La puta eterna

Fuente: @ejanet15 (Twitter)

Fuente: @ejanet15 (Twitter)

Algunas de las prostitutas que habitualmente ejercen su oficio en el entorno de la calle Robadors, en el Raval, se han concentrando cada día a las 12.00 h.- en la esquina con la calle Sant Rafael con el objetivo de denunciar las agresiones y vejaciones de las que han sido objeto a lo largo de las últimas semanas. Tal y como señalan desde determinadas fuentes cercanas a la situación, las protestas en torno a la prostitución no son infrecuentes en un área que estaba llamada a ser una isla de clases medias en el siempre irredento antiguo barrio chino barcelonés. De hecho, en los últimos días, desde algunas entidades se ha denunciado cierto incremento en el nivel de “degradación del lugar”, sumando a los “habituales problemas de prostitución e incivismo”, la aparición masiva de jeringuillas aparentemente abandonadas por los toxicómanos que pueblan la zona.

La identificación constante de la prostitución como un elemento degradante o incívico en los discursos de determinados grupos sociales, pero también, no olvidemos, de las propias instituciones que la persiguen –fue precisamente la prostitución la que llevó al Ayuntamiento de la ciudad a aprobar la Ordenanza Cívica en 2005-, así como la labor de determinados medios de comunicación que les proporcionan el necesario altavoz, abundan en la estigmatización que ha caracterizado históricamente a las prostitutas.

De este modo, la respuesta a la aparición de esta violencia podría estar en el proceso de cosificación que vive este colectivo a través de la elaboración y popularización de determinados relatos, los cuales podrían llegar a justificar, en parte de la población, cierto tipo de acciones con el objetivo de atajar la supuesta amenaza que representan para el conjunto de la sociedad. Salvando las oportunas distancias, fue así como, en la Alemania de los años 30, el gobernante Partido Nazi –con, entre otros elementos propagandísticos, la película El judío eterno– logró hacer recaer sobre el pueblo judío la responsabilidad de sus problemas y, por tanto, la solución mediante su eliminación, de los males que aquejaban al país.

Así, las prostitutas, como miembros más expuestos y débiles ante la violencia patriarcal contra las mujeres, situadas, como nos recordara Jean Paul Sartre, como seres inferiores y, sobre todo, perniciosos, permiten a los violentos no únicamente la “alegría de odiar”, sino también presentarse como seres virtuosos perteneciente a una élite que únicamente busca lo mejor para su ciudad.

En esta ocasión, todo indica a que el Ayuntamiento de la ciudad ha tomado cartas en el asunto y, como acción inmediata, redoblará la presencia policial en la zona en un intento por garantizar la seguridad de estas mujeres a la hora de ejercer su actividad. Sin embargo, no debería -junto al resto de instituciones- de olvidar ese otro ámbito de lucha que son los discursos e imágenes discriminadoras elaborados contra un colectivo que, les guste a algunos o no, forman parte de nuestras calles y plazas y, como tal, son vecinas igual de respetables de nuestra ciudad.

Publicado en Antropología Simbólica, Antropología Urbana | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Los cuerpos de la Mar Bella

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Vivir en Barcelona tiene señalados inconvenientes, no voy a detenerme en ellos, pero también alguna que otra ventaja. A mí, aquella que me resulta especialmente atractiva es la que me permite tener cinco kilómetros de playa a un tiro de piedra de mi casa, no siendo lo del tiro de piedra una metáfora, sino, más bien, una realidad cotidiana.

En línea recta, desde la puerta del bloque de pisos donde vivo, hasta la orilla del mar no habrá más de cuatro o cinco minutos en bicicleta; un poco más andando. Dicha orilla pertenece a la Mar Bella, única playa de todo el litoral expresamente destinada al baño nudista. Aunque la afluencia masiva de turistas que inunda la ciudad ha hecho que este trozo de mar sea, cada vez más, ocupado por textiles, si se visita la Mar Bella a primera hora del día, todavía es posible ver abundantes cuerpos desnudos poblando una arena que, poco después, dejará de ser suya.

