Aprofitant l’avinentesa

Fuente: Shawnleishman (Licencia Creative Commons)

Este artículo fue publicado originalmente en Alba Sud el pasado día 29/01/2018

Aprofitant l’avinentesa

Los datos de ocupación hotelera de Barcelona se resentieron el último trimestre del año pasado. La Patronal del sector, el Gremi d’Hotels de Barcelona, señala para ello dos razones fundamentales: por un lado, una cierta turismofobia por parte de los y las vecinas de Barcelona y, por otro, la inseguridad proyectada por las últimas acciones y decisiones políticas del Parlament de Catalunya en torno al procés independentista.

No niego que las razones sean esas. Es más, seguro que mostrar al mundo entero gente apaleada por la Policía Nacional en la puerta de colegios dispuestos como electorales no es la mejor publicidad para la perla del mediterráneo. Como tampoco los desperfectos ocasionados, por algunas organizaciones juveniles de la izquierda radical, a autobuses que habitualmente realizan recorridos turísticos por la ciudad. Nada más alejado de la realidad que, desde hace tiempo, proyecta Barcelona globalmente: su cosmopolitanismo, color, patrimonio, arquitectura o gusto por el diseño.

Desde el Gremi han aprovechado la coyuntura, l’avinentesa en catalán, para reclamar, de nuevo, cambios en la política turística municipal. Más gasto en promoción, la eliminación de las restrucciones impuestas por el Plan Especial Urbanístico de Alojamientos Turísticos (PEUAT), instrumento regulador que nunca les gustó, reposicionar la Marca Barcelona, etc.

En concreto, en lo relacionado con el turismo de congresos, tal y como recogían unas declaraciones de Joan Clos -a la sazón predidente del Gremi- a un popular diario, parece ser que en la pasada Feria de Turismo FITUR se comentaba que «Barcelona es una ciudad donde [los organizadores de eventos] hoy no quieren ir», de forma que «está excluida para los operadores» a la hora de ofrecerla para Ferias y Congresos.

Los datos, no obstante, parecen apuntar que el descenso en la apetencia de los turoperadores por Barcelona no es nueva. Así, el International Congress and Convention Association, principal asociación mundial de turismo de reuniones, o turismo MICE, señala que, en el periodo comprendido entre los años 2014-2016, Barcelona se mantuvo como tercera ciudad en el ranking europeo de celebración de congresos, aunque con una leve bajada del 0,55% en el número de eventos acogidos. Otras ciudes, como Dublín o Lisboa, registraron, por su parte, importantes subidas: el 42,17 y el 26,61% respectivamente. Mucho peor sale parada Barcelona, sin embargo, en lo relativo al número de visitantes, 28 mil participantes menos, un significativo 21,79% para el mismo periodo considerado. Las más beneficiadas son Roma, con más de 36 mil participantes, un incremento del 114%, Conpenhague, con un 72,65%, Dublín, con el 66,28% o Viena, con un 46,38%.

Si ampliamos el enfoque a nivel estatal, la tendencia no solo se mantiene, sino que se acentúa. En 2016, España acogió 39 eventos menos que solo dos años antes y, en cuanto al número de visitantes, éste se redujo un 24,67%, un total de 71 mil asistentes menos. Los mayores avances europeos se produjeron en Dinamarca, con un incremento del 71%, y en Austra, con un 38,08%.

Durante los años 2014 y 2016 no hubo registradas, al menos no con tanta relevancia mediática, acciones turismofóbicas. Es más, posiblemente, todavía no estuviera popularizada tal expresión. Y en cuanto al procés catalán, Puigdemont, el malo de la película en cuestiones independentistas, fue investido en enero de 2016, con lo que al recien elegido President no le había dado mucho tiempo de desesgurizar nada.

La explicación a la bajada de la relevancia de Barcelona en temas turísticos, y en concreto de Ferias y Congresos, habría que buscarla, quizás, en otra parte: el hecho de que la ciudad no podía seguir creciendo continuamente, aunque queda claro que hay más de uno que así lo desee; la aparición de otros destinos menos maduros, más baratos, igual de seguros y atractivos, que compiten internacionalmente con la capital catalana en la atracción de turistas y eventos, etc.

Desde el Gremi, sin embargo, han preferido ignorar estos datos para, aprofitant l’avinentesa, intentar cambiar la acción política de la ciudad y, de este modo, mirar por sus propios intereses. No queda más remedio que desearles suerte.

