Barcelona turística, ¿renacimiento urbano o ciudad medieval?

Fuente: propia

Durante la primera década del nuevo siglo, algunas de las más importantes ciudades del Reino Unido pasaron por un periodo que, desde ámbitos académicos y mediáticos, se ha venido denominando urban renaissance o renacimiento urbano. A lo largo de esos años, urbes como Liverpool, Manchester, Leeds, Cardiff, Bristol y otras, cuyo denominador común sería el hecho de haber vivido tiempos mejores durante el fastuoso pasado industrial del país, y que venían desarrollando un potente proceso de periferización y pérdida de población desde los años 50 del pasado siglo, despertaron a una suerte de regeneración con un alto protagonismo de sus centros urbanos. Es precisamente esta dinámica, basada en el desarrollo de políticas con base en incentivos fiscales, así como en la desregulación de parte de sus normativas urbanísticas, la que ha pasado a la posterioridad y ha servido de modelo a numerosas ciudades a nivel global.

Es de entender que la calificación de renacimiento urbano para este tipo de procesos/políticas vendría fundamentado en la acepción canónica de renacimiento como “acción de renacer”, es decir, de vuelta a comenzar después de un periodo en el que, se entiende, estas ciudades habrían muerto. Gran parte de las críticas realizadas a los efectos de estas políticas no provinieron de sectores afectados por su potente impacto, o por una academia siempre radicalizada, sino desde instituciones y organismos de tinte conservador que subrayaron la incapacidad de las medidas diseñadas de hacer frente a los futuros problemas de estas ciudades. Así, el think tank Policy Exchange, en un informe elaborado en 2008 y titulado Success and the city, señalaba cómo la planificación elaborada preparaba a estas urbes para un modelo económico atrasado, similar al del siglo XIX, afectando, de paso, a otras ciudades que, en ese momento, comenzaban a despuntar. En definitiva, mediante la implementación de las mencionadas políticas comenzaba un proceso de competencia por la atracción de capital y visitantes que afectaba a los intereses de su entorno inmediato.

El fenómeno de la competencia global de las ciudades fue magníficamente descrito por David Harvey en su canónico artículo de 1989 From managerialism to entrepreneurialism the transformation in urban governance in late capitalism. En él, el geógrafo inglés describía los resultados que tales políticas suponían para las ciudades, entre las que podemos mencionar “the vigour of inter-urban competition for capitalist development (investment, jobs, tourism, etc.) [that] has strengthened considerably” (Harvey, 1989: 10).

En el caso de la ciudad de Barcelona, el papel desarrollado por las administraciones local, regional y estatal, en este fortalecimiento de la competencia capitalista, venía llevándose a cabo desde hacía décadas, aunque no es descabellado afirmar que vivió un impulso decisivo a raíz de la declaración de la ciudad como sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Es ahí que Barcelona comienza a vivir su particular urban renaissance, hecho que tuvo particular incidencia en barrios como el Poblenou.

Aunque parte de las instalaciones olímpicas –estadios, pistas deportivas, etc.- se establecieron en Montjuïc y otras zonas periféricas de la ciudad, la acelerada desindustrialización que venía viviendo el Poblenou lo situaba como ubicación ideal para el paso de suelo industrial a residencial, esto es, para la instalación de la Villa Olímpica, además de, tras la tan ansiada apertura de Barcelona al mar, de acoger en sus inmediaciones equipamientos tan importantes como el Puerto Olímpico, hoteles, zonas de esparcimiento, centros comerciales, etc.  Nada de esto fue fruto de la improvisación, pues la misma zona había sido objeto, tal y como nos recuerda la historiadora y geógrafa Mercè Tatjer (1973), de un potente intento de transformación en los años 60 por el ampliamente conocido Plan de la Ribera.

