La identidad de barrio como elemento catalizador en las luchas urbanas

Fuente: Ens Plantem

El antropólogo Fredrik Barth, en su conocido libro Los grupos étnicos y sus fronteras, establecía cuatro elementos fundamentales a la hora de designar este tipo de comunidades: debían ser capaces, en gran medida, de autopertetuarse biológicamente; compartir valores culturales fundamentales; integrar un mismo campo de comunicación e interacción y, por último, contar con una serie de miembros que se identifiquen a sí mismos y sean identificados por otros.

En lo referente a los socialmente efectivo, siguiendo la terminología empleada por Barth, los grupos étnicos serían considerados como una forma de organización social. Sin embargo, estas formas de organización basadas fundamentalmente en la última de las características señaladas, esto es, la relativa a la autoadscripción y adscripción por otros en un determinado grupo, no es exclusivo de los grupos étnicos, sino que tiene una mayor vigencia y aplicación al estar directamente vinculado con cuestiones de identidad.

La identidad no se encuentra únicamente fundamentada en una serie de variables que utilizan determinados individuos para categorizarse a sí mismos y ser categorizados por los demás, sino que, además, los rasgos utilizados para llevar a cago tal diferenciación no son elementos, digamos, objetivos -como la lengua, la religión, el tipo de estructura familiar, etc.-, sino aquellos que los propios miembros del grupo consideran significativos.

Así, la creación de estas fórmulas identitarias no derivan, salvo casos extremos, de situaciones de aislamiento o incomunicación, sino todo lo contrario: son conformados en función de la relación que estos grupos mantienen con otros grupos: son precisamente los procesos sociales, dinámicos por naturaleza, los que acaban conformando las identidades.

Recogiendo este marco interpretativo, y aplicándolo a la realidad contemporánea de las ciudades -principalmente en Occidente, aunque cada vez menos-, éstas, como señala David Harvey, están siendo construidas no tanto para que la gente viva en ellas, como para que sean capaces de atraer capitales, inversión. En este sentido, la aplicación de políticas netamente neoliberales ha transformado antiguos espacios de sociabilidad, como los barrios, en ámbitos donde las relaciones sociales han pasado a ser mediadas por prácticas mercantiles. Esto se materializa en aspectos tales como las reformas urbanísticas, la construcción de viviendas destinadas a las clases medias y medias-altas, la privatización de calles y plazas, el diseño de espacios públicos de calidad, los denominados proyectos de revitalización urbana, etc.

La población de muchos de estas zonas, antiguos emplazamientos de carácter popular de las ya ex ciudades industriales, despliega nuevos modos identitarios como formas de resistencia frente a la presión del Capital. Los barrios pasan, así, a conformar auténticos baluartes étnicos, si se me admite la expresión, que permiten desarrollar formas reciprocidad y apoyo mutuo ajenas a las relaciones más asépticas típicas de la ciudad global. Ser de barrio -y como dice Manuel Delgado, todo barrio necesita un nombre- conduce a una especie de nueva-vieja comunidad, al modo folk, donde es posible vivir la ficción de una cierta vuelta al protagonismo de las relaciones primarías, de cercanía, y desde donde es viable reunir fuerzas para reconquistar una ciudad cada vez más revanchista.

Esta forma de entender la vida de barrio, la cual necesita de cierta homogeneidad de clase para mantener su consistencia, se ve, además, reforzada por una serie de rituales -ferias, diadas, manifestaciones, okupaciones, desfiles, etc.- que contribuyen a reforzar su identidad. De esta forma, más que nunca se muestra que aquellos elementos y causas que se encuentran en la raíz de las fiestas y los ritos tradicionales -religiosos, etc.-, y que han permitido autoafirmarse a las comunidades más clásicas por siglos, se encuentran también detrás de las actuales prácticas barriales de resistencia. De este modo, las manifestaciones, muchas veces festivas, de protesta y repudio contra procesos especulativos, la tematización de determinadas áreas de la ciudad, el monocultivo turístico, etc., no solo contribuyen a escenificar en público cierta disconformidad con respecto a una situación considerada injusta, sino que, además, contribuye a reafirmar la identidad de barrio, reforzando los lazos interpersonales.

