#CARRERS: Barrejant

Vist a la cantonada del carrer Bilbao amb Pallars, Poblenou (18/09/2016)

Font: Pròpia

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La industria turística como ideología

Fuente: Propia

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Reconozco que experimento una sensación extraña, agridulce, cuando me reúno con gente con la que, aun compartiendo visiones y posturas políticas y sociales generales sobre muchas cuestiones, sé que cuando nos acerquemos a temas concretos dados a la polémica, aparecerá, tarde o temprano, cierta fricción. Y esa desazón es por un motivo doble: primero porque me siento inseguro; inseguro para defender ciertas argumentaciones que, aunque en mi fuero interior aparecen claras y prolijas, al enfrentarse a puntos de vista externos temo que podrían desmoronarse muy fácilmente y, segundo, porque esta misma confrontación de ideas me abre nuevas perspectivas y aproximaciones a cuestiones que creía consolidadas y que no lo están tanto.

En los últimos días he participado en alguno de estos encuentros y las fricciones aparecidas me han servido para reflexionar en torno a la consideración del turismo como industria en Barcelona. He de decir, antes que nada, que sigo pensando que la actual situación de la capital catalana deviene de un proceso que se puso en marcha hace ya varias décadas, antes incluso de las primeras elecciones democráticas y la llegada al poder del Partit dels Socialistes (PSC). Este proceso, apoyado posteriormente por una normativa aprobada durante el último franquismo, el Pla General Metropolità (PGM), empujaba la ciudad por un camino donde elementos como la industria no tenían cabida y el futuro se vislumbraba en clave servicios. La propias características geográficas de Barcelona como ciudad enclavada entre dos ríos, el mar y la montaña, impidiendo su crecimiento en extensión; su carácter de capital simbólica y política de Catalunya, y su conexión y relación histórica con Europa, entre otras cuestiones, la hacían adecuada para que se desataran en su seno dinámicas especulativas en torno al suelo. Los empresarios locales de zonas industriales, como el Poblenou, ya habían visto la oportunidad de negocio que dicha orientación les otorgaba (incluso diez años antes de la aprobación del PGM), en el famoso caso del Pla de la Ribera. Los Juegos Olímpicos, la celebración del Fòrum de les Cultures o el diseño e implementación del Distrito 22@ son elocuentes ejemplos posteriores si continuamos en clave industrial. Aunque la museificación de espacios urbanos como el Born, la creación del MACBA, el nuevo Mercat dels Encants o el Teatre Nacional de Catalunya (TNC) avanzan en el mismo sentido aunque por sendas paralelas.

Ahora bien, puede ser cierto, y aquí está el punto, que si nos limitamos a ver este asunto desde el prisma de la rentabilidad del suelo, nos estemos dejando elementos interesantes –y de lucha- por el camino. Si bien es cierto que la turistificación de Barcelona ha ido aparejada de procesos especulativos, también es verdad que el turismo en sí, el turismo como actividad productiva, como generadora de rentas y economía, lleva aparejado un complejo de carácter ideológico muy potente que conviene analizar. La propia conceptualización del turismo como industria, pero como industria positiva, no generadora de externalidades, exenta de las distorsiones y las molestias que generaba la industria más clásica, no deja de ser parte de un relato edulcorado artificialmente que no deja ver más allá. De este modo, es frecuente encontrar el debate en torno al turismo escondido tras conceptos como la competitividad, la sostenibilidad o, como dice textualmente el proyecto de Decreto de Reglamento de Turismo en Catalunya “intrínsecament vincula(t)da a l’increment de la seva complexitat, transversalitat i intensa imbricació en àmbits materials, sectorials i econòmics molt diversos”, y donde la cuestión social, envuelta en elementos genéricos como la comunidad, apenas si queda suficientemente reflejada. En definitiva, un cierto fetichismo que actúa como verdadera píldora ideológica.

