Llegamos tarde

Fuente: Propia

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Este artículo fue publicado originalmente en catalán en el diario Público el pasado día 18/12/2016.

Llegamos tarde

Llegamos tarde. La cercavila había comenzado a las 11.30 justo al lado del solar que, si nada lo evita, acabará ocupando un nuevo hotel en las inmediaciones del Museu Marítim de Barcelona, en Drassanes. Eran más de las 13.00 h.- y nosotros ya estábamos al final del recorrido viendo como preparaban una paella popular miembros de los colectivos que organizaban la manifestación. Imposible quedarnos a esperar por dos motivos: primero, porque en la esquina de la Ronda Sant Pau, donde se encuentra esta improvisada cocina, en el edificio de la Rimaia, no hay un solo sitio para sentarse decentemente y, segundo, porque llevábamos tres niñas menores de ocho años que solo querían jugar y jugar. Decidimos buscar un parque y sumarnos al final de la cercavila un poco más tarde.

Podría decirse que el proceso de turistificación que vive Barcelona es de todo menos inesperado. La apuesta por una ciudad con una economía estrechamente vinculada al turismo tiene décadas y saltó de un régimen político a otro. Aunque la Barcelona ciudad global es un fenómeno relativamente reciente, al menos desde las Olimpiadas del año 1992, las primeras iniciativas con el objetivo de convertir la capital de Catalunya en un referente turístico provienen de principios del siglo XX. Sin ir más lejos, la invención del Barri Gòtic como parque temático podría, incluso, remitirnos al proyecto de dotar a Barcelona de un centro histórico acorde a la ambición política y cultural de arquitectos como Puig i Cadafalch y partidos como la Lliga Regionalista. La ciudad ya puso en marcha, por aquel entonces, su Societat d’Atracció de Forasters, iniciativa municipal que contó con la participación de la Diputació y de capitales provenientes de la banca, el comercio y la industria, en una especie de previa de la colaboración público-privada que caracterizaría el Modelo Barcelona años después, y que editó incluso películas con nombres tan ilustrativos como el de Barcelona, perla del mediterráneo.

Habría que esperar hasta la tímida apertura Franquista después del primer periodo autárquico de la Dictadura y al alcalde Porcioles, en los años 60, para volver a presenciar una apuesta política por el turismo de similares características. La Barcelona ciudad de Congresos, que también contó con su correspondiente publicidad audiovisual institucional, apostó por una Barcelona atractiva para los visitantes y el capital centrada, sobre todo, en las ferias y convenciones empresariales, mediante aquello que, hoy día, se denomina Turismo MICE (Meetings, Incentives, Conventions and Exhibitions, por sus siglas en inglés). Pero también con intentos de transformar grandes áreas de la ciudad -a través de profundas reformas urbanísticas, como la del Plan de la Ribera en el popular barrio del Poblenou-, de forma que la Perla del Mediterráneo se convirtiera en una auténtica Copacabana Barcelonesa. Fueron precisamente estos intentos de transformación de la ciudad desde un tipo de capitalismo fordista e industrial a otro flexible vinculado al sector terciario (comercio, turismo, etc.) los que desataron los primeros e importantes movimientos sociales urbanos después de décadas de sometimiento político: las asociaciones de vecinos.

La Barcelona democrática salida de la Transición no solo no detuvo esa transformación sino que, mediante actuaciones como las desarrolladas con motivo de los Juegos Olímpicos o, posteriormente, la celebración del Fòrum de les Cultures, abundó en ella con las consecuencias hoy día por todos conocidas: la creación de una ciudad de y para las clases medias centrada en el consumo como privilegiada forma de relación social. Sin embargo, la semilla sembrada por el movimiento vecinal de los 70, aunque posteriormente absorbido éste por las dinámicas institucionales, llegó a producir resistencias incluso a unos Juegos que se presentaron como un verdadero ejemplo de consenso ciudadano. Ahí está el ejemplo de la Comissió Icària, iniciativa de contestación frente al modelo de ciudad poco conocido, pero no por ello menos importante, o la acción Paterem el Fòrum, organizada por toda una pléyade de colectivos, organizaciones y movimientos sociales de la ciudad en pro de un objetivo común: desmontar el mito del Modelo Barcelona.

