Y, de repente, l’Hospitalet

Este artículo fue publicado originalmente en el diario Catalunyaplural.cat el pasado día 13/03/2018. També en català.

Y, de repente, l’Hospitalet

Y el que dice l’Hospitalet dice Badalona, el Prat de Llobregat, Sant Adrià del Besòs y otras zonas del área metropolitana de Barcelona. Mientras nos hallábamos discutiendo sobre cómo poner límite al, ahora, denostado Modelo Barcelona, lidiar con el desembarco masivo de turistas, con las inversiones turístico-inmobiliarias especulativas, los incrementos exponenciales en el precio de la vivienda, la saturación y privatización acelerada del espacio público y los transportes, el efecto de los macro y microeventos, la ampliación del Puerto y otros tantos frentes abiertos en la ciudad, nos olvidamos, quizás en un nuevo ejercicio de ombliguismo capitalino, de mirar a nuestro alrededor.

Hay algunas voces que llevan tiempo alertando del hecho que, en una configuración espacial como la que caracteriza a Barcelona, de Región Metropolitana, es necesario tener la capacidad de actuar político-administrativamente, y de forma democrática, para poder afrontar las casuísticas típicas de este tipo de configuración mediante medidas urbanístico-territoriales amplias y coordinadas. De no ser así, la puesta en marcha de acciones parciales sin capacidad de influencia en ámbitos más amplios que el de la mera ciudad, puede llegar a desgastar políticamente e, incluso, acabar en desencanto.

En el ámbito turístico, por ejemplo, el Ajuntament de Barcelona salido de las urnas en 2015 empleó uno de los pocos recursos que tenía a su alcance, el planeamiento urbanístico, para intentar controlar el crecimiento ciertamente acelerado que venía manifestando el entramado turístico-hotelero. El resultado fue el Pla Especial Urbanístic d’Allotjaments Turístics (PEUAT), un documento que, por definición, estaba llamado a no contentar a todo el mundo, pero mediante el cual se intentaba responder a la creciente demanda ciudadana de poner coto al crecimiento de este tipo de equipamientos en la capital de Catalunya. Esta acción, como bien han señalado desde el Gobierno municipal de l’Hospitalet, puede haber impulsado –aún más, ya que el sector hotelero de la ciudad lleva años floreciendo al calor de la Fira-Gran Via- el traslado de las inversiones desde Barcelona a la localidad vecina. De hecho, recientemente se ha anunciado la apertura de dos nuevos hoteles de cuatro estrellas, con un total de 266 plazas, en el entorno de la Plaça Europa, a escasos tres kilómetros de Plaça España, en Barcelona. Estas dos nuevas instalaciones hoteleras se suman a las 13 ya existentes en l’Hopitalet y se realizan siempre, según el discurso del propio Ajuntament, en aras de poder realizar políticas urbanísticas redistributivas en otras partes de la ciudad. Justo el mismo argumento enarbolado por la ciudad de Barcelona en su famoso Modelo y con los resultados que todos estamos presenciando.

Otro ejemplo de esta falta de capacidad democrática en el control y la coordinación del urbanismo de la región metropolitana son las inversiones anunciadas en el entorno de lo que, actualmente, se conoce como Las Tres Chimeneas, entre los términos de Sant Adrià de Besòs y Badalona. En las 28 hectáreas disponibles, propiedad tanto del mencionado Ajuntament de Sant Adrià, como del Consell Comarcal, Endesa y el Banco Santander, está prevista la construcción de más de 1.700 viviendas, en bloques de hasta 15 pisos de altura, así como una zona de hoteles, comercios –posiblemente un macrocentro comercial- y oficinas. Es decir, se pone a disposición de la actividad económica y empresarial más de 170 mil nuevos m2. Sin embargo, en el cercano y fronterizo Distrito barcelonés de Sant Martí, en la zona 22@, a finales de 2017 había cerca de 70 mil m2 en construcción, más 30 mil rehabilitándose, además de 700 mil m2 cuadrados potenciales de oficinas, de los cuales 243 mil, estaban ubicados en suelo finalista. Y los ya construidos ni siquiera estaban ocupados al 100%.

El último caso expuesto muestra que ninguna administración quiere quedarse sin su tajada en el pastel. En una presentación llevada a cabo por el Ministro de Fomento Íñigo Álvarez de la Serna en la Cambra de Comerç de Barcelona, el político popular ha anunciado la transformación de más de 320 hectáreas en las inmediaciones del Prat del Llobregat, en terrenos adyacentes al Aeropuerto y pertenecientes a la empresa pública AENA. En un nuevo ejemplo de desamortización, las inversiones apuntadas anuncian 28 hectáreas destinadas a “actividades económicas de alto valor tecnológico” -justo como las que estaban planeadas en el mencionado 22@ en el año 2000 y que, posteriormente, se dedicaron a acoger hoteles y empresas de servicios bancarios, seguros, etc.-, 40 hectáreas para hoteles, comercios, restaurante y oficinas, y otras tantas superficies de distinto tamaño destinadas a logística, mercancías, hangares e industria aeronáutica.

En definitiva, todo un conjunto de planes e inversiones que contribuirán a incrementar, aún más, el impacto físico y social sobre un territorio ya altamente compacto, con implicaciones en zonas frágiles medioambiental –el Delta del Llobregat y la desembocadura del Besòs- y socialmente hablando, sin articulación entre las mismas y realizadas con el único fin de obtener réditos del suelo disponible. A casi diez años del inicio oficial de la crisis, la financiarización de la economía y su vinculación a los valores inmobiliarios sigue siendo uno de los pilares fundamentales del capitalismo patrio. Como bien recordaba recientemente un artículo publicado por la gente de La Hidra, una profundización democrática elaborada desde una perspectiva siempre conflictual puede presentarse como una ocasión para poner freno a una dinámica que, como señalaba el geógrafo británico David Harvey, solo puede tildarse como de desposesión.

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La desigualdad y mi cuñado

Este artículo fue publicado en El Salto Diario el pasado 18/01/2021.

