El coronavirus y el agua caliente

Hace unos días, una popular influencer lanzaba, mediante un vídeo en una conocida red social, supuestos consejos útiles para luchar contra la propagación del coronavirus. Entre otras admoniciones a sus millones de seguidores, la youtuber recomendaba «beber agua caliente, porque a una temperatura de 27 grados o superior, se supone que no vive este virus». La propuesta no tardó en ser refutada por numerosos usuarios con conocimientos médicos y farmacéuticos, no sin antes convertirla en uno de tantos memes virales que estos días circulan en relación con la pandemia. El vídeo fue prontamente retirado y la propia chica acabó reconociendo que lo más importante en estos casos era seguir los consejos de las autoridades sanitarias y que lo de «beber agua caliente» lo había recogido de un «bulo que va por Whatsapp».

Victorin Honoré Daumier – The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei (DVD-ROM), distributed by DIRECTMEDIA Publishing GmbH. ISBN3936122202.

El contexto en el que nos estamos moviendo es inédito. Asistimos perplejos a la difusión global de una enfermedad de la que hasta hace poco no habíamos escuchado hablar y a la reacción de unos representantes políticos superados por las circunstancias; el caldo de cultivo ideal para que rumores y chimes campen a sus anchas. Para la antropología, los rumores son, fundamentalmente, elementos de control social. Bajo el temor a la estigmatización y la significación, los diferentes miembros de las comunidades se comportaran de forma virtuosa, siguiendo, en todo momento, las reglas establecidas.

Los rumores no son más que un tipo concreto de información informal y privada sobre personas ausentes o eventos, como la expansión de una enfermedad, donde el elemento diferencial y característico está en que los hechos son inciertos, inseguros y parcialmente desconocidos. Se trata, además, de una información que, cuando es compartida por ciertos grupos de la comunidad, como aquellos que cuentan con un relativo estatus y capital simbólico, pueden llegar a constituir juicios morales acerca de estos mismos eventos y personas.

Por otro lado, los bulos también contribuyen al mantenimiento de la unidad, la armonía y la estabilidad social, poniendo bajo control aquellos grupos díscolos con el poder y reduciendo la polarización en torno a los liderazgos. Otras aproximaciones al papel social del rumor ponen el acento, no tanto en cuestiones estructurales, sino en el uso que de él hacen determinados actores con acceso privilegiado a la información y a los canales de comunicación, los cuales se aprovechan de las circunstancias para divulgar aquello que les parece y resulta conveniente, manteniendo lo demás oculto y señalando posibles culpables.

En el caso del coronavirus, un ejemplo de lo primero sería el rol desempeñado por la propia youtuber o las remisiones continuas por parte, también, de actores altamente significativos a la información suministrada por las autoridades sanitarias o determinados perfiles de alto nivel técnico que, en circunstancias como las presentes, adquieren cierto toque demiúrgico.

Mientras que en el segundo de los casos, nos enfrentaríamos a posibles manipulaciones políticas en torno a la presencia real de la enfermedad en nuestra sociedad o a sus efectos e impactos, muestra de lo cual serían las demandas patronales de bajada de impuestos o facilitación de despidos, o los intentos de determinados políticos, como Pablo Casado, de presentarse como auténticos hombres de Estado mientras desprestigia a rivales políticos en el Gobierno.

Para que un rumor prolifere es necesario que nos encontremos ante comunidades en que se dan relaciones sociales densas, como las urbanas, pero también, y fundamentalmente, ante sociedades altamente interconectadas mediante medios de comunicación de alcance global, dispositivos electrónicos o mecanismos como las redes sociales. De hecho, el bulo del «agua caliente», como señaló la propia influencer, provenía de una de las más conocidas y usadas, Whatsapp, aunque no debemos de olvidar el papel de la más tradicional televisión o, incluso, de la propia prensa escrita.

En pleno siglo XXI, nuestro sistema social es prácticamente global, con valores morales ciertamente homogéneos; un mundo interdependiente, social y económicamente, hiperconectado, que facilita la expansión de los rumores más allá de nuestras fronteras más inmediatas. Estas circunstancias nos deberían llevar a extremar nuestra alerta sobre los impactos y consecuencias de los mismos, pero sobre todo, a ser conscientes de cómo operan estos mecanismos, es decir, a conocer el papel de los rumores en la expansión del coronavirus y no tragarnos cualquier cosa, sea o no, «agua caliente».

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Byung-Chul Han o el Mr. Wonderful progre

Fuente: rtve.es

Este artículo fue publicado originalmente el día 18 de agosto de 2020 en El Salto Diario.

Byung-Chul Han o el Mr. Wonderful progre

Cada año, la víspera de Navidad a las 21 horas, al encender nuestros televisores nos encontramos el tradicional Mensaje de Navidad de Su Majestad el Rey. Las alocuciones del Rey suelen estar marcadas por la realidad del momento y, de hecho, el último de los mensajes emitidos el pasado diciembre venía lleno de referencias al temporal que había azotado el mismo mes la costa del Mediterráneo, así como a las inundaciones y otros efectos generados por el mismo, aunque también hubo tiempo para recordar la situación de las familias más vulnerables, la de las personas paradas, sobre la situación en Catalunya, la confianza en las instituciones, etcétera.

Pese a los últimos escándalos del rey emérito, y a su huida de España, con toda seguridad, este año volveremos a ver la cara del monarca en nuestras pantallas momentos antes de nuestras cenas navideñas. No podía ser menos, ya que se trata de uno más entre los diversos rituales que adornan el ejercicio de la política y el desempeño del poder a nivel global. En un sentido amplio, el Grup de Treball Etnografia dels Espais Públics (GTE-EP) considera como rito o actividad ritual aquel “acto o secuencia de actos simbólicos, altamente pautados, repetitivos en consonancia con diversas circunstancias, en relación con las cuales adquiere un cariz percibido como obligatorio y de la ejecución del cual se derivan consecuencias que total o parcialmente son también de orden simbólico”, características que los mensajes reales parecen cumplir.

La cotidianeidad también se encuentra plagada de rituales, incluso en este extraño 2020. Durante el pasado confinamiento, con la economía española en hibernación, nuestro ámbito relacional se vio severamente restringido. Muchos, los más afortunados, dejaron de acudir a su lugar de trabajo pudiendo desempeñar su labor desde casa. Cesaron los encuentros en los bares, los partidos de futbol dominicales, las visitas familiares, los eventos religiosos, las fiestas y celebraciones populares, las representaciones teatrales y las proyecciones de cine, entre otros.