Sin negar mi frecuente pertenencia a este sufrido grupo de bañistas mañaneros, en mis visitas a esta playa he creído ver dos grupos bien diferenciados de bañistas (dejaré de lado el grupo de los mirones y de aquellos otros que pasaban por allí). Por un lado, tendríamos aquellos que podríamos denominar la vieja guardia. A este grupo pertenecerían hombres y mujeres mayores de cincuenta, cincuenta y cinco años, con la piel muy curtida por el sol; son aquellos que solo visitan la playa si se pueden desnudar y para los que, tal acción, es casi una acción religiosa. En mi imaginación los veo como maduros hippies posmodernos que buscan una cierta vuelta a la naturaleza, si esto es posible, y no quieren que nada entorpezca su relación y contacto con el mar, el viento y el sol. Mientras que, por otro lado, tenemos a otro grupo al que podríamos denominar el de las posturas. Son mucho más jóvenes, su tono de piel no es ni muy oscura ni muy clara, a años luz del curtido del primer grupo; musculosos y musculosas -aunque priman los chicos- suelen mostrar unos cuerpos completamente depilados.

Es precisamente este segundo grupo el que llama mi atención. Aunque este caso en particular gira en torno al hecho de gente que muestra su cuerpo en la Mar Bella, si ampliamos el foco, en realidad de lo que estamos hablado es de la forma en que nos relacionamos unos con otros en un espacio común, en este caso, una playa.

Richard Sennet, en su obra El declive del hombre público, señala que, a mediados del siglo XIX, las grandes ciudades europeas, pero también las norteamericanas, fueron el escenario de un progresivo cambio religioso. Los dioses fueron desmitificados y el hombre pasó a mistificar su propia condición; su propia vida pasaba a estar llena de un significado que urgía ser revelado. “Los fenómenos se volvieron reales como experiencia inmediata (…) Estas impresiones inmediatas que producían personas diferentes eran tomadas como si fuesen sus personalidades” (Sennet, [1977] 2011) y la apariencia pasaba a ser una expresión directa de esa personalidad. Fue así que, la forma de mostrarse en público, pasó a proyectar nuestro yo interior como una forma de comunicación. El sociólogo de Chicago abunda, así, en el camino ya abierto por Weber en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque desde una particular perspectiva pragmática.

En lo referente, por tanto, al referido grupo de bañistas, éstos con sus prístinos y perfectos desnudos y sus pieles bronceadas estarían intentando proyectar, a través de sus cuerpos, cómo es su conciencia, su personalidad, en una especie de apertura en canal de su propio y más íntimo yo desde el que parecen querer decir, “miradme, estoy desnudo, no llevo ni poseo nada, soy tal y como veis, perfecto y brillante”. Como cualquier proceso comunicativo, esta proyección interior necesita un receptor que sepa decodificar el mensaje, es decir, entender realmente lo que esos cuerpos desnudos quieren decir.

Como he referido antes, este fenómeno no es único y exclusivo de este tipo de emplazamientos. Calles y plazas son testigos diarios de esta comunicación, y gente como Ervin Goffman ya avanzó interesantes estudios sobre estás prácticas microsociológicas en los años 60s del pasado siglo. De hecho, parte del concepto de espacio público descansa sobre sus premisas: Un espacio “de y para las relaciones en público”.

Yo, en mis visitas a la Mar Bella, creo interpretar dichos mensajes. La cosa es que no me los acabo de creer.

Publicado en Antropología Urbana | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , | Deja un comentario

Urbanismo y desigualdad social en un barrio de Barcelona

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Este artículo fue publicado en el Periódico Diagonal el día 4/12/2014

Urbanismo y desigualdad social en un barrio de Barcelona

Antes de nada quiero reconocer el homenaje, casi plagio, que hago del canónico trabajo de David Harvey, Social Justice and the City, editado como Urbanismo y Desigualdad Social en su traducción al castellano, en el título del presente artículo. Reconozco mi total devoción por la obra de Harvey por lo que no es de extrañar que, a la hora de pensar en una frase corta y atractiva que definiera el texto que viene a continuación, me viniera a la mente el nombre de uno de sus trabajos más conocidos. Eso por un lado y, por otro, porque define como pocos la dialéctica transformadora que se está produciendo en la actualidad en muchos de nuestros barrios y ciudades.