Además, una vez finalizados los Juegos, la dinámica urbanizadora no se detuvo. Con posterioridad a la venta en el mercado libre de las viviendas que habían ocupado los deportistas durante la celebración del evento, la continuidad de la Diagonal hasta el Besòs, el desarrollo del Front Marítim, inicialmente conocida como Vila Olímpica 2, la creación de Diagonal Mar y el parque de Miralles, el Centro Comercial, la zona hotelera y de convenciones situada al final de la Rambla de Prim, el Fòrum de les Cultures de 2004 o el diseño del Distrito 22@, también a comienzos del nuevo milenio, supusieron una transformación completa de su paisaje urbano. El imaginario local, que situaba sus confines entre Prim, Diagonal, Marina y el mar, quedó fragmentado en numerosas teselas al más puro estilo de archipiélago urbano, tal y como propusiera el urbanista griego Stavros Stavrides (2015). Una revolución espacial que, como no podía ser de otra manera, supuso un radical cambio social. Tanto es así, que los últimos datos ofrecidos por la Administración Tributaria muestran que, en el Distrito Sant Martí, basta cruzar la Avenida Diagonal, cicatriz urbana que separa el barrio de Diagonal Mar i Front Marítim del Poblenou del Besòs i el Maresme, la renta pasa de 20,9 mil a 10,2 mil euros per cápita, una disminución superior al 50%.

El carácter turístico de la ciudad se vio acelerado por y tras la mal llamada Gran Recesión. Las medidas puestas en marcha desde el Ajuntament por los últimos gobiernos socialistas, así como por el primer y único gobierno convergent de la ciudad, supusieron, con la excusa de la salida de la crisis, una nueva vuelta de tuerca en la terciarización de tintes turísticos de la economía urbana de Barcelona. Claro que esto no puede ser entendido sin la labor del Gobierno central del Partido Popular (PP), el cual, mediante la reforma del mercado laboral y la desregularización de determinados sectores productivos, empujó, no solo a la capital catalana, sino a otras muchas localidades de todo el territorio, hacía la especialización turística como forma de reactivar la maquinaria económica urbana, ni sin la especialización geográfico-productiva de España dentro del contexto europeo.

Las nuevas prácticas turísticas, por otro lado, desbordan la burbuja turística, esto es, la clásica separación entre el espacio del turismo y el espacio del residente, típica del turismo fordista. Han aparecido nuevos conceptos, nuevos términos, como el de lifestyle Tourism, turismo sostenible, Smart Tourism, turismo local, etc., los cuales conciben el turismo como un consumo del espacio sobre la ciudad que no conoce límites, que supera los hitos y elementos patrimoniales característicos y recorre completamente su entramado mediante una nueva mirada. La ciudad, por tanto, ha pasado toda ella a ser una mercancía.

Para Max Weber (2002), uno de los padres de la sociología, si queremos buscar el origen de la ciudad tal y como la conocemos hoy en día, tenemos que buscar en los burgos de la Europa medieval. Centros urbanos que se crearon y crecieron alrededor de un mercado cuya “población local satisface una parte económicamente esencial de su demanda diaria en el mercado local y, en parte esencial también, mediante productos que los habitantes de la localidad y la población de los alrededores producen o adquieren para colocarlos en el mercado” (2002: 939). En la ciudad medieval, el mercado, por tanto, forma parte de la ciudad, es parte intrínseca de la misma, a diferencia de la ciudad renacentista que está más caracterizada por su carácter político y su renovada visión artística.

Así, para finalizar, ciudades que, como Barcelona, han devenido mercancía, navegan en un mercado que ha desbordado sus fronteras inmediatas, ha trascendido la lógica espacial para situarse a nivel global y simbólico; todo es mercado en el mundo capitalista actual. Así, como bien señalara Marx, el espacio ha sido aniquilado por el tiempo, y las ciudades actuales, por su consideración de meros puntos espaciales en el mercado global, se parecen mucho más a las ciudades medievales que a la más ordenada y democrática ciudad renacentista.