Sin embargo, las externalidades que genera la industria turística no son físicas, sino sociales, urbanas, por lo que una regulación que evite, elimine, controle y evalúe dichas alteraciones es más que necesaria. Al igual que determinados tipos de industria no pueden estar a menos de cierto número de metros de los núcleos de población, precisamente, por la actuación ex – ante llevada a cabo por los poderes públicos en aras de evitar posibles consecuencias negativas, el turismo necesita de su acotación, planificación y regulación, puesto que estas consecuencias, aunque no tan manifiestas o evidentes como la contaminación de un río o un exceso de ruido por causas industriales, se manifestarán siempre plenamente.

Otro de los aspectos que muestra el turismo como industria, y que también es digno de mención, es el de ser una auténtica avanzadilla de prácticas neoliberales en la gestión empresarial. Así, las externalizaciones, la interpretación laxa de las leyes laborales, la desconcentración de actividades, etc., han acabado convirtiendo el turismo en una actividad económica altamente rentable, sí, pero también generadora de abusos y explotación y del que las demandas enarboladas por Las Kellys son un buen ejemplo.

En definitiva, si el turismo es una actividad industrial, esta debe ser regulada y planificada más aun de lo que se encuentra hoy día. Las externalidades que su desarrollo genera, pese a ser de un efecto no inmediato, actúan de manera negativa sobre la vida en la ciudad. Su concepción como industria inocua no deja de ser pura ideología.

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Cuatro preguntas y una certeza sobre la “superilla”

Fuente: Propia

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Vaya por delante que, bajo mi punto de vista, toda iniciativa encaminada a eliminar (atención al entrecomillado) la “dictadura del coche” de nuestras ciudades debería ser siempre bienvenida. El fomento indiscriminado e interesado del uso y la posesión de un vehículo privado de carácter familiar no solo ha determinado el diseño pasado, presente y futuro de la casi totalidad de las urbes del planeta, sino que forma parte inseparable de una forma de entender nuestra  propia vida, así como la manera en que nos relacionamos unos con otros.

De este modo, y aunque fuera solo por esto, la iniciativa del Ajuntament de Barcelona de poner en marcha un conjunto de “superilles” en el entramado histórico de la ciudad, merece todo mi respecto y constituye una certeza. Ahora bien, dicho esto, un proyecto de estas características debe venir acompañado de una evaluación en profundidad y estar, además, abierto a todas las críticas posibles. Según hemos podido ver y leer en la prensa de los últimos días, tanto una como otra ya están en marcha, y desde el propio Consistorio se ha avanzado la posibilidad de realizar algunas modificaciones al diseño inicial. Sin embargo, a las consideraciones en torno a las faltas más inmediatas, habría que añadir algunas otras de más largo alcance y de, quizás, más difícil percepción. Es a esto a lo que intentaré dedicar las siguientes líneas en forma de preguntas.

1.- ¿Se ha tenido en cuenta, a la hora de tomar la decisión de la ubicación de esta primera “superilla”, que ésta se halla en un área considerada por el Pla Especial d’Urbanisme d’Allotjaments Turistics (PEUAT) como Ámbito de Transformación y, por tanto, de crecimiento potencial?

El PEUAT, pendiente de aprobación, establece que determinadas áreas, entre las que encontramos el poblenoví Distrito 22@, contarán con planes específicos de desarrollo debido a su singularidad. El establecimiento de un área completamente peatonal en esa misma zona puede elevar la presión por el suelo en dicho Distrito y atraer nuevos proyectos turísticos que agraven el proceso de turistificación que ya vive el barrio. A esto habría que sumarle el hecho de que algunas instalaciones y equipamientos culturales de carácter privado, como el Museu Can Framis, el cual se encuentra justo en el centro de la “superilla, verían incrementada su atracción, añadiendo, quizás, más leña al fuego y realizando una redistribución regresiva de los beneficios de la peatonaliazción. Sin duda, un avance en este sentido sería una modificación de la clasificación del área en el PEUAT.

