Los nuevos municipalismos y el fin de la Historia

Fuente: singenerodedudasñcom

Fuente: singenerodedudas.com

Este texto forma parte de la editorial que escribí para el monográfico de la Revista Quaderns-e del Institut Català d’Antropologia (ICA) sobre “Nuevos municipalismos y conflicto urbano“.

Los nuevos municipalismos y el fin de la Historia

Sin duda es pronto para juzgar el papel desempeñado por los denominados nuevos municipalismos en la historia reciente de nuestras ciudades. Al fin y al cabo hace menos de dos años, desde las elecciones locales de mayo de 2015, que organizaciones como Barcelona en comú, Ahora Madrid o Por Cádiz sí se Puede gobiernan en algunos de los principales ayuntamientos del Estado español[1].

Para las ciencias sociales se trata de casi unos desconocidos. Y digo casi porque de forma reciente han comenzado a aparecer artículos, monográficos en revistas, libros y otras publicaciones de corte académico donde ya es posible encontrar unas primeras aproximaciones serias al tema. En este sentido, y por destacar algunas, tenemos el último número de la Revista Internacional de Sociología que, editado por Eduardo Romanos y Katrin Uba y bajo el título de “De la contienda política al cambio social. Repensando las consecuencias de los movimientos sociales y los ciclos de protesta”, se acerca a las relaciones entre movimientos sociales, poder institucional y ciclos de protesta. Otro ejemplo de esto mismo, ésta vez realizado desde una perspectiva de corte histórico, es el dossier coordinado por el antropólogo andaluz José Maria Manjavacas “De la indignación a la representación: cinco años de movilizaciones sociales”, publicado por la Revista de Historia Actual. La citada publicación realiza un recorrido histórico-político de algunos de los movimientos surgidos tras el 15M que han acabado alcanzando, ya sea directamente o a través de sus herederos, el poder municipal institucional.

Ahora bien, para la antropología ¿cómo son esos nuevos municipalismos?, ¿qué características tienen?, ¿es posible avanzar una definición de los mismos?, ¿qué papel desempeñan en los conflictos urbanos? Una importante pista sobre éstas y otras cuestiones nos la ofrece el libro que, en el año 2014, publicó el Observatorio Metropolitano de Madrid con el título La apuesta municipalista. La democracia empieza por lo cercano. En él, autores que después estarían vinculados a propuestas como Ahora Madrid intentaban poner negro sobre blanco el papel que las instituciones municipales deberían jugar en el futuro en el marco político-administrativo del Estado español. Para éstos, la apuesta municipalista comprendería la siguiente hipótesis: “Si tomamos las instituciones que resultan más inmediatas a los ciudadanos, los municipios, y los convertimos en ámbitos de decisión directa, podemos hacer realidad una democracia digna de tal nombre” (Observatorio Metropolitano de Madrid 2014: 143), para lo cual se necesitaba un prerrequisito esencial, desalojar del poder a los que, hasta ese momento, lo estaban ocupando. La propuesta pasaba, además, por la creación de unas candidaturas controladas desde abajo, por los ciudadanos, que, más que funcionar como un partido, lo hicieran como un movimiento. Una vez alcanzado el poder se trataría de “predicar con el ejemplo” (Ibíd.: 144).

Si la relación de los nuevos municipalismos con las ciencias sociales es más bien incipiente, otras disciplinas, como el periodismo o la comunicación política, han jugado un papel fundamental en su conocimiento, difusión y crítica desde el principio. Así, es imposible negar la importancia que los medios de comunicación han ejercido tanto en el impulso inicial del movimiento 15M, como en sus posteriores corporalizaciones municipales, autonómicas o estatales. De hecho, no han faltado voces que han calificado el comportamiento de partidos como Podemos[2] como auténticos “medios de comunicación, como un emisor de mensajes” (Gil 2017).

Con el paso del tiempo, sin embargo, estos nuevos municipalismos han adquirido el carácter de mero significante (Espinosa Pino 2016), o significante flotante, añadiría yo recordando a Levi-Strauss (1979), de forma que su manifiesta indefinición sería prueba clara de su carácter de símbolo puro. De este modo, internamente evidencian una amplia heterogeneidad organizativa -partidos instrumentales, agrupaciones de electores o coaliciones de partidos-, y su origen y principales protagonistas provienen de ámbitos y escalas también diferentes. Sin embargo, si en algo coinciden es en el manejo, por parte de los mismos, de una serie de conceptos y definiciones, de relatos y narrativas –de un repertorio simbólico, en definitiva- que los situaría, de forma clara, en aquello que Manuel Delgado, y antes que él, Alain C., denominara ciudadanismo. El antropólogo catalán define ciudadanismo como aquella “corriente teórica más bien difusa que promueve nuevas formas de gestión y participación políticas en las que se realicen los principios democráticos universales en que se dice sustentar el sistema liberal, pero que, se sostie­ne, aparecen adulterados por su usurpación interesada por parte de un capitalismo despiadado, al que se cree viable atemperar de la mano de su reforma moral (Delgado 2016: 11)”.