Referencias bibliográficas

Harvey, D. (1989). From managerialism to entrepreneurialism the transformation in urban governance in late capitalism.Geografiska Annaler. Series B, Human Geography Vol. 71, No. 1, The Roots of Geographical Change: 1973 to the Present (1989), pp. 3-17.

Marx, K. (1992). El capital. vol. I. Moscú: Ed. Progreso.

Policy Exchange (2008). Success and the city. Learning from international urban policies. Localis: London. Disponible en https://www.policyexchange.org.uk/wp-content/uploads/2016/09/success-and-the-city-mar-08.pdf

Stavrides, S. (2015). Normalización y excepción en la metrópolis contemporánea. En Observatorio Metropolitano de Madrid (eds.), Enclaves de riesgo. Gobienro neoliberal, desigualdad y control social (pp. 107-126). Madrid: Traficantes de Sueños.

Tatjer, M. (1973). La Barceloneta. Del siglo XVIII al Plan de la Ribera. Barcelona: Libros de la Frontera.

Weber, m. (2002). Economía y sociedad. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

 

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El mantero como extranjero

Fuente: eldiario.es

El verano que nos acaba de abandonar se fue como vino; con continuas referencias, desde la política y la empresa -amplificadas por ciertos medios de comunicación-, a la cuestión securitaria en Barcelona. Es verdad que, desde hacía tiempo y desde diferentes ámbitos, ya se venía advirtiendo que, conforme se acercaran las elecciones locales, el debate político se iría centrando, cada vez más, en esta cuestión. Sin embargo, una vez pasada la contienda electoral los vientos no amainaron, sino que, de hecho, el fenómeno tendió a arreciar.

Entre las derivadas de la crisis de seguridad que supuestamente ha vivido Barcelona durante los últimos meses se encontraba aquella que, sin una causa-efecto coherente y respaldada por hechos, vinculaba la inseguridad con la presencia del top manta en las calles de nuestra ciudad. Para la antología de las soflamas securitarias quedará aquella salida de tono del actual Teniente de Alcalde de Seguridad del Ajuntament de Barcelona señalando a El Periódico de Catalunya la inadmisibilidad de que “lo primero que vean los turistas al llegar a Barcelona sean los manteros”. Hasta ahí podíamos llegar, al fin y al cabo, uno nunca atenta contra la gallina de los huevos de oro. Otra boutade por el estilo fue la lanzada por el insigne Conseller d’Interior del Govern de la Generalitat, el cual, en una entrevista realizada por la Cadena Ser en horario de máxima audiencia, no se le ocurrió otra cosa que decir que “el fenómeno del top manta causa sensación de inseguridad” ya que “cuando estás mirando la manta y estas mirando lo que compras, pues seguramente es más fácil para un ladrón que te pueda robar”, quedándose tan ancho. Eso sí, inmediatamente pasó a señalar que en Barcelona no existía ningún tipo de crisis de seguridad, dando la razón a los Mossos d’Esquadra y quitándosela al Teniente de Alcalde.

Todo esto, sin embargo, no fue óbice para que el propio Ajuntament emprendiera una serie de acciones con el objeto de desplazar a los manteros desde su principal punto de venta, el Passeig Joan de Borbó, hacía otros lugares y tiempos de la ciudad e, incluso, otras localidades de la costa catalana. No hay que negar que el Ajuntament también tiene en marcha acciones de carácter social dirigidas hacía este colectivo. No obstante, esto no elimina que el binomio inseguridad-manteros haya quedado instalada en la opinión pública de forma indefectible. Ahora bien, más allá del supuesto impacto económico que su actividad parece tener sobre el comercio local, el espacio público y la imagen de la ciudad, habría que preguntarse qué lleva a distintos sectores de Barcelona –políticos, económicos, etc.- a establecer narrativas que criminalizan, estigmatizan y pre-enjuician colectivos tan complejos y diversos como el de los manteros.