La ciudad crece a golpe de mega evento, pero también a golpe de mega evento construye un tejido social denso que ha sido capaz de dar lugar a la #AcampadaBcn, del 15M, y a todas sus asambleas barriales; al movimiento V de Vivienda, de lucha contra la violencia urbanística y especulativa, y germen de la popular Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH); a la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS), plataforma que agrupa a más de 27 entidades y colectivos e, incluso, a iniciativas políticas dirigidas a alcanzar el poder municipal como Barcelona en Comú (BeC). Sin embargo, ni unos ni otros han (hemos) conseguido detener el brutal proceso de expulsión y desplazamiento socio-espacial que vive la ciudad, aunque tampoco se les puede culpar exclusivamente ya que la dinámica, como he intentado mostrar, viene de lejos.

La cultura de la propiedad promocionada por la Dictadura (convertir a los proletarios en propietarios), alentada por unos partidos políticos que se dicen socialdemócratas pero que se han subido desde el primer momento al carro del neoliberalismo (es famosa la frase del ex Ministro Carlos Solchaga que señalaba que “España es el país de Europa donde es más fácil hacerse rico”), sitúa la ciudad como referente principal, entre otras cuestiones, de la continuidad del proceso de acumulación capitalista. Como decía Bourdieu, “el Estado es el Banco Central del capital simbólico”, él tiene la potestad casi monopólica de legitimar acciones, procesos e ideologías que, como el neoliberalismo, influyen de manera negativa en la vida de las ciudades.

Son las 14.15 y la cercavila ha llegado a su meta. Se lee el manifiesto “Defensem les persones, defensem els nostres barris contra la gentrificació”, y la gente comienza a hacer la cola para obtener el ticket con el que, posteriormente, acceder a su plato de paella. Las niñas tienen hambre  y no pueden esperar su plato, así que buscamos algo que atempere un poco la espera. El ambiente, más de 300 participantes, es animado, casi de fiesta, pese a la violencia urbana y simbólica que vive el entorno de la Ronda Sant Pau, el barrio del Raval, Sant Antoni y Poble-sec, últimos barrios céntricos de la ciudad que no han sido completamente turistificados.

Volviendo a Bourdieu, el sociólogo francés señalaba que “el derecho es siempre la codificación de la relación de fuerzas”. ¿Seremos capaces de girar dicha relación, de cambiar ese derecho?, ¿tendremos que abandonar, finalmente, nuestras calles y casas?, ¿hemos llegado tarde?

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Cuando lo único que te queda es el honor

Fuente: rtve.es

Hace escasamente dos semanas, algunos de los principales medios de comunicación abrían noticieros y editoriales con una noticia sobrecogedora: una pareja de ancianos llevaba dos noches durmiendo en un céntrico parque de Oviedo, Asturias, después de haber sido desahuciados por impago del alquiler de la casa que llevaban ocupando desde hacía más de diez años. Los distintos, y siempre débiles, protocolos habían fallado y las instancias implicadas, una vez solventada una situación que dista de ser coyuntural y hace tiempo que es estructural, comenzaron a buscar el origen del problema y a la institución responsable. Al parecer, el Juzgado asturiano correspondiente desconocía la edad de los afectados -solo les constaba que eran mayores de edad-, por lo que el convenio firmado entre éste y los servicios sociales del Principado para evitar estas situaciones no llegó nunca a activarse. Un pequeño desliz que acabó con dos personas mayores pasando un par de noches a la intemperie.

