Turismofobia como significante flotante

Este artículo fue publicado inicialmente el pasado día 5/06/2017 en castellano en eldiario.es y en catalán en catalunyaplural.cat

Turismofobia como significante flotante

Si hay una palabra, un término, que abunda en los discursos oficiales -así como en los medios de comunicación- estas últimas semanas, sin duda, aparte de la consabida y eterna corrupción, es el de turismofobia. Pero, ¿qué es la turismofobia?, ¿qué se designa con ella?, ¿quién lo utiliza? y, quizás más importante, ¿para qué?

Bien, lo primero que habría que aclarar es que una cosa es la turismofobia y otra la turistofobia. Como bien recordaba recientemente el profesor Manuel Delgado, el término turistofobia no se refiere tanto a un toque específico de atención que, desde determinados sectores sociales, se realiza sobre la excesiva confianza depositada en el turismo como elemento dinamizador de las economías urbanas sino, más bien, a “una mezcla de repudio, desconfianza y desprecio hacia esa figura que ya todos designan con la denominación de origen ‘guiri’”, entendiendo guiri como aquella figura típica del turista que permanece inexorablemente unida al imaginario social de amplias zonas del Estado español. Es importante subrayar esta diferencia porque en gran cantidad de ocasiones, cuando se produce algún hecho, acción o contestación vinculada con los efectos negativos que tiene el turismo masivo, se la suele tildar de turismofobia, cuando simplemente es una demostración de malestar social. E, igualmente, cuando algunas minorías tienden a llevar demasiado lejos su repulsa simbólica frente a dichas dinámicas, volvemos a encontrarnos con un uso demasiado alegre del término, contribuyendo a la confusión. Y qué decir de las medidas tomadas desde las administraciones públicas con competencias en la ordenación de la oferta turística de las ciudades. Ahí se desatan todos los demonios, ya que se están tocando importantes intereses materiales y la turismofobia se convierte en instrumento de lucha política y social en manos de las partes enfrentadas.

La turismofobia deviene, así, en aquello que Lévi-Strauss denominara un significante flotante, esto es, un elemento que reúne propiedades antitéticas, que puede ser una cosa y la otra, entrando en aparente confusión y contradicción y que depende, finalmente, de su conversión en significado de aquellos valores sobre los que se estructurarían las prácticas. Así, no existiría una verdad única sobre la turismofobia sino que ésta devendría una ejecutora de la misma, algo que se encuentra íntimamente ligada a aquellos vehículos que tienen mayor capacidad –y potencia- de instaurar su versión sobre el tema.

De este modo, es posible tildar de turismofobia, desde determinados medios y sectores sociales, económicos y políticos, las respuestas y demandas vecinales de movimientos sociales provenientes de algunos barrios de Barcelona cuando éstos tratan de abrir un debate público sobre algo que consideran que afecta a sus vidas cotidianas. A la vez que es posible adjetivar como turismófico al Ajuntament de Barcelona en comú cuando intenta gobernar un fenómeno que, creo que todos podemos estar de acuerdo en ello, necesita ser normalizado y regularizado. Y también podemos estar bajo una acción turismofóbica –además de en un error- cuando nos encontramos con pintadas y carteles que criminalizan directamente al turista de la situación que vive un área de la ciudad. E, incluso, por qué no, podríamos estar hablando de una cierta autoturismofobia cuando los propios turistas –según las encuestas realizadas por el Ajuntament de Barcelona en verano del 2016- en un 58% consideran que la capital de Catalunya acoge, palabras textuales, “demasiados visitantes” y que existe masificación a la hora de acceder a determinados emplazamientos. Unos turistas que consideran, en un casi 40%, que los precios que tienen que pagar como visitantes son muy elevados en relación con la calidad que se ofrece.