Los nuevos municipalismos habrían conseguido desalojar del poder a los representantes de la vieja política, pero solo para dar paso a una “nueva élite” personificada por ellos mismos, de forma que, aislados de sus orígenes sociales, habrían apostado por políticas de gestión y neutralidad institucional y por cambios de pequeña intensidad (Espinosa Pino op. cit.). Lo de nuevos habría quedado, así, limitado a los ciclos de protesta que los auparon al poder municipal, mientras que, en relación al ciclo político, es decir, a la representación institucional, las formas partidistas, así como a las expectativas generadas, continuarían girando en torno a un eje de carácter más bien tradicional (Calle Collado 2016).

De esta forma, el empresarialismo urbano, esto es, el papel ejercido por los ayuntamientos en el proceso de acumulación neoliberal que ha vivido el Estado español durante las últimas décadas, y uno de los principales reclamos enarbolados, no solo en La apuesta municipalista, sino también por un amplio espectro de movimientos sociales, aunque contestado, no habría sido eliminado, si acaso mitigado y adornado con eslóganes ciudadanistas como los de “gobierno para todos”, “ayuntamientos del cambio” “articulación colectiva”, “participación” y otros. Se viviría, de esta manera, la recuperación -más evidente en ciudades como Barcelona- de cierto discurso moralizante, más propio de otras épocas, pero que se ajustaría perfectamente a una nueva versión soft del poder institucional de toda la vida; un poder que buscaría neutralizar la conflictividad inherente a toda forma de vida urbana mediante un discurso muy sencillo pero, a la vez, muy poderoso: el de que verdaderamente se ha producido el asalto a los cielos municipal, un verdadero fin de la Historia que solo ocultaría, tal y como nos recordara Manuel Delgado (2016b), la evidencia de “un capitalismo enrollado, afable, participativo y, sobre todo, paternalista en lo social”.

A partir de estos supuestos, el presente monográfico está basado en el Panel que, bajo el nombre de Demandas Urbanas, conflictos y nuevos municipalismos, se llevó a cabo en el pasado II Congreso Internacional de Antropología AIBR, Antropólogos Iberoamericanos en Red celebrado en septiembre de 2016 en Barcelona. El mismo reunió el trabajo de investigadores e investigadoras provenientes de grupos de investigación y centros como el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), el Grupo para el Estudio de las Identidades Socioculturales en Andalucía (GEISA) de la Universidad de Sevilla, el Grupo de Investigación Social Acción Participativa (GISAP) de la Universidad Pablo de Olavide y ETNOCÓRDOBA Estudios Socioculturales, de la Universidad de Córdoba. Los trabajos incluidos en el Panel trataron sobre diversos conflictos y movilizaciones ubicadas en los contextos antes señalados. Desde el caso de Vallcarca, en Barcelona, donde la agónica sentencia establecida por el Plan General Metropolitano de 1976 se alza, insoslayable, aun hoy sobre el barrio pese a los diferentes colores que han vestido el Ayuntamiento, pasando por el de la ciudad de Córdoba, caso paradigmático en el Estado español, una de las ciudades que durante años mantuvo una corporación municipal comunista –Izquierda Unida, después-, hasta llegar a Valencia y su Gobierno a la valenciana, para acabar volviendo a Barcelona y sus irreductibles políticas de control sobre el espacio público.

Tras una productiva discusión y un enriquecedor contraste de experiencias sobre cómo se habían articulado estas protestas en el marco de los denominados nuevos municipalismos, el presente número de Quaderns-e ofrecía la posibilidad de trasladar los resultados y conclusiones de las investigaciones en marcha al resto de la comunidad académica, así como al público en general. Este es el objetivo del presente volumen, un número que se ve acompañado de un dossier Miscelánea que recoge hasta cinco artículos de las más diversas temáticas que han ido llegando al Consell de Redacció de Quaderns-e a lo largo del último año.

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Bibliografía

Alain C. (2006) El impasse ciudadanista, https://vidadealambique.files.wordpress.com/2012/12/impasse-ciudadanista_fragmentos.pdf acceso 2 febrero, 2017.

Calle Collado, A. (2016) “Ciclos políticos y ciclos de movilización. Entre el 15M, Podemos y nuevos municipalismos”, Revista de Historia Actual, 40 (2), pp. 79-94.

Espinosa Pino, M. (2016) “Los nuevos objetivos de Podemos: Madrid y el municipalismo”, publico.es, http://blogs.publico.es/contraparte/2016/09/14/los-nuevos-objetivos-de-podemos-madrid-y-el-municipalismo/ acceso 2 febrero, 2017.

Delgado, M. (2016a) Ciudadanismo. La reforma ética y estética del capitalismo, Madrid: Editorial Los libros de la catarata.

Delgado, M. (2016b) La restauración maragalliana, elpais.com, http://ccaa.elpais.com/ccaa/2016/12/05/catalunya/1480963125_581967.html acceso 2 febrero, 2017.