Sin embargo, más allá del típico tira y afloja que siempre aparece cuando los organismos, acuerdos y convenios diseñados para evitar este tipo de casos fallan estrepitosamente, la pregunta que rondaba la cabeza de más de uno y una -entre los que me incluyo- es, ¿por qué no comentó esta pareja su situación, no solo a las instituciones encargadas de ayudarles, sino a sus más íntimos allegados, sus familiares y amigos?, ¿es que acaso no tenían a nadie que pudiera echarles una mano? Ahondando en la noticia era posible descubrir que existía una familia que hubiera podido ayudarles. Entonces, ¿qué había pasado?

Decía Julian Pitt-Rivers, el antropólogo inglés que estudió en los años 60 del pasado siglo el pueblo andaluz de Grazalema y el papel que el honor jugaba en las sociedades mediterráneas, que socialmente es posible hablar de dos tipos de honores: el de precedencia y el de permanencia. El primero de los mismos hace referencia a “la posesión, o cuanto menos el usufructo, de elementos y atributos que encarnen implícitamente una representación de preeminencia y primacía, y cuyo requisito indispensable consiste, por definición, en la monopolización de sus rasgos fundamentales por un limitado estrato de población, más o menos amplio, pero siempre minoritario” (Maiza, 1995), mientras que el segundo de los mismos está relacionado con la difusión general del fenómeno.

El honor, de este modo, es un valor intangible que no te pertenece a los individuos, sino a su familia o linaje y es transmitido de generación en generación como un legado de carácter colectivo. Además, como bien de carácter especial puede verse incrementado o disminuido en función del comportamiento y actuación de los diferentes miembros del clan. Es decir, nadie está en posesión del honor más que temporalmente, de forma que la responsabilidad de cada miembro de la familia no le atañe únicamente a él o ella, sino a la totalidad del grupo social. Por otro lado, como auténtico capital simbólico, que diría Bourdieu, contribuye a situar a las personas dentro del espacio social que es la sociedad; un auténtico eje de coordenadas que no se encuentra únicamente determinado por el capital económico, sino también por otros elementos como el estatus, el nivel educativo, etc.

Bajo esta premisa, es posible entender, como primera y sencilla aproximación, que la pareja de ancianos asturianos no quisiera poner en conocimiento de sus familiares y amigos su situación: el honor de todos ellos estaba en juego. Todos podemos estar en una situación de emergencia económica en un momento u otro de la vida; puedes perder el empleo, la casa, el coche o cualquier otra cosa material. Pero cuando te han quitado todo eso, solo te queda una cosa que no puedes perder ya que no es tuya: tu honor.

Referencias

Maiza, C. (1995) Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, t. 8, págs. 191-209.

Pitt-Rivers, J. (1964) The people of the Sierra. Chicago: University Chicago Press.

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Turismo y terrorismo: Deconstruyendo el imaginario de la doble T en el caso de Túnez

Fuente: Fuente: I will come to Tunisia this summer #jesuisbardo

Son varias las razones que justifican estudiar la relación entre el turismo y el terrorismo en Túnez. Por una parte, ese país ha sido víctima de ataques yihadistas con importantes consecuencias para el sector turístico. Por otra parte, cuenta con uno de los números más altos de reclutamiento de voluntarios yihadistas a Siria e Iraq. Además, el sector turístico es una importante fuente de trabajo e ingresos para la economía tunecina, el cual se sustenta fundamentalmente en el mercado europeo. Con posterioridad a los atentados acaecidos en 2015 fueron varios los gobiernos europeos que desaconsejaron viajar al país norteafricano. En ese contexto, las consecuencias económicas fueron inmediatas. El año 2015 cerró con una reducción del 25,18% en la llegada de turistas y una caída del 38,56% en los ingresos del turismo internacional, todo ello en un sector que en 2014 había contribuido casi un 12% al PIB (Knoema, 2017a). En este escenario, el objetivo del presente artículo es contribuir al debate en torno a las campañas y mensajes promocionales elaborados en respuesta a los actos de terrorismo y violencia acontecidos en destinos turísticos internacionales y difundidos mediante poderosas imágenes a través
de medios de comunicación masivos.