En definitiva, esto y aquello es turismofobia. No se trata tanto de relativizar la cuestión ni de añadir otro artículo más al marasmo de posiciones líquidas a las que últimamente nos estamos acostumbrado en demasía, sino de un intento por situar un término en su justa medida y reclamar un poco de seriedad y responsabilidad en el uso de una palabra que determinan heterogéneas acciones que pueden llegar a generar efectos por nadie deseados.

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Donde las calles pierden su nombre

Este artículo fue publicado originalmente en el blog Seres Urbanos de El País el pasado día 11/06/2016

Donde las calles pierden su nombre

No, esta entrada no versa sobre la famosa canción de U2, When the streets have no name, aunque no se puede decir que sea ajena a ella. En los ’80, el tema del grupo irlandés alcanzó los primeros puestos de las listas de éxitos en países como Irlanda o el Reino Unido con un mensaje contra el supuesto grado de estigmatización que vivían los vecinos de ciudades como Belfast por el mero hecho de vivir en una calle u otra. Para U2, perder el nombre significaba, en este caso, verse libre de un determinado tipo de identidad.

Hoy día las calles han perdido verdaderamente su nombre. También las plazas, las avenidas, los callejones, los pasadizos, las plazoletas y otros tantos rincones de las ciudades. Solo nos queda el denominado “espacio público”, un espacio finalmente sin identidad que actúa como esfera aséptica y donde parece que solo es posible plantear sociabilidades urbanas, antaño humanas, mediadas por prácticas mercantiles. Se trata, generalmente, de amplias zonas diáfanas, con escaso mobiliario urbano, profusión de verde y colores neutros, poca gente y menos vida. Solo es necesario utilizar algún famoso buscador de internet para ver lo que por tal tipo de espacio se entiende.

Afortunadamente, esta concepción de calles y plazas como higiénicos espacios destinados a la realización de la utopía de las clases medias, tiene sus excepciones en nuestra propia casa –solo hay que darse una vuelta por barrios como Sants o Lavapiés- y no consigue imponerse, por ahora, en otras partes del mundo. Grandes y dinámicas ciudades de potencias emergentes como Sao Paulo, Ciudad del Cabo o Bombay esquivan por ahora la imposición de esta determinada manera de entender los fenómenos urbanos.

Sin ir más lejos, en la citada capital económica india, donde más del 60% de la población vive en condiciones, en ocasiones, no muy dignas en barrios de chabolas o slums, todavía es posible encontrar calles plenas de vida. Como me decía Nirmal, un colega responsable de proyectos de la ONGD Mumbai Smiles/Sonrisas de Bombay, “las calles de los slums están siempre ocupadas de forma muy variada. Comienza a primera hora con las tareas cotidianas de las familias, como el acopio de agua de una fuente comunitaria, y acaba con el lavado de los platos y cubiertos de las cenas, por parte de las mujeres, ya entrada la noche”.

Y digo “todavía” porque Bombay es una de las ciudades donde, debido a las restricciones impuestas por el propio espacio –se trata de una isla-, la demanda de oficinas para empresas y los planes de construcción de centros comerciales y viviendas de gama media-alta, cuenta con unos precios del suelo más elevados a nivel global. Así, las desatadas oportunidades especulativas, a veces mediadas por los planes gubernamentales, elevan la presión sobre los habitantes de los slums de forma que estos no tienen más remedio que abandonar su residencia y trasladarse, con suerte, a alguna de las nuevas promociones que se están realizando en el área metropolitana. Para una urbe como Bombay, donde las mejores oportunidades de empleo se encuentran en el centro de la ciudad, trasladarse a la periferia significa no solo acabar con una determinada forma de vida, sino también pasar largas horas en un ineficiente transporte público a riesgo de verse privado del sustento diario.

Las calles pierden así su nombre, su identidad, su gente, pero sobre todo, pierden su vida.

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Detectives Fernández Díaz

Este artículo fue publicado originalmente en eldiario.es y catalunyaplural.cat el pasado día 23/06/2016.