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Cuando lo que quema es la crema solar. Turismo y reformas urbanas en un barrio de Barcelona

Fuente: laflordemaig.cat

Este artículo fue publicado en La Voz de la Chimba en junio 2017.

Cuando lo que quema es la crema solar. Turismo y reformas urbanas en un barrio de Barcelona

Sin duda, las ciudades se encuentran entre los protagonistas principales de la gran comedia –o drama, depende de quién lo afirme- que está suponiendo la extensión de las políticas neoliberales a lo largo y ancho del globo. Ahora bien, como no podía ser de otra manera cuando de una obra de estas características se trata, y recordando La Rebelión en la Granja de George Orwell, si bien es verdad que, en general, las ciudades están siendo las protagonistas, también lo es que algunas son más protagonistas que otras. Este sería el caso de Barcelona.

La capital de Catalunya comenzó su trasiego desde una estructura productiva de carácter fordista, más rígida, a otra flexible y con preminencia del sector servicios, a mediados de la década de los 60 del pasado siglo XX. La apuesta de la entonces administración municipal Franquista por situar a la ciudad como referente del turismo de ferias y congresos, o por reformar amplias zonas de la ciudad mediante acciones de tabla rasa -como el Plan de la Ribera en el barrio del Poblenou, con el objetivo de que éste abandonara su condición tradicional como enclave industrial para dar paso a la creación de una nueva Copabacana barcelonesa-, serían algunos ejemplos de ello.

El fin de la Dictadura, la situación económica de crisis global de la década de los 70, la resistencia vecinal, así como la posterior Transición democrática que se llevó a cabo en el Estado español, impidieron que, en un principio, algunos de estos despropósitos se llevaran a cabo. Continuando con el ejemplo del Poblenou, protagonista del presente texto, el señero Manchester catalán inicialmente no dejó atrás su pasado de chimeneas y sirenas para adentrarse, como el mencionado barrio carioca, en un paisaje de playas, turistas y nuevos comercios. Sin embargo, esto no impidió que, un par de décadas después, al vaivén y el sopor del oleaje de la celebración de esa romería laica, según palabras de Manuel Vázquez Montalbán, que fueron los Juegos Olímpicos del 92, y tal y como posteriormente reconocidos autores han señalado –baste citar al geógrafo Horacio Capel o al antropólogo Manuel Delgado-, el sueño húmedo de los gerifaltes franquistas se viera, aunque parcialmente, cumplido en forma de Vila Olímpica.

Ahora bien, esta fue la primera y no la última de las grandes transformaciones que vivió el Poblenou. Así, el mismo año en que se celebraron los Juegos dieron comienzo las obras de lo que, más tarde, ha sido conocido como el barrio del Front Maritim i Diagonal Mar, y que, entonces, recibió el eufemístico nombre de Segunda Vila Olímpica. Más de veinte hectáreas que acogieron 1.723 viviendas de las cuales menos de la mitad fueron a precio tasado -aun estando parcialmente sobre terrenos públicos-, de forma que el proceso de cambio socio-espacial que había comenzado con la primera Vila dio otro paso hacía una situación, la actual, donde ambos barrios se encuentran situados en los más altos en el ranking de renta de la ciudad. Aun así, todavía quedarían un par de hitos más.

El primero de ellos con forma, de nuevo, de mega-evento, la celebración en 2004 del Fòrum Universal de les Cultures. Este magno acontecimiento permitió continuar el avance de Barcelona como ciudad revanchista hacia la desembocadura del Besòs, en los límites de su frontera administrativa. Para los geógrafos María Dolores García-Ramón y Albet Albet éste fue el fin, además, de la denominada Experiencia o Modelo Barcelona rompiendo, entre otras cuestiones, la continuidad espacial y creando guetos socialmente homogéneos de clase media-alta. El segundo de los hitos fue el diseño del Districte 22@ en 116 has. de suelo industrial. El Plan 22@ fue una modificación del Plan General Metropolitano del año 1976 llevada a cabo por el Ayuntamiento de la ciudad mediante el cual se pretendía enfrentar el reto de la nueva economía proponiendo al Poblenou como “la principal plataforma económica y tecnológica de Barcelona, Cataluña y España, en la perspectiva del Siglo XXI”, según palabras de la propia institución municipal. Entre otras cosas, el 22@ perseguía el reconocimiento de 4.614 viviendas preexistentes, además de la creación de 4.000 nuevas en régimen de protección oficial; un aumento de las zonas verdes en 145 mil m2; nuevos equipamientos; la preservación de 114 elementos del patrimonio industrial de la zona y una inversión de 180 millones de euros. Sin embargo, más de 15 años después, solo se habían creado 1.600 viviendas de protección oficial; se habían urbanizado poco más de 40 mil m2 de zonas verdes; se había construido menos del 10% de los equipamientos previstos y el 50,6’% del suelo estaba pendiente de tener completada su transformación. El paradigma de la nueva economía no ha tenido presencia, finalmente, ni en el Poblenou, ni en la ciudad de Barcelona. Como demuestran los datos disponibles, para el año 2015, solo el 30% de las empresas instaladas en el 22@ se encontraban bajo el paraguas de las nuevas tecnologías, siendo el 52,7% empresas ya existentes que se trasladaban al nuevo Distrito, mientras que casi el 70% lo copaban hoteles y compañías vinculadas a los seguros, los servicios financieros y el marketing. Esta es la situación a la que llega el Poblenou en 2017 y a partir de la cual se desarrollan las acciones de plataformas vecinales como #EnsPlantem, Veïns en Perill d’Extinció.