Descarga AQUÍ el artículo completo.

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El mercado hasta en la sopa

Fuente: Propia

Una vez, cuando era pequeño, mis padres nos dejaron a mí y a mis hermanos con unos vecinos toda una noche. Mi abuela había tenido un problema médico, fue llevada al hospital y no quisieron dejarla sola. Todavía recuerdo el cepillo de dientes eléctrico que encontramos en aquel cuarto de baño extraño. Nunca había visto nada igual. Dormimos apretujados y mal y, al día siguiente, temprano en la mañana, mi padre vino a recogernos y nos llevó de nuevo a casa.

Hace poco, viviendo muy lejos y en otra ciudad, un amigo, dueño de un taller de bicicletas, al verme entrar en su tienda le dijo a uno de sus compañeros y empleados: “A este tratarlo bien, que es vecino y puede que un día me tenga que recoger del suelo”.

Como decía Robert E. Park, las ciudades son  ‘el intento más exitoso del ser humano de rehacer el mundo en el que vive de acuerdo con el deseo más íntimo de su corazón’. La vida en la ciudad permite el uso de unos recursos siempre escasos y desplegar la potencialidad que ofrecen las relaciones sociales. Los barrios, por su parte, como escenarios privilegiados de la intensificación de la vida nerviosa, tal y como nos señalara Georg Simmel, son testigos cotidianos de relaciones sociales propias del modo de producción vigente, el capitalista, relaciones mercantiles, racionales e higiénicas que persiguen la maximización de los intereses individuales. Sin embargo, también son el lugar ideal para el desarrollo de procesos de redistribución, reciprocidad e intercambio de bienes y servicios completamente ajenos a las fuerzas del mercado. Ejemplo de ellos son las dos breves historias arriba reseñadas.

No obstante, estas esferas ajenas a las dinámicas capitalistas corren el peligro de verse absorbidas por la ola neoliberal que protagoniza la vida social en Occidente desde hace casi cinco décadas. La necesidad continua de acumular capital nos lleva a ver cómo, día tras día, espacios libres de supuesta  racionalidad económica sucumben ante la ideología del libre mercado. Los ejemplos más recientes llegan hasta el interior de nuestros hogares: aplicaciones para móviles y empresas de software como Airbnb o Homeway nos han llegado a convencer de que la vivienda en un recurso más, un asset, como se denomina en el argot del ramo, que debe ser puesto en valor y explotado. Bajo un discurso vacío y desconflictivizado, expresiones tan complejas como comunidad, vecinos, local y otras, son dispuestas al servicio de la explotación comercial.

Estos días somos testigos de una nueva vuelta de tuerca a la mercantilización de los procesos sociales que suponen estas herramientas del denominado capitalismo de plataforma. En las paredes de mi barrio han aparecido unos carteles, aparentemente caseros y sin ningún formalismo, que invitan a los vecinos y vecinas a unirse a la red social ¿Tienes sal?. Según su web se trata de una herramienta con la que “podrás comunicarte fácilmente con tu edificio, tu vecindario o los alrededores”. Para ello solo tienes que registrarte, facilitando tus datos personales y, tras la verificación de tu perfil, ya podrás ponerte en “contacto fácilmente con tus vecinos gracias a ¿Tienes sal?”. Según algunos medios, la iniciativa, en estos momentos, “depende de inversores, aunque para poder ser autosuficientes en el futuro, […] ha pensado en incluir publicidad de pequeños comercios”.

Vemos, de este modo, como el mercado, de nuevo bajo un discurso localista y de proximidad, aparece en nuestra propia sopa, que por lo visto está sosa, intentando introducirse en nuestras vidas, en las relaciones más cercanas, aquellas que establecemos con nuestros propios vecinos y vecinas, y todo sin necesidad de salir de casa, esa incomodidad que supone salir a la calle, verlos directamente, tocarlos, escucharlos.

