino Unido pasaron por un periodo que, desde ámbitos académicos y mediáticos, se ha venido denominando urban renaissance o renacimiento urbano. A lo largo de esos años, urbes como Liverpool, Manchester, Leeds, Cardiff, Bristol y otras, cuyo denominador común sería el hecho de haber vivido tiempos mejores durante el fastuoso pasado industrial del país, y que venían desarrollando un potente proceso de periferización y pérdida de población desde los años 50 del pasado siglo, despertaron a una suerte de regeneración con un alto protagonismo de sus centros urbanos. Es precisamente esta dinámica, basada en el desarrollo de políticas con base en incentivos fiscales, así como en la desregulación de parte de sus normativas urbanísticas, la que ha pasado a la posterioridad y ha servido de modelo a numerosas ciudades a nivel global.

Es de entender que la calificación de renacimiento urbano para este tipo de procesos/políticas vendría fundamentado en la acepción canónica de renacimiento como “acción de renacer”, es decir, de vuelta a comenzar después de un periodo en el que, se entiende, estas ciudades habrían muerto. Gran parte de las críticas realizadas a los efectos de estas políticas no provinieron de sectores afectados por su potente impacto, o por una academia siempre radicalizada, sino desde instituciones y organismos de tinte conservador que subrayaron la incapacidad de las medidas diseñadas de hacer frente a los futuros problemas de estas ciudades. Así, el think tank Policy Exchange, en un informe elaborado en 2008 y titulado Success and the city, señalaba cómo la planificación elaborada preparaba a estas urbes para un modelo económico atrasado, similar al del siglo XIX, afectando, de paso, a otras ciudades que, en ese momento, comenzaban a despuntar. En definitiva, mediante la implementación de las mencionadas políticas comenzaba un proceso de competencia por la atracción de capital y visitantes que afectaba a los intereses de su entorno inmediato.

El fenómeno de la competencia global de las ciudades fue magníficamente descrito por David Harvey en su canónico artículo de 1989 From managerialism to entrepreneurialism the transformation in urban governance in late capitalism. En él, el geógrafo inglés describía los resultados que tales políticas suponían para las ciudades, entre las que podemos mencionar “the vigour of inter-urban competition for capitalist development (investment, jobs, tourism, etc.) [that] has strengthened considerably” (Harvey, 1989: 10).

En el caso de la ciudad de Barcelona, el papel desarrollado por las administraciones local, regional y estatal, en este fortalecimiento de la competencia capitalista, venía llevándose a cabo desde hacía décadas, aunque no es descabellado afirmar que vivió un impulso decisivo a raíz de la declaración de la ciudad como sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Es ahí que Barcelona comienza a vivir su particular urban renaissance, hecho que tuvo particular incidencia en barrios como el Poblenou.

Aunque parte de las instalaciones olímpicas –estadios, pistas deportivas, etc.- se establecieron en Montjuïc y otras zonas periféricas de la ciudad, la acelerada desindustrialización que venía viviendo el Poblenou lo situaba como ubicación ideal para el paso de suelo industrial a residencial, esto es, para la instalación de la Villa Olímpica, además de, tras la tan ansiada apertura de Barcelona al mar, de acoger en sus inmediaciones equipamientos tan importantes como el Puerto Olímpico, hoteles, zonas de esparcimiento, centros comerciales, etc.  Nada de esto fue fruto de la improvisación, pues la misma zona había sido objeto, tal y como nos recuerda la historiadora y geógrafa Mercè Tatjer (1973), de un potente intento de transformación en los años 60 por el ampliamente conocido Plan de la Ribera.

Además, una vez finalizados los Juegos, la dinámica urbanizadora no se detuvo. Con posterioridad a la venta en el mercado libre de las viviendas que habían ocupado los deportistas durante la celebración del evento, la continuidad de la Diagonal hasta el Besòs, el desarrollo del Front Marítim, inicialmente conocida como Vila Olímpica 2, la creación de Diagonal Mar y el parque de Miralles, el Centro Comercial, la zona hotelera y de convenciones situada al final de la Rambla de Prim, el Fòrum de les Cultures de 2004 o el diseño del Distrito 22@, también a comienzos del nuevo milenio, supusieron una transformación completa de su paisaje urbano. El imaginario local, que situaba sus confines entre Prim, Diagonal, Marina y el mar, quedó fragmentado en numerosas teselas al más puro estilo de archipiélago urbano, tal y como propusiera el urbanista griego Stavros Stavrides (2015). Una revolución espacial que, como no podía ser de otra manera, supuso un radical cambio social. Tanto es así, que los últimos datos ofrecidos por la Administración Tributaria muestran que, en el Distrito Sant Martí, basta cruzar la Avenida Diagonal, cicatriz urbana que separa el barrio de Diagonal Mar i Front Marítim del Poblenou del Besòs i el Maresme, la renta pasa de 20,9 mil a 10,2 mil euros per cápita, una disminución superior al 50%.