Entre la diversidad de elementos comunes que presentan estas acciones podríamos señalar, precisamente, su marcado carácter ritual. El ser humano es una especie social. Su supervivencia material está basada, de manera fundamental, en su relación con los demás. Los rituales y símbolos permiten a la humanidad construir la realidad que le envuelve, cambiando y adaptando sus dinámicas sociales de manera dialéctica a la transformación del mundo. Bajo el confinamiento, los ritos no desaparecieron sino que se vieron, por así decirlo, reprogramados a diferente escala y con enormes cotas de desigualdad; pasamos de ocupar calles y equipamientos públicos y privados a celebrar nuestros rituales entre las cuatro paredes de nuestras casas y a esperar cada día las palabras de Fernando Simón.

Byung-Chul Han dedica su último libro, La desaparición de los rituales (Herder Editorial, 2020), a este tipo de acto tan específico de las sociedades humanas. Los rituales, que han sido uno de los ámbitos de estudio tradicionales de la antropología, se presentan aquí bajo la lupa de la filosofía en una aproximación ciertamente original. En su habitual estilo, Han nos ofrece una obra breve —120 páginas— donde realiza una enumeración de los vínculos que los rituales mantienen con diferentes esferas de la vida social. De este modo, la producción y el consumo bajo el neoliberalismo, verdadera bestia parda del filósofo coreano, se caracterizarían no por su enfoque hacía la satisfacción de necesidades reales, sino por su participación en una aceleración y expansión sin límite de la mercantilización de todos los aspectos de la vida humana.

Todo puede ser una mercancía, incluso nuestros sentimientos. Esta versión capitalista de la existencia no encajaría en los moldes de la construcción social del tiempo que suponen los rituales. Como señalara el historiador Franco Cardini en su obra Días Sagrados, en la Historia moderna, el mundo de los rituales y “el mundo de la producción han estado caminando al mismo paso, pero en sentido inverso, de tal modo que el primero ha ido reduciéndose de manera exactamente proporcional a la ampliación del segundo” evidenciando, de este modo, que el tiempo del trabajo, acotado, individual y extensivo, es incompatible con el de los rituales y la fiesta, libres, colectivos e intensivos.

Han dedica otro de sus capítulos al concepto de autenticidad, el cual es presentado como una motivación moral que, frecuentemente y en todo tipo de discursos, es confundido con la libertad. Esta autenticidad como libertad derivaría en narcicismo y autoexplotación. Actualmente, desde diversas opciones políticas, desde el PSOE hasta el PP pasando por Ciudadanos, se presenta el emprendimiento y la iniciativa privada económica e individual como la base fundamental de un mundo más libre y menos sujeto a las ataduras de la empresa clásica, con sus horarios, pero también con sus derechos. Este tipo de iniciativas estarían basadas en una cierta introspección psicológica alejada años luz de la necesidad de extroversión de los rituales. Los emprendedores no se sindican, pues reclamar ayuda a la colectividad es un símbolo de su fracaso. Además, los movimientos sociales en torno al trabajo, los clásicos sindicatos, son los protagonistas de uno de los mayores rituales de la Historia moderna: las manifestaciones y las huelgas, ajenas por completo al espíritu estético individual del emprendedor.

El neoliberalismo presenta la Historia como una línea continua, sin alteraciones, lo cual tampoco permite el cierre y la conclusión de las diferentes fases que pueden constituir una vida. Ni siquiera la muerte supone el fin ahora que podemos seguir vivos en internet y las redes sociales. Los funerales no son más que ritos de paso grupales donde el protagonista, en este caso, no sería tanto el finado como una comunidad que asumiría el fin del miembro de la misma de forma colectiva. La desaparición de estos umbrales, dice Han, conduce “al infierno de lo igual”, un mundo pobre de espacio y tiempo pero libre de barreras para la libre circulación y producción del capital.

La desacralización del mundo ha conllevado, además, una pérdida significativa de rituales. La disolución del papel de la religión organizada en las sociedades modernas ha venido acompañada de una preponderancia de la esfera del trabajo y la producción, ámbitos que, como ya se ha mencionado, individualizan y aíslan al ser humano, mientras que la fiesta, como esfera ritual por excelencia, los congrega y los une. La religión determina un tiempo sacro, un calendario marcado de fechas en rojo que rebosa formas ritualísticas y construye un tiempo alejado de la linealidad e igualdad de aquel dedicado a la producción. Navidad, Reyes, Semana Santa, Carnaval, la Virgen de Agosto, San Miguel, San Martín, Todos los Santos, etcétera, suponen hitos que, como señala Saint-Exúpery en su novela Ciudadela, “son en el tiempo lo que la morada es en el espacio”, pero que, a la vez, impiden la expansión de la mercantilización ilimitada de la vida.

El juego es otro de los ámbitos de la vida social que se caracterizaría por tener un marcado carácter ritual. El juego es derroche, es decir, como dicen desde el GTE-EP, “supone una energía y un tiempo que pueden parecer desmesurados respecto al resultado empírico obtenido” y, por tanto, destinan y desvían un tiempo y un esfuerzo que podrían ser acaparados por el sector productivo. Los juegos han de ser proscritos, o mercantilizados, para ser útiles al capital, pero, para ello, antes hay que higienizarlos, homogeneizarlos y empaquetarlos adecuadamente, de forma que puedan ser vendidos y consumidos. Es así que fiestas antaño feroces y salvajes han sido desposeídas de sus elementos fundamentales y, de este modo, ser aceptadas por un público cada vez más amplio. Y, cuando esto no ha sido posible, se han inventado otras: blancas, insípidas, neutras… muertas.

Los rituales nos abstraen como personas, nos desindividualizan. Han escoge muy bien el ejemplo de la ceremonia japonesa del té para exponer esta aproximación. Durante este rito, los participantes no piensan, solo actúan, son, siguiendo el marco estructuralista de Levi-Strauss, significantes que se relacionan entre ellos a través de la pura forma, del mero envoltorio. Esa abstracción, paradójicamente, excluye cualquier forma de individualismo, de psicologismo, dándose una interacción comunicativa sin comunicación verbal: una comunión sin palabras, un colectivo sin significados. Se necesita, eso sí, tiempo y silencio, ambos enemigos acérrimos del neoliberalismo, que necesita de la expresión rápida y continua —y donde redes sociales como Twitter serían un gran ejemplo— para generar ruido y beneficios. Cualquier cosa que merezca la pena necesita su tiempo.