Sinceramente, no soy capaz de verme dejando a mi hija a cargo de un vecino o vecina que he conocido en una app. Y menos de hacerlo mientras una empresa se enriquece vendiendo mis datos personales o bombardeándome con publicidad.

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Marx en Barcelona

Fuente: ABTS Photoreporters

Sí, efectivamente. Aquellos y aquellas que hayáis reconocido en el título del presente artículo una referencia nada velada a aquel otro texto de Víctor Lapuente publicado en El País hace casi un año habéis acertado. Sin embargo, el presente texto no va sobre el principio de realidad freudiano -o sí, quién sabe- ni del proceso independentista catalán.

Nos acercamos a un decisivo año electoral y los actores en contienda van tomando posiciones. En lo que respecta a Barcelona, las diferentes fichas de este gigantesco dominó se precipitan. Nuevos y viejos candidatos y candidatas, nuevas y viejas siglas y partidos. Y como se suele escuchar decir del equipo de fútbol local, “Barcelona es más que un club”: es una metrópolis global, es la capital de una futura supuesta República, es una ciutat morta, es la perla del Mediterráneo. Es eso y mucho más. Es una ciudad en disputa, no solo material, sino también simbólica. Y ahí es donde Marx entra en juego.

La obra del pensador alemán es profusa en contenido y potencialidad. Dejó muchas cosas escritas, pero también otras tantas por desarrollar. En lo referente al caso de Barcelona me referiré únicamente a dos de ellas: el fetichismo de la mercancía y la definición de capital como valor en movimiento. Vamos por partes.

Fuente: ABTS Photoreporters

Hoy en día, una ciudad no deja de ser un producto, un bien de consumo. Tanto es así que, incluso, han surgido técnicas para venderla, el conocido como City Brading. En esto Barcelona no es diferente a las demás y cuenta con su propia Marca Barcelona. Ahora bien, como mercancía, la capital catalana tiene que mostrarse atractiva, seductora e interesante hacía sus consumidores, pero también neutra, desconflictivizada e higiénica, lista para ser consumida. Sin embargo, tras el encantamiento de la Marca se escondería la realidad de unas relaciones sociales crudas y reales, las propias de un modo de producción, el vigente, que se caracteriza por la desposesión. A modo de ejemplo, multitud de terrazas de bares y restaurantes pueblan las calles y plazas ocultando la realidad de una privatización encubierta del espacio público y el intento, entre otras cuestiones, de controlar el qué y el cómo ocurre en la ciudad. He ahí la explicación de la reciente línea de mesas y sillas situadas a discreción en el área cercana a la Barceloneta conocida como Palau de Mar y el consiguiente desplazamiento del top manta justo a las grandes aceras del Paseo Joan de Borbó. Venta de ciudad y desplazamiento del conflicto.

Pero esta realidad no solo es ocultada en forma de fetiche, sino que también contribuye al sostenimiento imparable de la creación de valor. Igual que un tiburón, debido a su sistema particular de filtración el agua y respiración, debe nada siempre y únicamente hacia delante en el mar, la economía capitalista solo es sostenible si se mantiene en constante movimiento y crecimiento, alcanzando esferas de la vida social hasta ese momento ajenas a las dinámicas mercantiles. Este es el caso del éxito reciente -por magnitud y volumen de capitalización- de las aplicaciones del denominado como capitalismo de plataforma, Airbnb, Cabify, etc., pero también de la puesta a disposición del sistema de hasta el último centímetro cuadrado de suelo urbano: viviendas y locales comerciales, sí, pero también las calles y las plazas de la ciudad.

La lucha por la ciudad, de este modo, no se dirime solo en despachos oficiales, sedes de partidos y elecciones locales, sino también en la forma y el tiempo en que los habitantes de la ciudad se apropian de su espacio, concepto este último bastante diferente al de consumo.