Como muchos de vosotros, y siempre cumpliendo con las limitaciones establecidas por el Gobierno, estas navidades yo también me he sentado a la mesa con un cuñado. Entre otros temas, durante el encuentro salió a la luz la cuestión de la Casa Real, ya sabéis, las andanzas del Rey Emérito por el Golfo Pérsico, el mensaje de Navidad de Felipe VI, las propuestas de transparencia que parecen estar en cartera para, en la medida de lo posible, salvar la institución, etc. Y mientras mayoría de la mesa se declaró republicana, mi cuñado, como no podía ser de otra manera, hizo un estratégico apunte que, de forma irremisible, monopolizó a partir de ese momento la conversación: “Mucho criticar a La Casa Real, pero ésta tiene un presupuesto similar al de Comisiones Obreras”. Acabáramos.

La anécdota puede parecer, o no, exagerada, pero no por ello se muestra menos representativa de una cierta opinión contemporánea sobre el papel de los sindicatos en nuestra sociedad. Para muchos y muchas, los sindicatos, así, en plural y como término totalizador, son, más bien, algunos sindicalistas; aquellos que, estando liberados, se dedican a salir de compras en horario laboral, medran y hacen componendas ante la dirección de las empresas, mantienen sus empleos relativamente blindados pero, sobre todo, “trabajan poco y se lo llevan calentito”, en palabras de mi cuñado. Bueno, no niego la mayor, todos y todas hemos conocido, a lo largo de nuestra vida laboral, ciertos personajes que, independientemente de ser liberados o enlaces sindicales, trabajan poco y se escaquean lo máximo. El antropólogo recientemente fallecido David Graeber les dedicó un libro completo, Trabajos de mierda, apuntando que, en gran cantidad de ocasiones, esto no se debe a la características personales de los trabajadores y trabajadoras, o a la institución a la que representan, sino a la propia estructura y modo de funcionamiento de las empresas capitalistas -no tan racionales como aparentan-, sobre todo aquellas vinculadas a los seguros, el sector financiero, el marketing, etc. Si queréis más detalles, leed el libro. La cuestión aquí no es tanto que “se lo lleven calentito” por trabajar poco, sino que, hasta que no descubramos otra manera, o superemos el sistema capitalista si tal cosa es posible, no existe manera mejor de equilibrar las desigualdades inherentes a dicho sistema que el contrapoder que suponen los sindicatos. Y os voy a poner un par de simples y recientes ejemplos.

Durante las últimas semanas del año, todos y todas hemos sido testigos, a través de los medios de comunicación, de las negociaciones que se están desarrollando y liderando desde el Ministerio de Trabajo y Economía Social con el objetivo de aumentar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI). Parece ser que, en la mesa negociadora, la Patronal se niega a que se produzca dicha subida alegando el momento tan incierto que está viviendo la economía española, y mundial, bajo la pandemia. Esto, además, es del parecer de un sector del Gobierno. La Ministra Yolanda Díaz ha repetido, por activa y por pasiva, que se trata de una cuantía mínima, en torno a 70 céntimos al día, y que ninguna empresa se va a ver arrojada al pozo de los números rojos por esa mínima cantidad. Sin embargo, sus argumentos no parecen gozar de predicamento en el ala más liberal del PSOE. Pues bien, la única forma que hay de encontrar alternativas a las limitaciones establecidas por la aritmética electoral que supone el Gobierno de coalición son, precisamente, los sindicatos. Los sindicatos no pueden incrementar el SMI, pero pueden negociar mejores condiciones para todos los trabajadores y trabajadoras, sobre todo los de menor remuneración, ya que los convenios colectivos tienen rango de ley. Sin embargo, esto no se puede producir de forma generalizada ahora mismo porque la última reforma laboral mermó, en gran medida, la capacidad de los sindicatos para ampliar su acción más allá del ámbito de las empresas, lo cual nos lleva al segundo ejemplo.

Entre los proyectos en cartera del actual Gobierno se encuentra, precisamente, deshacer algunos de los aspectos más lesivos de la última reforma laboral del Partido Popular, en concreto, la ultraactividad, esto es, que la vigencia de los convenios no expire cuando se acaba el plazo establecido, y la derogación de la prioridad aplicativa de los convenios de empresa sobre los sectoriales. La posibilidad de que una empresa no cuente con convenio propio se vería salvada, de esta manera, por el convenio sectorial, que haría que sus condiciones se aplicaran a la totalidad de los trabajadores y trabajadoras del sector. Estos elementos supondrían, simplemente, una vuelta a las características del modelo laboral español previo a la crisis del ladrillo. No es ninguna revolución, pero sí una de las herramientas más poderosas con las que cuentan los trabajadores y trabajadoras de este país para luchar contra la desigualdad. La desigualdad, tan boga estos días por los efectos del COVID19, no es que personas o colectivos concretos acumulen bienes y riquezas mientras otros apenas tienen nada; la desigualdad es que ese hecho pueda realizarse; la desigualdad es una relación social, en este caso, asimétrica y con efectos devastadores en amplias capas de la sociedad. Es por esto que la Patronal, o los partidos de la derecha (Ciudadanos, PP y VOX) se niegan a aceptarlo: supone la restauración de un contrapoder.

En la empresa de mi cuñado no hay comité de empresa ni sindicato, sin embargo, cuenta con un convenio colectivo que le ha permitido, junto a la acción del Gobierno, mantener su puesto de trabajo estos duros meses del 2020, pese a ser una actividad que se ha visto fuertemente afectada por las medidas de restricción de movimientos. Es gracias a ese convenio, negociado, entre otros por CCOO, que disfruta de medidas de conciliación laboral y familiar, horas extras remuneradas generosamente, un horario flexible y otros derechos. Puede que Comisiones suponga un presupuesto público igual al de la Casa Real, pero su acción en la lucha contra la desigualdad no tiene ni punto de comparación.