La desaparición de los rituales, por tanto, centra su atención en el neoliberalismo como principal enemigo de estas acciones colectivas. Esta es la principal hipótesis de Han y, también, su principal debilidad. Han no es un científico social, es un filósofo, un pensador, y como filósofo y pensador realiza interesantes reflexiones sobre elementos clave de las sociedades humanas contemporáneas. Pero para realizar esto correctamente hay que tener claro los conceptos, además de mantener siempre una perspectiva histórica.

A lo largo del libro, Han no entra en ningún momento a definir lo que entiende por neoliberalismo; el gran disolvente de los rituales aparece así como un fantasma, como una fuerza invisible que el lector debe sobreentender como elemento presente que actúa fehacientemente y en cada momento sobre nuestra vida social. Y no le falta razón, el neoliberalismo ha alterado profundamente nuestra realidad, nuestra forma de relacionarnos los unos con los otros, pero esto también sucedió, hace dos siglos aproximadamente con la aparición del capitalismo o hace cinco con la Reforma Protestante. Es más, fue el proceso de urbanización intensiva generado por el capitalismo industrial el que, en Occidente, conllevó una disolución efectiva de las relaciones sociales primarias del mundo rural tradicional, lugar por excelencia de rituales, fiestas y celebraciones religiosas. Sin embargo, esto no comportó su eliminación o disolución, solo su transformación. El resultado fueron rituales de barrio, sindicales, políticos, deportivos, culturales, etcétera, que se articularon en torno a los factores constitutivos del nuevo modo de producción, el capitalismo, pero que no desaparecieron, más bien al contrario, mutaron y se diversificaron por doquier.

Tiene razón Han al decir que se ha producido una reformulación de los rituales a escala individual. El individualismo capitalista puede haber traído la necesidad del diseño de rituales ad hoc vinculados, en cantidad de ocasiones, a libros de autoayuda, guías hacía el éxito o compendios de recomendaciones para emprendedores, pero esta importante característica es despachada por Han en un pie de página del primer capítulo de su obra. Como si de una adición de última hora se tratase, de un comentario amigo, intenta aclarar que este tipo de ritual “no emana fuerza simbólica que orienta la vida hacia algo superior”. Pero, ¿cuáles son los rituales que orientan la vida hacía algo superior?, ¿hay rituales de primera y segunda clase? Es más, ¿cuál es ese orden superior? Tampoco entra Han a explicar este factor de suma importancia para su argumentación. Los rituales de los cuales lamenta su desaparición parecen emanar de una sociedad antigua, de un pasado dorado y glorioso perdido en el tiempo pero que, en ningún momento, queda definido por el filósofo. Esa cierta pasión por el ritual, que podría ser compartida, parece, así, adolecer de cierto conservadurismo.

El único momento en que Han parece aclarar a qué tipo de sociedad corresponden sus añorados rituales es cuando se refiere a la aldea de la obra de Péter Nádas Cuidadosa ubicación. Usando la imagen de un peral, el autor refiere la necesidad de silencio, de reflexión, de acuerdo comunitario, de ritual compartido. En la aldea se produce una “conciencia colectiva que engendra una comunidad sin comunicación” frente a la comunicación sin comunidad propia del neoliberalismo. Sin embargo, como muy bien señala unas páginas más adelante, “aquella aldea no es en realidad un lugar afable. De un colectivo arcaico no cabe esperar hospitalidad”. Así pues, si el ámbito por excelencia de los ritos de orden superior se torna hostil al extraño, ¿en qué medida son positivos los rituales que se practican en esos ámbitos?, ¿de qué habla Han, en definitiva, cuando se refiere a la desaparición de los rituales?, ¿hemos de lamentarnos?, ¿cuál es su alternativa?

Conforme nos acercamos a los últimos capítulos, con la excepción del dedicado al Final de la Historia, que se encuentra antes y donde realiza una crítica velada, y errónea, al concepto de trabajo de Marx, el hilo conductor de los procesos rituales se esfuma. Las páginas finales realizan interesantes y acertadas reflexiones sobre el papel de la tecnología —los drones— en las formas asépticas de la guerra en el siglo XXI, la desaparición del espíritu de la Ilustración en la era del Big Data o la sustitución de la seducción por la pornografía, que, no obstante no parecen tener relación directa con la desaparición de los rituales, lo cual genera una cierta confusión en el lector.

En su particular estilo de frases cortas y aceradas, las cuales parecen pensadas más para ser rotuladas en camisetas o en tazas de café como si de un Mr. Wonderful progre se tratara, Byung-Chul Han realiza un esfuerzo enorme por analizar, desde la filosofía, el papel de los rituales en la sociedad Occidental actual. Sin embargo, una sensación de prisa o de falta de profundidad y presentación de importantes conceptos parecen no acabar por presentarla de forma adecuada. Si Han persigue con sus últimos libros acercar la filosofía al común del público, más le valdría, como él mismo señala en esta obra, tomarse su tiempo, si no podría pasar a la posteridad como un representante de esa filosofía progre tan del gusto de los lectores de El País: la de un filósofo coreano que escribe en alemán y que es un poco rojo, pero sin molestar a nadie.

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Carta de Manuel Valls a los Barceloneses

Fuente: metropolisabierta.com

Este artículo fue publicado previamente en el Diario Público el día 30/01/2019. También en catalán en Diari Públic.

Carta de Manuel Valls a los Barceloneses

El Nuevo Testamento recoge, entre sus páginas, la denominada Carta de San Pablo a los Efesios. En ella, Pablo de Tarso recuerda a los fieles asiáticos el plan de Dios, esto es, el nacimiento de Cristo y la constitución de la Iglesia, exhortando a los creyentes a observar ese plan diariamente. Su primera frase dice tal que así: “Ustedes estaban muertos a causa de las faltas y pecados que cometían, cuando vivían conforme al criterio de este mundo, según el Príncipe que domina en el espacio, el mismo Espíritu que sigue actuando en aquellos que se rebelan”.

Pues bien, el pasado lunes día 28 de enero, el candidato a Alcalde de Barcelona, Manuel Valls, publicó la segunda de sus cartas a los barceloneses. En ella, el político franco-catalán, señalaba que “Barcelona tiene que escoger entre su vocación de gran capital europea y la tentación de un proyecto nacionalista radical que la alejaría durante mucho tiempo de las posiciones de referencia a España, Europa y el mundo”. Es decir, Valls, siguiendo a Pablo, conmina a los vecinos y vecinas de Barcelona a vivir según también un plan, un camino, que parece que se ha olvidado y donde Barcelona es una ciudad abierta, inclusiva, orgullosa, creativa, de oportunidades, es decir, una ciudad Modelo, la del Modelo Barcelona.