En definitiva, los viejos marcos teóricos de la antropología siguen vigentes y nos permiten entrever la potencialidad y utilidad de la constitución de determinadas identidades en las ciudades contemporáneas. La vieja etiqueta de barrio, denostada en tiempos no tan lejanos, se aviene a convertirse en elemento cohesionador y vertebrador de las luchas contra la imposición neoliberal.

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Barcelona está que arde

Este artículo fue publicado originalmente en eldiario.es y catalunyaplural.cat el pasado día 26/05/2016.

Barcelona está que arde

Barcelona está que arde. Aunque, más bien, podríamos decir que lleva ardiendo más de 150 años. No en vano, fue el mismo Engels el que, en referencia a la existencia en la capital catalana de numerosos grupos anarquistas, en su artículo Los bakunistas en acción, señalaba como Barcelona “tiene en su haber histórico más combates en barricadas que ninguna ciudad del mundo”.

 Los recientes sucesos en Gràcia podrían considerarse como, y de hecho algunos autores así los recogen–recomiendo a todos/as Carrer, festa i revolta-, unos más entre los levantamientos populares que encuentran su lugar de expresión por excelencia en sus calles y plazas y que la ciudad viene acogiendo desde el inicio de su dinámico proceso de industrialización.

Si hubiera que distinguir la contemporánea conflictividad urbana de la ocurrida hace décadas, quizás habría que apuntar hacía el papel que juega la propia ciudad en el proceso de acumulación capitalista. Bajo el neoliberalismo, actual y más reciente versión de este sistema socioeconómico, las ciudades han pasado de ser el lugar de la reproducción social por excelencia, a un elemento más de la cadena de extracción de plusvalías. Las relaciones de producción que en él se dan moldean la totalidad de los procesos sociales urbanos. De este modo, si hace unos años, una ciudad como Barcelona acogía entre las paredes de su industria la inevitable conflictualidad entre el capital y el trabajo, como bien señalan los neoperarios italianos, en la actualidad, esta conflictualidad ha desbordado los límites de las fábricas y se ha trasladado a la ciudad misma. Nos encontramos, así, viviendo en una auténtica fábrica social.

El papel que desempeña el suelo en esta fábrica es más que evidente pues, mediante los oportunos procesos de urbanización, supone el factor de producción más importante desde el que obtener rentas. El “vaciar y llenar”, como oportunamente escribiera el antropólogo Jaume Franquesa, ha sustituido al “hacer o fabricar”. Es así que okupar un trozo de la inmensa “tarta del suelo” no supone únicamente una oportunidad para desatar un sinfín de procesos sociales que escaparían a la siempre obligatoria mercantilización sino, además, todo un desafío al actual orden vigente.

Pero este desafío no es ni será nunca una lucha de suma cero. Algunos, la minoría, ganan, mientras otros, la mayoría pierden. Cada nueva licencia de hotel concedida, cada nueva terraza abierta en lugares ya masificados, cada externalización de servicios públicos, cada nuevo edificio de viviendas a precios imposibles, suponen un paso más hacía aquello que Warrent Buffet apuntaba sobre la lucha de clases y cómo es la suya “la de los ricos, la que está ganando”.

Es bajo este prisma el que podríamos entender el rechazo, por parte del colectivo que okupaba el Banc Expropiat, a trasladar sus actividades a otro emplazamiento de propiedad municipal. Sería un nuevo y libre espacio para continuar con la labor social que llevan a cabo en Gràcia, sin duda, pero un paso atrás en ese campo de batallas en el que se ha convertido la ciudad.

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El debilitamiento de la propiedad privada en la ciudad del futuro

Este artículo fue publicado originalmente en el Periódico Diagonal el pasado día 01/03/2016.

El debilitamiento de la propiedad privada en la ciudad del futuro

En una reciente entrevista, Kent Larson, Director del Changing Places Research Group & City Science Initiative en el MIT Media Lab, afirmaba que la ciudad del futuro se caracterizaría, entre otras cuestiones, por la presencia en sus calles de vehículos eléctricos sin conductor; haciendo más eficiente el uso de la energía y los combustibles; por el máximo aprovechamiento del espacio en el diseño de las viviendas; por unas enormes oportunidades de emprendimiento y, atención, por el protagonismo de la economía colaborativa en oposición de aquella basada en la propiedad privada. El arquitecto continuaba señalando que estas utópicas urbes acogerían seres racionales que, mirando atrás, se sorprenderían al saber que, solo unos años antes, cientos o miles de coches de dos toneladas de peso -hechos de plástico y metal y consumidores de muchos litros de gasolina- hubieran circulado por sus calles y avenidas.