Detectives Fernández Díaz

Cuando era pequeño, mis padres me llevaron a un colegio fuera del barrio. Todos los días tenía que atravesar media Sevilla para llegar al mismo. Recorría parte de la actual (entonces todavía inexistente) Autovía de Málaga, la cual, al penetrar en la ciudad, cambia su nombre por el de Avenida de Andalucía; pasaba por delante de la legendaria fábrica de la cerveza Cruzcampo (posterior objeto de especulación inmobiliaria bajo gobiernos municipales supuestamente de izquierdas), enfilando finalmente a la izquierda por la Avenida del mismo nombre hasta llegar a la Gran Plaza y, desde ahí, al colegio.

Es bien sabido que la memoria tiene sus propios caminos, rincones y cajones, y, en alguno de ellos, he guardado durante todo este tiempo un cartel, visible desde el semáforo que guardaba el cruce de las avenidas anteriormente citadas, que anunciaba la agencia de Detectives Walker. Recuerdo mi sorpresa al notar que, en aquellos años y en una ciudad de provincias de la década de los 80s, tal empresa pudiese existir. Yo dejaba volar mi imaginación y, claramente influenciado por las pelis de Hollywood, imaginaba sofisticados agentes de incógnito que andaban tras la pista de importantes secretos industriales. Pasado el tiempo, volví a interesarme, por simple curiosidad, por tal agencia, comprobando para mi íntima e infantil satisfacción que ésta todavía seguía existiendo.

Viene esto a colación con los hechos que estos días copan las portadas de los principales medios de comunicación, así como las columnas de opinión, debates y tertulias, en relación con la exclusiva del Diario Público sobre la entrevista que mantuvieron, hace ahora dos años, el actual ministro, el inefable Jorge Fernández Díaz, con el responsable de la Oficina Anti Frau catalana, Daniel de Alfonso.

Decía Marx en “El manifiesto comunista”, que “el poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”. Marx, a través de tal afirmación, dirigía sus dardos, entre otros, contra Hegel y su consideración del Estado como elemento “de libertad universal y objetiva” en la contienda social. El papel del Estado fue un elemento central del debate social y filosófico de mediados del siglo XIX. Los liberales ingleses ya habían señalado, años antes, que la función de éste habría de ser la de, simplemente, garantizar el libre desempeño de los diversos actores sociales y económicos, los individuos, en una búsqueda egoísta que determinaría “la riqueza de las naciones”. La historia ha demostrado que Marx tenía razón. El Estado no es un elemento ciertamente neutral, y ha desarrollado, bajo distintos marcos económicos e históricos, papeles muy importantes para el conjunto de la población, desde el desarrollo de las políticas keynesianas que, tras la Segunda Guerra Mundial, garantizaron 30 años de crecimiento, así como un relativo equilibrio entre las fuerzas del trabajo y el capital, mediante el establecimiento del conocido como Estado del bienestar, hasta su reconfiguración y vuelta a los orígenes decimonónicos en el neoliberalismo, como garante de la seguridad jurídica, el control de las fuerzas de seguridad y orden, y el establecimiento del marco regulatorio básico para el desarrollo pleno del mercado bajo un sistema capitalista. Como nos recordara David Harvey, con la excusa de la imposibilidad de mantener las políticas sociales, dicho neoliberalismo logró imponer hace cuatro décadas el discurso de la  necesidad de liquidación del gasto público, cosa que se tradujo, más bien, en una reestructuración del mismo hacia partidas de seguridad y defensa, tal y como la experiencia americana bajo Ronald Reagan acabó demostrando.

Las actuales élites que dominan los resortes del Estado continúan, así, manteniendo su consideración de “Consejo de administración”, tal y como lo demuestran las prerrogativas, ayudas, desregulaciones, etc., que desde el aparato del poder se realizan en beneficio de los bancos y las grandes corporaciones empresariales de este país. Pero a esta consideración le han sumado una más, la de agencia de detectives al servicio de sus propios intereses. El Consejo de Ministros español actúa, de esta manera, como dicho “Consejo de administración”, mientras que el Ministerio del Interior pasa a desempeñarse como la Agencia de Detectives española o, más bien, como la Agencia de Detectives “Fernández Díaz”.