No sería erróneo afirmar que prácticamente la totalidad de personas que conforman el colectivo mantero no son nacidas en Europa. Se trata, fundamentalmente, de migrantes africanos –muchos provenientes de su costa occidental, esto es, Senegal y Gambia-, aunque también del subcontinente indio y, en menor medida, América Latina. Su principal cualidad, por tanto, es que se trata de personas de origen extranjero que han cruzado nuestras fronteras en busca de una vida mejor para ellos y para sus familias. Y puede que por aquí encontremos una explicación a la pregunta anterior.

Tal y como nos recordara el antropólogo británico Julian Pitt-Rivers, ser un extranjero es ser un extraño, de hecho, ambas palabras comparten, en inglés, castellano y catalán, la misma raíz etimológica latina: extraneus, exterior, ajeno. Y es precisamente este carácter extraño el que le otorga, por cuanto se trata de elementos –personas, grupos sociales- desconocidos, una potencial peligrosidad que puede ser conjurado sólo de dos maneras: o bien se le niega la entrada, se le persigue e induce a partir, o se le acepta, esto es, se le socializa, siempre –o, al menos temporalmente- bajo la condición de huésped. De este modo, la sociedad de acogida –incluso a regañadientes- se convierte en anfitriona y los recién llegados en invitados. Nada de esto es casual, sino que es debido a que la primera necesita evitar la condición de igualdad que una admisión completa y total de la segunda generaría. La igualdad devendría en rivalidad, de forma que es ineludible recordarles constantemente a estos grupos que no son de aquí. Estaríamos construyendo, de esta forma, una realidad urbana donde colectivos completos no se criminaliza o estigmatiza porque se aparezcan como diferentes, y potencialmente peligrosos, sino que, porque se presentan como diferentes, como invitados, se les criminaliza y estigmatiza. El objetivo de todo esto no lo dice solo la antropología, sino también la más fría gestión empresarial: desde esta perspectiva es más fácil explotar y subyugar a grupos sociales completos provenientes de entornos empobrecidos.

En el último barómetro municipal presentado el pasado miércoles, la inseguridad ciudadana se situaba como el problema principal para los barceloneses. Hasta un 17,1% lo señalaba como su preocupación más destacada -frente a un 12,2% que señalaba la vivienda, o un 5,2% el turismo-, y donde sería ineludible situar, tras los titulares del verano, el mencionado binomio inseguridad-manteros. Así, mientras consideremos a estos colectivos, no como vecinos y vecinas que comparten con nosotros las preocupaciones cotidianas de la vida social de la ciudad, sino como meros invitados, no seremos capaces de romper la dinámica que vincula su presencia física con la inseguridad y viceversa. Los manteros no son extranjeros.

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El espacio público como nueva frontera urbana

Fuente: Propia

Este artículo fue publicado originalmente en Alba Sud el pasado día 28/11/2018.

El espacio público como nueva frontera urbana

En el barcelonés barrio del Poblenou, la proliferación de terrazas de bares y restaurantes de algunas de sus arterias más emblemáticas, como la Rambla, se ha mostrado como una nueva frontera a conquistar, en particular, por el sector turístico y hostelero local.

El barrio barcelonés del Poblenou lleva viviendo una transformación urbana de profundo calado desde hace décadas. Así, este antiguo emplazamiento industrial del siglo XIX ha visto como su fisionomía se ha ido adaptando a las necesidades y características de una Barcelona que ha cambiado su modelo productivo desde el fordismo más clásico hacía otro de acumulación flexible: transporte, logística, vivienda, nuevas tecnologías, ocio y consumo y, finalmente, turismo, parecen ser las nuevas variables que caracterizan productivamente al Poblenou. Sin embargo, si algo ha caracterizado esta restructuración es la importancia del suelo urbano como factor productivo, como insumo y elemento de generación de plusvalía. Este auténtico asalto a los suelos del barrio no se ha limitado, por otro lado, a las parcelas del catastro bajo sus distintos usos, muchas de las cuales han sido ocupadas por hoteles y otras infraestructuras turísticas, sino que se ha visto ampliado a las mismas calles y plazas que cotidianamente transitan unos usuarios ahora convertidos en consumidores.