El urbanismo, como ya señalara Herni Lefebvre hace más de 40 años, se ha convertido en uno de los principales instrumentos del capital a la hora de controlar el espacio. Las dinámicas que azotan las ciudades bajo el neoliberalismo han llevado a las mismas a convertirse en verdaderos objetos de deseo para el capital financiero e inmobiliario. Ejemplos tenemos a miles, desde la venta de promociones completas de pisos de protección oficial a fondos buitre en Madrid, pasando por los proyectos de transformación y desplazamiento socioespacial en barrios como Malasaña, en la misma ciudad, o las campañas y programas que impulsan las Smart Cities, en Barcelona o A Coruña. Estos ejemplos coinciden en dos cuestiones básicas: la consideración de la ciudad como un generador de rentas, ya sea a través del suelo o de los servicios que proporciona a sus habitantes, y la colaboración, cuando no el impulso, de las instituciones municipales en la consecución de sus objetivos. La última frontera del capitalismo, como afirmara el geógrafo Neil Smith.

La cuestión es que, para poder extraer hasta la última gota de los beneficios que producen las ciudades, es necesario transformarlas primero en otra cosa, aunque también durante el proceso es posible obtener grandes plusvalías. Una ciudad conformada por vecinos y vecinas activos,  donde prevalecen valores de uso frente a valores de cambio, autogestionaria, reivindicativa, social e inquieta no seduce, desde luego, al capital. Para éste, una ciudad atractiva es una ciudad de y para el consumo, pacificada, poblada de relaciones sociales neutras, limpia, ordenada y callada. Aquella que, desde determinadas instancias políticas, se suele señalar como lejos de la incertidumbre y la inseguridad. Y es aquí donde aparece el urbanismo como elemento transformador.

El barrio del Poblenou, en Barcelona, es un buen ejemplo de todo ello. Objeto de deseo desde hace décadas, el viejo Manchester catalán, poblado durante años por fábricas y chimeneas es, hoy día, el reino de las clases medias. Con el derribo, al final de la década de los 80 del pasado siglo, de parte de su obsoleto tejido industrial para situar en él la Villa Olímpica de los Juegos del 92, comenzó un proceso de transformación social digno de la más absoluta de las utopías sociales. Además, la Villa Olímpica no fue un hecho aislado. A lo largo de los siguientes años siguieron cayendo fábricas y levantándose bloques de viviendas para rentas medias y altas y donde, históricamente, había existido un solo barrio, con una identidad fuertemente obrera y cooperativista, aparecieron 5 nuevas unidades altamente dispares. Tan dispares que, en el Distrito del que forman parte, se encuentran algunos de los barrios más ricos y más pobres de Barcelona. La propia Villa Olímpica, con un indicador de renta familiar disponible (según datos de 2012) de 146,6, sobre un total de 100 considerando a la totalidad de la ciudad, y el Besòs con un índice que, a duras penas, supera el 50. El proceso es dinámico, pues en solo cuatro años dichas diferencias han aumentado.

Por otro lado, el capital simbólico del barrio, su identidad, cuando no ha desaparecido, es usado por parte de las empresas turísticas como un reclamo más. Las nuevas familias que habitan sus calles, formadas por jóvenes profesionales con niños y niñas en edad escolar, se han acercado al barrio, en parte, por su localización cercana a la playa, pero también por su carácter amable, casi de pueblo. Los precios del suelo no hacen más que subir repercutiendo directamente sobre los alquileres y los importes de compraventa de viviendas y locales, y los más jóvenes, casi recién llegados a un mercado laboral cada vez más precario, ven imposible seguir en el barrio de sus padres, mudándose a otras zonas más asequibles. Mientras, antiguos negocios, bares y ultramarinos de toda la vida cierran, y tiendas de muffins, bares, restaurantes, terrazas y más terrazas aparecen. Su protagonismo es tal que los vecinos de toda la vida son parte de su clientela. El proceso de transformación social llega, así, al interior de las personas.