2.- ¿Cómo se articulará la creación de la “superilla” con las obras de pacificación del tráfico que se están llevando a cabo en la calle Pere IV y el futuro bulevar?

En la línea con el punto anterior, la cercana y casi inmediata transformación parcial de la antigua carretera de Mataró en un bulevar -conectado con la Rambla del Poblenou-, puede hacer llegar el reguero de terrazas, bares y restaurantes hasta la orilla de la misma “superilla”. No hay que olvidar que la Ordenanza de Terrazas de la ciudad está en fase de ejecución y aplicación y que la citada Rambla ya vivió una jornada de block-out al inicio del verano en respuesta a dicha normativa. Sin duda, más allá de los iniciales 55 mil euros invertidos en la puesta en marcha de la “superilla” –algo que hace pensar en su carácter meramente experimental-, podría ser de interés estudiar las transformaciones urbanísticas, económicas y sociales que dicho proceso puede generar. Por ejemplo, no estaría de más estudiar la posibilidad de elaborar un Pla d’Usos específico, o figura similar, para la zona, evitando futuras distorsiones.

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3.- ¿Han pensado las instituciones locales cómo es posible “animar” una parte de la ciudad donde no existen comercios de proximidad, equipamientos colectivos, alta densidad de vecinos y vecinas u otros elementos que son los llamados a dar vida a las calles y las plazas?

Entre los elementos que constituyen el plan inicial de la “superilla” está contar con un colectivo de estudiantes y arquitectos que, atención, “evaluarán las posibilidades del nuevo entramado urbano” y para el que proponen una zona de recreo, con canchas temporales de fútbol y baloncesto, y un arenero, también temporal, para los más pequeños. Una vez más, pero sin duda no la última, nos encontramos ante la ilusión naif de intentar modelar lo urbano a través de la arquitectura y el urbanismo. Esto es, conformar y crear, desde la intervención urbanística, vida urbana desde la nada, algo a lo que Henri Lefebvre denominada espacio concebido y el primer Manuel Castells, pura ideología. Quizás habría que pensar en impulsar y fomentar en el área una zona mixta, donde sea posible la existencia de vivienda asequible junto a patrones de actividad comercial y la zona de negocios existente actualmente.

4.- ¿Por qué, tras meses de reuniones, intervenciones en comisiones y procesos participativos ya iniciados bajo el Gobierno municipal anterior, el Ajuntament de Barcelona en comú decide la inauguración de la “superilla” tras el verano y sin informar correctamente al entramado asociativo vecinal de la zona?

El nuevo equipo municipal llegó al poder enarbolando un programa y unos modos nuevos, participativos, abiertos, democráticos y populares. Sin embargo, y la “superilla” no es el primer ejemplo, algunas iniciativas municipales emprendidas en este primer año de gobierno parecen estar pensadas más para lograr golpes de efecto, que para solucionar algunos de los problemas reales de la ciudad. Una gran parte de los vecinos y vecinas de Barcelona no dudan de la buena voluntad de los comunes, y así se lo han demostrado una y otra vez en las urnas, sin embargo, en determinadas ocasiones sus iniciativas parecen invertir aquella soflama de “posar un peu a les institucions i mil als carrers” de forma que cierto espíritu tecnocrático parece haberse apoderado de los nuevos, y no tan nuevos, políticos. A la descapitalización parcial que han sufrido los movimientos sociales de la ciudad con el paso de sus miembros a las instancias municipales, parece haberle seguido un ánimo “ilustrado” por parte de estos, de forma que es posible hacer política para la gente, pero sin la gente. La Associació de Veïns i Veïnes del Poblenou ha publicado recientemente una carta en este sentido, algo que debería hacer pensar a los comunes antes de incidir en el esta misma línea de actuación.