Gil, A. (2017) “Podemos, el partido como medio de comunicación”, eldiario.es, http://www.eldiario.es/politica/Podemos-partido-como-medio-comunicacion_0_607539437.html  acceso 2 febrero, 2017.

Levi-Strauss, C. (1979) “Introducción a la obra de Marcel Mauss”, in Mauss, M. Sociología y Antropologia, Madrid: Editorial Tecnos, pp. 13-42.

Manjavacas, J.M. (coord.) (2016) “De la indignación a la representación: cinco años de movilizaciones sociales”, Revista de Historia Actual, 40 (Primavera 2016).

Observatorio Metropolitano de Madrid (2014) La apuesta municipalista. La democracia empieza por lo cercano, Madrid: Traficantes de Sueños.

Romanos, E. y Uba, K. (coords.) (2016) “De la contienda política al cambio social. Repensando las consecuencias de los movimientos sociales y los ciclos de protesta,
Revista Internacional de Sociología, Vol 74, No 4.

[1] No incluiré bajo el paraguas de los nuevos municipalismos el caso de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) cuyo recorrido y configuración obedece a dinámicas propias de Catalunya.

[2] En este sentido, son muy clarificadoras las palabras del cineasta Stéphane S. Grueso cuando señala que “Podemos, o Ahora Madrid, o las confluencias o las mareas, no son el 15M, pero sin el 15M no habría habido este tipo de partidos”. Para más información ver: https://goo.gl/0efDtC

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Hasta el Puerto, todo era Barceloneta

Este artículo fue publicado originalmente en el diario Nueva Tribuna el pasado 24/11/2016.

Hasta el Puerto, todo era Barceloneta

Hasta el año 2010, el Port Vell de Barcelona, situado junto al popular barrio de la Barceloneta, era un puerto, digamos, medio. Acogía unos 400 amarres para barcos y botes de entre los 10 y 20 metros de eslora y se encontraba gestionado por Globalia, una compañía que tenía como socios a la extinta Caja Madrid y a Fomento de Construcciones y Contratas (FCC). Justo ese año, Salamanca Group, empresa cuyas raíces llegaban hasta la Rusia de los grandes oligopolios petroleros y que actuaba mediante intermediarios pantalla, compró Globalia por cuatro millones y medio de euros, con el compromiso, además, de hacerse cargo de su deuda.

Justo un año después, con un nuevo gobierno de carácter conservador en la ciudad -Convergència i Unió (CiU)-, la concesión sobre la gestión del Port es prorrogada a Salamanca Group hasta 2036 a cambio de una inversión de 35 millones de euros y su transformación en una nueva marina destinada al turismo de altos recursos y los megayates. A partir de aquí, el término medio difícilmente se podría aplicar a un renovado Port Vell.

Entre las prioridades del nuevo gobierno municipal estaba relanzar el turismo de Barcelona en clave lujo. Poco antes, en unas celebres declaraciones realizadas en campaña electoral, el entonces candidato a la alcaldía Xavier Trias, llamaba a aprovechar la Marca Barcelona, en sus palabras, “una marca explosiva, extraordinaria”, apostando por un turismo, no tanto decantidad sino de calidad -sea eso lo que sea-, además de por su sostenibilidad y, sobre todo, porque Barcelona fuese una ciudad limpia, segura e iluminada(sic) de cara al visitante.

Dicho y hecho, desde el Ajuntament de Barcelona se pusieron manos a la obra, entre otras cosasy mediante una nueva ordenanza de terrazas facilitaron la implantación de este tipo de elementos en el espacio urbano y ampliaron su alcance a establecimientos que, hasta el momento, lo tenían vetado, como carnicerías y panaderías; apostaron por restringir el acceso a espacios anteriormente de acceso libre en la ciudad, como el Park Güell; fomentaron la propia Marca invirtiendo en promoción internacional y en infraestructuras turísticas, y modificaron el Pla d’Usos de Ciutat Vella elaborado por el anterior equipo de gobierno socialista de la ciudad, el cual restringía la apertura a nuevos hoteles y otros establecimientos turísticos en el Distrito.

Entre las curiosidades o coincidencias, la modificación del Pla d’Usos, aprobada en 2013 por CiU, eliminaba la restricción para la apertura de estas empresas, pero solo en el perímetro de Ciutat Vella, esto es, entre otros sitios, justo frente al Port Vell.

Desde entonces hasta ahora, este turismo de calidad se ha aposentado en las inmediaciones del Port y de la Barceloneta: hoteles exclusivos, clubs de lujo, restaurantes elitistas, etc. han aparecido en sus inmediaciones. La calidad, posiblemente, era eso. Sin embargo, para los vecinos la calidad habría resultado ser otra cosa. Cierre de establecimientos tradicionales de la zona, encarecimiento de los precios del suelo, privatización de un espacio que siempre había sido del barrio, etc. Ni siquiera los empleos prometidos en el Club-Restaurante abierto en la concesión han sido reales. Antiguamente, hasta el Puerto, todo era Barceloneta, ahora, sin embargo, esta realidad ha desaparecido.