Ejemplos tenemos todos los días. Desde el intento de “fichar” a destacados referentes activistas de la ciudad de Barcelona (imperdible la investigación realizada por La Directa en este sentido), pasando por la fabricación de pruebas ad hoc para desacreditar fiscalmente a determinados líderes de partidos emergentes o la filtración de supuestos datos contables de gente como el ex alcalde Trias, hasta llegar al contubernio entre Fernández Díaz y Daniel de Alfonso con el objetivo de deslegitimar y desacreditar a destacados dirigentes independentistas catalanes.

Es así como he vuelto a recordar a la honrada gente de Detectives Walker y a pensar que, quizás, Fernández Díaz podría enviar su currículum a la agencia una vez que, crucemos los dedos, él y su Gobierno, con Rajoy a la cabeza, sean desalojados del poder este próximo domingo. Experiencia para ello tiene.

Quién sabe si, quizás otro niño yendo a la escuela, al fijarse en el cartel pueda pensar “ahí trabaja un ministro”. Amigos de Walker, estén preparados.

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Lo que nos dice el caso de ‘Sota’

Fuente: Laura Jiménez

Lo que, hasta ahora, sabemos de los hechos que condujeron al brutal acto que costó la vida a ‘Sota’ hace ahora 12 días es que… no sabemos nada; nada, a ciencia cierta. Tenemos el relato del dueño de la perra, Tauri, el cual niega que ‘Sota’ atacase o mordiese al Guardia Urbano que, poco después, le pegó un tiro. Y tenemos, también, la narración ofrecida por parte del policía que, en su informe, contrariamente afirma que ‘Sota’ le atacó y mordió por encima del codo y que, además, esta acción se produjo debido a las órdenes lanzadas contra él por el nómada estonio. El resto son rumores, gritos, declaraciones, presiones, manifestaciones, etc. Los hay de todos los tipos y colores: que si Tauri estaba drogado; que si fue un Hotel cercano el que avisó a los urbanos de la presencia del vagabundo y su perro, etc. El tiempo, esperemos, arrojará más luz sobre aquella mañana.

Aunque hay algo que sí sabemos o, a menos, intuimos: que la Guardia Urbana, como cuerpo policial, tiene su propia dinámica interna, sus propios intereses colectivos, su jerarquía de valores y normas de funcionamiento, ajenos, a veces, a la agenda política municipal. Desde la llegada de Barcelona en comú al Ajuntament de Barcelona, las manifestaciones de esta autonomía han sido múltiples y diversas. De este modo, lejos de la máxima hegeliana de la consideración del Estado como “garante de las libertades”, la tozuda realidad no hace más que recordarnos la cierta veracidad de las propuestas realizadas por Weber sobre la tendencia del aparato burocrático estatal “a independizarse”. Sonados fueron los desencuentros de los comunes con la policía local barcelonesa a raíz del tratamiento realizado desde el consistorio al fenómeno del top manta, o las reacciones al intento de “desmontaje” de las conocidas como USP (Unitats de Suport Policial), cuerpo que actuaba como antidisturbios de la Guardia Urbana. En el caso de ‘Sota’, la propia actuación policial, o la encendida defensa que sus compañeros realizaron sobre la misma, representaría el último de estos ejemplos (y esto, tanto inmediatamente como después de los hechos; solo hay que ver las fotos que muestran a la perra todavía agonizando y a varios coches policiales acercándose a la zona del incidente).