Lejos de ser poco habituales, este tipo de futuribles son bastante frecuentes entre determinados equipos científico-técnicos y hacen las delicias de todos aquellos interesados en las nuevas tecnologías. Ahora bien, si algo tienen en común estos discursos es que no se encuentran basados en estudios o proyecciones de carácter social, político, demográfico o cultural sobre la vida en las ciudades, sino, más bien y de forma específica e intencionada, en investigaciones y diseños donde la cuestión tecnológica aparece altamente reificada; separada de forma casi completa de su ámbito de actuación más directo, los fenómenos urbanos.

Cualquiera que haya estudiado mínimamente la vida en las ciudades sabe que entre sus principales necesidades se encuentra atajar el problema de la contaminación generada por la gran cantidad de vehículos privados impulsados por motores de combustión. De hecho, el año pasado la propia ciudad de Madrid tuvo que poner en marcha determinadas medidas de urgencia debido a los altos niveles de polución y concentración de gases como el NO2. Lo que no queda tan claro es que esto haga necesaria y deseable la presencia de un número indeterminado de vehículos eléctricos -que se entienden privados aunque sean de uso compartido-, pues la producción de energía sigue siendo necesaria, con lo que el problema simplemente es desplazado a otra ubicación, quizás otra ciudad. Por otro lado, lo que el Director del MIT parece ignorar es que entre las urgencias con las que cuentan las ciudades está, precisamente, la dificultad que tienen grandes capas de la población en acceder al transporte público, cuestión que está directamente vinculada con las altas tasas de desempleo existente y la precariedad generalizadas, algo que la tecnología no dice como resolver. Un ejemplo de ello lo tenemos en las protestas, ahora silenciadas pero todavía presentes, que se han producido durante los últimos meses en ciudades como Sao Paulo o Rio de Janeiro, en Brasil.

Y qué decir sobre el aprovechamiento del espacio a la hora de construir viviendas, cuando existen gran cantidad de ellas vacías (solo en Barcelona se cifran en torno a 31.200) a las que a una gran parte de la población –sobre todo la más joven- les está vetado el acceso, ya sea en régimen de alquiler o compra.

Sin embargo, el paroxismo discursivo se alcanza cuando aparece el tema de la propiedad privada y la economía colaborativa, algo que, para ser mínimamente creíble, debería tocar algunos de los pilares sobre los que se sustenta el sistema capitalista a nivel global. Sin embargo, parece ser que el Sr. Larson se refiere con “economía colaborativa” a plataformas y empresas web como Airbnb o Uber, que de colaborativas tienen poco y cuyo modelo de negocio está basado en aprovechar vacíos legales y en hacer recaer sobre sus usuarios la creación de un valor que les será posteriormente transferido, además de tener un efecto indirecto sobre el incremento del precio de los alquileres o la gestión del transporte público en aquellas  áreas con mayor presencia.

Uno puede pensar que nos encontramos ante un auténtico caso de fetichismo tecnológico, forma concreta del fenómeno ya definido por Marx que se manifestaría al quedar hechizados ante ciertos artilugios -mercancías- no entendiendo que, bajo la apariencia de una relación entre simples cosas, se ocultarían, en realidad, aquellas relaciones sociales que las han hecho posible. Y esto se hace patente cuando indagamos sobre qué, o quienes, se encuentran detrás de aquellos organismos e instituciones que crean estos discursos despolitizadores de la realidad urbana: grandes empresas multinacionales con específicas y nunca desinteresadas pretensiones. Por ejemplo, en una entidad de las características del MIT Media Lab es frecuente encontrar entre sus donantes a compañías como Google, Cisco Systems, Intel, Toyota o Volkswagen.

Así llegamos al meollo del asunto: las oportunidades de emprendimiento que parece nos traerá la aplicación de las tecnologías a la vida cotidiana en las ciudades del futuro, algo que cierra el círculo y nos plantea la duda sobre el tipo de empresas que dominarían en un contexto económico supuestamente colaborativo. No sería descabellado imaginar que entre las mismas estarían algunas de aquellas ya mencionadas, por lo que bajo el debilitamiento de la propiedad privada se encontraría, más bien, la concentración de la misma.