Valor de uso versus valor de cambio, que diría un Marx que, como hemos visto, se encuentra en Barcelona.

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Aeroports: espais de consum i consum de l’espai

Font: Autor

En un recent article aparegut en el diari Público, es feia una encesa defensa dels aeroports com a elements atractius en si, factors de dinamització territorial i generadors d’experiències personals. Els aeroports creats a partir de la immediata postguerra mundial, funcionals i escassament diferenciats, s’apareixen, sota aquesta perspectiva, freds i deshumanitzats. Per subratllar la necessitat de superar aquella primera idea d’aeroport, l’autora del text utilitza el concepte de no-lloc popularitzat per l’antropòleg francès Marc Augé, a més de proposar com a exemples il·lustratius d’un tipus d’aeroport més humà, entre d’altres, el projecte de nou aeroport internacional de Ciutat de Mèxic.

Anem per parts. La idea de no-lloc d’Augé no és originalment seva. Es tracta d’una proposta que ja manejaven els dadaistes francesos de principis del segle XX quan, capitanejats per André Breton realitzaven incursions urbanes en llocs de Paris considerats lletjos i banals, encara que plens de vida. La perspectiva de l’no-lloc augeniana fa referència a aquells “espais on no poden llegir-se les identitats, ni les relacions, ni la història”. Són equiparats a caixers automàtics, habitacions d’hotels o supermercats. Aquesta visió, un tant negativa, oblida clarament que, per a determinats grups socials, els aeroports no només tenen identitat i història, sinó que són el prosceni on es manifesten importants processos socials de què són protagonistes. Només cal recordar la història magistralment narrada per Steven Spielberg a The terminal on el protagonista de la mateixa, encarnat per Tom Hanks, viu diversos anys en una terminal d’aeroport, o les recents vagues protagonitzades pel personal de terra d’aerolínies com Iberia o Ryanair a l’Aeroport del Prat de Barcelona. Caldria preguntar-los a uns i altres, si per a ells i elles els aeroports són espais sense identitat, relacions o identitat.

D’altra banda, el mateix aeroport de Ciutat de Mèxic, ideat pel combo Normal Foster + Fernando Romero, porta ja invertits més de 1.300 milions de dòlars, entre al·legats de corrupció, excessiu impacte ambiental i sobrecostos, en un país amb un 43, 6% de la seva població vivint en la pobresa, segons la Revista Forbes, publicació impossible de qualificar com esquerrana. L’autora de l’article sembla lamentar que el nou president electe de Mèxic, Andrés Manuel López Obrador, revisi el projecte atenent a les peticions de diversos i importants sectors del seu país.

El text continua proposant, com a resposta a la sensació desagradable de deshumanització -insisteix- i por que generen els aeroports després de les mesures posades en marxa a nivell global arran dels lamentables atemptats de l’11-S als Estats Units, una decidida aposta per la tecnologia -robots, radars, escáners-, així com per cert fetitxisme basat en el disseny i l’arquitectura. D’aquesta manera, un s’ambienta agradable, ben definit i amb cert gust, ens humanizara sobtadament; un projecte i una construcció adequada allunyés de nosaltres el regust agre de les amenaces internacionals. En realitat, la conversió dels aeroports en places públiques -ágora, socs, en altres de les expressions usades per l’autora-, espais agradables, desconflictivizados, capaços d’acollir-nos i donar-nos un context (sic), els ha portat a convertir-se en autèntics centres comercials, miralls d’una societat que basa la seva existència en el consum.