El carácter turístico de la ciudad se vio acelerado por y tras la mal llamada Gran Recesión. Las medidas puestas en marcha desde el Ajuntament por los últimos gobiernos socialistas, así como por el primer y único gobierno convergent de la ciudad, supusieron, con la excusa de la salida de la crisis, una nueva vuelta de tuerca en la terciarización de tintes turísticos de la economía urbana de Barcelona. Claro que esto no puede ser entendido sin la labor del Gobierno central del Partido Popular (PP), el cual, mediante la reforma del mercado laboral y la desregularización de determinados sectores productivos, empujó, no solo a la capital catalana, sino a otras muchas localidades de todo el territorio, hacía la especialización turística como forma de reactivar la maquinaria económica urbana, ni sin la especialización geográfico-productiva de España dentro del contexto europeo.

Las nuevas prácticas turísticas, por otro lado, desbordan la burbuja turística, esto es, la clásica separación entre el espacio del turismo y el espacio del residente, típica del turismo fordista. Han aparecido nuevos conceptos, nuevos términos, como el de lifestyle Tourism, turismo sostenible, Smart Tourism, turismo local, etc., los cuales conciben el turismo como un consumo del espacio sobre la ciudad que no conoce límites, que supera los hitos y elementos patrimoniales característicos y recorre completamente su entramado mediante una nueva mirada. La ciudad, por tanto, ha pasado toda ella a ser una mercancía.

Para Max Weber (2002), uno de los padres de la sociología, si queremos buscar el origen de la ciudad tal y como la conocemos hoy en día, tenemos que buscar en los burgos de la Europa medieval. Centros urbanos que se crearon y crecieron alrededor de un mercado cuya “población local satisface una parte económicamente esencial de su demanda diaria en el mercado local y, en parte esencial también, mediante productos que los habitantes de la localidad y la población de los alrededores producen o adquieren para colocarlos en el mercado” (2002: 939). En la ciudad medieval, el mercado, por tanto, forma parte de la ciudad, es parte intrínseca de la misma, a diferencia de la ciudad renacentista que está más caracterizada por su carácter político y su renovada visión artística.

Así, para finalizar, ciudades que, como Barcelona, han devenido mercancía, navegan en un mercado que ha desbordado sus fronteras inmediatas, ha trascendido la lógica espacial para situarse a nivel global y simbólico; todo es mercado en el mundo capitalista actual. Así, como bien señalara Marx, el espacio ha sido aniquilado por el tiempo, y las ciudades actuales, por su consideración de meros puntos espaciales en el mercado global, se parecen mucho más a las ciudades medievales que a la más ordenada y democrática ciudad renacentista.

Referencias bibliográficas

Harvey, D. (1989). From managerialism to entrepreneurialism the transformation in urban governance in late capitalism.Geografiska Annaler. Series B, Human Geography Vol. 71, No. 1, The Roots of Geographical Change: 1973 to the Present (1989), pp. 3-17.

Marx, K. (1992). El capital. vol. I. Moscú: Ed. Progreso.

Policy Exchange (2008). Success and the city. Learning from international urban policies. Localis: London. Disponible en https://www.policyexchange.org.uk/wp-content/uploads/2016/09/success-and-the-city-mar-08.pdf

Stavrides, S. (2015). Normalización y excepción en la metrópolis contemporánea. En Observatorio Metropolitano de Madrid (eds.), Enclaves de riesgo. Gobienro neoliberal, desigualdad y control social (pp. 107-126). Madrid: Traficantes de Sueños.

Tatjer, M. (1973). La Barceloneta. Del siglo XVIII al Plan de la Ribera. Barcelona: Libros de la Frontera.

Weber, m. (2002). Economía y sociedad. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

 

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El mantero como extranjero

Fuente: eldiario.es

El verano que nos acaba de abandonar se fue como vino; con continuas referencias, desde la política y la empresa -amplificadas por ciertos medios de comunicación-, a la cuestión securitaria en Barcelona. Es verdad que, desde hacía tiempo y desde diferentes ámbitos, ya se venía advirtiendo que, conforme se acercaran las elecciones locales, el debate político se iría centrando, cada vez más, en esta cuestión. Sin embargo, una vez pasada la contienda electoral los vientos no amainaron, sino que, de hecho, el fenómeno tendió a arreciar.