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La memoria histórica como oxímoron social

Fuente: ctxt.com

La memoria histórica no existe, es un oxímoron. Tal y como señala el Real Diccionario de la Lengua Española, un oxímoron es una combinación, en una misma estructura sintáctica, de dos palabras o expresiones de significado opuesto que originan un nuevo sentido”[1]. En el caso de la expresión que nos atañe, esta oposición se consigue juntando dos términos inicialmente contrarios, “memoria” e “historia”. Y aunque esto no quiere decir que este tipo de expresiones no tengan un enorme valor político, es decir, que puedan ser usadas, resignificadas y apropiadas por determinados grupos sociales, con el objetivo de introducir en la esfera pública, como en este caso, cualquier elemento de denuncia o exigencia de reparación y rectificación, también es verdad que conocer su origen y diferencias puede añadir luz a la cuestión e incorporar elementos novedosos al debate. De esta forma, y como señalara uno de los padres de la Sociología, Emile Durkheim, si cualquier hecho social tiene que tener una explicación social (Durkheim, 1988), podríamos concluir que el término “memoria histórica” es un auténtico oxímoron social.

Fue Maurice Halbwachs, precisamente discípulo del anterior y miembro destacado de la Escuela de L’AnnéeSociologique, el que, retomando las consideraciones de Henri Bergson (1928 [1977]) pero completamente influenciado por su maestro, llevó a cabo la primera definición, podríamos llamar sociológica, de la memoria. Para éste también sociólogo francés que, a propósito, murió en el campo de concentración de Buchenwald durante la II Guerra Mundial, donde conoció a Jorge Semprún (1995), toda memoria es producto de la colectividad, no existiendo estrictamente una memoria individual. En su trabajo más conocido, La Memoria Colectiva(Halbwachs, 2004), este autor señalaba numerosos ejemplos de tal imposibilidad. Entre los más significativos se cuenta aquel episodio de un niño que cae a un agujero en el suelo de su casa. Pese a no contarle el hecho a nadie, el protagonista de la historia no recuerda tanto el suceso en sí, como la sensación de soledad y vulnerabilidad que aquello le provocó. Esto lleva a Halbwachs aplantear que son precisamente estas sensaciones, producto de nuestra vida en sociedad, en colectividad, en familia, las responsables de la construcción de la memoria y no una mera memoria individual. En este sentido, Halbwachs señala las diferencias entre memoria común y memoria colectiva. La primera sería aquella propia de sociedades tradicionales, mal llamadas primitivas, donde los acontecimientos pasados son mantenidos, principalmente, vía oral y donde todos los miembros tienen un conocimiento compartido sobre los hechos acontecidos. La segunda, vinculada a las sociedades contemporáneas, modernas y urbanas, sería aquella donde cada uno de nosotros es depositario de una parte de la memoria. Es decir, al contrario que en el caso anterior, no se trata de que todos los miembros de la sociedad recuerden lo mismo, sino de que únicamente es posible lamemoria si juntamos cada una de las memorias particulares de sus miembros. Como si de un gran caleidoscopio se tratara, la memoria, así planteada, variará según su posición, mostrando una realidad u otra.

Sin embargo, como en toda comunidad humana, la memoria no está exenta de las dinámicas de la lucha por el poder. De hecho, en su vinculación con la creación de hegemonía, al decir de Gramsci (2017), el control de la memoria deviene un instrumento importante en la construcción de consensos sociales. Como ectoplasma intangible, sin forma, como esencia que sobrevuela por encima de nosotros y cuyos afluentes nos atraviesan una y otra vez llevándose siempre algo nuestro, propio, pero que, una vez que lo ha recibido, lo vuelca de nuevo, incansable, construyéndose y reconstruyéndose en un proceso sin fin, debe mucho a aquellas instituciones y aparatos del Estado con capacidad de crear ideología (Althusser, 1988). Son precisamente éstas las que tienen la capacidad de determinar, por ejemplo, el nombre de las calles, el nomenclátor[2], o constituir y consolidar un discurso concreto sobre una realidad concreta a través de la creación de lugares de memoria(Nora, 1984)[3].

Algo parecido, aunque no similar, pasa con la Historia. La historia es, simplemente, otra cosa. Está fija, escrita, inscrita, registrada, plasmada, cincelada en libros, vídeos, registros, canciones. La historia, tal y como bien señala la canción, la escriben los vencedores que, de esta forma, justifican su victoria. Aquí las instituciones juegan también un importante papel en el mantenimiento de una determinada ideología. Sin embargo, y aunque los límites entre memoria e historia puedan parecer difusos, la memoria presenta algo que la Historia no tiene: la memoria está viva y, precisamente por eso, puede ser rescatada. La memoria, o la antimemoria (García Álvarez, 2009), es la herramienta principal de lucha de los perdedores de todas las batallas.

Finalmente, y volviendo a Halbwachs, la diferencia entre ambas sería la misma que entre un río (uno nunca se baña dos veces en el mismo río, ya lo dijo Heráclito) y una lápida. El primero está vivo, latente; la segunda muerta y fría.La memoria histórica no existe porque la memoria es la vida. La memoria histórica es un oxímoron social.

Bibliografía

Althusser, L. (1988). Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Buenos Aires: Nueva Visión.

Bergson, H. ([1928] 1977).Memoria y Vida. Textos escogidos por GillesDeleuze. Madrid: Alianza Editorial.

Durkheim, É. (1988). Las reglas del método sociológico y otros escritos sobre filosofía de las Ciencias Sociales. Madrid: Alianza Editorial.

Gramsci, A. (2017). Antología. Madrid: Alianza Editorial.

García Álvarez, J. (2009). Lugares, paisajes y políticas de memoria:una lectura geográfica.Boletín de la Asociación de Geógrafos de España,nº51, Madrid, 175-202.

Halbwachd, M. (2004). La memoria colectiva. Zaragoza: Prensas Universitarias de Zaragoza.


[1]https://dle.rae.es/ox%C3%ADmoron

[2] Un interesante ejemplo de esto, para el caso de Barcelona, es el relatado por Michonneau (1999).

[3] Para una discusión entre “lugar de memoria” y “memoria de un lugar” ver Mansilla, J. a. (2015).

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Entrevista futuro del turismo – Diario La República (Perú)

¿Cuáles son las tendencias del consumidor de turismo para los próximos años?

Esta pregunta es difícil de responder. Ya durante la pandemia se realizaron predicciones sobre el futuro del turismo post-covid que luego se vieron erradas. Sin embargo, destacar que algunas tendencias que ya empezaban a aflorar antes de la pandemia, con ésta, han salido más reforzadas. Este es el caso del turismo experiencial, más individualista. Las circunstancias de hoy en día nos muestran como las tendencias del consumidor apuntan a un turismo basado en actividades muy particulares e individualizadas, con o sin naturaleza, y nichos turísticos como el turismo de lujo. Otras tendencias que han cogido fuerza son la sostenibilidad y la innovación en tecnología.