De esta manera, la apuesta por una economía turística que debiera beneficiar a los vecinos y vecinas de Barcelona en base al conocido efecto trickle down podría haberse convertido, más bien, en desplazamiento socio-espacial y pérdida de identidad local.

En definitiva, el turismo, incluso el turismo de lujo, con todo lo que ello comporta, es una industria y, por tanto, genera externalidades que hay que controlar y regular. Y esto no solo se manifestaría en el empeoramiento o imposibilidad de la vida cotidiana de los vecinos y vecinas de Barcelona, sino que lo notarían los mismos turistas, tal y como una encuesta elaborada el pasado agosto manifestó cuando el porcentaje de visitantes que consideraba la ciudad congestionada de viajeros alcanzada el 58%. Es ahí donde las ciencias sociales juegan un papel fundamental en un intento de comprender y abarcar este tipo de fenómeno de carácter cada vez más global. Una tarea pendiente para la Barceloneta y que se presenta como un reto apasionante.

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De cómo Airbnb quiere a Barcelona

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en La Directa el pasado día 20/06/2018.

De cómo Airbnb quiere a Barcelona

Airbnb ha dado el salto de lo digital a lo analógico y lo ha hecho, en horario de máxima audiencia, en alguno de los programas más escuchados del panorama radiofónico del Estado español. Pero, ¿qué pretende una compañía como Airbnb anunciándose en un medio tradicional cuando se presenta siempre como estandarte de la nueva economía? Es más, ¿no sabe Airbnb, empresa que tiene una multa pendiente de 600 mil euros con el Ayuntamiento de Barcelona, que no puede seguir con sus actividades en la capital catalana sin arriesgarse a otra infracción?, ¿o es que esa campaña no va dirigida a captar clientes –lo que en la jerga de la mal llamada sharing economy se denomina “anfitrión”-, sino que cuenta con otro objetivo más difuso y menos evidente?

Vayamos por pasos. Los cortes con los que Airbnb nos está regalando minutos de publicidad radiofónica cumplen con todos los estereotipos del capitalismo de plataforma, esto es, buenrollo, cosmopolitalismo, sabor a barrio, experiencia, gastronomía local, amor y respeto por la vida en la ciudad. La secuencia es siempre la misma: una o varias voces jóvenes, a veces con un leve acento extranjero, se presenta como el mejor embajador de Barcelona. De fondo, música de rumba y en primer plano toda una retahíla de magníficas intenciones y oportunidades. Para los “invitados”, otro elemento de la neolengua de Airbnb, conocer de la mano de un vecino o vecina de la ciudad aquellos aspectos y rincones que no aparecen en las guías, un contacto con lo auténtico, con los caminos no trillados, etc. Para los ya señalados anfitriones, la posibilidad de llegar a fin de mes mediante unos ingresos extras, de convertirse en embajadores de su ciudad, de conectarse con el resto del mundo… En todo esto, Airbnb prácticamente no aparece en escena. Todo el protagonismo en este festival de cosmopolitismo es para “anfitriones” e “invitados”, mientras que la empresa californiana se limita a figurar en los créditos como si de un mero patrocinador institucional se tratara.

Estas acciones no responden a una política comunicacional destinada a la captación de nuevos usuarios/clientes. En una situación de casi monopolio como la que disfruta Airbnb, así como varias otras de las denominadas plataformas “colaborativas” en distintos sectores, las principales amenazas a sus negocios se ubican afuera del sagrado perímetro del mercado. Si por un lado se acreditan discretas pero intensas actividades de lobbying en los salones del poder legislativo, por el otro hay que convencer a la opinión publica de las virtudes del modelo y conminarlas a aceptar eventuales cambios en la regulación favorables a la “causa”.

Para llevar a los ciudadanos a empatizar con los adalides de esta “revolución”, el relato ha de ser necesariamente depurado de todo elemento de conflicto. De esta forma, se magnifican  las sinergias que el denominado home sharing es supuestamente capaz de despertar. Se trata de sugerir una situación de win win donde nadie pierde nada y todos, de una forma u otra, tienen algo que ganar, aunque sea el mero consuelo de contribuir a un mundo mejor. De hecho, uno de los principales retos de la retórica colaborativa ha sido, precisamente, ocultar detrás de referencias colectivas -el barrio, la comunidad, los vecinos, la ciudad-, el carácter profundamente individualista de las prácticas de alquiler turístico, así como la carga de conflicto que su popularización conlleva en el marco de un mercado de la vivienda ya de por sí conflictivo en una ciudad como Barcelona. Un reto ambicioso pero cada vez más necesario para volver a enderezar una opinión pública que en estos años ha podido ver como la explosión del fenómeno Airbnb ha coincidido con una etapa de intensa aceleración y generación de desigualdades por parte del sector inmobiliario de la ciudad.