Pero todavía hay otra cosa que podemos intuir sobre el triste caso de ‘Sota’ y la consiguiente acción policial: la consideración de lo que se puede y no se puede hacer en los espacios públicos de nuestra querida capital de Catalunya; de lo que Barcelona, como ciudad global, quiere y no quiere mostrar a sus visitantes, a sus turistas e inversores. Así, la llamada de atención inicial de los urbanos a Tauri se debió, además de al hecho de que el estonio circulaba con su perra sin atar y sin bozal, a la capacidad que otorga la tan manida Ordenanza Cívica a la Guardia Urbana a la hora de sancionar a aquellas personas que “adopten formas de mendicidad [o] pongan en peligro la seguridad de las personas o impidan de manera manifiesta el libre tránsito de las personas por aceras, plazas, avenidas, pasajes o bulevares u otros espacios públicos”. Es decir, a su poder para determinar dónde, cuándo, qué y cómo nos debemos comportar en nuestras calles y plazas; en qué ciudad vivimos y cuáles son las prioridades de la misma.

En definitiva, más allá del execrable disparo a la perra, lo acontecido el día 18 de diciembre vuelve a poner sobre la mesa la propia composición y características de determinados niveles de la administración pública, en este caso de sus cuerpos de seguridad, así como lo supone vivir en una ciudad como Barcelona;  una ciudad mentirosa que vive de mostrar su cara más bonita y condenar el resto al extrarradio simbólico y físico.

Algo de esto también nos dice el caso de ‘Sota’.

 

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La ciudad de los prodigios(os) alquileres

Este artículo fue publicado originalmente en Eldiario.es y en catalunyaplural.cat el pasado día 07/07/2017.

La ciudad de los prodigios(os) alquileres

“Considering property investment in Spain? It’s more profitable than you might think”. Este y otros anuncios similares poblaban el interior de una de esas revistas corporativas, llenas de publicidad, que es posible encontrar cuando coges un vuelo en una compañía de low cost (ignoro si en las otras, porque no me las puedo permitir). Fue hace unos días, al volver de un viaje al Norte de Europa por temas laborales. Al llegar a casa, sin embargo, otra señal me esperaba en el buzón, “Urgente. Somos expertos en la venta de los inmuebles en Cataluña a los compradores extranjeros procedentes de Rusia, Ucrania, Kazakstan y Oriente Próximo. Nuestra agencia está en el mercado ya 13 años…”. Más allá de los errores gramaticales en una carta que venía en castellano y, entiendo, en ruso, lo que ambos anuncios parecen indicar es que, a nivel internacional, aunque también local, Barcelona y algunas otras ciudades en el contexto del Estado español se presentan como lugares ideales para jugosas inversiones inmobiliarias.

Miremos un poco los datos. Según el último informe publicado por Tecnocasa en colaboración con la Universitat Pompeu Fabra (UPF), el 32% de las compras de viviendas en la ciudad son ejecutadas por inversores, más que por los futuros moradores de las mismas, siendo, a su vez, el 17,7% realizadas por capital extranjero. La vivienda lleva tiempo convertida en una mercancía, solo hay que recordar la famosa crisis del ladrillo, pero su importancia en las economías locales ha retomado protagonismo con renovados bríos. Si en el conjunto del Estado, entre 2007 y 2014, no se construyeron apena viviendas, respuesta lógica en aquellas zonas donde existía un superávit de las mismas -efecto clásico de las burbujas-, en aquellas áreas donde existía un déficit estructural, como en la capital catalana, esta merma en la entrada de nuevas viviendas en el mercado, unida al hecho del poco suelo disponible, a la ausencia de un parque público reseñable y a una política local de vivienda propia, entre otras cuestiones, hizo desplazar, aún más, la búsqueda de una respuesta a la necesidad de un hogar hacía el mercado del alquiler. Por todo ello, y volviendo a los datos ofrecidos por el tándem Tecnocasa-UPF, entre los años 2014 y 2016 la rentabilidad del alquiler se volvió, no solo estable, sino también muy interesante en comparación con otros productos de inversión, alcanzando una media del 4,38% en aquel entonces, más del 5% hoy día, según señalaba Albert González, Team Leader de Alquileres de la inmobiliaria Engel and Völkers (tenía que llamarse Engel) en el reciente reportaje ofrecido por TV3, Barcelona es lloga. Así, esta circunstancia es aprovechada por los inversores antes mencionados para hacer su particular agosto.