En aquest sentit, els aeroports es manegen en dos tipus de consum: el consum de l’espai que suposa el desenvolupament d’una infraestructura com la d’un aeroport -amb la seva ingent impacte ambiental, territorial, social i econòmic, moltes vegades acompanyat de processos especulatius de sòl-, i la seva conversió en espais de consum. A tall d’exemple, en la gran majoria de les terminals d’Aeropuertos y Navegación Aérea (AENA), l’actual empresa publico-privada encarregada de gestionar els aeroports espanyols, privatitzada parcialment el 2015 amb resultats no gaire positius, encara que aquest és un altre tema, és obligatori passar per la secció de Duty Free una vegada s’ha realitzat el check-in correctament i abans de procedir a l’embarcament. A més, la recerca insaciable de plusvàlues dels inversors privats ha portat a una sèrie de pràctiques en la concessió de llicències de restauració i cafeteria que han acabat repercutint negativament en les condicions laborals dels seus treballadors i treballadores.

En definitiva, qualsevol aproximació a la realitat dels aeroports actuals ha de deixar de banda la perspectiva certament simple i naïf de l’aeroport com a infraestructura-espectacle i generadora de desenvolupament, i comprendre, a més, les conseqüències socials, econòmiques i mediambientals que el desenvolupament de tals equipaments suposa pels menys privilegiats.

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Franco, Victoria, República. Entre la legitimidad y la dominación

Fuente: Beppe Aricó (OACU)

Fuente: Beppe Aricó (OACU)

Este artículo fue publicado originalmente en el Periódico Diagonal el pasado día 19/10/2016.

Franco, Victoria, República. Entre la legitimidad y la dominación

No se puede negar que Barcelona es una ciudad donde es difícil aburrirse. Y no lo digo solo porque se haya convertido en una potencia turística de primer nivel, cuarta ciudad del mundo por número de selfies, principal destino de los estudiantes Erasmus en Europa y referente por antonomasia de la nueva política chachi-guay municipal, sino también por las polémicas que, de vez en cuando, se presentan de forma inesperada (y no tanto).

Esta semana, por ejemplo, nos hemos levantado con la generada por la exposición “Franco, Victoria, República. Impunitat i espai urbà”, la cual cuenta, entre sus elementos principales, con un conjunto escultórico conformado por una Victoria franquista que proyecta su sombra sobre una alegoría republicana, y que se enfrenta a una decapitada estatua ecuestre de Franco. El contexto sobre el que se levanta la exposición no es neutro, pues se trata del, ahora rebautizado como, Born Centre Cultural i de Memòria, cuya primera exhibición “Fins a conseguir-ho. El setge de 1714”, representaba, en cierta medida, un ajuste de cuentas con el asedio borbónico que sufrió la ciudad a comienzos del siglo XVIII, y fue llamado por su primer director “la zona cero de los catalanes”.

El pasado lunes, día de su inauguración, el ruido mediático que había acompañado la exposición desde su anuncio, se hizo carne mediante ciertas algaradas en la explanada misma del Centre Cultural. Ahora bien, más allá de la polémica sobre si se trata de una afrenta a la catalanidad o un intento de recuperar parte de nuestra memoria histórica –auténtico oxímoron social y tema que trataré al final del presente texto- no estamos, sin lugar a dudas, ante ninguna novedad en el orden político y social en el que nos movemos. Más bien al contrario, algo que puede que merezca una breve reflexión al respecto.

Hace ya casi un sigo que Max Weber señaló las diferencias existentes entre poder y dominación. Así, poder sería la probabilidad de imponer a otro su propia voluntad, independientemente de la capacidad de resistencia que tuviera el sometido, mientras que dominación  sería la probabilidad de encontrar obediencia a dicha voluntad. Desde siempre, aquellos que han ejercido el poder han sido conscientes de la imposibilidad de mandar eficazmente (en palabras de Weber), esto es, de forma efectiva y sostenida en el tiempo, por lo que han buscado formas de lograr obediencia a través de la legitimidad de sus prácticas.