Porque de eso se trata, para Valls, el mayor error cometido por la ciudad ha sido abandonar la ruta trazada por los ayuntamientos de los años 80 y 90, la Barcelona de las Olimpiadas, del espacio público, de los barrios con Premios FAD, aquella que recuperó a Gaudí como referencia indiscutible de la arquitectura moderna y llenó sus calles de grandes íconos urbanos reconocibles globalmente: la Torre Agbar, el Puente de Bac de Roda de Calatrava, el Edificio Fòrum de Herzog y De Meuron, la Torre de Collserolla de Norman Foster, etc. Lo que olvida el candidato es que esa misma ciudad es la que vio desaparecer barrios enteros, sufrió –también y marcadamente- el problema de la droga y la delincuencia, sentó las bases para que se produjera una escalada sin precedentes en los precios de la vivienda, uniformizó y, por tanto, empobreció, zonas comerciales completas, contribuyó a la aparición de nuevos guetos, como el de la Vila Olímpica, de clase media, y dejó una deuda enorme para las arcas municipales, entre otras cosas.

Sin embargo, sí que parece haber una novedad en la visión de Valls para Barcelona. Algo que los anteriores gobiernos socialistas y conservadores no enarbolaron como bandera: la cuestión de la seguridad. Porque Valls, en esta segunda carta, vuelve a calificar a la ciudad como un sitio inseguro, casi peligroso, mezclando, en esta ocasión, actividades vinculadas a la delincuencia con legítimas manifestaciones de descontento popular que pudieran producirse como consecuencia de decisiones o actos políticos.

En definitiva, en su Carta a los Barceloneses, Valls nos exhorta a salvar Barcelona y, para no abandonar el tono bíblico, salvarla de las manos de una mujer, personificada, en este caso, en Ada Colau, que, como es bien conocido, para parte del Cristianismo es la encarnación de todo mal.

A la espera de la tercera carta.

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Muerte y vida de los grandes países europeos sin migrantes

Fuente: eldiario.es

Este artículo fue publicado originalmente en El Salto Diario el pasado día 02/03/2019. También en catalán en La Directa.

Muerte y vida de los grandes países europeos sin migrantes

En opinión de Lant Pritchett, economista, profesor en Harvard (USA) y antiguo directivo del Banco Mundial, “Europa necesita más de 200 millones de inmigrantes en los próximos 30 años”, para que la economía del continente sea viable, medida que ayudaría a paliar lo que se está empezando a describir como el suicidio demográfico de la Unión Europea. Y es que en el viejo continente, la tasa de natalidad disminuye y las personas en edad avanzada y sin capacidad productiva, aumentan. De este modo, ¿quién pagará las pensiones de los ancianos del futuro?

A este contexto, se suman los distópicos agravantes de, por un lado,  una economía cada vez más robotizada y con menos necesidad de mano de obra, y por otro, unas fronteras rígidas, tecnologizadas e infranqueables que alejan a los migrantes, cuya juventud y fertilidad serían una posible solución al envejecimiento y muerte de Europa. Sin embargo, la solución de Pritchett no deja de ser problemática y provocadora: dar permisos de trabajo masivos a inmigrantes, pero desvinculando esos permisos de la concesión de la ciudadanía. Es decir, migrantes que vendrían a trabajar, pero se les tendría prohibido echar raíces y después de un tiempo, deberán volver a casa. Justo como ocurre en algunas monarquías petroleras de medio oriente, donde hay una gran cantidad de trabajadores temporales que no cuentan con derechos.

La propuesta de Pritchett, aunque crítica con la propuesta de la ultraderecha de reforzar las fronteras, es una propuesta ultra-liberal, dictada desde centros económicos globales como el Banco Mundial, donde se desvincula el trabajo de los procesos de acumulación capitalista. Como bien señalara Gramsci “las relaciones internacionales se entremezclan con las relaciones internas de los Estados-Nación”, y de esta misma manera, lo que Lenin dijo acerca del Imperialismo como “la última fase del capitalismo”, sigue siendo vigente, y estrechamente relacionado con el fenómeno de la migración.

Siguiendo a David Harvey, un Estado-Nación determinado, pensemos en el rol global que tiene actualmente Estados Unidos, por ejemplo, exporta los peores elementos de la explotación capitalista, primeramente ensayados en sus propias fronteras con su propia clase trabajadora: facilita la exportación de capitales, obtiene materias primas a bajísimo costo, amplía y conserva los mercados y mantiene un ejército industrial de reserva (masas de desempleados dispuestos a trabajar a cualquier coste) compuesto de trabajadores migrantes.

La migración de trabajadores de los países subordinados a las metrópolis globales es un claro ejemplo de formula win-win para las burguesías nacionales. Por un lado, los migrantes, sobre todo cuando son ilegales, ayudan a abaratar la mano de obra de los países capitalistas, minando los derechos laborales conseguidos por las luchas obreras de los trabajadores occidentales, pero también estos mismos trabajadores migrantes, con o sin papeles, son usados como chivos expiatorios cuando se suceden algunas de las crisis endémicas e inevitables que produce el propio sistema capitalista.

De esta manera, cuando la cosa falla (y el capitalismo contiene en su interior la semilla de las crisis), siempre se le puede echar la culpa a los migrantes. El Estado-Nación consigue comprar la fidelidad de los elementos de clase trabajadora dentro de sus fronteras a expensas de los trabajadores de los países dependientes (los que en otro tiempo se llamaban en vías de desarrollo), al mismo tiempo que obtiene apoyo ideológico al propagar las ideas de orgullo nacional, Imperio, chovinismo y racismo.

En pocas palabras, las burguesías nacionales empobrecen a sus propias clases trabajadoras y, cuando estos han obtenido ciertos derechos, favorecen la migración para abaratar los costes del trabajo y explotar mejor tanto a trabajadores nacionales como de fuera. Si la cosa va mal, siempre tendrán la coartada ideológica de agitar el nacionalismo y culpar a los de fuera salvaguardando un sistema que les beneficia a ellos y solamente a ellos. La fórmula perfecta.