Por otro lado, el lector o lectora del presente artículo ya habrá notado la referencia nada disimulada a la conocida obra de Neil Smith (2012) La nueva frontera urbana: la ciudad revanchista y gentrificación en el título del mismo. Para el geógrafo escocés, la gentrificación, esto es, el desplazamiento y la sustitución de las clases bajas y medias-bajas de determinados barrios y/o áreas de las ciudades por grupos sociales de clases medias o medias-altas, es un fenómeno en continua expansión. Se trataría de dinámicas que no quedan –o no pueden quedar– circunscritas a determinados límites, sino que para garantizar la continuidad del proceso de acumulación capitalista han de expandirse, en principio, indefinidamente. Es notoria la descripción, en el mencionado libro, de la aparición de los primeros síntomas de gentrificación en el Lower Side neoyorquino. En ella, Smith juega con la metáfora del salvaje oeste y la supuesta conquista y civilización que los colonos norteamericanos acabaron llevando a cabo en aquellos lejanos territorios para referirse al mencionado fenómeno.

Smith aporta en el libro una novedad interesante: los actuales procesos de gentrificación no se encuentran únicamente ligados al mercado inmobiliario local, sino que para analizar adecuadamente cómo se produce la reconfiguración del paisaje urbano, las dinámicas deben que ser observadas bajo una perspectiva más amplia. Así, entre los elementos que constituyen esta nueva complejidad se encuentra el conocido como espacio público, el cual, más allá de sus aproximaciones ideológicas, se ha acabado convirtiendo en un elemento fundamental dentro de la consideración de las ciudades bajo la lógica del capital.

En el barcelonés barrio del Poblenou, la increíble proliferación de terrazas –mesas y sillas- de bares y restaurantes de algunas de sus arterias más emblemáticas, como la Rambla, se ha mostrado como una nueva frontera a conquistar, en particular, por el sector turístico y hostelero local. Dicha toma, sin embargo, se ha visto contestada por unos movimientos sociales que ya contaban con una dilatada trayectoria de lucha y reivindicación. Su heterogeneidad y la diversidad de sus puntos de vista, desde el más cercano al reformismo, hasta el más directamente anticapitalista, se ha manifestado públicamente bajo diversas formas: celebración de consultas; fiestas y desfiles por las calles del barrio; okupación de solares públicos; puesta en marcha de huertos populares; organización y articulación de contrapropuestas, etc., un sinfín de actividades y acciones que han servido, además, para recomponer parte del tejido social y dar lugar a nuevas formas de organización y participación popular.

De la capacidad de dichos movimientos para modificar la inercia privatizadora del espacio público del barrio dependerá el futuro del mismo, no solo en cuanto a la presencia de un sector productivo con visos de monocultivo, sino también de la existencia misma de las calles y las plazas del Poblenou como espacios tradicionales de socialización.

Nota:

Mansilla, J. (2018). Asaltar los suelos. La privatización del espacio público como distopía urbana en el barrio del Poblenou, Barcelona. Biblio3W Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales, Universitat de Barcelona, vol. XXIII, núm. 1.255, 25 de noviembre de 2018.

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Cuando ser de izquierdas sale gratis

Este artículo fue publicado originalmente en el diario Nueva Tribuna el pasado día 10/01/2017

Cuando ser de izquierdas sale gratis

En unas recientes declaraciones a la prensa, algunos de los más amortizados políticos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) entre los que podríamos citar a Ramón Jauregui o Elena Valenciano, ponían el grito en el cielo ante la próxima renovación de la presidencia del Parlamento Europeo.