Algunos llaman a este proceso gentrificación, o elitización si a uno no le gustan los neologismos, pero lo que es evidente es que no es un hecho aislado sino el resultado de las políticas urbanísticas, y sobre lo urbano, que se desarrollan hoy día en nuestras ciudades. El urbanismo no es neutro, sino que está cargado de intencionalidad, la intencionalidad de transformar nuestros barrios y ciudades desde espacios de uso a espacios de consumo, y donde la desigualdad social no es un daño colateral, sino el fin último del proceso.

 

Mientras escribo estas líneas me llega la noticia de que el señero Ateneu Popular Octubre, el cual desarrolla innumerables actividades sociales, culturales y políticas, podría estar a punto de cerrar sus puertas, o trasladarse, debido al incremento del precio del alquiler impuesto por los propietarios del local. Posiblemente, en su lugar tengamos la ocasión de disfrutar una nueva tienda de magdalenas o pan ecológico.

 

Publicado en Antropología Urbana | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , , | 3 comentarios

#CARRERS: Veïns en traspàs!

Vist al carrer Pujades, Poblenou (14/07/2016)

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Publicado en Antropología Simbólica, Antropología Urbana | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario

La obligatoria circulación del capital y las personas en Barcelona

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Primera versión del artículo “¡Despejad la calle!” publicado el pasado día 04/07/2016 en el Periódico Diagonal.

La obligatoria circulación del capital y las personas en Barcelona

En una reciente entrada de su vídeo blog, Juan Carlos Monedero, fundador de Podemos, advertía del hecho de que si Marx estuviera vivo, posiblemente se estaría pensando en darse de baja de dicho partido político. El comentario del profesor de ciencias políticas hacía alusión al autoproclamado perfil socialdemócrata de la, ya no tan, emergente formación y lo comparaba con el abandono del marxismo por parte del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) en 1959,  y la del propio Partido Socialista Obrero Español (PSOE) a finales de la década de los 70s del pasado siglo. Sin embargo, si Monedero se atreve a conjeturar sobre tal posibilidad en el hipotético y distópico caso de que Marx viviera, yo me atrevo a llevarle la contraria, aunque solo sea por polemizar. En alguna ocasión, he escuchado a Cesar Rendueles tildar de “bocachancla” al filósofo alemán, así que, llevado por mi propia imaginación, me imagino a un Marx imbuido de curiosidad y mala leche observando, y criticando, a Podemos desde dentro.

Y motivos tendría, aunque solo fuera por ver y estudiar las dinámicas que el sistema capitalista ha tomado desde hace unas cuatro décadas, con la aparición del neoliberalismo, así como la respuesta que, desde los partidos políticos de izquierda y los sindicatos, se ha dado a esta nueva relación entre capital y trabajo. El más llamativo de estos procesos, para aquellos que nos dedicamos a estudiar los fenómenos urbanos, es como el capitalismo ha penetrado en lo más íntimo de la vida de las personas en las ciudades, mercantilizando cualquier interacción social: la atención sanitaria y educativa; el consumo más inmediato; los servicios públicos, el transporte y la cultura, el ocio e incluso los espacios de socialización tradicionales como las calles y las plazas. Es lo que David Harvey ha denominado acumulación por desposesión. Es curioso, sin embargo, como ha afectado al espacio urbano en sí, convirtiéndolo en espacios para la acumulación del capital y en verdaderas autopistas para su circulación. El Estado, tal y como preveía el propio Marx, se encarga de su administración y actúa como garante de su adecuado funcionamiento.