Hoy día, la imagen del barrio es la siguiente: además de la presión ejercida por la construcción de un fallido parque tecnológico que, aunque con limitaciones, ha conseguido atraer parte de las empresas de la nueva economía, con sus consiguientes clases creativas, que se propuso en un inicio; dos barrios colindantes de nueva creación con altos niveles de renta y, por último, 32 hoteles con más de 12 mil camas, más la construcción prevista de 8 más y unos mil pisos turísticos, teniendo en cuenta la oferta regular, así como la irregular de plataformas web de alquiler de viviendas privadas para uso turístico.

El diagnóstico realizado por #EnsPlantem sobre la situación del barrio se basa en tres pilares principales: un fuerte incremento del precio de la vivienda, de alquiler y compra; evidentes transformaciones del paisaje urbano debido a las demandas de los nuevos residentes y, por último, la llegada de determinadas concepciones en torno a la forma de consumir el espacio alejadas de las más tradicionales por parte de los vecinos y vecinas, algo que ha llevado a que los espacios de socialización tradicional del barrio, como la Rambla del Poblenou, se encuentren saturados de mesas y sillas de bares y restaurantes.

Entre los triunfos iniciales de la plataforma se podría considerar el hecho de que la presión popular ejercida ha logrado que, en la nueva herramienta municipal de gestión de la oferta turística, el Pla Especial Urbanístic d’Allotjaments Turístics (PEUAT), se recogiese al barrio dentro de aquellas áreas llamadas a decrecer y donde, en un futuro, cualquier licencia de actividad económica dada de baja, no podrá ver su lugar ocupada por otra. Sin embargo, los envites continúan y, además de las acciones dirigidas a la conversión final del barrio en una mera mercancía turística, deberán articularse otras que sitúen el foco en la ciudad como un todo –el control del precio de los alquileres, la desmercantilización del espacio urbano, el freno a las campañas de atracción de visitantes financiadas con dinero público, etc.- que no sitúen, de manera simple, el problema únicamente en el fenómeno turístico.

Solo así será posible que Poblenou no sea un barrio quemado por la crema solar.

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Imaginemos

Imaginemos una ciudad de tamaño medio. Imaginemos que la economía de esa ciudad depende, en gran medida, de un solo sector productivo. Imaginemos, además, que ese sector se ha visto potenciado y privilegiado durante décadas por unos poderes públicos que, originalmente, no tenían una gran legitimidad democrática. Imaginemos que, de hecho, estos poderes públicos, a veces, se confunden con determinados intereses privados de la ciudad. Imaginemos que, inicialmente, este sector permitió el crecimiento económico, la generación de empleo y atrajo inversiones públicas y privadas y que, pasado el tiempo, debido a su conexión con cierta dimensión simbólica y a factores ajenos al mismo, fue siendo aceptado y celebrado por cada vez más ciudadanos. Imaginemos que, tanto por la dejadez de las Administraciones Públicas como por el empoderamiento del mencionado grupo de intereses privados, este sector llega a ser capaz de dictar las normas y regulaciones que le incumben. Imaginemos que su imbricación con los medios de comunicación es tal que, a veces, es imposible distinguirlos. Imaginemos que, años después, este sector económico comienza a degradar la propia ciudad. Imaginemos que las externalidades que genera empeoran las condiciones de salud, la capacidad de movimiento, la seguridad personal y la vida de las personas en general. Imaginemos que, aun así, la conjunción de intereses políticos y privados hace que no se tome ninguna medida para solucionar la situación. Imaginemos que, de hecho, se criminaliza y señala a aquellos individuos que llaman la atención sobre lo que está pasando.