Recordemos que el Parlamento Europeo es, pese a sus limitaciones, una de las instituciones más importantes en ese artefacto político que se ha venido en llamar Unión Europea (UE) y que cuenta, conjuntamente con el Consejo de la Unión Europea, con capacidad de iniciativa legislativa. Su Presidente, elegido por mayoría absoluta de los europarlamentarios, tiene un mandato de dos años y medio, justo la mitad de la duración de una legislatura, ya que las elecciones al Europarlamento se celebran cada cinco años.

Con el paso del tiempo, se ha convertido en un lugar común reconocer al Parlamento Europeo como una especie de cementerio de elefantes o, si queremos utilizar una expresión más positiva, una reserva de dinosaurios políticos. Esto es así porque la mayoría de los Estados Miembros (EEMM) de la UE proponen como cabezas de cartel para las elecciones europeas a políticos y políticas que han desarrollado la mayoría de sus carreras -y han vivido sus momentos de gloria política- a nivel nacional, pero a los que se les quiere encontrar un último acomodo. Algo así como los famosos jarrones chinos de los que nos hablaba el inefable Felipe González. El Estado español es un buen ejemplo de ello, pues sus últimos cabezas de cartel fueron la ya mencionada Elena Valenciano o Juan Fernando López Aguilar, entre los miembros del PSOE, o Mayor Oreja y Arias Cañete entre los del Partido Popular (PP). Izquierda Unida, por su parte, suele ser algo más moderada en estos planteamientos, aunque ha enviado por dos veces a Bruselas como cabeza de lista a Willy Meyer. Para finalizar, otras opciones, como Podemos, han usado el Parlamento Europeo y su sistema de elección por lista única estatal para lanzar a sus futuros líderes.

Otra de las características del Parlamento Europeo es que, por así decirlo, es la plasmación político-institucional más evidente –y representativa- de aquello que se ha venido en denominar la gran coalición. Sí, porque pese a su fragmentación –es posible encontrar hasta 9 diferentes grupos políticos constituidos-, desde 1979, año en que se conformó por primera vez por sufragio universal –anteriormente era por designación- excepto en 3 ocasiones el Presidente de la institución ha sido o bien miembro del Partido Socialista Europeo o bien el Partido Popular Europeo. Y, ¿adivinen qué? Pues que en cada una de las legislaturas de cinco años desde entonces la norma ha sido que la máxima representación del Europarlamento haya estado dividida entre uno y otro a razón de dos años y medio cada uno. Ahora bien, este reparto no se ha conseguido por arte de magia o por azar, sino mediante acuerdos de legislatura entre las dos grandes formaciones, es decir, mediante el establecimiento de un turno por el cual se han venido sucediendo el uno al otro. España ha presidido el Parlamento Europeo en tres ocasiones, la última de las cuales, a través de la figura del candidato a candidato Josep Borrell, el cual cedió el asiento al alemán Hans-Gert Pöttering debido a dicho acuerdo.

Pues bien, justo ahora finaliza el primer periodo de la octava legislatura europea al frente de la cual ha estado el socialista alemán Martin Schulz y la prensa se ha hecho eco de ciertas tensiones que han aparecido en el seno del Europarlamento a la hora de producirse el relevo. Resulta que un grupo de eurodiputados socialistas, donde los españoles alzan la voz un poco más que el resto, por no decir que lideran la iniciativa, se plantea no facilitar la llegada al trono, es decir, no ceder el turno, al apalabrado próximo Presidente miembro del Partido Popular Europeo. Para ello proponen al italiano Gianni Pitella, miembro de la familia socialista, para suceder a Martin Schulz. Esta boutade la realiza el PSOE –como miembro de los Socialistas Europeos- a sabiendas del bien establecido pacto que lleva ya lustros funcionando. ¿Y por qué lleva a cabo precisamente ahora el PSOE esta propuesta y no en periodos legislativos anteriores cuando podría haberla realizado también? Pues la explicación se nos aparece como clara y sencilla: porque es de las pocas posibilidades que tiene el PSOE, enfrascado como está en su batalla interna y en no asomar como la muleta del PP en el Congreso español, de marcar cierto perfil aunque tenue, de partido de izquierdas. Claro, ellos aseguran que es para no concentrar todo el poder europeo –la Comisión está en manos de Juncker y la que manda realmente es Ángela Merkel- en manos conservadoras. De este modo, aparecer como el partido rebelde del Parlamento Europeo le sale gratis, aunque todos sabemos cómo acabará esta historia: con el candidato popular Antonio Tajani como Presidente de la institución durante los próximos dos años y medio.