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Algo va mal con las Smart Cities

Fuente: Propia

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Este artículo fue publicado originalmente en el Periódico Diagonal el 09/02/2015

Algo va mal con las Smart Cities

La apuesta del Ayuntamiento de Barcelona por el concepto Smart City es clara. La capital catalana, entre otras cosas, acoge cada año desde 2011, la Small City Expo World Congress, primera Feria internacional dedicada al tema; destina grandes esfuerzos e inversiones a potenciar su imagen como ciudad inteligente, patrocinando eventos y actividades que lo manifiestan ampliamente; cuenta, entre su equipo de Gobierno, con algunos de los principales valedores de esta estrategia, y subvenciona proyectos y programas que articulan las últimas novedades relacionadas con las tecnologías de la información y la comunicación, las famosas TIC, con un teórico nuevo concepto de ciudad que persigue la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos. Ahí es nada.

Entre la retórica que acompaña su conversión en Smart City, aparte de la tan manoseada expresión “calidad de vida”, es posible encontrar conceptos tan ambiguos y genéricos como innovación, autosuficiencia, desarrollo, eficiencia, etc. A mi todo esto me recuerda a aquello que Levi Strauss, recogiendo las aportaciones lingüísticas de Saussure, definiera bajo el concepto de significante flotante, es decir, aquel capaz de asumir múltiples encarnaciones. Los significantes aparecen siempre después que los significados mostrando, de esta forma, que el lenguaje y el conocimiento son siempre una potencialidad, o lo que es lo mismo, estarían constantemente en construcción. De esta manera, estos conceptos ciertamente indefinidos toman forma, a lo largo del tiempo, en función del discurso dominante, o como dirían Laclau y Mouffe, en función de las operaciones de hegemonía. Así, como ciudad neoliberal inmersa en la competencia global por la atracción de capitales, en Barcelona estas nociones adquirirían un significante neoliberal, donde cuestiones como “innovación”, quiere decir competencia, “autosuficiencia”, individualismo, “desarrollo”, capitalismo, y “eficiencia”, economía.

En realidad, tras el concepto de Smart City no se escondería nada novedoso sino, más bien, otro ejemplo de la transformación que han sufrido nuestras ciudades tras la finalización de los cincuenta años de capitalismo embridado posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Una apuesta firme por aquello que los holandeses han venido en denominar, eufemísticamente, sociedad participativa, y que no viene a ser otra cosa que el paso de la consideración de las ciudades como espacios para la reproducción de la vida y la sociabilidad humana, a espacios de inversión y consumo. De esta forma, las ciudades son hoy día áreas para la extracción de rentas, ya sea a través del mercado del suelo, la privatización de los servicios públicos con el establecimiento de nuevos y constantes copagos en los mismos, o la puesta en marcha de novedosos servicios que no suponen más que una nueva forma de liberalización encubierta.

El nivel de aplicación de esta receta está directamente relacionado con la capacidad de aceptación de la misma por la población, es decir, de la intensidad que adquiere el discurso en la búsqueda del dominio hegemónico. Por ello, la mayoría de discursos oficiales se afanan en hacernos creer que vivimos en una ciudad nueva, limpia, agradable y desconflictivizada donde, según el relato oficial, incluso sería posible reducir las desigualdades sociales presentes hoy día a través de la apuesta firme de las Smart Cities. Lo curioso de todo esto es que, con solo rascar un poco, es posible eliminar, aunque sea levemente, dicha pátina impecable y mostrar la cruda realidad.