Pudiera parecer que esta historia está relacionada con una explotación minera, una central térmica o nuclear o una industria altamente contaminante, pero no. Esta historia es la historia de Barcelona y su protagonista es el turismo. Porque es la interrelación de intereses políticos y empresariales, con la anuencia y el apoyo de determinados medios de comunicación, la que hace que, no solo no se replantee el papel que las dinámicas de turistificación están jugando en la ciudad, sino que día sí y día también, se eche más leña al fuego, que gran parte de la cotidianeidad de los vecinos y vecinas de la capital de Catalunya se vea, no ya alternada, sino completamente desplazada por la gestión de un sector económico que nunca fue la “industria sin chimeneas” que nos vendieron. No es necesario imaginar, la realidad ya está aquí.

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Elecciones en Francia: el turismo como puente entre sociedades

Fuente: eleconomista.es

Este artículo fue publicado originalmente el pasado día 19/04/2017 en el diario Nueva Tribuna.

Elecciones en Francia: el turismo como puente entre sociedades

El próximo domingo día 23, mientras en muchas ciudades de nuestro ámbito más cercano se celebra el tradicional Sant Jordi, San Jorge o, simplemente, el Día Mundial del Libro, una conmemoración, donde, simbólicamente, se dan la mano la muerte de dos de las grandes figuras de la literatura universal –Shakespeare y Cervantes- junto a poderosas llamadas a la vida como son las rosas y los propios libros, en Francia se estarán llevando a cabo las elecciones más importantes de las únicas décadas.

Este inminente proceso electoral pone mucho en juego. Por un lado, el gobernante Partido Socialista, con su último Presidente con un más que bajo nivel de aprobación, se presenta extrañamente dividido entre el candidato que ha ganado las primeras, Benoît Hamon, y un outsider de la política tradicional, el liberal e independiente Emmanuel Macron. Por otro, el conservador François Fillon, otrora favorito para la victoria, se encuentra inmerso en diversos escándalos de corrupción de forma que, incluso, grandes y conocidas personalidades de su partido, Los Republicanos, le han retirado su apoyo. La izquierda no socialista, agrupada en torno a la candidatura de La Francia Insumisa y Jean-Luc Mélenchon, parece que va ganando apoyos cada día que pasa y, por último, la presencia ya constante desde hace décadas de la última representante de la familia Le Pen, Marine, al frente del antieuropeista y ultraderechista Frente Nacional (FN). Por supuesto que existen otras opciones, hasta 11 distintas, pero éstas son los que tienen más posibilidades de acceder a la segunda vuelta de las elecciones.

Aunque las encuestas varían casi cada hora, lo que a día de hoy parece más probable, si nada lo evita, es que la candidata del Frente Nacional pase, junto a alguno de sus oponentes, al ballotage del próximo 7 de mayo. El programa electoral de Marine Le Pen está impregnado de una visión altamente nacionalista que propone, entre otras cosas, la limitación de los derechos de los inmigrantes; la restricción de la libertad religiosa; avances en el carácter securitario del Estado; una lucha contra la globalización mediante el fomento del aparato productivo interno francés con liderazgo del Estado y, a nivel de asuntos exteriores, el rediseño de sus relaciones con la Unión Europea (UE) de forma que Francia salga del Tratado de Schengen, el cual garantiza la libertad de movimientos de los europeos por territorio de la Unión; se limite la inmigración interior legal del propio continente y se impongan tasas e impuestos a los trabajadores de origen extranjero, además de recuperar el Franco como moneda nacional, entre otras cuestiones. En definitiva, se trataría de una Francia que se miraría hacía sí misma, rompiendo, en cierta medida, las relaciones que tradicionalmente ha mantenido con el exterior.

Ahora bien, más allá de las posibilidades de dichos planes –por ahora solo electorales- los vínculos que nuestro vecino del Norte ha establecido con el resto del mundo no han sido solo políticos o económicos, sino también culturales, afectivos e, incluso, familiares. En este sentido, el turismo de y hacía Francia ha actuado como un puente entre culturas desde hace décadas. Así, según las últimas referencias aportadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), y con datos de febrero de este mismo año, quitando al Reino Unido, los Países Nórdicos y Alemania, Francia ha sido el origen de aquellos turistas que han realizado un gasto mayor –hasta 341 millones de euros- en nuestro país, con un incremento anual del 18,4%. Esto ha supuesto que más de 1,1 millones de franceses hayan visitado los distintos territorios del Estado español, con un incremento del 6,5% sobre 2016.