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Barcelona en colors

Este artículo fue publicado originalmente en el Periódico Diagonal el pasado 04/02/2015.

Barcelona en colors

“Caía la tarde cuando llegué a Barcelona. El ferry había salido el día anterior desde Civitavecchia y estaba muy cansado después de pasar tantas horas en una incómoda butaca. Conforme nos acercábamos al puerto, comenzamos a ver muchas luces, como si una gran fiesta saliera a recibirnos. Entonces no lo sabía, pero se trataba del Centro Comercial Maremagnum. Esa sería mi primera impresión, una ciudad en colores”.

Con estas palabras me describía un amigo su llegada a Barcelona. Corría el año 2006 y Barcelona vivía todavía la resaca del Fórum de les Culturas, uno de los fracasos más sonados de su historia. La ciudad, acostumbrada a crecer a golpe de grandes eventos, se había quedado años antes sin poder ser Capital Europea de la Cultura y buscó, de forma casi desesperada, una excusa para llevar a cabo nuevos procesos de transformación y reforma urbana, en esta ocasión en los límites de su última y codiciada frontera: la desembocadura del Besòs. A pesar de las ingentes cantidades de dinero y recursos invertidos –más de 3.200 millones de euros y una recalificación de 330 hectáreas, cifra cuatro veces superior a la intervenida para los JJOO de 1992- el megaproyecto no cumplió ni de cerca con las expectativas generadas en cuanto a público o visibilidad. Sin embargo esto no supuso ningún impedimento para que la administración municipal continuara con sus intenciones ni para que la ciudad aumentara significativamente su capacidad de atracción.

En aquellos años Barcelona parecía seguir avanzando inexorablemente en el cumplimiento de los sueños húmedos del que fuera su alcalde por excelencia bajo el Franquismo, el inefable Josep Maria de Porcioles. El antiguo notario, que había fantaseado con una Gran Barcelona dedicada al turismo y a los congresos, se mostraría contento con una ciudad que, años después, se había convertido en la millor botiga del món. De esta forma, si su plan para transformar parte del antiguo barrio del Poblenou en una “Copacaba barcelonesa había salido mal debido, entre otras cuestiones, a la resistencia vecinal, los autodenominados poderes democráticos se habían encargado, años después, de sobrepasar las expectativas iniciales a través de la construcción de la Vila Olímpica. Y algo similar se podría decir del Fórum en 2004, donde una ciudad con tintes revanchistas edificaría sobre las cenizas del Campo de la Bota un verdadero monumento a lo que mi colega Gerard Horta denominaría el no-res, la nada más absoluta, transfiriendo, de paso, inmensas plusvalías a un capital financiero, turístico e inmobiliario que provenía, en parte, del porciolismo. No en vano el mismo ex alcalde recibiría, de la mano de Pasqual Maragall, la Medalla de Oro de la ciudad en el año 1983.

Es en este marco, el del agotado modelo Barcelona, en el que se producirían hechos como los que pasarían tristemente a formar parte de nuestra memoria colectiva con el nombre de la fecha en la que tuvieron lugar, el 4 de febrero. La Barcelona del posa’t guapa; del alcalde Clos subido a la camioneta de la Carnavalona con Carlinhos Brown; de la Guardia Urbana arrancando tomateras en el Forat de la Vergonya; de Centros Comerciales construidos en zonas portuarias para poder abrir 365 días al año; en definitiva aquella ciutat morta plena de fantasmagóricas luces que, posteriormente y en manos del gobierno conservador de Convergència i Unió (CiU), encontraría en la tecnología y lo smart nuevas posibilidades de transformación, extracción y transferencia de plusvalías. Una ciudad y unas calles concebidas y diseñadas para una ciudadanía consagradas únicamente al ocio y al consumo masivo.

En definitiva, una Barcelona en colors.

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De la muerte de un barrio

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Este artículo fue publicado originalmente en el blog SERES URBANOS de El País, el pasado día 22 de febrero de 2016.

De la muerte de un barrio

El carrer Pere IV és un carrer abandonat. Digues la teva! Participa! Esta y otras frases se encuentran entre las que un grupo de vecinos y vecinas del Poblenou, en Barcelona, agrupados bajo el paraguas de la Taula Eix Pere IV utiliza para dar a conocer su iniciativa de revitalización de esta importante parte del barrio.