Podríamos discutir hasta la saciedad qué fue primero, si los cambios en la demanda por parte de los turistas, es decir, la búsqueda de horizontes que, finalmente, no estaban en playas lejanas y destinos exóticos, sino en las calles y plazas de muchos de los barrios populares de las ciudades; o si lo que supone Airbnb es un nuevo cauce, en forma de vida cotidiana, por el que pueda discurrir un Capital –en mayúsculas- en búsqueda siempre de nuevas inversiones que garanticen retornos cada vez más altos.

De lo que no cabe ninguna duda es de que, cuando Airbnb se presenta en Barcelona con su mejor traje en un intento por reconciliarse con la ciudad y reclamando el derecho de todos a compartir la ciudad, en realidad lo que está proclamando en la posibilidad de su venta. Querer Barcelona no es compartirla con el mundo, sino desmercantilizar su vida social.

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No os engañéis, el PSOE es un nuevo movimiento social

Poco a poco va apareciendo el desencanto. Es normal, excepto los más pro, el resto, o bien hemos tenido tiempo suficiente para metabolizar el subidón de la moción de censura y los primeros nombramientos del Gobierno Sánchez –dimisión exprés incluida-, o, directamente, nunca nos loshabíamos acabado de creer.

Desde antes de la toma de posesión de los nuevos Ministros y Ministras, sin biblia pero con Rey, ya era posible recopilar -desde medios de comunicación y redes sociales- toda una lista de demandas dirigidas a los recién estrenados gobernantes. Una auténtica carta a los Reyes Magos de la Moncloa que incluía desde la subida de las pensiones a la derogación de la reforma laboral, pasando por la reforma de la Constitución, la retirada de la Ley Mordaza, el acercamiento de los presos-políticos-presos a Catalunya y otras tantas ideas y peticiones.

Pero no nos engañemos, ni el PSOE tiene la capacidad, solo 85 Diputados y Diputadas de un total de 350, ni puede conformar las alianzas posibles, tanto PNV como PDCat representan sectores liberales, conservados y democristianos en sus respectivos territorios y Ciudadanos y el PP siguen estando ahí, ni disponen del tiempo necesario, menos de dos años en caso de que Sánchez quiera estirar el tiempo hasta el límite, ni tampoco lo pretenden. El PSOE post-Transición no ha dejado de demostrar, año tras año, que tiene un interés verdadero por modernizar España, sí, pero siempre desde una posición que lo hace mucho más cercano a los postulados de Tony Blair, Renzi o Gerhard Schröder que a, que a… intentando buscar una referencia a la izquierda en Europa me he quedado sin palabras. En definitiva, los socialistas del Siglo XXI son un partido español de corte socio-liberal, mucho más preocupados por el debate cultural que por auténticas propuestas que modifiquen un ápice los cimientos del bloque que maneja los hilos del poder político y económico desde hace décadas en el Reino de España. Es por eso que los he tildado de nuevo movimiento social en el título del presente artículo.

Justo ahora que se cumple el 50 aniversario de Mayo del 68 cabría recordar que, si algo trajo ese mes francés, fue una reforma de los usos y costumbres en el mundo desarrollado capitalista. Debajo de los adoquines no estaba la playa –o sí, pero no la que muchos pensaban- sino la disolución del viejo mundo de la posguerra, con sus rígidas relaciones sociales, la preponderancia del valor del trabajo y el mundo masculino industrial, la homogeneidad que otorgaba la cultura de masas, el modelo de familia tradicional, la separación entre cultura y naturaleza, y otros tantos aspectos. Es precisamente uno de los sociólogos que mejor supo interpretar los impactosgenerados a nivel social por el 68 parisino, Alain Touraine, el que acuñó un término que ha pasado a la historia como referente a la hora de denominar las recién inventadas formas de acción colectiva que parecieron surgir entonces: los nuevos movimientos sociales.

Como bien describe Touraine, la sociedad post-industrial se haya en permanente conflicto, pero éste no estaría ocasionado por cuestiones de orden material sino, más bien, por las nuevas prácticas sociales –las costumbres y formas de vida antes reseñadas-, y la categorización del campo cultural, esto es, los significados que pueblan cotidianamente dicho orden. Los nuevos movimientos sociales, nuevos por la consideración de antiguos de aquellos relacionados con la esfera productiva, es decir, los sindicatos y organizaciones laborales, vendrían a realizar propuestas sociales aprovechando las contradicciones existentes. Punto.

Es en esta liga que juega el PSOE. Por eso la preponderancia de mujeres en el Consejo de Ministros y Ministras –ojo, que conste que me alegro enormemente, pero como decía Irantzu Varela, un Gobierno conformado por mujeres no tiene porqué ser necesariamente un Gobierno feminista-; el golpe de efecto con el Aquarius, el barco de los refugiados que el mísero Gobierno italiano no ha querido acoger en sus puertos–aunque ahora dice Marlaska que lo de refugiados ya se verá-; un Ministro de Cultura y Deporte como Màxim Huerta –ah, que ya no está-; una Ministra encargada de la Transición Ecológica –aunque la reforma energética es algo a lo que, de todas maneras, nosobliga Bruselas-, etc.