En sentido inverso, las cifras también son importantes. Así, Francia, principal destino turístico mundial con más de 85 millones de visitantes en 2015, vio incrementar éstas un 0,9% con respecto el año anterior, según la Embajada de Francia en España. Pese al leve retroceso de los visitantes europeos (-1,5%), largamente compensado por aquellos de origen asiático (+11,6%), las visitas procedentes de nuestro país se vieron incrementadas en un 4,9%, así como las de italianos en un 6,5%. Tal éxito ha hecho al actual Gobierno francés situar, para 2020, su objetivo de visitas en los 100 millones.

En definitiva, Francia es y seguirá siendo un destino mundial aunque sus relaciones con sus países vecinos, miembros del Club Europeo, puedan verse más o menos alteradas por las medidas políticas de los próximos gobiernos. Sin embargo, lo que parece más difícil es que el país ponga en riesgo una actividad como la turística, la cual supone el 7,4% de su PIB. Y no solo eso, sino que, en un mundo cada vez más global e hipermovilizado, los lazos e intercambios sociales, económicos y culturales que, entre otros, el turismo conlleva, hacen altamente improbable el, por algunos deseado, aislamiento de un país que fue, no lo olvidemos, protagonista del Siglo de las Luces.

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La gentrificació amenaça el Turó de la Rovira [Cómic]

Guió: Jordi Mumbrú / Il·lustració: Sagar Forniés I Manu Ripoll

Clicar aquí para descargar el cómic en formato pdf des de la web del Diari Ara.

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La cuestión turística y el COVID-19

Este artículo fue publicado originalmente en Hosteltur el pasado día 27 de julio de 2020.

La cuestión turística y el COVID-19

El COVID-19 ha llegado para cambiarlo todo. Sectores productivos completos, como el turístico, han sufrido, sufren y sufrirán profundamente sus consecuencias. Casi no nos acordamos que, hace escasamente un año, el debate era otro: las dinámicas de turisficación, masificación turística, impacto medioambiental de la actividad, etc. Entre ellos, además, el papel de los movimientos sociales en la denuncia y propuesta de alternativas en torno a la excesiva, en ocasiones, dependencia del turismo de determinados territorios, así como los impactos que generaba en el tejido social, ecológico, económico y cultural. En este sentido, en noviembre de 2019 aparecía el libro Turistificación Global. Perspectivas Críticas en Turismo, editado por Icària y coordinado por Ernest Cañada e Iván Murray.

Las investigaciones que relacionan turismo y movimientos sociales revelan cuestiones relacionadas con las dinámicas y luchas de poder sobre la producción del espacio, la capitalización de los procesos sociales y el uso de los recursos locales. Muchas de las acciones de protesta desarrolladas se han vehiculado a través de estructuras previas, como asociaciones de vecinos o entidades culturales, alejándose de los partidos políticos. Esto se explicaría por los cambios políticos y culturales acontecidos en las sociedades del Sur de Europa en los setenta y ochenta, pero también por los hechos vividos durante los últimos años del milenio y, sobre todo, por la Gran Recesión experimentada, principalmente aunque no de forma exclusiva, por el mundo occidental, a finales de la primera década del nuevo siglo; hechos que han generado unos movimientos que obedecen a marcos más flexibles y horizontales de participación y articulación social y política y que, aunque respondan a cuestiones materiales, se alejan de las rígidas estructuras de antaño.

En la reciente historia turística, nunca habíamos encontrado tal magnitud de casos donde el activismo político y las reivindicaciones de los movimientos sociales se posicionaran tan íntimamente en relación con el crecimiento turístico y sus consecuencias. Esta ola de criticismo, así como la malla enmarañada de colectivos y movimientos sociales que denuncian, pero también reivindican modelos alternativos al imperante en muchas ciudades y territorios, podría ser interpretada en función de la posición de sus protagonistas en procesos concretos de desposesión, así como por la constitución de clases. La crítica contra el sector turístico por parte de movimientos sociales ha ido evolucionando y cambiando de piel. Investigaciones futuras se aparecen como necesarias para poner el foco no solamente sobre las críticas y las denuncias, sino también sobre las propuestas y cómo estas son asimiladas e introducidas en los instrumentos políticos de gobernanza turística, así como las posibilidades de rearticulación que ofrece el impacto del COVID-19. Casos recientes muestran como la presión de los movimientos sociales han influido en medidas como planes estratégicos y ordenanzas municipales en ciudades como Ámsterdam, Paris o Barcelona.