Mi desconfianza ante la construcción del discurso oficial de Barcelona como Smart City me llevó, hace unas semanas, a investigar un poco sobre el entramado institucional que lo envuelve y, más que información, encontré humo, aunque este casi se podría calificar como tóxico. Entre los ejemplos de este humo tendríamos la Fundación Barcelona Digital Technology Centre, en cuyo Patronato, además del Ayuntamiento de la ciudad y la Generalitat, es posible encontrar a empresas como Abertis Infraestructuras, CaixaBank, Capgemini, Fujitsu, Hewlett Packard, IBM, Tecnocom, T-Systems, la Cambra Comerç de Barcelona, la Fundación ESADE, la Universitat Oberta de Catalunya, la Universitat Politècnica de Catalunya, la Universitat Pompeu Fabra y la Universitat Rovira i Virgili, e invitados permanentes como Microsoft, Oracle y Telefónica. Cosa curiosa es que la presidencia de dicho Patronato recae sobre CaixaBank. La misión de dicha Fundación es la de “impulsar el crecimiento del sector de las TIC y la transformación empresarial hacia la nueva Sociedad Digital, mediante la investigación y el desarrollo de nuevos productos y servicios intensivos en conocimiento y de alto valor añadido, para la mejora de la competitividad de la economía catalana”. Mientras escribo estas líneas, su página web solo cuenta con la Memoria para 2013, aunque lleva funcionando desde hace unos años. Y en concreto, dentro de dicha Memoria, aparte del humo tóxico discursivo que antes referí, en el apartado económico solo aparecen datos relativos a ingresos y no a gastos, con lo que no es posible delimitar su balance.

Como no quise detener aquí mi labor investigadora, dentro de la misma web acudí a la pestaña de “Contacta” con la intención de solicitar una más amplia información. He aquí que me encontré con una nueva sorpresa, pues el formulario de solicitud no funciona, éste te informa de un error con un metafórico mensaje sobre la realidad de las ciudades inteligentes: “Oops, something went wrong”. Luego de esto, dediqué sin resultado toda una semana a informar, vía Twitter, a la Fundación de esta anomalía. Y sí, algo va mal con las Smart Cities cuando el instrumento creado ad hoc para la promoción de las iniciativas empresariales vinculadas a las nuevas tecnologías y la mejora de la calidad de vida, ni siquiera es capaz de ofrecer una respuesta adecuada a los requerimientos de información al respecto.

Queda de nuestro lado ser capaz de, al menos, socavar el discurso hegemónico que puebla hoy día Barcelona y otras ciudades, y mostrar, en la medida de nuestras posibilidades, que bajo su apariencia humanística y tecnológica, no se encuentra más que el dominio del espacio por el capital.

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Sobre la mediación en los conflictos urbanos

Fuente: Propia

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Enfocaré el papel otorgado a la administración local, como uno de los elementos conformantes de la estructura estatal, en la resolución de los conflictos inherentes a la naturaleza del medio urbano a través del concepto de mediación.

Para ello, partiré inicialmente de las propuestas elaboradas por Hegel como uno de los filósofos y teóricos más importantes para el entendimiento de la concepción del Estado moderno. A lo largo de su vida y de su obra, Hegel trató de construir un sistema filosófico completo que permitiera hacer compatibles algunos de los principios más importantes de la época que le tocó vivir (Ávalos, 1996). Hay que recordar que este filósofo tenía 19 años cuando ocurrieron los hechos que dieron lugar a la Revolución Francesa. La influencia de elementos como la libertad, la razón o el saber resultan fundamentales para entender su pensamiento. Pero Hegel también fue testigo de los primeros años del romanticismo y, más concretamente, del romanticismo alemán con sus propuestas vinculadas a la fe, la razón o el propio individuo. Es así, que su pensamiento filosófico, que tenía ambiciones de totalidad, contaba con el objetivo de hacer compatibles ambas aproximaciones.

Esta concepción, aparentemente alejada de nuestro objeto de estudio, contiene, sin embargo, la pieza clave del mismo. Así, el concepto de Estado elaborado por Hegel dentro de su sistema filosófico, y que queda plenamente de manifiesto en obras como La Filosofía del Derecho, publicado originalmente en 1821, se diferencia radicalmente de aquellas concepciones hobbesianas donde el Estado es, en primera instancia, el gran Leviatán. Para Hegel, sin embargo, el Estado no es ese enemigo de la libertad, sino precisamente todo lo contrario: el ámbito de su máxima expresión individual o, en sus propias palabras, aquella realidad donde “se produce su pleno desarrollo y reconocimiento” (Hegel, [1821]1968: 215), pero donde, además, tanto los intereses particulares como la individualidad “se cambian por sí mismos en el interés de lo universal” (Ibd.). El Estado aparece, así, como un espacio ciertamente neutral donde se superan los conflictos y el enfrentamiento social queda suspendido en aras del entendimiento y la conciliación de intereses siempre confrontados. El papel del Estado es, así, el de la mediación.