¿Cómo el covid-19 cambió la percepción de los consumidores de turismo en el mundo?

Más que un cambio, estamos hablando de un incremento en el interés por modelos ya establecidos, pero quizá minoritarios hasta el momento. Es el caso del turismo de proximidad. Este ya se encontraba en un panorama pre-pandemia pero de una manera poco visible y con escaso interés. Dada la situación actual, donde viajar más lejos supone más dificultades por las restricciones en los destinos turísticos tradicionales, el consumidor ha decido optar por explorar territorios cercanos. En un panorama donde primaban las nuevas tendencias, nuevos destinos exóticos, vuelos más baratos o un transporte muy asequible, ha ocurrido un escenario de redescubrimiento del turismo más cercano. Estas nuevas experiencias han llevado a un cambio de percepción de lugares que hasta el momento no se habían considerado de interés. Si además, la experiencia es positiva, lo más probable es que el consumidor vuelva a repetir en el futuro.

Por otro lado, la tecnología, encabezada por las grandes empresas, ha supuesto un cambio. Ahora el usuario debe adaptarse y aprender a tratar con máquinas, como el check-in automático por poner un ejemplo, y las empresas han aprovechado para prescindir de trabajadores.

¿Qué grandes retos tiene el turismo para los próximos años?

Desde el punto de vista de la oferta turística, está claro que el principal objetivo será sobrevivir. Hay muchas empresas que han pasado y están pasando por momentos muy delicados. Pero también hay casos de nuevos proyectos que están naciendo gracias a nuevos intereses en el consumidor por destinos, actividades e incluso formas de viajar.

Veremos también, y que con la pandemia se ha enfatizado, la apuesta por la innovación tecnológica. Así pues, el reto será ver de qué manera la tecnología interviene en la industria turística y con qué resultados. Aquí hablamos desde temas de robotización, automatización, mejora en sistemas de gestión, etc hasta la mejora de conexión wifi, gran concepto con alta demanda. Algo que, como he comentado antes, se ha utilizado para prescindir de trabajadores en algunos casos.

En la industria del transporte, los retos serán más en el corto-medio plazo. Se mantendrán ciertas restricciones en los vuelos y éste se encarecerá. Esto hará que parte de la población opte más por los destinos de proximidad, además de elitizar, dejando en manos de las clases medias y medias altas, el turismo más exótico.

Son necesarios, por tanto, cambios en las prácticas de nuestra industria, entre otras las relacionadas con el mundo del trabajo, es decir, condiciones y salarios, elementos que se han mostrado centrales, también, durante estos últimos meses.

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Homenaje a Graeber

Este artículo fue publicado originalmente el pasado día 4 de septiembre de 2020 en El Salto Diario.

Homenaje a Graeber

Allá por el año 2013, un pequeño librito con un atractivo título cayó en mis manos, Fragmentos de Antropología Anarquista. El texto, que circulaba libremente por las redes, contaba con un sencillo objetivo: mostrar que las prácticas políticas anarquistas no son un fenómeno moderno sino que, bajo otros nombres y en otros lugares, se han encontrado entre nosotros desde hace miles de años. Pese a provenir de una tradición política y un marco teórico alejado de las propuestas anarquistas, el libro no pudo por menos que atraparme desde la primera página; tanto que escribí y publiqué una reseña al respecto como forma de aprehender lo máximo de él.

Desde mi punto de vista, la grandeza de David Graeber como antropólogo reside en tres elementos fundamentales. El primero, es abundar en aquello que la antropología como ciencia lleva planteando desde hace años: que cualquier acción humana, por sencilla y accesible que nos parezca, se nos aparecería como realmente extraña solo con cambiar la perspectiva a través de la cual la miráramos, es decir, si la enfrentáramos mediante una cierta ‘imaginación sociológica’, según el término acuñado por C. Wright Mills. Este simple ejercicio comparativista nos serviría, por sí solo, para destronar y relativizar formas de vida que, inicialmente, se nos presentan como mejores a otras en una jerarquía que no deja de ser una construcción social.

A esto dedica Graeber, a modo de ejemplo, parte importante de una de sus obras más interesantes, En deuda. Una historia alternativa de la economía, cuando señala que el comunismo no es ni un mito, ni una realidad soñada, sino algo que se encuentra presente en nuestras vidas; tangible en nuestro día a día, en mayor o menor grado, y que se manifiesta cuando, por ejemplo, un amigo nos ayuda en una mudanza o colaboramos en nuestras oficinas a sacar adelante un proyecto de forma colectiva, y que, precisamente en esto, se basa el sistema capitalista. Si nos colocáramos las gafas antropológicas observaríamos, de este modo, que todo lo exótico es cotidiano, como diría el también antropólogo George Corominas.

El segundo elemento de interés a la hora de acercarnos a Graeber sería que, en un mundo, el de la academia, donde el neoliberalismo impera a sus anchas —hecho que se manifiestan en la forma de gestión de los centros universitarios, en los prohibitivos precios de las matrículas pero, también, en la forma en que es producido el conocimiento, así como su destino, artículos sobre cuestiones muy específicas publicados en revistas internacionales con alto índice de impacto—, él era de los pocos científicos sociales que escribía ensayos. Y no cualquier ensayo, sino profundos y elaborados trabajos que nos ponían sobre la mesa, a veces de la manera más descarnada, el funcionamiento de nuestra propia sociedad. Así, Trabajos de MierdaThe Utopia of Rules o Direct Action: An Ethnography, entre otros, venían a mostrarnos que otra forma de publicar es posible y que, si nos detenemos, ajenos a las desquiciadas dinámicas universitarias actuales, podemos producir más y mejor conocimiento; un conocimiento útil a la hora de transformar la realidad que nos rodea.