Además, según la Agencia de l’Habitatge de Catalunya, a finales del año pasado, el mercado del alquiler ya mostraba ciertos signos de saturación, es decir, necesitaba de la entrada de nuevas viviendas para continuar satisfactoriamente con su triunfal proceso. De forma que esto, sumado a la supuesta reactivación económica general ha hecho aparecer mayores expectativas de precios y rentas vinculadas, una vez más, al alquiler, llevando a que tanto las nuevas promociones que se han comenzado a construir en los solares acumulados durante los años de parón, así como en el poco suelo disponible, pero también la compra de antiguas fincas –inquilinos incluidos- de distintos barrios de la ciudad y la retirada del mercado de viviendas para su uso como apartamentos turísticos, hayan creado un cocktail explosivo que ha llevado a que los precios de los alquileres superen, hoy día, en más de un 20% los de antes de la crisis.

El camino para llegar a esta situación no ha sido rápido, ni tampoco fácil. Se han tenido que producir numerosas circunstancias, algunas inesperadas, pero otras, la mayoría, impulsadas desde distintas instancias públicas y privadas: la ya mencionada inexistencia de una política pública de vivienda que verdaderamente pudiera llevar ese nombre; la apuesta por la conversión de Barcelona –y otras localidades- en ciudades globales sin tener en cuenta lo anterior y dejando que el famoso y neoliberal efecto trickle-down hiciera su trabajo en la asignación de recursos y en el reparto de la riqueza; la desregularización del mercado del alquiler a nivel estatal; el impulso a los cambios culturales necesarios para que la vivienda fuera considerada, finalmente, una mercancía –un país de propietarios antes que de proletarios-; una apuesta decidida porque los motores de la economía fueran los servicios y el sector inmobiliario; la liberalización del suelo; las reformas en el mercado laboral; la apuesta por el turismo como vector económico fundamental en los procesos de restructuración urbana, la oferta de visados a aquellos extranjeros que compren viviendas por cuantías superiores a los 500 mil euros, etc. Ante todo esto solo hay una forma de responder: con potentes y decididas políticas públicas que intervengan en la medida de lo posible en el mercado de la vivienda, tanto de compra como de alquiler, desoyendo los cantos de sirena que apuestan por dejar todo en manos de un Mercado supuesto representante máximo de la eficiencia en la asignación de recursos; los mismos que alegan que la situación actual se debe, precisamente, a que el trabajo de éste se ve sometido a las injerencias de los poderes públicos.

Justo en el viaje al Norte de Europa con el que empezaba el presente artículo, tuve la oportunidad de escuchar al geógrafo norteamericano Don Mitchell comentar algo al respecto que quiero traer aquí a colación: el mercado inmobiliario actual no está funcionando incorrectamente, como se suele alegar, al revés, funciona a la perfección, y deriva los beneficios a los que tienen el poder sobre él, los inversores. No nos olvidemos de esto si queremos que Barcelona, así como otras ciudades, dejen de ser la ciudad de los prodigio(os) alquileres.

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El relato

Este artículo fue publicado el pasado día 28/04/2016 en eldiario.es y en catalunyaplural.cat.

Nos dirigimos, a falta de sorpresa final, hacía unas nuevas elecciones. Parte de la clase política, haciendo gala de una indisimulada falsa modestia, nos bombardea constantemente con mensajes donde reconoce su incapacidad para llegar a algún tipo de acuerdo. “No hemos estado a la altura”, “hemos defraudado a los votantes”, y mi favorita, “la ciudadanía está cansada de votar”, se encuentran entre las frases más escuchadas estos días. Por supuesto, no faltan aquellas voces que, sin ningún tipo de rubor, se encargan de culpar al resto de contendientes del resultado de las negociaciones. Ya saben, el consabido “y tú más”.