Finalmente, la necesidad de re-introducir los aspectos materiales en el análisis de la relación entre movimientos sociales y turismo permitiría recuperar, aunque sea parcialmente, las propuestas y trabajos llevados a cabo por Manuel Castells a caballo entre los años setenta y ochenta —permitiéndonos hablar de La cuestión turística—, y servirían, también, para abandonar anteriores estériles marcos interpretativos que no persiguen otra cosa que mostrar una realidad despolitizada y desconflictualizada solo acta para la continuación de dinámicas de generación de desigualdad y exclusión.

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Turismofobia, frente de clases y #VidaLaietana

Fuente: fotomovimiento.org

Este artículo fue publicado originalmente en eldiario.es y catalunyaplural.cat el pasado día 13/05/2017.

Turismofobia, frente de clases y #VidaLaietana

La cita era a las 11.00 h.- de la mañana en la puerta del edificio que ocupa los números 8 y 10 en la barcelonesa Via Laietana. Sin embargo, los organizadores, una plataforma compuesta por, al menos, diecinueve organizaciones diferentes de la ciudad, habían llegado unos minutos antes a un callejón cercano para preparar la acción. La idea era sencilla, apropiarse, aunque fuera por un rato, de la Via Laietana; bailar llevando unas cajas de cartón con forma de casas sobre los hombros al ritmo de una ópera, dotar esta amplia avenida de la ciudad de vida construyendo #VidaLaietana en una zona que, actualmente, se encuentra de nuevo bajo el foco de los proyectos de reforma.

El objetivo principal de esta acción artivista no ha sido otro que reclamar al Ayuntamiento de Barcelona que convierta el edificio señalado en parte del prometido parque de vivienda pública, promoviendo la creación de 160 viviendas y comercios de alquiler en un inmueble que, de hecho, ya es de titularidad municipal.

En el manifiesto elaborado para la ocasión, los promotores de #VidaLaietana señalan la «voracidad de la industria turística y del mercado inmobiliario», así como los efectos que éstos generan y que se manifiestan en forma de expulsión de los vecinos y vecinas y de los comerciantes de su barrios, en este caso en el Barri Gòtic y, por extensión, del resto de Ciutat Vella. Una vez más, los movimientos sociales urbanos han denunciado el papel del mercado inmobiliario y masificación turística en las dinámicas de gentrificación y turistificación que se dan en la ciudad, algo que se presenta como una excelente ocasión para reflexionar sobre las últimas, y cada vez más frecuentes, acusaciones de turismofobia que parecen haberse instalado en algunos discursos políticos y empresariales.

Resulta evidente que aquellos mensajes de las paredes que señalan a los turistas como terroristas –Tourist you’are the terrorist– o los responsabilizan de destruir la ciudad –You are destroying the city, tourist go home-, y que pueden ser tildados de turismofóbicos, ponen el acento en la parte, digamos, más débil de la industria turística, el propio turista. Esto puede ser debido a éste es el elemento más visible, el de más fácil acceso, el que tiene una mayor presencia -a veces excesiva- en el espacio urbano de nuestras ciudades. Al contrario que un proceso de reforma urbana, que en principio puede agradar a todo el mundo y cuyos efectos tardan mucho más en verse manifestados, el turismo, los turistas, aparecen ante nuestros ojos copando la cotidianeidad con mayor velocidad y evidencia. Sin embargo, todos y todas hemos sido turistas y, de hecho, se podría considerar que el hecho de ser turista es un logro de las clases obreras de las sociedades de postguerra, con su mes de vacaciones pagadas y su libertad de movimiento.

Por otro lado, recientes encuestas comienzan a mostrar un cierto malestar entre los propios turistas, señalando la masificación y la propia explotación a la que se ve expuesta la ciudad. Los discursos contra el turismo centrado en los turistas se muestran, así, desubicados, erróneos o, lo que es peor, contraproducentes. En gran cantidad de ocasiones la narrativa turismofóbica, además de señalar al culpable equivocado, centra su atención en cuestiones vinculadas al civismo o a indebidos comportamientos en el denominado espacio público, lo cual puede llegar a generar respuestas institucionales basadas en nuevas ordenanzas que regulen el comportamiento en calles y plazas, el endurecimiento de las multas, etc., pero que no harán frente verdaderamente al elemento principal de la cuestión: la producción de la oferta y el hecho de que la ciudad, y en este caso Barcelona, se ha convertido en una gran fábrica social donde las dinámicas de explotación no se restringen, como tradicionalmente han sido, a la esfera productiva, esto es, los lugares de trabajo, sino que atraviesan sus paredes y se trasladan al ámbito de la sociabilidad y la reproducción social, las calles, las plazas, las viviendas, etc.