El partido socialista intentará poner en el centro del tablero cuestiones como la igualdad, el medio ambiente, la solidaridad, etc., cuestiones que sin duda marcarán la diferencia con respecto al Gobierno de Rajoy. Pero que nadie se haga ilusiones, en los temas más importantes, como decía la vieja canción quincemayista: “PSOE y PP, la misma… es”.

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¿El turismo contra los barrios?

Fuente: eldiario.es

Fuente: eldiario.es

Este texto lo escribí a modo de Editorial para el número 1 de la Revista Marea Urbana, de la Taula Veïnal d’Urbanisme de Barcelona, publicada en febrero 2016.

¿El turismo contra los barrios?

Que la ciudad es un espacio de y para el conflicto es un hecho sencillo de comprobar abriendo cualquier periódico: huelgas en los servicios públicos, represión de la venta ambulante irregular, vulneraciones de la legalidad urbanística vigente, manifestaciones varias, desahucios, luchas por la apropiación del espacio urbano, etc. Barcelona, en este sentido, no se queda atrás. Es más, dada su envergadura y su carácter político, social y económico, no puede más que arrastrar toda una historia de conflictividad urbana con conocidos y, a veces, recordados picos de actividad. Desde los sucesos de la Semana Trágica, pasando por la Revolución del 36 y los movimientos vecinales de los años 70, hasta llegar al 15M y sus asambleas de barrio, las acciones de la Plataforma d’Afectats per la Hipoteca (PAH), las ocupaciones de inmuebles destinados a la especulación o, más recientemente, unas protestas vecinales que han puesto de moda un, cada vez más, difundido neologismo, la turistificación.

Si hubiera que establecer un punto de partida, una fecha simbólica en el calendario, desde donde disponer el inicio de estas movilizaciones contra un fenómeno que ha llegado a alcanzar cotas de reconocimiento internacional, este podría ser el verano del año 2014, cuando las protestas llevadas a cabo por los vecinos y vecinas de la Barceloneta saltaron a las páginas de los periódicos y a las pantallas de nuestros aparatos de televisión. Los hechos son por todos conocidos: el Ajuntament, gobernado por Convergéncia i Unió (CiU), era interpelado por un barrio que veía como, pese a unas estadísticas oficiales que decían que únicamente 72 de los 604 apartamentos turísticos legales con los que contaba Barcelona se encontraban dentro de sus límites, la realidad más dura se empeñaba en señalar lo contrario, esto es, la existencia de cientos de pisos turísticos sin licencia y una clara pasividad municipal al respecto. El comercio tradicional desaparecía, los vecinos y vecinas se mudaban, imposibilitados para hacer frente al alza de los alquileres, hoy en día desorbitados, y el barrio, tal y como había sido conocido hasta ese momento, caminaba hacía su desaparición.

Se denunciaron entonces los efectos que años de políticas, tanto municipales como autonómicas y estatales, de barra libre o tarifa plana (términos en aquel tiempo de moda), estaban erosionando gravemente el tejido social de la Barceloneta, pero también de otros barrios emblemáticos como el Gòtic, la Sagrada Família, Poble Sec o Gràcia. Para ello se puso el acento, no solo en criticar la ausencia de una regulación específica y restrictiva sobre todo tipo de establecimientos turísticos -hoteles, pensiones, apartamentos, hostels, albergues, etc.-, así como las prácticas incívicas de algunos de los visitantes, sino también la permisividad institucional con la proliferación de un tipo de turismo de carácter depredador, así como la apuesta por modelos elitistas para zonas como el Port Vell o Diagonal Mar.

No creemos que sea un error adjudicar parte del éxito de una fórmula electoral como Barcelona en comú a, por un lado, el saber hacer suyas las exigencias vecinales y, por otro, a la implicación de algunos de sus líderes en conflictos que escapaban al ámbito más inmediato de los barrios, alcanzando niveles de ciudad. No obstante, también es cierto que los vecinos y vecinas no se quedaron cruzados de brazos en espera de una hipotética resolución de la problemática por parte de las renovadas instituciones municipales. La Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS), a nivel suprabarrial, así como plataformas y entidades de menor tamaño, como EnsPlantem en el Poblenou, o la Xarxa Ciutat Vella No Està en Venda, nacieron o tomaron nuevos bríos en este nuevo contexto local, coordinando esfuerzos y compartiendo dinámicas y acciones.

Como dice Claudio Milano en su artículo, incluido en el presente número, “Turismofobia: cuando el turismo entra en la agenda de los movimientos sociales”, las resistencias vecinales contra la presión turística suponen un fenómeno ciertamente novedoso en el panorama europeo, así como en el Estado español, y más aun las reflexiones en torno a la relación entre el turismo, el derecho a la vivienda, la justicia espacial, el acceso al espacio urbano o los procesos especulativos. Es por esto que los artículos que conforman el dossier central la Revista, elaborados por miembros de la propia ABTS en base a su experiencia o sobre las conclusiones recogidas durante la celebración del 1er. Fòrum Veïnal sobre Turisme -celebrado durante los primeros días de julio de este año-, recogen los anhelos, demandas y propuestas de un amplio movimiento vecinal que no deja de estar alerta.