Es precisamente esta supuesta neutralidad del Estado hegeliana la que Marx critica, entre otra cuestiones, tanto en su prólogo a la obra antes señalada (Ibíd.), en la Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel ([1843] 2010), como en el propio Manifiesto Comunista ([1948] 2012), donde llega a afirmar, en uno de sus párrafos más conocidos, aquello de que “el Poder público (el Estado) viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa” ([1948] 2012: 53)

Llegados a este punto, es posible situar a las administraciones locales -los Ayuntamientos en la división político-administrativa-territorial vigente en el Estado español- como los principales ámbitos de mediación de los conflictos urbanos. Entendiendo, además, bajo esta concepción que es posible mediar, esto es, terciar, dirimir, satisfacer intereses sociales estructuralmente contrapuestos (valor de uso vs. valor de cambio, etc.) ocultando las contradicciones que alumbran el sistema socioeconómico en el que vivimos.

Ahora bien, ¿cómo logran los representantes de los intereses hegemónicos hacernos pensar que dicha neutralidad, que dicha mediación satisfactoria para todos y todas es posible? La respuesta que Althusser daba a esta pregunta era bien clara: mediante la ideología y su difusión desde los aparatos del Estado ([1970] 2005). Según dicha aproximación, el Estado no cuenta únicamente con un aparato de carácter represivo, capaz de imponer un sistema productivo mediante el uso de la fuerza y el autoritarismo (Polanyi [1944] 2003), sino también con aparatos ideológicos que nos hacen aceptar los mecanismos de dominación de una forma natural, consentida y acrítica. De esta forma, Althusser señalaba tanto a los partidos políticos como al entramado jurídico como elementos esenciales que permitían la existencia de dicha dominación.

Finalmente, de lo anterior podemos deducir que cualquier aproximación, más o menos inocente, al papel que las instituciones locales han de jugar ante los conflictos urbanos actuales no puede estar basada en la confianza de su supuesta e inexistente neutralidad, sino, más bien, en la necesidad de su colaboración y articulación con aquellos movimientos –expresiones de la lucha de clases en la ciudad- que buscan la satisfacción de los intereses de los grupos sociales dominados.

Ávalos Tenorio, G. (1996) “Hegel y su concepción del Estado”, en Política y Estado en el pensamiento moderno, María Dolores París Pombo (coord.), México DF: UAM-X: 165-190.

Althusser, L. ([1970] 2005) Ideología y aparatos ideológicos del Estado, Buenos Aires: Ed. Nueva Visión Argentina

Hegel, G. F. ([1821]1968) Filosofía del Derecho, Buenos Aires: Ed. Claridad

Marx, K. ([1843] 2010) Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel, Madrid: Ed. Biblioteca Nueva

Marx, K. y Engels, F. ([1948] 2012) El Manifiesto Comunista, Madrid: Ed. Nórdica

Polanyi, K. ([1944] 2003) La Gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, México DF: Fondo de Cultura Económica

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Expulsión por turismo en un barrio de Barcelona

Fuente: Propia

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Este artículo fue publicado con el título “Barcelona y la lucha por el espacio” en el blog de El País, Seres Urbanos, el pasado día 17/04/2015.