Así, en Barcelona, estos días tenemos un magnífico ejemplo de este funcionamiento. El Ayuntamiento de la ciudad ha puesto en marcha el denominado “Plan Verano 2016”. Entre otras cuestiones, dicho plan contempla el reforzado del equipo de agentes cívicos que ya vienen trabajando en la ciudad. Según el Ayuntamiento, la figura del agente cívico es la encargada, entre otras cuestiones, de divulgar y promover el civismo entre los usuarios del espacio público, facilitar información de interés práctico, realizar acciones de divulgación de la cultura cívica, desarrolla actividades que acompañan el uso del espacio público, etc. Dejaremos para otra ocasión dilucidar qué es lo que entiende la principal institución de la ciudad sobre civismo, aunque sería posible conjeturar que serían todas aquellas disposiciones recogidas en la archiconocida como Ordenanza cívica del año 2005.

Pues bien, estos agentes cívicos han comenzado a desarrollar sus acciones nocturnas de promoción del civismo, información de interés práctico y divulgación de la cultura cívica, en el contexto de dicho Plan, en el entorno de las calles Escudellers y Arc del Teatre, así como en las zonas de ocio de la Barceloneta, donde casualmente estos días hemos sido testigos de su modus operandi.

Así, el pasado viernes día 1 de julio, unos amigos tomábamos una copa y charlábamos animadamente en un local de la primera de dichas calles. Como el calor era insoportable en su interior y, además, el dinero no nos llegaba para estar bebiendo toda la noche, decidimos salir al exterior a tomar un poco el aire y seguir con nuestra conversación. Fue de esta manera que fuimos partícipes directo del desempeño de las actividades de algunos de estos agentes. Apoyados en una esquina hablábamos tranquilamente cuando se nos acercó una pareja de estos uniformados. Aunque en la parte delantera del uniforme era posible leer “Ajuntament de Barcelona”, en las mangas llevaban el distintivo de una conocida empresa de seguridad privada y en la espalda aparecía el distintivo “Serveis Cívics”. Con tono directo, aunque amable, nos preguntaron si estábamos tomando algo en alguno de los establecimientos de la calle Escudellers. La conversación, más o menos, fue tal que así:

– Hola, ¿estáis tomando algo en algún bar? – nos preguntaron

– Pues no, estamos aquí hablando y tomando el aire – respondimos.

– Pues no podéis estar, tenéis que dejar libre el espacio, así que circulad.

– ¿Circular? ¿Esto qué es la Ley de vagos y maleantes del Franquismo?

– Si no os vais, tendremos que llamar a la Guardia Urbana. Molestáis a los vecinos. Idos a esa otra calle.

– ¿Molestamos? Estamos aquí sin hacer ruido, ni bebiendo. Además, en esa otra calle, ¿no seguiremos molestando?

– Pues circulad o entrad en algún bar.

Bajo ningún tipo de normativa o regulación municipal se puede prohibir simplemente estar en las calles u obligar a circular por ellas. Asistimos, así, a una metafórica puesta en escena de la necesidad del capital de acumularse y circular. Las calles serían, como hemos señalado antes, espacios para el consumo y la producción, y si esta no se lleva a cabo, los potenciales clientes, esto es, los vecinos y vecinas de las ciudades, simplemente debemos circular, movernos de un sitio a otro para no interrumpir el proceso. Es necesario señalar, por otro lado, que dicha activación de la circulación no se produce por parte del Estado de forma directa (en su versión municipal) sino por una empresa de servicios, esto es, de forma privatizada y externalizada, otra de las características del neoliberalismo.

Por supuesto, no hay que poner en duda las buenas intenciones del Ayuntamiento. Posiblemente, la contratación de este servicio tendría mejores intenciones que las de expulsar directamente a los usuarios y usuarias de las calles, y la administración municipal podría no ser consciente de que aquellos y aquellas que realizan el servicio, los agentes del servei civic, son simplemente agentes de seguridad privada que lo mismo guardan la puerta de una discoteca o una tienda en un centro comercial, que realizan estas maravillosas labores de información cívica. De lo que sí es responsable el Ayuntamiento es de externalizar el servicio, no abolir la Ordenanza cívica aprobada por los socialistas (es más, se han coaligado con ellos) y continuar con la consideración del espacio urbano como un mero soporte del proceso de acumulación capitalista.