Por último, no es posible glosar la figura de David Graeber sin mencionar su activismo político. Como a él mismo le gustaba decir, y así figura aun en su perfil de Twitter, él se consideraba un anarquista, pero no veía el anarquismo como una identidad, como algo excluyente, lo que le llevó, incluso, a colaborar con el Partido Laborista británico en la época en que Jeremy Corbin era su líder. No podía ser de otra manera, proviniendo como provenía, de una familia modesta de clase obrera estadounidense cuyo padre luchó en las Brigadas Lincoln durante la Guerra Civil española. Un activismo político, por otro lado, que no restaba un ápice al valor científico de sus aportaciones, tal y como sus críticos incluso han reconocido.

La antropología, y las ciencias sociales en general, han perdido a uno de sus grandes. Sirva este texto como Homenaje a Graeber pero también como llamada a que alguien, muchos, todos, el 99%, tomen su lugar.

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El turismo como (mal) mecanismo de redistribución de rentas

Este artículo fue publicado originalmente en el diario Público y en Públic el pasado día 28 de agosto de 2020.

El turismo como (mal) mecanismo de redistribución de rentas

A finales de agosto de 2020, más de 800.000 trabajadores y trabajadoras de la economía del conjunto del Estado continúan bajo un Expediente de Regulación Temporal de Empleo (ERTE). De ellas, según el diario de información económica Cinco Días, aproximadamente 424 mil pertenecen al sector del turismo y la hostelería. El principal reclamo de empresas y sindicatos del sector para la situación que están viviendo descansa sobre tres ejes: la prorrogación de los ERTE hasta el mes de marzo de 2021; el mantenimiento del porcentaje actual de cobro sobre base reguladora (70%) y la puesta en marcha, por parte del Estado, de alguna forma de rescate al sector -en forma de bonos o descuentos familiares- tal y como se ha implementado en países como Italia o Francia.

Independientemente de lo recogido en la prensa económica, lo cierto y verdad es que las medidas restrictivas puestas en marcha por los diferentes Gobiernos de todo el mundo en su lucha contra la expansión del COVID19 y sus efectos han supuesto un duro golpe para países como España, cuyo entramado productivo cuenta con una vinculación enorme a la industria turística. Sirva como ejemplo que, al acabar el pasado año 2019, un total de 2.673.520 personas trabajaban, según la Encuesta de Población Activa (EPA), en algún tipo de empresa vinculada al turismo, algo queo suponía un 13,52% del total. Además, el turismo supuso, para el conjunto del Estado y con datos cerrados de 2018, un 12,3% del Producto Interior Bruto (PIB). España es, de esta manera, un país con una fuerte dependencia del turismo y la hostelería. Esta relación puede multiplicar hasta por cuatro la de aquellos países que cuentan con sistemas productivos innovadores, inclusivos e inteligentes y donde el porcentaje del PIB vinculado al turismo rara vez supera el 3% (Dinamarca, 2,6%; Alemania, 1,5%, Suecia, 2,7% de sus Productos Nacionales Brutos).

Los grandes lobbies y corporaciones empresariales no pierden la oportunidad de reclamar una vuelta a la situación anterior bajo los ropajes de una nueva normalidad. Pero esto no nos puede hacer olvidar que el turismo es, por encima de todo, un sector de salarios bajos y de puestos poco cualificados, por lo que puede ser que el viejo turismo tampoco fuera ninguna panacea, factores que han influido en el sufrimiento de miles de trabajadores y trabajadoras, pequeñas empresas y cooperativas, vivido durante los meses más duros de la pandemia. Tal y como nos recuerda el profesor Rausell Köster, el sector turístico mantiene una escasa capacidad como mecanismo de redistribución de rentas. Poco más del 18% del valor añadido de la industria turística se dedica a los salarios, cuando esta cuantía supera el 50% en el resto de la economía, mientras que más del 80% del valor añadido acaba en manos de las retribuciones del capital. De esta forma, cualquier alternativa Post-COVID19 ha de pasar por una búsqueda de un mayor equilibrio entre los diferentes sectores productivos y, sobre todo, por una mejora de los salarios de los trabajadores y trabajadoras, algo que tiene que manifestarse, sobre todo, en aquellos territorios con mayor dependencia del turismo.

Sin embargo, mientras esto llega, hay medidas que pueden ser tomadas en consideración para su aplicación de forma más o menos inmediata: una mejor y mayor formación de los trabajadores y trabajadoras, una adecuación empresa a empresa del nivel de cualificación de éstos al puesto de trabajo que desempeñan, un mayor grado de organización sindical, una limitación de las externalizaciones o un plan de inversiones que promueva la diversificación económica de los territorios más afectados. Solo así conseguiremos una economía más sana y eso que denominan turismo de calidad.

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Ya está aquí

Fuente: Metrópolis Abierta

Este artículo se publicó originalmente en el Diario Público el 12/01/2019.

Ya está aquí

Ya está aquí. Tal y como se podía prever, el discurso securitario ha logrado imponerse entre los vecinos y vecinas de Barcelona. Así lo señala, al menos, el último barómetro semestral publicado por el Ayuntamiento, el cual sitúa, por este orden, la inseguridad, el acceso a la vivienda y el encaje de Catalunya en España como los principales problemas de la ciudad. El turismo, por su parte, desciende hasta la séptima posición cuando hace solo seis meses se encontraba entre los tres primeros puestos de la lista.

Un breve repaso al último trimestre del año podría ser suficiente para evidenciar cómo la seguridad ha ido acentuando su presencia en el centro de la atención pública y política local. Baste recordar que, en la rueda de prensa de presentación de su candidatura a la alcaldía, a finales de septiembre, Manuel Valls ya señaló que su victoria electoral supondría acabar con el legado de Ada Colau, el cual el político francés resumía en ‘los narcopisos y el top manta’. La temprana acción de Valls abrió una campaña electoral que, ya entonces, se antojó larga e intensa, y aunque el resto de actores en liza no parecieron, salvo excepciones, seguir la misma estela, las reclamadas actuaciones policiales puestas finalmente en marcha, sobre todo, en Ciutat Vella, con el objetivo de frenar el fenómeno de los narcopisos, así como los distintos, aunque minoritarios, tsumanis vecinales, acapararon la atención pública y contribuyeron a presentar la cuestión como un elemento de destacado protagonismo.