Entre las derivadas de la crisis de seguridad que supuestamente ha vivido Barcelona durante los últimos meses se encontraba aquella que, sin una causa-efecto coherente y respaldada por hechos, vinculaba la inseguridad con la presencia del top manta en las calles de nuestra ciudad. Para la antología de las soflamas securitarias quedará aquella salida de tono del actual Teniente de Alcalde de Seguridad del Ajuntament de Barcelona señalando a El Periódico de Catalunya la inadmisibilidad de que “lo primero que vean los turistas al llegar a Barcelona sean los manteros”. Hasta ahí podíamos llegar, al fin y al cabo, uno nunca atenta contra la gallina de los huevos de oro. Otra boutade por el estilo fue la lanzada por el insigne Conseller d’Interior del Govern de la Generalitat, el cual, en una entrevista realizada por la Cadena Ser en horario de máxima audiencia, no se le ocurrió otra cosa que decir que “el fenómeno del top manta causa sensación de inseguridad” ya que “cuando estás mirando la manta y estas mirando lo que compras, pues seguramente es más fácil para un ladrón que te pueda robar”, quedándose tan ancho. Eso sí, inmediatamente pasó a señalar que en Barcelona no existía ningún tipo de crisis de seguridad, dando la razón a los Mossos d’Esquadra y quitándosela al Teniente de Alcalde.

Todo esto, sin embargo, no fue óbice para que el propio Ajuntament emprendiera una serie de acciones con el objeto de desplazar a los manteros desde su principal punto de venta, el Passeig Joan de Borbó, hacía otros lugares y tiempos de la ciudad e, incluso, otras localidades de la costa catalana. No hay que negar que el Ajuntament también tiene en marcha acciones de carácter social dirigidas hacía este colectivo. No obstante, esto no elimina que el binomio inseguridad-manteros haya quedado instalada en la opinión pública de forma indefectible. Ahora bien, más allá del supuesto impacto económico que su actividad parece tener sobre el comercio local, el espacio público y la imagen de la ciudad, habría que preguntarse qué lleva a distintos sectores de Barcelona –políticos, económicos, etc.- a establecer narrativas que criminalizan, estigmatizan y pre-enjuician colectivos tan complejos y diversos como el de los manteros.

No sería erróneo afirmar que prácticamente la totalidad de personas que conforman el colectivo mantero no son nacidas en Europa. Se trata, fundamentalmente, de migrantes africanos –muchos provenientes de su costa occidental, esto es, Senegal y Gambia-, aunque también del subcontinente indio y, en menor medida, América Latina. Su principal cualidad, por tanto, es que se trata de personas de origen extranjero que han cruzado nuestras fronteras en busca de una vida mejor para ellos y para sus familias. Y puede que por aquí encontremos una explicación a la pregunta anterior.

Tal y como nos recordara el antropólogo británico Julian Pitt-Rivers, ser un extranjero es ser un extraño, de hecho, ambas palabras comparten, en inglés, castellano y catalán, la misma raíz etimológica latina: extraneus, exterior, ajeno. Y es precisamente este carácter extraño el que le otorga, por cuanto se trata de elementos –personas, grupos sociales- desconocidos, una potencial peligrosidad que puede ser conjurado sólo de dos maneras: o bien se le niega la entrada, se le persigue e induce a partir, o se le acepta, esto es, se le socializa, siempre –o, al menos temporalmente- bajo la condición de huésped. De este modo, la sociedad de acogida –incluso a regañadientes- se convierte en anfitriona y los recién llegados en invitados. Nada de esto es casual, sino que es debido a que la primera necesita evitar la condición de igualdad que una admisión completa y total de la segunda generaría. La igualdad devendría en rivalidad, de forma que es ineludible recordarles constantemente a estos grupos que no son de aquí. Estaríamos construyendo, de esta forma, una realidad urbana donde colectivos completos no se criminaliza o estigmatiza porque se aparezcan como diferentes, y potencialmente peligrosos, sino que, porque se presentan como diferentes, como invitados, se les criminaliza y estigmatiza. El objetivo de todo esto no lo dice solo la antropología, sino también la más fría gestión empresarial: desde esta perspectiva es más fácil explotar y subyugar a grupos sociales completos provenientes de entornos empobrecidos.

En el último barómetro municipal presentado el pasado miércoles, la inseguridad ciudadana se situaba como el problema principal para los barceloneses. Hasta un 17,1% lo señalaba como su preocupación más destacada -frente a un 12,2% que señalaba la vivienda, o un 5,2% el turismo-, y donde sería ineludible situar, tras los titulares del verano, el mencionado binomio inseguridad-manteros. Así, mientras consideremos a estos colectivos, no como vecinos y vecinas que comparten con nosotros las preocupaciones cotidianas de la vida social de la ciudad, sino como meros invitados, no seremos capaces de romper la dinámica que vincula su presencia física con la inseguridad y viceversa. Los manteros no son extranjeros.