Si Marx estuviera vivo, posiblemente escribiera un Brumario, o otro tocho de los suyos, criticando la situación. Su partido, Podemos, gobierna el Ayuntamiento de la mano de Barcelona en comú. O quizás, tal y como señalara Monedero, sí lo abandonaría, volviendo a las oscuras tabernas de Bruselas donde tomaba abundantemente cervezas con Engels. Eso sí, no podría salir fuera a tomar el aire, algún agente cívico se lo impediría.

Publicado en Antropología Urbana | Etiquetado , , , , , , , , , , , | 1 Comentario

Palo Alto. Cuaderno de Campo (04/06/2016)

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Son las 17.24 h.- No hay nadie en la cola. Conforme me acerco a la puerta del mercado, sí que percibo algunas bicicletas aparcadas junto a la entrada. Son un total de 5, de un color naranja, de esas que alquilan algunas empresas a turistas.

Entro sin dificultad. No está la persona de la empresa de servicios que normalmente hace el conteo de entrada. En su lugar hay un guardia de seguridad. Sí hay personal de la empresa en el lado de salida.

Pago mi entrada, 3 euros, y entro. Inmediatamente me doy cuenta de la tremenda animación que hay en el interior. Confieso que esperaba encontrarlo medio vacío, pues este fin de semana coincide con el Primavera Sound, pero no es así. En la parte que hay al entrar a la derecha, donde está el área de comidas, las mesas altas están todas ocupadas por gente que bebe, come algo o simplemente fuma charlando.

En la entrada, de nuevo dos “600s” que anuncian cerveza Moritz dan la bienvenida a los visitantes. Noto la ausencia de la gente de los xurros. En su lugar, un food-truck llamado “Kaixito”. Justo enfrente, hay otra food-truck, aunque con unas connotaciones especiales, pues en vez de ofrecer comidas, sirve para realizar lo que ellos mismos denominan “citas de belleza”, esto es, se trataría de un salón de estética andante y rodante. Está lleno, intuyo por alguna promoción que llevan a cabo.

Los de la app “Zipper” han conseguido su propio stand junto a la puerta. Por lo demás, todo igual.

Continúo en dirección a Buganvilla Street. Encuentro menos gente en la primera calle de paradetes. Continúan presentes, con respecto a anteriores ocasiones, la gente de Gallo Nero y alguna otra editorial. También los de la barbería.

Fuente: Propia

Fuente: Propia

De hecho, justo a su lado, algunos chicos y chicas van vestidos como marineros/as, con gorros y camisetas de tonos azules y blancos. Hay más paradas de ropa que en otras ediciones. La diferencia es notoria. Sigue, también, la parada de cintas para el pelo y gorros Andrea Viêtënc. También la parada de ropa de segunda mano.

Al llegar a Buganvilla Street veo unas tablas de surf dispuestas a modo de exhibición. Al acercarme caigo en la cuenta de que la temática de esta edición del mercado es el tema marinero (en concreto, Beach Market), por esto los chicos y chicas de la barbería iban así vestidos.

Entro en la Concept Gallery y más de lo mismo: Tablas de surf, bicicletas de diseño, zapados, muchos zapatos. De hecho, hay un puesto de gente que vende zapatos “Made in La Rioja”, elaborados con materiales ecológicos y de forma artesanal. Esta galería está casi vacía. Salgo.

Dirijo mis pasos hacía el área de pastelería y comidas. Hay una chica con una guitarra que canta versiones de canciones españolas clásicas en formato actualizado. Concretamente escucho “Ay pena, penita, pena”. La cantante en cuestión es María Rodés, y toca en una sesión denominada “Maridajes Torres”, esto es, animando al público que toma algún vino de dicha marca.