En un texto publicado el pasado domingo 24 de febrero en El Periodico de Catalunya, el autor descubría que ¡oh sorpresa!, los manteros son musulmanes. La derecha nunca se ha caracterizado por su carácter intelectual, pero, en esta ocasión, se han superado a sí misma. Dejando la ironía al lado, el mencionado artículo vertía diatribas anti-islámicas y xenófobas  señalando la existencia de un determinado grupo islámico que controlaría -desde las sombras- la voluntad de los vendedores ambulantes. Podríamos usar, para calificar el texto, la palabra panfleto, libelo, o simple fake news. O, incluso, como señalan los compañeros de El Salto, un intento naif de conseguir audiencia fácil en la era del clickbait. El medio confunde una cofradía, es decir, un grupo de fieles religiosos, con una organización criminal, por el simple hecho de ser musulmanes. Se trata de algo tan delirante como confundir a la Hermandad y Cofradía de la Virgen Macarena con el Ku Klux Klan, y no tanto por las túnicas y los capirotes, sino por el simple hecho de ser grupos de personas organizadas alrededor de una fe religiosa.

Una de las características de la última fase del capitalismo neoliberal es la preeminencia que se da a la circulación por sobre la quietud. Discurso que devela su carácter ideológico cuando se contrapone con una geopolítica fundamentada en la sistemática presencia de barreras físicas o burocráticas organizadas como fortalezas alrededor de ciertos territorios. Para el escritor nigeriano Fidelis Balogun, los Planes de Ajuste Estructural introducidos a mediados y finales de la década de los ‘80 por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial han tenido consecuencias comparables con un desastre natural y así “para devolver la vida de una economía moribunda había que exprimir bien los jugos de los ciudadanos con menos recursos”.

En el África Subsahariana, el saldo de los ajustes estructurales no pudo ser más dramático en un medio rural tradicional que perdió todas las batallas frente a la agricultura automatizada y subsidiada del Norte, expulsando millones de personas hacia núcleos urbanos que funcionan bajo una lógica paradójica, en la que el incremento de la población urbana solo hace decrecer la capacidad productiva. A finales de los años noventa, en las ciudades de países como Senegal, Costa de Marfil, Tanzania o Gabón, con economías que se retraían anualmente entre un 2 y un 5 %,, se da un sorprendente crecimiento demográfico urbano de entre 5 y 8 %, obteniendo como resultado una población urbana desempleada en áreas hiperdegradadas.

En el caso específico de Senegal, de donde provienen la mayoría de los manteros que trabajan por las calles de Barcelona, esta situación sigue siendo crítica. Una institución como el Fondo Monetario Internacional genera las condiciones para expulsar a los africanos de sus países, mientras otro Frankenstein supranacional -la Unión Europea- les cierra las puertas. Ambos fenómenos ocurren casi de manera simultánea. La entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea, firmado por España el año ’91 y ratificado el ’93, así como el acuerdo para la creación del Espacio Schengen en marzo de 1995, son fechas que marcan un antes y un después en el control territorial español de sus fronteras. Algunas de las recientes acciones anti-migratorias han sido producto de la propia iniciativa española, mientras otras han sido claramente impuestas por la Unión Europea. Sin embargo, como dijera el antropólogo francés Marc Augé “una frontera es una barrera y un paso” por lo que, a pesar de la Europa-Fortaleza, España ha pasado de tener una población africana relativamente mínima (8.529 residentes en 1985) a multiplicarse por mil (82.601 en 1994). Para los senegaleses, a principios de los 2000, España se transformó en un destino migratorio comparable a Alemania, el Reino Unido o Francia .

En su mayoría de etnia wolof, los manteros, auto-denominados Móodu-Móodu, comparten un elemento común de espiritualidad y devoción por ciertas figuras vinculadas a la rama senegambiesa del Islam, la cual se caracteriza por la mística sufí y, al igual que otras ramas del sufismo, comparten el pacifismo y la ideología de la no confrontación. Algunos son miembros de la Tariqa Tijaniyya y seguidores del profeta Sufí Ibrahim Niass, también conocido como Baye Niass (Padre Niass). Otros, por el contrario, son seguidores de Ahmadou Bamba, también conocido como Cheik Ahmadou, fundador de los muridiyya, predicador musulmán y anticolonial de finales del siglo XIX y principios del XX. De gran influencia entre la comunidad migrante de Senegal, a Ahmadou Bamba lo describen como un asilo para aquellos que no tienen refugio, por lo que los sujetos transfronterizos se sienten identificados con él.

Los lazos tejidos por la espiritualidad Móodu-Móodu se materializan en redes de apoyo recíprocas. Si en una dirección los manteros se sienten responsables de apoyar a sus familiares en Senegal, como en el caso de la fiesta del cordero, los migrantes senegaleses de mayor experiencia en España se sienten responsables de acoger a los recién llegados. Justo lo mismo que ocurrió en Catalunya hace décadas con la emigración andaluza, extremeña, etc. y por eso los pueblos y ciudades del área metropolitana de Barcelona, por ejemplo, acogen antiguos vecinos y vecinas de los mismos lugares de origen. Para los manteros, esto es especialmente relevante y así los “dajar” (recién llegados) son acogidos por los diatugui (los padrinos), que dan alojo a los dajar de forma gratuita hasta que los nuevos migrantes hayan conseguido trabajo; conseguir trabajo, sin contar con papeles es una tarea titánica sino imposible y es ahí en esta disyuntiva que la venta ambulante se vuelve una dura alternativa, pero la gran mayoría espera que sea temporal, algo que solo es soportable debido a las redes de apoyo y solidaridad mantera y en el contexto de la pertenencia a una comunidad espiritual sufí.

Atados a dos mundos, la experiencia de la frontera para los manteros es un desgarro. Esto es independiente de la raza o color de la piel. Igual de desgarrados se sintieron los refugiados republicanos españoles, muchos de ellos niños y niñas, que llegaron a México por la persecución franquista. La experiencia de frontera del mantero no termina al atravesar los límites del Estado-Nación en su calidad de inmigrante sin papeles, sino que se reproduce continuamente en la ciudad, dando como resultado una experiencia de ubicuidad fronteriza a la que el mantero tiene que enfrentarse cada vez que realiza alguna incursión. Los manteros se encuentran continuamente saltando la valla que los separa de la muerte y la vida en unos grandes países europeos que parecen no querer a los migrantes.