Los sociólogos llevan tiempo advirtiendo que, si hay algún momento en que la metodología estadística no conforma una imagen altamente fiable de los hechos, este es cuando se acerca a la cuestión de la seguridad. Y esto ocurre, entre otras razones, porque no todos los delitos son puestos en conocimiento de las autoridades, y porque la sensación general de seguridad es muy sensible a elementos que, si bien contribuyen a conformar la opinión pública, no tienen por qué estar directamente relacionados con la realidad, como, por ejemplo, una machacona campaña publicitaria de sistemas de alarma. De este modo, las últimas estadísticas del Ministerio del Interior señalan que ha habido, con respecto al año 2017, un incremento de ciertas formas de delincuencia de baja intensidad en la ciudad, como los robos y los hurtos, mientras que otros han descendido sorpresivamente, como el tráfico de drogas. Esto no quita, sin embargo, para que Barcelona siga apareciendo entre las ciudades más seguras del mundo. Así lo señala el informe anual que publica el semanario The Economist, el cual teniendo en cuenta aspectos tales como la salud, al tecnología, las infraestructuras y la seguridad física, situaba en 2017 a la capital de Catalunya en el puesto número 13 a nivel global, justo detrás de Madrid y Frankfurt, pero antes que Bruselas, Londres y París.

Situar la seguridad como elemento protagonista del debate público puede tener, además, consecuencias inesperadas. Solo hay que fijarse cuando, en entornos cercanos, opciones políticas que así lo han hecho han acabado por impulsar a aquellos partidos que hacen de ello su bandera principal y su razón de ser. Y si no, que se lo pregunten al propio Valls, o anteriormente a Sarkozy, que cuando intentaron jugar esa baza en la política francesa solo lograron favorecer al Frente Nacional. Aquí, hasta no hace mucho, nos hemos presentado ante la opinión europea como uno de los últimos bastiones de resistencia frente a la penetración de la extrema derecha. Sin embargo, con el desembarco de VOX en Andalucía hemos sido testigos de hasta qué magnitud se trató sólo de una ilusión momentánea. Avivar, desde distintos sectores políticos y mediáticos, la cuestión securitaria por cuestiones electorales puede tener un beneficiario inesperado que, de hecho, ya está aquí.

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Aeropuertos: espacios de consumo y consumo del espacio

Font: Autor

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation el pasado día 18/09/2018.

Aeropuertos: espacios de consumo y consumo del espacio

Cuando este verano tuve que coger un avión para visitar a parte de mi familia en Menorca, caí en la cuenta de la obligatoriedad que existe, una vez realizado el check-in, de atravesar la sección de Duty Free del Aeropuerto del Prat, en Barcelona, y así continuar avanzando sin problemas hacia la puerta de embarque señalada. Al volver desde Menorca, la situación volvió a repetirse. Es posible que esto ocurra desde hace tiempo y no le haya prestado la atención requerida, pero en esta última ocasión el hecho me ha llevado a plantearme una seria de reflexiones que me gustaría dejar aquí plasmadas.

Hoy en día, los aeropuertos son considerados elementos atractivos en sí, factores de dinamización territorial y generadores de experiencias personales. Estas infraestructuras de transporte, las cuales vivieron su momento de máxima expansión a partir de la inmediata postguerra mundial, fueron diseñados originalmente funcionales y escasamente diferenciados, y han sido mostrados, tradicionalmente, como espacios fríos y deshumanizados. De este modo se les ha adjudicado, con bastante frecuencia, la característica de no-lugar popularizado por el antropólogo francés Marc Augé. Sin embargo, los actuales aeropuertos son pensados bajo una mirada más humana y acogedora. Entre otros, podemos citar como ejemplo de este nuevo tipo de equipamientos, el proyecto de nuevo aeropuerto internacional de Ciudad de México. Ahora bien, muchas veces esta concepción del aeropuerto como una infraestructura, no sólo práctica y cómoda para el transeúnte, sino además estéticamente valiosa y útil como herramienta de desarrollo, adolece de ciertas dosis de fetichismo de la mercancía, en el sentido marxista del término.

Vayamos por partes. La perspectiva del no-lugar augeniana hace referencia a aquellos “espacios donde no pueden leerse las identidades, ni las relaciones, ni la historia”. Son equiparados a cajeros automáticos, habitaciones de hoteles o supermercados. Esta visión, un tanto negativa, olvida claramente que, para determinados grupos sociales, los aeropuertos no sólo tienen identidad e historia, sino que son el proscenio donde se manifiestan importantes procesos sociales de los que son protagonistas. Solo hay que recordar la historia magistralmente narrada por Steven Spielberg en The terminal donde el protagonista de la misma, encarnado por Tom Hanks, vive varios años en una terminal de aeropuerto, o las recientes huelgas protagonizadas por el personal de tierra de aerolíneas como Iberia o Ryanair en el Aeropuerto del Prat de Barcelona. Habría que preguntarles a unos y otros, si para ellos y ellas los aeropuertos son espacios sin identidad, relaciones o identidad.

Por otro lado, el mismo aeropuerto de Ciudad de México, ideado por el combo Normal Foster+Fernando Romero, lleva ya invertidos más de 1.300 millones de dólares, entre alegatos de corrupción, excesivo impacto ambiental y sobrecostos, en un país con un 43,6% de su población viviendo en la pobreza, según la Revista Forbes. La construcción de un aeropuerto supone un enorme coste de oportunidad: dada la situación actual del Tesoro de muchos países, su diseño y construcción supone dejar para otro momento inversiones no tan visibles, pero quizás más necesarias.

Por otro lado, el mencionado fetichismo de la arquitectura que caracteriza a algunos de ellos, véase también el Aeropuerto Adolfo Suarez-Barajas de Madrid y su Terminal 4 diseñada, entre otros, por Richard Rogers, suele venir acompañado por otra de sus formas: el de la tecnología. De forma que la sensación de deshumanización y miedo que generan los aeropuertos, sobre todo tras los lamentables atentados del 11S en Estados Unidos, pretende ser superada por una decidida apuesta por medidas tecnológicas -robots, radares, escáneres- que prometen ofrecer algo imposible: la seguridad total. De este modo, un ambienta agradable, bien definido y con cierto gusto, nos humanizara repentinamente; un proyecto, una tecnología y una construcción adecuada aleja de nosotros el regusto agrio de las amenazas internacionales. Sin embargo, la realidad sería, más bien otra. La conversión de los aeropuertos en plazas públicas -ágoras, zocos, foros-, espacios agradables, desconflictivizados, capaces de acogernos y darnos un contexto, los ha llevado a convertirse en auténticos centros comerciales, espejos de una sociedad que basa su existencia en el consumo.