Continúo hasta la zona abierta que hay al fondo, rodeada de puestos de comida, y con mesas y sillas a modo de terrazas dispuestas en el centro. A mi alrededor veo: Delicatessen de Argentina, granizadas, paella, Peixet els Encants, Gat Blau, etc. Me siento un rato a observar.

Todas las mesas están llenas. Gente que viene y se va, que se para a tomar algo, hablar… Justo a mi lado hay un par de familias con niños de unos 8-10 años, quizás un par de chicos lleguen a los 12. Por su aspecto es posible deducir que son de clase media-alta. La estética y la conversación (en castellano) los delata como probables moradores de la parte alta de la ciudad. Las chicas de pelo largo y dorado, vestidas con ropa aparentemente casual, aunque escogida con detalle, de marcas exclusivas, delgadas, de piel morena por el sol. Los chicos con pelo largo, desaliñado, flequillo y gafas valoradas en cientos de euros. Las madres, tonos azules, rubias con mechas; los padres, con polo o camisa de rallas. Mantienen un dialogo intrascendente -el tiempo, las vacaciones-, hasta que de repente, uno de los adultos señala:

  • ¡Mira, mira!
  • ¿Quién? – responde otro.
  • ¡Esos dos, esos dos!

Me fijo en las personas objeto del comentario y veo una chica y un chico, de aquellos que podríamos catalogar de estética hipster: camisa de manga corta con dibujos florales, tirantes, barbas, gafas de sol vintage, peto vaquero…

Abandono el lugar y me dirijo, de nuevo, a la parte de los food-trucks. Los cuento. Son seis si contamos uno pequeño que vende solo café. Compro un pincho en una de estas camionetas denominadas “L’Escorça” y me siento en un banco. Esta es la zona más concurrida de todo el recinto. El público, en general, es más joven que otras veces. Aunque eso no significa que no se vea familias con niños y gente mayor.

Han pasado un par de horas y abandono el recinto.

Publicado en Antropología Simbólica, Antropología Urbana | Etiquetado , , , , , , , , , | Deja un comentario

Demiurgos sobre Glòries. De qué hablamos cuando hablamos de intervenciones urbanísticas

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Este artículo fue publicado, en una versión en catalán, en poblenou.org

Demiurgos sobre Glòries. De qué hablamos cuando hablamos de intervenciones urbanísticas.

A principios del pasado año, una nota aparecida en una de las cabeceras mediáticas más conocidas e influyentes de la ciudad de Barcelona, recogía parte de un discurso pronunciado por el Regidor de Cultura del Ajuntament, Jaume Ciurana, en referencia a la Plaça de les Glòries. Las declaraciones realizadas por el político nacionalista se producían con ocasión de la presentación en público del que sería el enésimo, aunque no último, equipamiento cultural de la ciudad: el Museu del Disseny. En él, Ciurana señalaba que entre los objetivos del nuevo Museu se encontraba la consolidación de un ‘pool’ cultural (ya sabemos el apego que tienen nuestros políticos a usar anglicismos poco inteligibles para el común de los mortales) en torno a Glòries donde también aparecían l’Auditori de Barcelona, el Teatre Nacional de Catalunya (TNT) y, atención, el nuevo Mercat dels Encants.

Todo aquel que haya conocido el Mercat antes de su traslado a donde antiguamente se encontraba el Bosquet dels Escants, no puede dejar de sorprenderse de que aquella antigua maraña de vendedores y compradores, con su informalidad, sus muebles y enseres en medio de las estrechas callejuelas, sus gritos y sus charlas entre cervezas y cafés, en definitiva, aquel espacio lleno de vida, se pudiera convertir en un referente cultural y turístico de Barcelona y, menos aun, en un elemento de algo denominado ‘pool’ cultural.