Una ciudad que vive una excesiva dependencia del turismo puede generar, y genera, disneyficación de los centros históricos, monocultivo comercial, pérdida de identidad local, gentrificación, transformación del paisaje urbano y heridas de muerte a la vida social de los barrios. La respuesta a esta situación puede venir desde la política institucional, el Ayuntamiento, el Gobierno de la Generalitat o del Estado, pero también desde la propia población a través de organizaciones como el reciente Sindicat de Llogaters, cuyo nombre, Sindicat, es más apropiado que nunca en el contexto antes señalado de explotación fuera del ámbito productivo, o la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS), que exige una regulación más profunda de dicho sector.

La acción de #VidaLaietana acabó con «Força» y un llamado a la «vuelta de la vida a los barrios». En solo media hora la plataforma cortó la Via Laietana y bailó, directamente, sobre ella mientras turistas curiosos continuaban con sus paseos, en bici o andando, por ambas aceras de la avenida. El área volvía, así, a su actividad natural, como también volverán los cruces de declaraciones entre instituciones echándose la culpa unos a otros por la compleja situación que enfrenta la capital. Sin embargo, algo bulle y Barcelona ha asistido, una vez más, a la conformación de un frente de clases en la ciudad.

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El año del turismo ¿sostenible?

Esto es una cosa que escribí el 14/02/2017 para Nueva Tribuna.

El año del turismo ¿sostenible?

Desde los años 70 del pasado siglo, desde diferentes agencias e instituciones de ámbito internacional con competencia e intereses en el desarrollo se ha venido apostando por el turismo como una forma relativamente rápida de impulsar el crecimiento económico y, por tanto, solucionar teóricamente problemas vinculados, entre otras cuestiones, a la pobreza y la exclusión social.

A partir de ese momento se produjo un cierto alineamiento entre las políticas de aquellos países interesados en incorporarse a la senda de la modernidad por la vía turística, con la agenda global de instituciones como el Banco Mundial (BM) o el Fondo Monetario Internacional (FMI) (proceso potenciado a raíz del conocido Consenso de Washington), pero también con aquellas empresas tanto nacionales como de carácter internacional que han sabido aprovechar la coyuntura para incrementar su presencia e inversiones en destinos que, hasta ese momento, no estaban a su alcance. El turismo se convierte, desde ese momento, en una pieza importante de determinados países y regiones con resultados y expectativas diversas.

Las Naciones Unidas han declarado 2017 como el Año Internacional del Turismo Sostenible. Por otro lado, desde la aprobación en 2015 -por parte de Naciones Unidas (ONU)- de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y los consiguientes Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), el turismo se articula, de forma decidida, dentro de unas políticas que reconocen que la principal asignatura pendiente, a nivel mundial, es acabar definitivamente con la pobreza. Así, entre los instrumentos para ello, y siempre según los documentos oficiales de la ONU, se encuentra el fomento de un crecimiento económico sostenido e inclusivo capaz de generar empleo decente para todos y todas, la promoción de la cultura y los productos locales y el uso sostenible de los océanos, los mares y los recursos marinos. Estas metas cuentan, como fuente de financiación, con la denominada Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), cifrada en un futuro 0,7% de la Renta Nacional Bruta (RNB) de los países donantes y, sobre todo, con las aportaciones del sector privado.

De este modo, el principal objetivo del turismo bajo el paraguas de los ODS pasaría porque el beneficio generado recayera mayoritariamente sobre las poblaciones locales en un sentido amplio, evitando, de paso, el máximo de los impactos que esta actividad productiva pudiera generar. Esto es, tal y como señalara Jordi Gascón, como un turismo responsable, “una propuesta que [afirma que es] posible plantear modelos turísticos alternativos capaces de respetar el medio ambiente, favorecer primordialmente la economía local, y en el que la población anfitriona tuviera un papel significativo en la gestión”. Sin embargo, como añade el propio Gascón, pese a los intentos de escapar del modelo turístico dominante, el turismo responsable habría sido instrumentalizado por las grandes empresas de forma que, bajo su etiqueta, se proponen actuaciones que finalmente no ponen en duda los fundamentos de tal dominación.