En este sentido, los aeropuertos se mueven en dos tipos de consumo: el consumo del espacio que supone el desarrollo de una infraestructura como la de un aeropuerto -con su ingente impacto ambiental, territorial, social y económico, muchas veces acompañado de procesos especulativos de suelo-, y su conversión en espacios de consumo. Es precisamente en este último sentido en el que podemos interpretar la obligatoriedad de pasar por la sección de Duty Free antes mencionada o las prácticas empleadas para la concesión de licencias de restauración y cafetería, las cuales han acabado repercutiendo negativamente, en ocasiones, en las condiciones laborales de sus trabajadores y trabajadoras.

En definitiva, cualquier aproximación a la realidad de los aeropuertos actuales debe dejar a un lado la perspectiva ciertamente simplista del aeropuerto como infraestructura-espectáculo y generadora de desarrollo, y abarcar, además, las consecuencias sociales, económicas y medioambientales que el desarrollo de tales equipamientos supone.

 

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Se coge antes a un mentiroso que a un mantero

Fuente: vozpopuli.com

Este artículo se publicó en día 20/01/2019 en el Diario Público

Se coge antes a un mentiroso que a un mantero

Ésta semana hemos vuelto a ser testigos de cómo diversos hechos, estirados y tergiversados en aras de un futuro rédito electoral, acaban cayendo por su propio peso. Así, el pasado miércoles 16, el candidato a la Alcaldía de Barcelona –no se sabe muy bien aun por parte de qué partido o plataforma-, Manuel Valls, exponía en el Hotel Cotton House, invitado por Barcelona Oberta y la Fundació Barcelona Comerç, las líneas generales de su futuro programa electoral. El contexto en el que se celebraba el evento es el de una serie de jornadas que organizan ambos lobbies del comercio barcelonés con los futuros alcaldables de la ciudad.

En su presentación, Valls parecía querer volver a la Barcelona de otros tiempos: se manifestaba en contra de la extensión del tranvía por la Diagonal; planteaba la necesidad de repensar el sistema y la estructura actual de los carriles-bici y las super-manzanas; apostaba por vincular el futuro de Barcelona a la celebración de unos Juegos Olímpicos de Invierno; subrayaba la importancia de continuar impulsando la capital catalana como sede principal de grandes eventos, ferias y congresos, y, finalmente, volvía señalar el top-manta, y la supuesta permisividad del actual equipo de Gobierno en el Ayuntamiento, como uno de los problemas fundamentales de la ciudad. En definitiva, un salto atrás de casi dos décadas.

Pues bien, dicho esto, no pasó más de un día en que algunos medios de comunicación se hicieron eco de una reciente sentencia de la Audiencia Provincial de Barcelona donde se descarta enérgicamente que el fenómeno del top-manta suponga un grave perjuicio económico para marcas como el F.C. Barcelona o Louis Vouitton y Michael Kors. La argumentación esgrimida por la sentencia es de una lógica aplastante: el consumidor-tipo de estos productos no es –“ni remotamente” señala la sentencia- el mismo que podría adquirir las copias de los originales que se ofrecen en las calles de la ciudad. La sentencia no omite la comisión de infracciones, pero las rebaja a la imposición de multas de entre 120 y 240 euros. Por último, la Audiencia señala que no existe ninguna prueba, ninguna, que permita demostrar la existencia de mafias o estructuras delictivas estables en torno al top-manta.

De este modo, si las investigaciones judiciales y los hechos no hacen más que negar la supuesta peligrosidad que generan los manteros en Barcelona, ¿por qué no dejan éstos de aparecer como uno de los principales problemas, tanto para los políticos y políticas, como para algunos medios de comunicación y asociaciones empresariales, algo que ha acabado por calar en la opinión pública local? Este es un artículo de opinión y no un texto resultado de ningún tipo de investigación al respecto. Sin embargo, creo que es posible señalar algunos aspectos que podrían estar detrás de este tipo de iniciativas. Por un lado tendríamos, como ya he señalado en alguna ocasión, el intento de sacar ventaja electoral mediante el continuo espantajo de la supuesta situación de inseguridad e incivismo que vive Barcelona, variable ésta que podría tener el efecto de avivar fuerzas reaccionarias como VOX, que hacen de esta lógica su principal elemento discursivo. Pero, por otro lado, está el hecho de la marcada posición elitista y xenofóbica que esta postura manifiesta, aspecto íntimamente ligado al protagonista de estas declaraciones y a algunas de sus actuaciones. Cabe, además, recordar que la idílica Barcelona de los 90 fue una ciudad construida sobre las espaldas de sus clases populares y en virtud de una idea de ciudad elaborada por su burguesía ilustrada. Los resultados de ese experimento son evidentes: desahucios, precarización y desigualdad.

En definitiva, se coge antes a un mentiroso que a un mantero. Conviene mantener los ojos abiertos y los oídos atentos porque se avecinan unos meses donde este tipo de contradicciones se presentaran de forma frecuente.

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La memoria histórica de los voluntarios uruguayos en la Guerra Civil

Fuente: columnauruguaya.wordpress.com

Este artículo fue publicado originalmente en El Salto Diario el día 8/01/2018.