La idea de transformar les Glòries no se limita únicamente a su remodelación urbanística –sin atacar en ningún momento la especulación y consecuente apropiación de las plusvalías por parte del capital privado a través de la recalificación del suelo- sino también a eliminar, o al menos transmutar, esa vida. Solo hace falta remontarse unos años atrás para encontrar nuevas evidencias de que lo que verdaderamente persiguen estas intervenciones, no sin cierta prepotencia, es avanzar hacia otro tipo de ciudad, quizás una “Ciudad Muerta”.

Sin ir más lejos, durante la presentación de l’Auditori de Barcelona, Rafael Moneo -que en un principio intentó disputar el liderazgo arquitectónico catalán a Oriol Bohigas y, tras su fracaso, pasó a proyectarse internacionalmente para desgracia de algunos- señaló que la obra perseguía “rematar el ensanche” mediante un edificio que alcanzase su máximo esplendor “no el día de su inauguración (que se retrasó algunos años) sino varios años después, cuando su entorno sea digno de merecerlo”. Por aquel entonces, a finales de la década de los 80, dicho entorno indigno era el actual Fort Pienc, un barrio popular y obrero que tenía la suerte, o la desgracia, de poseer grandes terrenos propiedad de RENFE; terrenos que serían liberados posteriormente por las obras realizadas para transformar la ciudad de cara a los Juegos Olímpicos del 92. Un nuevo ejemplo de ello lo encontramos unos años más tarde, cuando Ricard Bofill padre, encargado por la Generalitat de levantar el TNT, hacía hincapié sobre la degradación que vivía el contexto urbano donde se asentaría el proyectado Teatre. Se trata de “un paisaje muy suburbial y poco configurado”, señalaba el arquitecto, añadiendo, “el TNT es un edificio público y debe mandar sobre el entorno”.

Vemos pues como la intención demiúrgica de la arquitectura, de la mano siempre de políticos ávidos de renombre, así como del capital inmobiliario y turístico, no es otra que la de, mediante proyectos y obras planeadas en la soledad de sus renombrados despachos, intervenir en los entornos urbanos con la pueril intención de modificar comportamientos.

La Plaça de les Glòries Catalanes aparecía en los planes de Cerdà como un elemento central de la Barcelona moderna e igualitaria proyectada para finales del siglo XIX. Olvidada durante años en el cajón de algún despacho del Ajuntament, fue el Reino del coche –otro de los ejemplos del sometimiento de la ciudad al albur de las infraestructuras viarias y de los vehículos privados y los intereses económico-empresariales a él ligados-, pero también objeto de interesantes procesos sociales, de vida urbana, que ponían en entredicho la capacidad conductivista de las intervenciones urbanísticas. No podemos por menos recordar que durante años, en el centro del antiguo nudo viario de les Glòries, la población migrante llegada a Barcelona, sobre todo de Bolivia y Ecuador, llevó a cabo verdaderos torneos de fútbol internacional en un claro ejemplo de apropiación del espacio bajo valores de uso. O que el Bosquet dels Encants era un conocido punto de encuentro de la comunidad homosexual de la ciudad. Ambas actividades, inherentes a cualquier forma de vida urbana, fueron eliminadas por unas autoridades empeñadas, por otro lado, en aprovechar cada palmo del espacio de Barcelona bajo opuestos parámetros de valor de cambio.

De esta manera, el nuevo Museu del Disseny –rebautizado así una vez olvidado el menos eufónico nombre de HUB Disseny Barcelona- no viene tanto a completar un ‘pool’, como nos señalara el Concejal, como a modificar el contexto sobre el que se asientan dichas obras. A transformar las calles y las plazas de espacios de uso a espacios de consumo alineados con el modelo de ciudad neoliberal que nos ampara, arrastrando tras de sí la vida urbana y todos aquellos y aquellas que la manifiestan cada día: los vecinos y vecinas del Poblenou, del Clot, de la Sagrada Familia, de Fort Pienc, etc. La intención del Museu del Disseny, más que albergar vida, es, decididamente, hacer un objeto de ella.

Publicado en Antropología Urbana | Etiquetado , , , , , , , , , , | Deja un comentario