Más le vendría al PSOE, si verdaderamente quiere aparecer como un partido de izquierdas, posicionarse de forma evidente y contundente en otro tipo de embates y dejar de jugar con pólvora de fogueo en el Parlamento Europeo.

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Entrevista Diari Menorca [Marzo 2019]

Fuente: Propia

Entrevista al Diari Menorca 30/03/2019)

El artículo publicado por el Diario puede leerse íntegramente en el siguiente enlace.

– ¿Por qué se ha interesado por el caso concreto de Maó? ¿Tiene alguna relación previa con la Isla?

Mi relación con Menorca viene del hecho de que mi compañera es originariamente de Maó. Llevo visitando la isla muchos años y, como antropólogo, pero también como “foraster”, siempre me han llamado la atención aspectos sociales y culturales de, sobre todo, la capital de la isla: cómo usan su espacio público urbano sus vecinas y vecinos, la forma particular que adoptan las relaciones de parentesco y cómo se expresan, los referentes simbólicos identitarios, como la propia Festa de Gràcia, las particularidades de las prácticas del catolicismo local, las referencias al pasado y la memoria colectiva, plasmado en gran cantidad de refranes y canciones, etc.

Creo recordar que, poco después de visitar la isla, me puse a investigar sobre la existencia de algún estudio antropológico que ya se hubiera hecho, y solo encontré textos de folklore local y las publicaciones de Jaume Mascaró Pons sobre aspectos como los ritos de paso menorquines o cuestiones vinculadas al parentesco. Sobre las fiestas, este mismo autor tenia algo sobre Ciutadella, pero no sobre Maó.

– ¿Considera que es un caso equiparable a otro o muy particular de esta ciudad?

Cada cultura es, a la vez, particular y universal. Es decir, la transcendencia de, por ejemplo, las Festes de Gràcia a nivel de ritual de autoafirmación identitaria, el papel protagonista de un animal -en este caso, el caballo-, la teatralización del momento, etc., son elementos comunes a otras culturas.  Así, las Festes suponen una “ruptura” simbólica con la cotidianidad, elemento que tiene, desde el punto de vista de la antropología funcional, mucha similitud con celebraciones similares en otros territorios y otros tiempos, como el Carnaval de Cádiz o el Carnestortes catalán. Ahora bien, la forma en que estas manifestaciones culturales “se hacen carne”, es decir, sus propias particularidades tienen que ver con la historia, la estructura social y económica de Maó, así como otros elementos.

– ¿Qué niveles considera que alcanza esta conflictividad? Es decir, ¿solo debate? ¿División social efectiva? ¿solo a escala política?

Las sociedades son, por definición, conflictivas. La principal diferencia entre la sociedad menorqunia actual y la pasada es el grado de fragmentación de la misma. Cuando Maó, y por extensión Menorca, era una comunidad menor, más aislada, más homogénea, existían una serie de mecanismos sociales, distintos a los actuales, que permitían “canalizar” dicha conflictividad. De hecho, ese ha sido, de forma tradicional, el papel de las fiestas locales: actuaban como “válvula de escape” temporal a las fricciones existentes entre los distintos grupos sociales. Las fiestas eran el momento de la transgresión, de un exceso de permisividad social, que en otros momentos del año no podrán ocurrir. Es una especie de “exorcismo simbólico”, si lo queremos ver así. Lo curioso del caso de las Festes de Gràcia. como derivada de la de Sant Joan en Ciutadella, es que las mismas permiten, a la vez que la ruptura del orden, escenificar el mismo. Ese es el sentido de las colcadas: por un lado, una plasmación, en el espacio urbano común a todos y trodas, del orden (sus diferentes personajes resumen perfiles muy concretos de la estructura socioeconómica local) y, por otro, el momento en que ese orden puede ser alternado.