Expulsión por turismo en un barrio de Barcelona

La apuesta por la conversión de Barcelona en una ciudad de y por el turismo no es nueva. Ya desde el Gobierno municipal franquista, el alcalde José María de Porcioles intentó situar, hace varias décadas, la capital catalana como referente europeo en el turismo de congresos y exposiciones. Las distintas administraciones surgidas con la llegada de la democracia formal continuaron con esta labor, siendo ejemplo de ello la consecución en el año 1986 de la nominación de Barcelona como sede de los Juegos Olímpicos de 1992, algo que conllevó, a nivel urbanístico, incluso el nacimiento de un nuevo barrio -la Vila Olimpica- destinado a ser ocupado por las nuevas clases medias y altas de la ciudad. Pero los megaeventos no quedaron ahí, ya que pocos años después, en 2004, se celebró el primer Fòrum de les Cultures. El antropólogo Gerard Horta señala que, bajo el paraguas del mismo los poderes constituidos intentaron mostrar una idea sofisticada de su modelo de sociedad – solo hay que recordar los objetivos declarados de la misma: cultura de la paz, desarrollo sostenible y diversidad cultural-, mientras que en el interior de su recinto se producía la misma mercantilización de las relaciones sociales que ocurrían en el exterior, a la que ves que se desarrollaba una gigantesca operación inmobiliaria.

Megaeventos, por ahora, no ha habido más, aunque sería imposible soslayar el ímpetu mostrado por las instituciones, tanto municipales como autonómicas y estatales, a la hora de rellenar la ciudad de los denominados equipamientos culturales, tales como el Museu d’Art i  Cultura de Barcelona (MACBA), el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), el Teatre Nacional de Catalunya (TNC), o el Auditori de Barcelona. La idea detrás de esos proyectos, además de continuar con la proyección internacional de la ciudad, perseguía un intento soslayado por cambiar aquellos barrios donde se encontraban insertos, como el Raval o Fort Pienc.

El desembarco de las nuevas tecnologías -redes sociales, Apps., etc.- en relación al turismo ha supuesto una nueva vuelta de tuerca a esta íntima relación que mantiene Barcelona con este sector económico. Se trata, además, de una correspondencia arropada, a veces, por unos discursos oficiales -la Barcelona Smart City, sin ir más lejos- muchos más austeros aunque no menos ambiciosos que los vinculados a los megaeventos y los contenedores culturales, y que nuevamente persiguen el intento de transformar la ciudad en “otra cosa”.

Todas estas incursiones en el espacio concebido, a la manera de Henri Lefebvre, no son neutras, sino que tienen una repercusión en la cotidianeidad de las personas, en su espacio vivido. Sin ir más lejos, el Poblenou, señero barrio popular y antigua concentración industrial de Barcelona, ha visto como su entramado urbanístico y su tejido urbano ha ido cambiando por completo a lo largo de los últimos años. Tanto que algunos dicen que no tardarán en producirse acontecimientos similares a los que, lamentablemente, lanzaron a la Barceloneta a la portada de todos los diarios el pasado verano y que, aunque desde algunos medios e instituciones, se intentó mostrar como un conflicto entre turistas y vecinos, en realidad no eran otra cosa que un ejemplo más de la lucha por el espacio en esta Barcelona neoliberal.

Las políticas de transformación urbana que se han aplicado en el Poblenou, no solo su intento de conversión en un Distrito Tecnológico -el Plan 22@-, sino también las modificaciones realizadas en sus plazas, ramblas y calles, así como la concesión de licencias a hoteles, bares y restaurantes, han supuesto, entre otras cosas, una intensificación de las dinámicas de expulsión y desplazamiento socioespacial de aquellas clases sociales que no han podido, o no han querido, sumarse a este modelo de ciudad. Ejemplo de ello es el alto nivel de precios que ha alcanzado la vivienda en el barrio, superior en un 2% a la media de la ciudad para el periodo 2009-12. Algo que, si lo unimos a la caída del nivel de renta familiar, de un 3,8% para los años 2008 a 2012, explica que los planes y medidas de carácter urbanístico, estén o no, relacionados con el turismo, no son neutros, sino que tienen una relación directa con la vida de los vecinos y vecinas de nuestros barrios, tanto que pueden llegar a desplazarlos a ellos o a sus hijos.

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