Así pues, y si nadie hace nada para impedirlo, el próximo 26 de junio volveremos a acudir a las urnas, algo que ha hecho que los partidos ya hayan comenzado a posicionarse. Algunos reafirman su voluntad de repetir listas y programas; otros, se aprestan a recuperar desechadas alianzas con la intención de ocupar un mayor espacio en el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Todos repetirán cabeza de lista y, lo más importante, tratarán de hacerse con el relato.

Pero, ¿qué es el relato? En el caso en el que nos hallamos, el relato sería el conocimiento, la narración de unos hechos que se han producido o se están produciendo en este preciso momento. Los más avispados se habrán dado cuenta de que este relato coincide con aquello que Gramsci (atención podemitas) llamó hegemonía, es decir, el poder del que goza el grupo dominante para mostrar sus intereses como coincidentes con los generales. En cierta medida, aquel que sea capaz de convencer a los votantes de que le compren su relato y cuente, además, con la mayor cantidad de reconocimiento, o capital simbólico acumulado (atención sociólogos), será el que más posibilidades tendrá de ganar las elecciones.

Sería posible adelantar que el relato del PSOE estará basado en dejar constancia de que ellos, al menos, lo han intentado. Que ha sido Podemos, en este caso, el que no ha querido sumarse al carro de las fuerzas del cambio (por cierto, robo flagrante del concepto al partido morado), conformadas por ellos y Ciudadanos, y que lo han hecho obligados en su lucha por la integridad de España y para no quedar en manos de los independentistas. Pedro Sánchez y sus acólitos obviarán su viaje a Portugal, las imposiciones de Susana Díaz y el Comité Federal y las más elementales leyes de la matemática, es decir, que 130 es menos que 161. En cuanto al reconocimiento, como Pedro Sánchez  no espabile, el día 27 de junio solo lo reconocerán en su casa a la hora de comer.

Por su parte, el relato del Partido Popular pivotará sobre el hecho de que ellos han salvado España de la herencia envenenada de ZP (sí, otra vez), que PSOE y Ciudadanos no han querido sumarse a una gran coalición, así en plan súper-europeo, y que el programa que propone el PP es el único razonable y sensato (sic). Para ello olvidarán todos los casos de corrupción -presentes, pasados y futuros-, que no han movido un dedo en estos meses, que nadie se quiere sentar con ellos ni aunque les inviten a cañas y que Rajoy tiene menos capital simbólico acumulado que Mario Conde y el ex- concejal Bartolín juntos.

Ciudadanos planteará que personifican el auténtico cambio moderno, que pueden pactar a izquierda y derecha (o sea, a derecha), que todo esto lo hacen con grandes sacrificios, ya que, como todo el mundo sabe, ellos están en política de paso, y que han hecho todo lo posible por evitar que en España gobierne Maduro a través de Pablo Iglesias. Por supuesto, olvidarán su participación en la coalición Libertas, que Rivera lleva ya más de 10 años en política y que gran cantidad de sus cuadros son ex peperos rebotados, como Juan Carlos Girauta. Albert Rivera cuenta, sin embargo, con su verbo, su gracia, su presencia y un cierto halo de respetabilidad que le aporta el ir siempre con traje y corbata.

Llegamos finalmente a Podemos. Son másters en hegemonía, su discurso del Gobierno a la valenciana va camino de ser el segundo referente territorial detrás de la paella y aunque, tras su propuesta de alianza con Izquierda Unida, tienen complicado volver al relato que enfrenta a los de arriba con los de abajo, sin duda se han mantenido fieles a principios que, a priori, podrían resultar duros de tragar en determinadas áreas del Estado, como el referéndum catalán. Se verán obligados a dejar atrás las disputas internas, los líos de Madrid, el despido de Sergio Pascual y la sensación de impaciencia por alcanzar el poder que transmiten. Pablo Iglesias mantiene casi intacto su capital simbólico y sin duda lo sacará a relucir en las semanas que quedan hasta el día de la votación. Ya saben, “nos ha faltado una semana y un debate”.