Desde los inicios de la psicología social y la sociología, allá en el siglo XIX, el crecimiento y la transformación que se estaba produciendo en las ciudades –principalmente en zonas de Inglaterra, Francia y Alemania, pero también en Catalunya- se manifestaron como objetos de interés por parte de estas recién nacidas disciplinas. Los diferentes procesos de industrialización acelerada que estas áreas estaban viviendo, atraían a grandes grupos de población desde las zonas rurales en busca de un empleo y un mejor futuro. Sin embargo, esta atracción por el estudio de las masas no era únicamente una cuestión de cariz intelectual, sino que pronto se mostró también interesada. Así, la parte más conservadora de la Academia estudiaba el fenómeno con la intención de comprenderlo y encontrar los instrumentos pertinentes para su control y puesta al servicio de una burguesía que observaba como se ponía en peligro su hegemonía social y cultural.

Para autores como Georg Simmel, que escribió sobre el Berlín de final de siglo, la vida en la metrópolis estaría basada fundamentalmente en principios intelectuales. Las relaciones sociales producidas en dicho medio, alejadas del antiguo círculo cerrado de la aldea, se encontrarían mediadas económicamente, ya que todo aquello accesible a la razón es posible de formular de manera pecuniaria. Es decir, en la ciudad moderna, a la vez que aumenta la interdependencia entre los individuos debido a la división del trabajo, las ancestrales relaciones sociales de carácter primario se van desvaneciendo y éstas pasan a evaluarse desde el mero interés económico. Algo así como dejar de tener vecinos para pasar a tener proveedores. Esta y otras ideas serían recogidas, posteriormente, por la sociología urbana de la Escuela de Chicago donde autores como Robert E. Park afirmaron que, en la ciudad, “la solidaridad social (está) basada no ya en el sentimiento y en el hábito, sino en la comunidad de intereses”.

Nos hallaríamos así ante la perspectiva de un entramado social urbano basado en los valores del individualismo y la eficiencia económica y donde cierto tipo de vida colectiva –que no comunitaria- apenas tendría cabida. Sin embargo, las ciudades han demostrado ser algo más que todo eso. El ser humano, como ser social, ha creado relatos, memorias y discursos simbólico-ideológicos que luego han podido ser proyectados socioespacialmente y usados como instrumentos solidarios en situaciones de conflicto. Magníficos ejemplos de estos fenómenos los encontraríamos en algunos barrios de Barcelona, aunque también de otras ciudades.

Cuando la Taula Eix Pere IV reclama poder decidir sobre el futuro diseño de una parte esencial del Poblenou -como bien señala el sociólogo Albert Martin sobre el tan manido Plan 22@,  “reformulando o derogando” los planes pendientes de ejecutar-, o cuando parte de los vecinos de Vallcarca, cargados de razones, exigen y plantean alternativas a la Modificación del Plan General Metropolitano (MPGM) de 2002 que tan remarcables efectos ha tenido sobre su barrio, no estamos ante la manifestación de simples intereses económicos individuales, sino ante la evidencia de la existencia de un grupo social que lucha por la supremacía del valor de uso frente al valor de cambio que parece primar en la ciudad contemporánea.

De esta forma, muchos de aquellos barrios que se dieron por “muertos” siguen bien vivos, mientras que su ejemplo de acción y vida colectiva supone un auténtico mazazo para los que previeron su desaparición o su disolución en una simple suma de individuos.

 

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¿Es la hora de la Via Laietana?

Fuente: Giuseppe Aricó

Fuente: Giuseppe Aricó

Este artículo fue publicado originalmente el día 17/04/2016 en eldiario.es y catalunyaplural.cat.

¿Es la hora de la Via Laietana?

Los vecinos y vecinas de Barcelona nos encontramos estos días las calles empapeladas con carteles de decidim.Barcalona, la dinámica participativa puesta en marcha por el Gobierno de Barcelona en Comú con el fin de recoger propuestas para la elaboración de un nuevo Pla d’Actuació Municipal (PAM). Son cientos, miles, las ideas recogidas por la aplicación web que vehicula las iniciativas. Sin embargo, entre ellas encontramos algunas que, como la remodelación de la Via Laietana, parecen aparecer y desaparecer, cual ectoplasma, por la historia reciente de la ciudad.