En este sentido, la sangrienta Dictadura de Franco desplegó todo un abanico simbólico y discursivo –principalmente católico, apoyándose en la realidad religiosa del Estado español de aquel entonces- sin otro objetivo que alcanzar dicha legitimación. Para ello envolvió, sobre todo en los primeros años de su gobierno, el relato de su rebelión contra el orden democrático republicano bajo la forma de Cruzada; se (re)presentó, de forma continua, como tocado por la gracia de Dios –apariciones bajo Palio, adopción de la iconografía religiosa clásica, etc.- y parasitó y manipuló algunos de los principales referentes religiosos populares, como la Virgen del Pilar o Santiago Apóstol, en una demostración más que evidente de su falta de originalidad. Como curiosidad, citar que el sobrenombre con el que se calificó a Franco, Caudillo, al igual que lo hicieron el Furher alemán o el Duce italiano, tiene varios significados: jefe o guía, pero también cabeza de un grupo. Y es precisamente la cabeza la parte que le falta a la estatua exhibida en el Born.

Sin embargo, ésta búsqueda de legitimidad no es exclusiva de los regímenes dictatoriales, sino que es perfectamente posible encontrarla incluso en las actuales y consolidadas democracias liberales. Continuando con el Estado español, la sacralidad del relato oficial de la Transición jugaría un papel similar al de la cruzada franquista, aunque en sentido contrario. ¿Qué otra razón tendría la popularización de la famosa serie de Victoria Prego sobre dicho periodo histórico que la de dotar de cierta mística –de nuevo la connotación religiosa- a unos hechos presentados como una lucha titánica contra la caverna, el bunker, la reacción? Y aquí en Catalunya, ¿no lucen los Presidents de la Generalitat un número ordinal –el Honorable Carles Puigdemont el 130º- que les legitima en su rol de continuadores de la antigua Diputació del General medieval? Y, más cerca aún, en Barcelona, ahora que se celebra el aniversario de la elección de la ciudad como sede olímpica, ¿no se hizo una llamada a la participación y al voluntariado con el objetivo de ser los mejores Juegos Olímpicos de la historia?, ¿no legitimó este éxito en parte a Pasqual Maragall, y a todos los alcaldes socialistas posteriores, para continuar con la transformación de Barcelona en clave neoliberal?

Evidentemente no es lo mismo la dominación ejercida por un President o un alcalde que han obtenido su puesto gracias a un proceso electoral democrático plural, que la obtenida por de un General mediante un cruel golde de Estado que necesita investirse creencias y tradiciones para dotarse de legitimidad. Sin embargo, a nivel sociológico, los dispositivos que operan serían similares.

Es precisamente la legitimidad del actual Ayuntamiento de los comunes la que le lleva a propiciar una exposición con la que pretende, según sus propias declaraciones, hacer reflexionar sobre “las características de la propia democracia”, o sobre “la destrucción moral y material que sufrió España durante la Guerra Civil”. Sin embargo, más allá de las actuaciones  de algunos hiperventilados –exabruptos contra miembros de la Associació Amical de Mauthausen y la Catalana d’Expresos Polítics del Franquisme, entre otras, de unos exaltados que viven la ensoñación de que Catalunya fue una especie de isla llena de demócratas dentro del franquismo, como si Samaranch, Porcioles, etc. no hubieran existido- , hechos minoritarios que han sido convenientemente exacerbados por algunos medios de comunicación, es necesario recordar una cosa y es que, a diferencia de lo ocurrido en países como Alemania o Italia, Franco murió en su cama. Aquí no hubo ni tropas aliadas desfilando por la Gran Vía, ni día de la liberación, ni tanques soviéticos como los que tomaron Berlín. Y no solo eso, sino que el principal partido del Congreso, el PP, se niega sistemáticamente a reconocer los crímenes del franquismo. La historia puede decir una cosa, pero la memoria colectiva, la memoria viva de la gente dice otra, y eso es que un sistema democrático no será nunca estrictamente legítimo si está construido sobre las espaldas –y las tumbas- de los perdedores. Podrá ser poder, pero no dominación.

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