Las cuentas dicen que el resultado de los próximos comicios será muy parecido a los del pasado diciembre, con lo que posiblemente nos veremos, en unos meses, en una situación similar a la de hasta ahora. Cap problema!, que dicen los catalanes, aunque si se me admitiera una pequeña súplica, rogaría a los políticos que, en sus relatos, no nos traten como si fuéramos menores de edad. Pese a lo que digan los politólogos, les puedo asegurar que de votar no nos cansamos, pero de escuchar una y otra vez la misma cantinela, sí.

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(Leroy) Merlín vuelve a Camelot

Fuente: yelp.es

Leroy Merlín, pero también Ikea y otras marcas dedicadas a la venta de muebles y decoración, han comenzado a abrir tiendas en el centro de las ciudades. Si bien, en lo que concierne al Estado español, la combinación de las políticas desarrollistas del Franquismo con el interés de las nuevas clases medias, siguiendo el modelo estadounidense, de mudarse a las afueras, desplazaron, a lo largo de los años 60 y 70, el eje del consumo y producción generales a la periferia, una nueva combinación, un coctel de precariedad milenial y revanchismo urbano, parece empujar a las grandes superficies destinadas al ocio y el consumo a modificar sus prácticas y dimensiones habituales y buscar ubicación en -volver a- los centros urbanos.

La ciudad, de nuevo, se muestra como principal epicentro del proceso de acumulación capitalista en Occidente. Una vez expulsada la industria y convertidas las urbes en verdaderos emplazamientos de consumo, turismo y ocio, con la consiguiente atomización del trabajo y sus organizaciones, la competencia por acceder a esos potenciales consumidores ha llegado, también, a las antiguas grandes superficies. La lógica podría ser la siguiente: estos librecompradores tienen una capacidad de consumo limitada, precaria, no poseen vehículos privados propios por lo que no pueden acceder a los grandes polígonos industriales de las afueras donde tradicionalmente se han instalado estas empresas. Por otro lado, su gusto por lo urbano les hace aborrecer, en cierta medida, la vida del extrarradio. De este modo, la opción que les queda a estas multinacionales es desplazarse ellas mismas en busca del cliente en una nueva versión del clásico: “Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahona”.

Ahora bien, ¿qué consecuencias puede tener este tipo de iniciativas para el paisaje urbano actual? Elucubrando un poco habría que señalar, en primera instancia, una mayor competencia y, por tanto, un incremento del precio, por el siempre escaso suelo urbano. Por pequeñas que sean, estas empresas necesitan espacio suficiente como para mostrar, tocar, oler, sus productos; lo virtual está muy bien, pero cuando se trata de un mueble, mejor es ver cómo queda/es físicamente. Y en segunda instancia, esa subida del coste del metro cuadrado acabará por mermar la capacidad, siempre limitada, competitividad del tejido comercial tradicional. Si bien hasta ahora podían sobrevivir por incomparecencia del competidor, desde ahora pasarán a jugar en la misma liga; y no una liga cualquiera, sino en la premier league de los empleados precarios, la casi infinita capacidad de financiación, las inteligentes campañas de marketing, la economía de escala, etc.

De esta forma daremos un paso más en la uniformidad de nuestro paisaje urbano, en la precariedad de los trabajadores -nosotros mismos-, en la disminución, cuando no directa eliminación, del comercio tradicional y, claro, en el desplazamiento de los propios habitantes de las ciudades, incapaces de subirse al carro de esta nueva senda de consumo. Eso sí, todos y todas podremos tener unos muebles bonitos y baratos en nuestros pequeños y caros hogares.

Así que bienvenido (Leroy) Merlín, de nuevo, a Camelot.

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