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El espacio público como nueva frontera urbana

Fuente: Propia

Este artículo fue publicado originalmente en Alba Sud el pasado día 28/11/2018.

El espacio público como nueva frontera urbana

En el barcelonés barrio del Poblenou, la proliferación de terrazas de bares y restaurantes de algunas de sus arterias más emblemáticas, como la Rambla, se ha mostrado como una nueva frontera a conquistar, en particular, por el sector turístico y hostelero local.

El barrio barcelonés del Poblenou lleva viviendo una transformación urbana de profundo calado desde hace décadas. Así, este antiguo emplazamiento industrial del siglo XIX ha visto como su fisionomía se ha ido adaptando a las necesidades y características de una Barcelona que ha cambiado su modelo productivo desde el fordismo más clásico hacía otro de acumulación flexible: transporte, logística, vivienda, nuevas tecnologías, ocio y consumo y, finalmente, turismo, parecen ser las nuevas variables que caracterizan productivamente al Poblenou. Sin embargo, si algo ha caracterizado esta restructuración es la importancia del suelo urbano como factor productivo, como insumo y elemento de generación de plusvalía. Este auténtico asalto a los suelos del barrio no se ha limitado, por otro lado, a las parcelas del catastro bajo sus distintos usos, muchas de las cuales han sido ocupadas por hoteles y otras infraestructuras turísticas, sino que se ha visto ampliado a las mismas calles y plazas que cotidianamente transitan unos usuarios ahora convertidos en consumidores.

Por otro lado, el lector o lectora del presente artículo ya habrá notado la referencia nada disimulada a la conocida obra de Neil Smith (2012) La nueva frontera urbana: la ciudad revanchista y gentrificación en el título del mismo. Para el geógrafo escocés, la gentrificación, esto es, el desplazamiento y la sustitución de las clases bajas y medias-bajas de determinados barrios y/o áreas de las ciudades por grupos sociales de clases medias o medias-altas, es un fenómeno en continua expansión. Se trataría de dinámicas que no quedan –o no pueden quedar– circunscritas a determinados límites, sino que para garantizar la continuidad del proceso de acumulación capitalista han de expandirse, en principio, indefinidamente. Es notoria la descripción, en el mencionado libro, de la aparición de los primeros síntomas de gentrificación en el Lower Side neoyorquino. En ella, Smith juega con la metáfora del salvaje oeste y la supuesta conquista y civilización que los colonos norteamericanos acabaron llevando a cabo en aquellos lejanos territorios para referirse al mencionado fenómeno.

Smith aporta en el libro una novedad interesante: los actuales procesos de gentrificación no se encuentran únicamente ligados al mercado inmobiliario local, sino que para analizar adecuadamente cómo se produce la reconfiguración del paisaje urbano, las dinámicas deben que ser observadas bajo una perspectiva más amplia. Así, entre los elementos que constituyen esta nueva complejidad se encuentra el conocido como espacio público, el cual, más allá de sus aproximaciones ideológicas, se ha acabado convirtiendo en un elemento fundamental dentro de la consideración de las ciudades bajo la lógica del capital.

En el barcelonés barrio del Poblenou, la increíble proliferación de terrazas –mesas y sillas- de bares y restaurantes de algunas de sus arterias más emblemáticas, como la Rambla, se ha mostrado como una nueva frontera a conquistar, en particular, por el sector turístico y hostelero local. Dicha toma, sin embargo, se ha visto contestada por unos movimientos sociales que ya contaban con una dilatada trayectoria de lucha y reivindicación. Su heterogeneidad y la diversidad de sus puntos de vista, desde el más cercano al reformismo, hasta el más directamente anticapitalista, se ha manifestado públicamente bajo diversas formas: celebración de consultas; fiestas y desfiles por las calles del barrio; okupación de solares públicos; puesta en marcha de huertos populares; organización y articulación de contrapropuestas, etc., un sinfín de actividades y acciones que han servido, además, para recomponer parte del tejido social y dar lugar a nuevas formas de organización y participación popular.

De la capacidad de dichos movimientos para modificar la inercia privatizadora del espacio público del barrio dependerá el futuro del mismo, no solo en cuanto a la presencia de un sector productivo con visos de monocultivo, sino también de la existencia misma de las calles y las plazas del Poblenou como espacios tradicionales de socialización.

Nota:

Mansilla, J. (2018). Asaltar los suelos. La privatización del espacio público como distopía urbana en el barrio del Poblenou, Barcelona. Biblio3W Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales, Universitat de Barcelona, vol. XXIII, núm. 1.255, 25 de noviembre de 2018.

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