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Aprofitant l’avinentesa

Fuente: Shawnleishman (Licencia Creative Commons)

Este artículo fue publicado originalmente en Alba Sud el pasado día 29/01/2018

Aprofitant l’avinentesa

Los datos de ocupación hotelera de Barcelona se resentieron el último trimestre del año pasado. La Patronal del sector, el Gremi d’Hotels de Barcelona, señala para ello dos razones fundamentales: por un lado, una cierta turismofobia por parte de los y las vecinas de Barcelona y, por otro, la inseguridad proyectada por las últimas acciones y decisiones políticas del Parlament de Catalunya en torno al procés independentista.

No niego que las razones sean esas. Es más, seguro que mostrar al mundo entero gente apaleada por la Policía Nacional en la puerta de colegios dispuestos como electorales no es la mejor publicidad para la perla del mediterráneo. Como tampoco los desperfectos ocasionados, por algunas organizaciones juveniles de la izquierda radical, a autobuses que habitualmente realizan recorridos turísticos por la ciudad. Nada más alejado de la realidad que, desde hace tiempo, proyecta Barcelona globalmente: su cosmopolitanismo, color, patrimonio, arquitectura o gusto por el diseño.

Desde el Gremi han aprovechado la coyuntura, l’avinentesa en catalán, para reclamar, de nuevo, cambios en la política turística municipal. Más gasto en promoción, la eliminación de las restrucciones impuestas por el Plan Especial Urbanístico de Alojamientos Turísticos (PEUAT), instrumento regulador que nunca les gustó, reposicionar la Marca Barcelona, etc.

En concreto, en lo relacionado con el turismo de congresos, tal y como recogían unas declaraciones de Joan Clos -a la sazón predidente del Gremi- a un popular diario, parece ser que en la pasada Feria de Turismo FITUR se comentaba que «Barcelona es una ciudad donde [los organizadores de eventos] hoy no quieren ir», de forma que «está excluida para los operadores» a la hora de ofrecerla para Ferias y Congresos.

Los datos, no obstante, parecen apuntar que el descenso en la apetencia de los turoperadores por Barcelona no es nueva. Así, el International Congress and Convention Association, principal asociación mundial de turismo de reuniones, o turismo MICE, señala que, en el periodo comprendido entre los años 2014-2016, Barcelona se mantuvo como tercera ciudad en el ranking europeo de celebración de congresos, aunque con una leve bajada del 0,55% en el número de eventos acogidos. Otras ciudes, como Dublín o Lisboa, registraron, por su parte, importantes subidas: el 42,17 y el 26,61% respectivamente. Mucho peor sale parada Barcelona, sin embargo, en lo relativo al número de visitantes, 28 mil participantes menos, un significativo 21,79% para el mismo periodo considerado. Las más beneficiadas son Roma, con más de 36 mil participantes, un incremento del 114%, Conpenhague, con un 72,65%, Dublín, con el 66,28% o Viena, con un 46,38%.

Si ampliamos el enfoque a nivel estatal, la tendencia no solo se mantiene, sino que se acentúa. En 2016, España acogió 39 eventos menos que solo dos años antes y, en cuanto al número de visitantes, éste se redujo un 24,67%, un total de 71 mil asistentes menos. Los mayores avances europeos se produjeron en Dinamarca, con un incremento del 71%, y en Austra, con un 38,08%.

Durante los años 2014 y 2016 no hubo registradas, al menos no con tanta relevancia mediática, acciones turismofóbicas. Es más, posiblemente, todavía no estuviera popularizada tal expresión. Y en cuanto al procés catalán, Puigdemont, el malo de la película en cuestiones independentistas, fue investido en enero de 2016, con lo que al recien elegido President no le había dado mucho tiempo de desesgurizar nada.

La explicación a la bajada de la relevancia de Barcelona en temas turísticos, y en concreto de Ferias y Congresos, habría que buscarla, quizás, en otra parte: el hecho de que la ciudad no podía seguir creciendo continuamente, aunque queda claro que hay más de uno que así lo desee; la aparición de otros destinos menos maduros, más baratos, igual de seguros y atractivos, que compiten internacionalmente con la capital catalana en la atracción de turistas y eventos, etc.

Desde el Gremi, sin embargo, han preferido ignorar estos datos para, aprofitant l’avinentesa, intentar cambiar la acción política de la ciudad y, de este modo, mirar por sus propios intereses. No queda más remedio que desearles suerte.

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Cuando lo que quema es la crema solar. Turismo y reformas urbanas en un barrio de Barcelona

Fuente: laflordemaig.cat

Este artículo fue publicado en La Voz de la Chimba en junio 2017.

Cuando lo que quema es la crema solar. Turismo y reformas urbanas en un barrio de Barcelona

Sin duda, las ciudades se encuentran entre los protagonistas principales de la gran comedia –o drama, depende de quién lo afirme- que está suponiendo la extensión de las políticas neoliberales a lo largo y ancho del globo. Ahora bien, como no podía ser de otra manera cuando de una obra de estas características se trata, y recordando La Rebelión en la Granja de George Orwell, si bien es verdad que, en general, las ciudades están siendo las protagonistas, también lo es que algunas son más protagonistas que otras. Este sería el caso de Barcelona.

La capital de Catalunya comenzó su trasiego desde una estructura productiva de carácter fordista, más rígida, a otra flexible y con preminencia del sector servicios, a mediados de la década de los 60 del pasado siglo XX. La apuesta de la entonces administración municipal Franquista por situar a la ciudad como referente del turismo de ferias y congresos, o por reformar amplias zonas de la ciudad mediante acciones de tabla rasa -como el Plan de la Ribera en el barrio del Poblenou, con el objetivo de que éste abandonara su condición tradicional como enclave industrial para dar paso a la creación de una nueva Copabacana barcelonesa-, serían algunos ejemplos de ello.

El fin de la Dictadura, la situación económica de crisis global de la década de los 70, la resistencia vecinal, así como la posterior Transición democrática que se llevó a cabo en el Estado español, impidieron que, en un principio, algunos de estos despropósitos se llevaran a cabo. Continuando con el ejemplo del Poblenou, protagonista del presente texto, el señero Manchester catalán inicialmente no dejó atrás su pasado de chimeneas y sirenas para adentrarse, como el mencionado barrio carioca, en un paisaje de playas, turistas y nuevos comercios. Sin embargo, esto no impidió que, un par de décadas después, al vaivén y el sopor del oleaje de la celebración de esa romería laica, según palabras de Manuel Vázquez Montalbán, que fueron los Juegos Olímpicos del 92, y tal y como posteriormente reconocidos autores han señalado –baste citar al geógrafo Horacio Capel o al antropólogo Manuel Delgado-, el sueño húmedo de los gerifaltes franquistas se viera, aunque parcialmente, cumplido en forma de Vila Olímpica.