Se completa el número 1 de Marea Urbana, además de con otras secciones estables, con un artículo que persigue ser una reflexión sobre el turismo de masas; con otro que ahonda en la cruda realidad de las externalizaciones presentes en el sector hotelero, para finalizar con un texto que pretende hacernos reflexionar sobre las formas, escasamente democráticas y fuertemente vinculadas al sistema neoliberal, en las que se diseñan las políticas urbanas a nivel global. Las conferencias preparatorias continentales, así como la cita final de la Agenda Urbana de Habitat III (un capítulo de políticas que estará vigente en el marco de Naciones Unidas por un periodo de veinte años), han pasado desapercibidas para la opinión pública, permaneciendo su crítica y conocimiento restringido a los ámbitos más cercanos de la alta empresa, la academia y la política local.

Esperamos que el presente ejemplar sirva para consolidar una Revista con vocación crítica que no pretende otro objetivo que el de convertirse en una herramienta útil en manos de diferentes colectivos, vecinas y vecinas de Barcelona, y recoger sus principales debates, inquietudes y propuestas.

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El trabajo instantáneo

Este artículo fue publicado originalmente el pasado día 20/07/2016 en Eldiario.es y Catalunyaplural.cat

El trabajo instantáneo

El verano ha llegado con fuerza y, además de un importante incremento de las temperaturas, nos trae nuevamente algunas campañas publicitarias que, al menos, nos deberían dar que pensar. En concreto, me estoy refiriendo a aquella que muestra una aplicación para teléfono móvil que te garantiza conseguir trabajo en pocos días, incluso en 24 horas, y que algunos autobuses urbanos del conjunto del Estado lucen en sus laterales. El hecho de que una simple app te pueda conseguir un trabajo instantáneamente y no el esfuerzo coordinado de miles de agentes públicos y privados que cuentan con décadas de experiencia en tal cuestión, nos debería dar una idea del tipo de sociedad en la que vivimos y del papel que el propio trabajo juega en ella, algo en lo que las políticas de flexibilización puestas en marcha a lo largo de las últimas décadas tienen una enorme responsabilidad.

Los debates en torno al trabajo como mercancía tuvieron cierta importancia a mediados del siglo pasado. Autores como Karl Polanyi advirtieron que aquello que se daba como un hecho natural, el que la gente tuviera que vender su fuerza de trabajo en el mercado para poder sobrevivir, era un elemento relativamente reciente en la historia de la humanidad. Polanyi también destacó cuestiones como la consideración de la tierra como factor de producción, objeto también, por tanto, de las disposiciones del sistema capitalista, o la indiferenciación, en las sociedades denominadas tradicionales, de la economía del resto de esferas constitutivas de la vida (la familia, la política o la religión), versión popularizada por los autores liberales ingleses y americanos.

Nuestra consideración del trabajo es, por tanto, una realidad reciente y se encuentra fundamentada, sobretodo, en las grandes transformaciones que se produjeron en Europa y Estados Unidos a lo largo de los siglos XVIII y XIX, donde la revolución industrial y la expansión del capitalismo contribuyeron a polarizar la vida de las grandes ciudades en torno a sectores sociales dispares, esto es, los trabajadores y la burguesía poseedora de fábricas, bancos, etc. Sin embargo, ya en las primeras aproximaciones críticas a la dura realidad de la vida obrera, el trabajo se mostró como un elemento cardinal de identidad y liberación. Las clases sociales no serían solo asépticas y neutrales formas clasificatorias, sino que podrían actuar como auténticos referentes y agrupar aquellos sectores de la población que vivían situaciones similares de explotación. Ser un trabajador -ser de clase obrera- se convirtió en un poderoso elemento de adscripción.

Los principales, y más efectivos, ataques a esta consideración del trabajo como elemento de identidad y lucha tuvieron lugar en Europa en los años 70s y 80s del siglo XX de la mano de Margaret Thatcher y su Partido Conservador. La principal victoria conseguida por la líder tory no fue tanto la privatización de los amplios medios de producción públicos o doblar la mano a los poderosos sindicatos, que también, sino lograr una profunda transformación de la cultura del país. El trabajo y los trabajadores dejaron de ser los elementos primordiales de la estructura productiva del Reino Unido para pasar a ser considerados casi como enemigos del Estado. La apuesta conservadora por destacar la importancia del individuo y la familia, negando la existencia misma de la sociedad y, por tanto, de las clases que la conformaban, tuvo el efecto deseado de romper los mecanismos de adscripción identitaria y solidaridad de clase que tan profundamente arraigados estaban en la sociedad británica. El Reino Unido, y con posterioridad el resto de Europa, así como Estados Unidos de la mano de Reagan, dejaron de ser espacios relativamente igualitarios con fuertes Estados del Bienestar, y se transformaron en tierras de oportunidad donde, en una lucha de todos contra todos, cualquiera podía triunfar y alcanzar la cima. La estigmatización que sufrieron aquellos que no pudieron, no quisieron o no supieron, subirse al carro de la prosperidad capitalista ha sido magníficamente descrito por gente como Owen Jones en su imperdible Chavs. Y es imposible negar que parte de la responsabilidad del Brexit pudiera recaer en unas asustadas y empobrecidas clases sociales trabajadoras que siguen existiendo y que han acabado reconociendo su enemigo no tanto en aquellos que los explotan y en los mecanismos que lo hacen posible, sino en el fontanero polaco, el tendero pakistaní o el refugiado sirio.