La memoria histórica de los voluntarios uruguayos en la Guerra Civil

El impacto de la denominada Guerra de España en países del contexto latinoamericano fue tal que, como bien señalan los autores del libro Los voluntarios uruguayos en la Guerra Civil española (Ediciones Banda Oriental, 2017) en su introducción, no sería hasta la Revolución Cubana, a finales de la década de los 50 del pasado siglo, y la aparición de figuras como Ernesto Che Guevara, que gente como Buenaventura Durruti iría desapareciendo, poco a poco, del imaginario político continental. Si bien las Brigadas Internaciones, y el papel que éstas desarrollaron en la contienda española, son hoy día conocidas y reconocidas en países como la propia España, Estados Unidos o Francia -aunque esto no fue siempre así y, por ejemplo, en Norteamérica muchos de los integrantes del Batallón Abraham Lincoln fueron posteriormente represaliados por el macartismo-, la participación en ésta y otras unidades militares de la República Española de contingentes latinoamericanos ha gozado de menos difusión entre el público en general. Por otro lado, conjuntamente al escaso conocimiento de la intervención de cientos de voluntarios del otro lado del Atlántico en la que podemos considerar como la primera guerra contra el fascismo a nivel global, tampoco ha sido frecuente contar con acceso a información abundante y veraz sobre las motivaciones, las organizaciones políticas originarias, los líderes e ideólogos -muchas veces de origen español-, o las publicaciones elaboradas por aquellos y aquellas que atravesaron el océano para unirse a la disputa, o bien ya se encontraban en España al no haber tenido el éxito esperado haciendo las Indias.

El objetivo de la obra pasaría, así, por constituir como objeto de estudio –desarrollado como episodio y éxodo de la gran tragedia española- el legado de los voluntarios internacionales uruguayos, miembros de las clases populares, obreras y estudiantiles del país, en nuestra Guerra Civil desde una posición histórico y política clara: aquella que podríamos denominar como de antimemoria, esto es, la relacionada con las víctimas y los vencidos, tal y como señalara el geógrafo Jacobo García. Y para ello los autores nos embarcan, no en la vida de grandes personajes, de próceres o líderes de grandes movimientos y partidos de masas, sino en la mucho más humilde trayectoria vital de gente como José B. Gomensoro Cabezudo, Virgilio Bottero Mortara y Pedro Trufó Rúa, estudiantes de medicina y derecho respectivamente; de Roberto Cotelo, autodidacta obrero e hijo de obreros de padre vasco y madre gallega o de Luce Fabbri, educadora de origen italiano. Éstos, junto a tantos otros, en el periodo de entreguerras y en el ambiente cada vez más hostil del Uruguay de la dictadura de Gabriel Terra, impulsan y organizan organizaciones como la Federación Obrera Regional del Uruguay (FORU), primera central sindical uruguaya de carácter nacional, la Asociación Juvenil Libertaria (AJL) o la Unión Sindical Uruguaya (USU), todas de tendencia anarquista. Además, ponen en marcha publicaciones como Caminos o Esfuerzo en un intento, no solo de llevar a cabo labores de proselitismo político, sino también de dotar al movimiento libertario de una base teórica y reflexiva apropiada y abundante.

Sin embargo, los protagonistas del libro no son solo miembros de organizaciones y colectivos anarquistas, sino también socialistas y comunistas que viven en sus propias carnes la rearticulación política que supone la desaparición de la II Internacional y el nacimiento de la III, o Internacional Comunista; el surgimiento, desde el Partido Socialista de Uruguay (PSU), del Partido Comunista del Uruguay (PCU), en línea con lo sucedido en otros países, como la propia España, y el diferente apoyo y orientación que van tomando estas organizaciones en relación con las directrices provenientes desde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Mientras esto sucede en Uruguay, en España, los generales golpistas Sanjurjo, Mola, Franco y Goded llevan a cabo una sublevación militar que desemboca, poco después, en una cruenta guerra que duraría casi tres años. Gabriel Terra, el dictador uruguayo, inicialmente dubitativo, acaba apoyando los contemporáneos regímenes fascistas italiano, nacionalsocialista alemán y, cómo no, el dictatorial autodenominado Bando Nacional encabezado por Franco en España. Este hecho supone, entre otras cuestiones, un intento de rebelión contra Terra en la propia Uruguay, pero sobre todo, que decenas de militantes comunistas miren irremediablemente hacía la Madre Patria a la hora de iniciar cualquier lucha contra el incipiente fascismo mundial. Surgen, de este modo, personajes como Juan José López Silveira, conocido como “El Tape”, condecorado militar y escritor de un conocido manual sobre la táctica de guerrillas, o su hermano mayor Román López Silveira, pero también Abraham Setty, Angel Tzareff, José Facal y tantos otros.

La labor de los autores de Papeles de Plomo cobra aquí aun más valor si cabe ya que, además de la tarea de enmarcar la trayectoria de cada uno de los personajes citados no solo en el desarrollo de la contienda española, sino también posteriormente en los pavorosos campos franceses para refugiados españoles o en el infierno de aquellos de concentración alemanes -como la propia Mauthausen-, en su vuelta a Uruguay, en la organización de Comités de Ayuda diversos e, incluso, en latitudes y momentos tan exóticos como el África de la Segunda Guerra Mundial, en una encomiable investigación archivística llegan a localizar hasta 18 nombres de uruguayos, o nacionalizados uruguayos, participantes en las Brigadas Internacionales, así como en otras unidades del Ejercito de la República. A la complejidad de cualquier investigación -complejidad de los materiales, falta de medios, de acceso a la información, ausencia de testigos vivos, etc.- hay que sumarle aquí el hecho de que muchos de los uruguayos y uruguayas que lucharon en la Guerra Civil ya estaban en España al comienzo de la sublevación fascista, tenían pasaporte español, con lo que no se integraron como extranjeros en las citadas Brigadas o, una vez disueltas éstas por Negrín en 1938, permanecieron en España luchando en unidades regulares de lo que iba quedando de resistencia republicana.

Por este y otros motivos, un libro como Papeles de Plomo no solo es pertinente en el momento histórico que estamos viviendo, donde incluso regímenes aparentemente consolidados -como la propia democracia española surgida de la Constitución del 78- están siendo puestos en duda, sino también necesario, ya que viene a cubrir un hueco en la historia y en la memoria de la lucha antifascista y nos permite, además, alejarnos de los caminos más trillados y tópicos recorridos a la hora de acercarnos a la realidad latinoamericana histórica y actual.

En definitiva, Papeles de Plomo supone una propuesta fresca y coherente con el renacer del interés por el estudio de la memoria; de su búsqueda en virtud de la necesidad de las sociedades modernas de dotarse, una vez desaparecidas la redes de seguridad que ofrecían las pequeñas comunidades tradicionales y las familias, así como de las grandes certezas de la modernidad, de una identidad colectiva, de una narrativa propia y un lugar en el mundo. Quizás lo último real.

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