Ahora bien, esta fue la primera y no la última de las grandes transformaciones que vivió el Poblenou. Así, el mismo año en que se celebraron los Juegos dieron comienzo las obras de lo que, más tarde, ha sido conocido como el barrio del Front Maritim i Diagonal Mar, y que, entonces, recibió el eufemístico nombre de Segunda Vila Olímpica. Más de veinte hectáreas que acogieron 1.723 viviendas de las cuales menos de la mitad fueron a precio tasado -aun estando parcialmente sobre terrenos públicos-, de forma que el proceso de cambio socio-espacial que había comenzado con la primera Vila dio otro paso hacía una situación, la actual, donde ambos barrios se encuentran situados en los más altos en el ranking de renta de la ciudad. Aun así, todavía quedarían un par de hitos más.

El primero de ellos con forma, de nuevo, de mega-evento, la celebración en 2004 del Fòrum Universal de les Cultures. Este magno acontecimiento permitió continuar el avance de Barcelona como ciudad revanchista hacia la desembocadura del Besòs, en los límites de su frontera administrativa. Para los geógrafos María Dolores García-Ramón y Albet Albet éste fue el fin, además, de la denominada Experiencia o Modelo Barcelona rompiendo, entre otras cuestiones, la continuidad espacial y creando guetos socialmente homogéneos de clase media-alta. El segundo de los hitos fue el diseño del Districte 22@ en 116 has. de suelo industrial. El Plan 22@ fue una modificación del Plan General Metropolitano del año 1976 llevada a cabo por el Ayuntamiento de la ciudad mediante el cual se pretendía enfrentar el reto de la nueva economía proponiendo al Poblenou como “la principal plataforma económica y tecnológica de Barcelona, Cataluña y España, en la perspectiva del Siglo XXI”, según palabras de la propia institución municipal. Entre otras cosas, el 22@ perseguía el reconocimiento de 4.614 viviendas preexistentes, además de la creación de 4.000 nuevas en régimen de protección oficial; un aumento de las zonas verdes en 145 mil m2; nuevos equipamientos; la preservación de 114 elementos del patrimonio industrial de la zona y una inversión de 180 millones de euros. Sin embargo, más de 15 años después, solo se habían creado 1.600 viviendas de protección oficial; se habían urbanizado poco más de 40 mil m2 de zonas verdes; se había construido menos del 10% de los equipamientos previstos y el 50,6’% del suelo estaba pendiente de tener completada su transformación. El paradigma de la nueva economía no ha tenido presencia, finalmente, ni en el Poblenou, ni en la ciudad de Barcelona. Como demuestran los datos disponibles, para el año 2015, solo el 30% de las empresas instaladas en el 22@ se encontraban bajo el paraguas de las nuevas tecnologías, siendo el 52,7% empresas ya existentes que se trasladaban al nuevo Distrito, mientras que casi el 70% lo copaban hoteles y compañías vinculadas a los seguros, los servicios financieros y el marketing. Esta es la situación a la que llega el Poblenou en 2017 y a partir de la cual se desarrollan las acciones de plataformas vecinales como #EnsPlantem, Veïns en Perill d’Extinció.

Hoy día, la imagen del barrio es la siguiente: además de la presión ejercida por la construcción de un fallido parque tecnológico que, aunque con limitaciones, ha conseguido atraer parte de las empresas de la nueva economía, con sus consiguientes clases creativas, que se propuso en un inicio; dos barrios colindantes de nueva creación con altos niveles de renta y, por último, 32 hoteles con más de 12 mil camas, más la construcción prevista de 8 más y unos mil pisos turísticos, teniendo en cuenta la oferta regular, así como la irregular de plataformas web de alquiler de viviendas privadas para uso turístico.

El diagnóstico realizado por #EnsPlantem sobre la situación del barrio se basa en tres pilares principales: un fuerte incremento del precio de la vivienda, de alquiler y compra; evidentes transformaciones del paisaje urbano debido a las demandas de los nuevos residentes y, por último, la llegada de determinadas concepciones en torno a la forma de consumir el espacio alejadas de las más tradicionales por parte de los vecinos y vecinas, algo que ha llevado a que los espacios de socialización tradicional del barrio, como la Rambla del Poblenou, se encuentren saturados de mesas y sillas de bares y restaurantes.

Entre los triunfos iniciales de la plataforma se podría considerar el hecho de que la presión popular ejercida ha logrado que, en la nueva herramienta municipal de gestión de la oferta turística, el Pla Especial Urbanístic d’Allotjaments Turístics (PEUAT), se recogiese al barrio dentro de aquellas áreas llamadas a decrecer y donde, en un futuro, cualquier licencia de actividad económica dada de baja, no podrá ver su lugar ocupada por otra. Sin embargo, los envites continúan y, además de las acciones dirigidas a la conversión final del barrio en una mera mercancía turística, deberán articularse otras que sitúen el foco en la ciudad como un todo –el control del precio de los alquileres, la desmercantilización del espacio urbano, el freno a las campañas de atracción de visitantes financiadas con dinero público, etc.- que no sitúen, de manera simple, el problema únicamente en el fenómeno turístico.

Solo así será posible que Poblenou no sea un barrio quemado por la crema solar.

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Imaginemos

Imaginemos una ciudad de tamaño medio. Imaginemos que la economía de esa ciudad depende, en gran medida, de un solo sector productivo. Imaginemos, además, que ese sector se ha visto potenciado y privilegiado durante décadas por unos poderes públicos que, originalmente, no tenían una gran legitimidad democrática. Imaginemos que, de hecho, estos poderes públicos, a veces, se confunden con determinados intereses privados de la ciudad. Imaginemos que, inicialmente, este sector permitió el crecimiento económico, la generación de empleo y atrajo inversiones públicas y privadas y que, pasado el tiempo, debido a su conexión con cierta dimensión simbólica y a factores ajenos al mismo, fue siendo aceptado y celebrado por cada vez más ciudadanos. Imaginemos que, tanto por la dejadez de las Administraciones Públicas como por el empoderamiento del mencionado grupo de intereses privados, este sector llega a ser capaz de dictar las normas y regulaciones que le incumben. Imaginemos que su imbricación con los medios de comunicación es tal que, a veces, es imposible distinguirlos. Imaginemos que, años después, este sector económico comienza a degradar la propia ciudad. Imaginemos que las externalidades que genera empeoran las condiciones de salud, la capacidad de movimiento, la seguridad personal y la vida de las personas en general. Imaginemos que, aun así, la conjunción de intereses políticos y privados hace que no se tome ninguna medida para solucionar la situación. Imaginemos que, de hecho, se criminaliza y señala a aquellos individuos que llaman la atención sobre lo que está pasando.