Aunque ya se habían dado algunos pasos en ese sentido -el Alcalde Trias eliminó la posibilidad de aparcar para los autobuses turísticos en la zona y urbanizó la Plaza Ramón Berenguer- cuestiones más peliagudas, como la posibilidad de ampliación de las aceras o la pacificación del tráfico, quedaron pendientes.

Ha sido un manifiesto impulsado por la Associació de Comerciants de Via Laietana el que ha vuelto a poner el tema sobre la mesa de debate al proponer y publicitar una iniciativa en este sentido presentada al PAM. El texto, titulado Per un nou eix cívic a Barcelona, humanitzem la Via Laietana, viene a recordar la idea original del diseño y construcción de la calle, esto es, la conexión entre el puerto y la ciudad, apostando por la revitalización comercial, la mejora de los espacios públicos y la reducción del ruido, aunque olvida otras cuestiones menos evidentes y, quizás, menos agradables a la memoria de la ciudad.

La apertura de la Via Laietana comenzó en 1908 y no se dio por finalizada hasta pasado, exactamente, medio siglo. Su concepción original es debida a Ildefons Cerdà, el creador del Plan de Reforma y Ensanche, y se encontraba en la línea de lo que se venía haciendo en otras ciudades del orbe europeo, como el Plan Haussmann para París, un proceso de tal envergadura que daría lugar a la expresión haussmannización para referirse a un tipo de intervención urbanística destinada a higienizar las ciudades. Así, bajo la excusa de abrir la ciudad a la circulación del aire a través de la creación de amplios corredores y avenidas, evitando el hacinamiento y la consiguiente insalubridad, se encontrarían otras intenciones, como la de facilitar y mejorar el control de las revueltas populares que precisamente se llevaban a cabo en estos barrios y, de paso, facilitar la circulación de mercancías y la instalación de los nuevos sistemas de transporte que necesitaba el incipiente capitalismo. Es de esta manera que Barcelona, al llevar a cabo su particular haussmanización, eliminó como por ensalmo 300 viviendas obreras y dejó en la calle, sin ningún tipo de compensación, a más de 2000 familias en la zona donde hoy se encuentra la popular Via.

Evidentemente, toda comparación con el pasado es odiosa, pero no deja de ser menos cierto que intervenciones como la que actualmente se proclama como necesaria para la Via Laietana mantienen algunos puntos en común con aquella llevada a cabo hace más de cien años. Si por entonces la conexión entre el puerto y la ciudad se veía como necesaria para facilitar la salida de los productos de la Barcelona industrial mediante el transporte marítimo, en la actualidad, cuando el proceso de acumulación del capital ha pasado de un sistema industrial fordista a otro más flexible basado en los servicios, la ciudad tendría que adaptarse a una economía basada en el turismo, el comercio y el sector inmobiliario. Una nueva haussmannización amplificaría el efecto Born acabando con los restos del popular barrio de la Ribera. Eso explicaría por qué una reforma de tal envergadura estaría siendo impulsada por una asociación de comerciantes y contaría con el beneplácito del Colegio de Arquitectos, los hoteles de la zona, el Palau de la Música, así como con el aplauso, más o menos entusiasta, de CCOO y Foment del Treball, entidades que tienen sus sedes –y por tanto, intereses- en las inmediaciones.

Afortunadamente, parece ser que entre las prioridades de los comunes no se encuentra reformar la Via Laietana. Sin embargo, esta formación podría ser prisionera de la retórica que siempre acompaña a sus declaraciones: la necesidad de procesos participativos que tengan en consideración a los barrios, al espacio público y que conviertan este tipo de emplazamientos en verdaderos ejes cívicos. Será al detallar estos significantes que será posible ver si Barcelona en Comú entiende que toda intervención urbanística supone una prueba de justicia espacial, esto es, la oportunidad de evitar que el derecho a la ciudad sea un derecho solo para unos pocos.

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No olviden

Fuente: eldiario.es

Fuente: eldiario.es

Este artículo fue publicado originalmente en eldiario.es el pasado día 20/12/2015. Puedes ver una versión en catalán aquí.