Sea como fuera, el turismo –responsable o no- vinculado a la cooperación internacional depende en gran medida de la citada AOD. España, para llevar a cabo sus políticas de cooperación internacional al desarrollo, entre otros instrumentos cuenta con la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECID), la cual, a su vez, elabora periódicamente un Plan Director y un presupuesto. Para el año 2016, éste significó una inversión total presupuestaria de 2.396,30 millones de euros, lo que supone un 0,21% de su Renta Nacional Bruta, cuantía a la que habría que restar los 947,02 millones de euros destinados a financiar la Unión Europea (UE) y los 439,91 millones destinados a organismos financieros internacionales desde el Ministerio de Economía, según datos de la Coordinadora ONG-España (2016). Nos encontramos, por tanto, lejos del 0,7% deseado.

Si a esto le sumamos que los ODS no se encuentran exentos de crítica, ya que desde diferentes instituciones y colectivos se ha venido insistiendo en las debilidades manifiestas con las que estos cuentan, nos encontramos ante un Año Internacional del Turismo Sostenible interesante, ya que sitúa el turismo en el mapa de la agenda política, pero al que, posiblemente, le queda mucho camino por andar.

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El Pla Caufec o la importància de mirar la perifèria

Este artículo fue publicado originalmente en el Diari Públic el 9 de marzo de 2020.

El Pla Caufec o la importància de mirar la perifèria

El passat cap de setmana, la Plataforma No a al Pla Caufec reprenia les seves activitats de denúncia i sensibilització amb la celebració d’una calçotada al popular Parc del  Pou d’en Fèlix, a Esplugues de Llobregat. En aquesta ocasió, el col·lectiu perseguia subratllar els efectes que sobre el teixit comercial i la restauració local, així com l’ocupació, està generant el Centre Comercial Finestrelles, obert fa escassament un parell d’anys al barri del mateix nom; botigues de proximitat que no han aguantat la competència de les últimes campanyes nadalenques; jubilacions anticipades i tancaments de petits empresaris i empresàries; precarietat en la creació dels nous llocs de treball, etc. són alguns dels resultats tangibles destacats per l’activitat de Centre.

Cal recordar que el Pla Caufec es remunta a l’any 1991, quan l’Ajuntament d’Esplugues, en plena efervescència olímpica, presentava el projecte d’edificar, en terrenys dels barris de Finestrelles i Can Vidalet, un entramat d’oficines, pisos de luxe i centre comercial, en una zona que era, a més, considerada d’alt valor natural al peu de Collserola. El Pla va prendre el nom de l’empresa Caufec, filial al seu torn de SACRESA, propietat de la família Sanhauja, la qual, posteriorment, es farà amb el control del gegant METROVACESA poc abans que esclatés la crisi de la rajola. El cas dels Sanhauja comprant Metrovacesa és similar al dels Figueres comprant FERROVIAL Immobiliària des d’Habitat, l’intent del peix petit per menjar-se al gran amb un resultat final catastròfic. Així, després de nombroses manifestacions, accions simbòliques i intents de frenar el Pla, no va ser sinó la crisi la que es va encarregar d’aturar momentàniament el projecte urbanístic.

El final de SACRESA encara estava per arribar. El 2012, la societat arribava a un acord amb els seus creditors, un 70% de quitament del deute i el compromís de pagament de fins a 400 milions d’euros, el que li suposa el retorn al mercat immobiliari. Un cop es van desfer dels terrenys destinats al Centre Comercial i les oficines -que finalment desenvoluparà Cuatrecasas- els pisos de luxe inicialment previstos, que sortiran al mercat amb valors superiors al milió d’euros, els serviran per esbandir part d’aquest deute.

Pot semblar singular, però el Pla Caufec i els efectes que els desenvolupaments immobiliaris tenen en les poblacions properes a Barcelona, ​​no són poc freqüents. Els barcelonins estem massa acostumats a mirar-nos a el melic i oblidar-nos que, a escassos quilòmetres de les nostres cases i els nostres carrers, processos similars als viscuts per la nostra ciutat s’estan duent a terme. Mentrestant, superfícies comercials que creen paisatges banals i ocupació precària; centres històrics cada vegada més buits i més homogenis, i unes promocions immobiliàries no pensades, precisament, per als veïns i veïnes del context més proper, fan la seva aparició per tot arreu.

Potser sigui aquesta una nova oportunitat, esperem que no l’última, de recordar la importància de mirar a la perifèria.

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