Pudiera parecer que esta historia está relacionada con una explotación minera, una central térmica o nuclear o una industria altamente contaminante, pero no. Esta historia es la historia de Barcelona y su protagonista es el turismo. Porque es la interrelación de intereses políticos y empresariales, con la anuencia y el apoyo de determinados medios de comunicación, la que hace que, no solo no se replantee el papel que las dinámicas de turistificación están jugando en la ciudad, sino que día sí y día también, se eche más leña al fuego, que gran parte de la cotidianeidad de los vecinos y vecinas de la capital de Catalunya se vea, no ya alternada, sino completamente desplazada por la gestión de un sector económico que nunca fue la “industria sin chimeneas” que nos vendieron. No es necesario imaginar, la realidad ya está aquí.

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Elecciones en Francia: el turismo como puente entre sociedades

Fuente: eleconomista.es

Este artículo fue publicado originalmente el pasado día 19/04/2017 en el diario Nueva Tribuna.

Elecciones en Francia: el turismo como puente entre sociedades

El próximo domingo día 23, mientras en muchas ciudades de nuestro ámbito más cercano se celebra el tradicional Sant Jordi, San Jorge o, simplemente, el Día Mundial del Libro, una conmemoración, donde, simbólicamente, se dan la mano la muerte de dos de las grandes figuras de la literatura universal –Shakespeare y Cervantes- junto a poderosas llamadas a la vida como son las rosas y los propios libros, en Francia se estarán llevando a cabo las elecciones más importantes de las únicas décadas.

Este inminente proceso electoral pone mucho en juego. Por un lado, el gobernante Partido Socialista, con su último Presidente con un más que bajo nivel de aprobación, se presenta extrañamente dividido entre el candidato que ha ganado las primeras, Benoît Hamon, y un outsider de la política tradicional, el liberal e independiente Emmanuel Macron. Por otro, el conservador François Fillon, otrora favorito para la victoria, se encuentra inmerso en diversos escándalos de corrupción de forma que, incluso, grandes y conocidas personalidades de su partido, Los Republicanos, le han retirado su apoyo. La izquierda no socialista, agrupada en torno a la candidatura de La Francia Insumisa y Jean-Luc Mélenchon, parece que va ganando apoyos cada día que pasa y, por último, la presencia ya constante desde hace décadas de la última representante de la familia Le Pen, Marine, al frente del antieuropeista y ultraderechista Frente Nacional (FN). Por supuesto que existen otras opciones, hasta 11 distintas, pero éstas son los que tienen más posibilidades de acceder a la segunda vuelta de las elecciones.

Aunque las encuestas varían casi cada hora, lo que a día de hoy parece más probable, si nada lo evita, es que la candidata del Frente Nacional pase, junto a alguno de sus oponentes, al ballotage del próximo 7 de mayo. El programa electoral de Marine Le Pen está impregnado de una visión altamente nacionalista que propone, entre otras cosas, la limitación de los derechos de los inmigrantes; la restricción de la libertad religiosa; avances en el carácter securitario del Estado; una lucha contra la globalización mediante el fomento del aparato productivo interno francés con liderazgo del Estado y, a nivel de asuntos exteriores, el rediseño de sus relaciones con la Unión Europea (UE) de forma que Francia salga del Tratado de Schengen, el cual garantiza la libertad de movimientos de los europeos por territorio de la Unión; se limite la inmigración interior legal del propio continente y se impongan tasas e impuestos a los trabajadores de origen extranjero, además de recuperar el Franco como moneda nacional, entre otras cuestiones. En definitiva, se trataría de una Francia que se miraría hacía sí misma, rompiendo, en cierta medida, las relaciones que tradicionalmente ha mantenido con el exterior.

Ahora bien, más allá de las posibilidades de dichos planes –por ahora solo electorales- los vínculos que nuestro vecino del Norte ha establecido con el resto del mundo no han sido solo políticos o económicos, sino también culturales, afectivos e, incluso, familiares. En este sentido, el turismo de y hacía Francia ha actuado como un puente entre culturas desde hace décadas. Así, según las últimas referencias aportadas por el Instituto Nacional de Estadística (INE), y con datos de febrero de este mismo año, quitando al Reino Unido, los Países Nórdicos y Alemania, Francia ha sido el origen de aquellos turistas que han realizado un gasto mayor –hasta 341 millones de euros- en nuestro país, con un incremento anual del 18,4%. Esto ha supuesto que más de 1,1 millones de franceses hayan visitado los distintos territorios del Estado español, con un incremento del 6,5% sobre 2016.

En sentido inverso, las cifras también son importantes. Así, Francia, principal destino turístico mundial con más de 85 millones de visitantes en 2015, vio incrementar éstas un 0,9% con respecto el año anterior, según la Embajada de Francia en España. Pese al leve retroceso de los visitantes europeos (-1,5%), largamente compensado por aquellos de origen asiático (+11,6%), las visitas procedentes de nuestro país se vieron incrementadas en un 4,9%, así como las de italianos en un 6,5%. Tal éxito ha hecho al actual Gobierno francés situar, para 2020, su objetivo de visitas en los 100 millones.

En definitiva, Francia es y seguirá siendo un destino mundial aunque sus relaciones con sus países vecinos, miembros del Club Europeo, puedan verse más o menos alteradas por las medidas políticas de los próximos gobiernos. Sin embargo, lo que parece más difícil es que el país ponga en riesgo una actividad como la turística, la cual supone el 7,4% de su PIB. Y no solo eso, sino que, en un mundo cada vez más global e hipermovilizado, los lazos e intercambios sociales, económicos y culturales que, entre otros, el turismo conlleva, hacen altamente improbable el, por algunos deseado, aislamiento de un país que fue, no lo olvidemos, protagonista del Siglo de las Luces.

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La gentrificació amenaça el Turó de la Rovira [Cómic]

Guió: Jordi Mumbrú / Il·lustració: Sagar Forniés I Manu Ripoll

Clicar aquí para descargar el cómic en formato pdf des de la web del Diari Ara.

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