De este modo, la lucha por un trabajo que garantice una vida digna, no instantánea, no es solo aquella por la supervivencia diaria, sino que es necesario englobarla en una disputa ideológica global y a más largo plazo donde éste juega un importante papel identitario. Como referente en la lucha contra una explotación que se produce en diferentes ámbitos, el trabajo tiene que recuperar su posición central en el tablero social.

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Pepe Rubianes y la construcción de la memoria espacial de la ciudad

Fuente: barcelona.cat

El Gobierno de Barcelona, en manos de los comunes, ha aprovechado el aniversario de la proclamación de la II República Española para celebrar lo que han denominado Primavera Republicana. Se trata de toda una semana de diferentes actos -conciertos, exposiciones, charlas, ofrendas, etc.- con el que pretenden rendir homenaje a unos de los pocos periodos realmente democráticos -el único, si tenemos en cuenta la historia constitucional, según el catedrático Pérez Royo- de la historia reciente de España.

Entre los eventos programados se encuentra el cambio de nombre de una calle del barrio de la Barceloneta. Se trata éste, la mayoría de las veces, de un acto de carácter burocrático, solicitado y aprobado en instancias poco glamurosas de los Ayuntamientos, alejadas de los plenos y las comisiones donde realmente se decide el futuro de las ciudades. Sin embargo, el rebautizo de la calle que va desde el Passeig Joan de Borbó hasta el Passeig Marítim de la Barceloneta, de Almirall Cervera a Pepe Rubianes, no ha dejado indiferente a muchos y muchas. Desde luego, en ello seguro ha tenido que ver la calma tensa que vive la política catalana y, por extensión, la barcelonesa, con la elección del próximo President de la Generalitat de fondo, las manifestaciones por los políticos encarcelados y la vigencia total del artículo 155 de la Constitución. Sin embargo, no debemos olvidar añadir a ello, la situación de relativa debilidad del Gobierno de Ada Colau, la proximidad de las próximas elecciones, las medidas tomadas por el Ayuntamiento de los comunes, etc. Realmente, la coyuntura podría no ser la más propicia para la realización de dicho cambio en el nombre de la calle, aunque claro, ante esta cuestión también cabría preguntarse, entonces, ¿cuál sería ese momento?

De lo que no podemos tener ningún tipo de duda es de que, si algo posee la institución municipal, es de la legitimidad para realizar este tipo de actos. Una legitimidad -basada en el hecho de haber ganado, aunque sea por la mínima, unas elecciones- que no solo le da la capacidad de actuación, sino que también le otorga el poder de replantear y redefinir la memoria espacial de la ciudad. Así lo hicieron muchos de sus antecesores.

Las calles de Eixample de Barcelona no reciben nombres tales como Girona, Aragó, València, Viladomat o Conde d’Urgell por una cuestión gratuita. Los políticos que manejaron las riendas de la ciudad cuando el ensanche diseñado por Cerdà tomaba forma, no solo permitieron que se incumplieran escandalosamente los planes diseñados por este, sino que trazaron, mediante el callejero de la ciudad, un relato basado en su visión de Barcelona como capital de Catalunya. Es exactamente el mismo espíritu que les llevó a levantar un Barri Gòtic de la nada como referente simbólico de una clase social, la burguesía de aquellos años, ávida de unas referencias históricas y patrimoniales que, hasta ese momento, no habían tenido.

Tanto la posterior República, como el oscuro Franquismo, no tardaron en hacer lo mismo. Todavía es posible encontrar en Barcelona gente que llama Avenida Primo de Rivera a lo que hoy conocemos como Gran Via de les Corts Catalanes, o Plaza Calvo Sotelo a la actual Plaça Francesc Macià. Con este tipo de acciones, los poderes establecidos tratan de diseñar un imaginario colectivo acorde a sus propuestas y decisiones políticas. Influyen en una memoria colectiva local incidiendo en el espacio.

De este modo, este último cambio en el nomenclator barcelonés no deja de ser, más allá de una relativa molestia para sus vecinos y vecinas, un intento por recuperar para ese imaginario un referente de la cultura catalana como es Pepe Rubianes. Un tipo que tuvo la osadía de decir que la “unidad de España la sudaba la polla por delante y por detrás”, un provocador, un cómico. Un personaje, en definitiva, que encaja con la proyección de la ciudad que lleva en su ADN político Barcelona en comú. Y fijaos, no puedo estar más de acuerdo.

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