No olviden

Dos de las cosas que han caracterizado la campaña electoral que acabó el viernes han sido, por un lado, su duración y, por otro, el papel de la memoria. En cuanto a su duración poco hay que aportar. Hay quien dice que la disputa parece haber durado meses, pero es que realmente ha sido así. Desde la irrupción que supuso PODEMOS en los últimos comicios al Parlamento Europeo, pasando por la efervescencia electoral de las municipales y la escala en Andalucía y Catalunya -con su interminable procés-, hasta llegar a hoy han pasado casi dos años. Se dice pronto. A esto hay que sumarle elecciones primarias intermedias, votaciones sobre propuestas y programas electorales, etc. No es que se haya hecho eterno, es que casi lo ha sido.

Puede que la otra cuestión, la memoria, haya pasado desapercibida, pero también ha estado ahí y con más importancia de lo que parece. En realidad, parte de la prolongada campaña ha descansado sobre la lucha por imponer una determinada visión de la realidad actual y, por tanto, por hacerse con las llaves del pasado.

El Partido Popular de Rajoy ha hecho esfuerzos ímprobos por recordar cómo recogieron el país de manos de Zapatero, le herencia recibida lo han llamado. A la llamada herencia recibida han echado, Mariano y los suyos, la culpa de las subidas -varias- de impuestos; la rebaja de las pensiones; las reformas educativas y las exclusiones sanitarias; el abaratamiento -casi regalo- del despido, etc. La herencia recibida ha valido para eso y para más. Para rescatar la banca, y por tanto al país, recortar el sueldo de los funcionarios o no ampliar los derechos recogidos en la Ley de Igualdad socialista. Como partido conservador, no podía ser de otra manera, para ellos la memoria es la herencia.

Por su lado, Ciudadanos es un partido de reciente creación. De hecho se podría decir que parte de su estrategia ha estado basada en presentarse como un partido sin pasado. Sin embargo, esto no quiere decir que no tenga memoria, propia y ajena. Ajena porque le ha recordado continuamente al Partido Popular sus casos de corrupción, que han sido muchos y muy sonoros, y que Mariano y sus secuaces han pretendido minimizar. Y propia porque los de Rivera han querido situarse en ese espacio difuso del centro político -en serio que a estas alturas todavía no sé dónde se encuentra- dejando de lado aventuras como la de Libertas, en las elecciones europeas de 2009, donde iba de la mano del ultraderechista francés Philippe de Villiers y presentaba como cabeza de lista a Miguel Durán, el cual estuvo imputado hace unos años por su gestión al frente de Telecinco.

El Partido Socialista, o lo que queda de él, ha jugado también sus cartas en este sentido. Primero para rechazar el tema de la herencia recibida y luego para, mediante una pirueta mágica, para recodar que han sido ellos los que han realizado siempre las ampliaciones de derechos en la España democrática. La sanidad universal, las becas, la Ley de Dependencia, la descentralización territorial, etc. No podía ser de otra manera para un partido que se propuso transformar España de tal manera que no la reconociese ni la madre que la parió (Guerra dixit). No se han acordado mucho, es verdad, de otras perlas socialistas como la corrupción o la reforma exprés del artículo 135 de la Constitución. Pero para eso está ahí el último de los protagonistas principales de esta historia.

PODEMOS tiene solo dos años pero este tiempo ha sido suficiente para hacerse con un sabroso currículum. El Partido de Pablo Iglesias -sí, porque parece que es suyo- surgió, como un huracán en enero de 2014. Desde entonces ha participado en varias elecciones, ha suavizado -y mucho- su programa electoral, ha tenido que dejar por el camino a alguno de sus dirigentes, ha sufrido altas y bajas de participación en sus procesos internos y ha sido casi omnipresente en cada tertulia, debate o discusión política habida durante esos meses. Como buenos gramscianos han sido los que mejor han comprendido que parte de la batalla política se basa en hacerse con los mandos de los temas a debatir e, incluso, diseñar el área donde se realiza la contienda: la lucha por la -ahora- famosa hegemonía. ¿Y qué es la memoria sino parte de esa hegemonía?

Alberto Garzón y su Unidad Popular han hecho también sus pinitos copando, quizás merecidamente, la memoria obrera, y partidos catalanes como Convergència han pretendido borrar parte de la suya rebautizándose como Democràcia i Llibertat.

En definitiva, la disputa por la memoria -por las memorias- ha estado ahí aunque quizás no nos hemos dado cuenta. No olviden tenerla presente cuando se dirijan a sus colegios electorales.

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