– ¿Existe una correspondencia ideológica precisa entre una determinada postura política y un nombre para las fiestas?

A nivel simbólico es evidente. Se produce la confrontación entre dos formas, una más religiosa y que encarna los valores y las posiciones políticas más conservadoras, y otras más laica, que agrupa las posturas más progresistas. Ahora bien, esto se ve complejizado por la forma y la articulación que mantienen los diferentes actores políticas en cada momento, así como por la “correlación de fuerzas” que se produce a nivel local.

– Si bien existe el debate previo sobre la cuestión, ¿cómo valora que luego durante las fiestas apenas salga a relucir? ¿O cree que no es así?

Según parte de mi investigación etnográfica sí que sale a relucir. Tanto en las entrevistas y diálogos informales que mantuve, como en un examen de la prensa local escrita, me fue posible ver cómo dicha controversia existe y se mantiene. Es más, sirve para vehicular posiciones políticas antagónicas. A mi me resultó muy curioso que, por ejemplo, militantes del Partido Popular usasen el cartel “oficial” de las Festes para, una vez manipulado, manifestar su desacuerdo, por un lado, con su nombre (de Gràcia en vez de la Mare de Deu de Gràcia), y, por otro, su postura con las políticas lingüísticas que caracterizan a este partido. A nivel simbólico supone un rechazo a la laicización de las fiestas y a las políticas de normalización del catalán, las cuales son vistas como algo ajeno.

– Asegura que es una investigación en marcha. ¿Puede adelantar hacia dónde se encaminará su estudio?

Me gustaría avanzar más en otros aspectos que no he podido alcanzar a reflexionar suficientemente, como el papel de los jóvenes en las Festes, o, a nivel histórico, otras manifestaciones de conflictividad que hayan existido. También he abierto una pequeña investigación paralela sobre la función turística de las Festes, en el caso de que la hubiera, y sus características.

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Cine y ciudad

Fuente: Paperblog.com

Fuente: Paperblog.com

Este texto lo escribí para el Programa de La Hamaca en línea en la Virreina Centre de la Imatge, Barcelona, dedicado a la ciudad.

Cine y ciudad

La relación entre la ciudad y el cine es tan vieja –o tan nueva- como éste último. No en vano, la que se considera la primera obra cinematográfica, La sortie des ouvriers de l’usine, grabada el 19 de marzo de 1895 por los hermanos Lumière, mostraba la salida de un grupo de trabajadores, en su mayoría mujeres, de una fábrica de Lyon.

La importancia, en la determinación de las formas y características de las ciudades, del proceso de industrialización vivido por algunos países del Hemisferio Occidental, aparece ya recogida por autores de importantes obras contemporáneas. Entre las mismas destacarían, por su perspectiva crítica, Contribución al problema de la vivienda, de Frederick Engels, o los trabajos que geógrafos como el francés Eliseo Reclús fueron publicando a lo largo de los años. Con anterioridad, ya había habido intentos de, ante los avances y efectos del triunfante capitalismo industrial, plantear diseños urbanos más humanos vinculados al medio rural y la naturaleza, los cuales, además, venían normalmente acompañados de proyectos de creación de nuevas sociedades. Serían los casos de socialistas utópicos como Étienne Calbet o Robert Owen que inspirarían aproximaciones más realistas y, sobre todo, más aceptables para los poderes burgueses, como la Ciudad Jardín de Ebenezer Howard.

Es, sin duda, a partir de ese momento que las ciudades viven una nueva edad de oro. La necesidad de mano de obra para abastecer el incesante número de factorías atrae y concentra gran cantidad de población campesina que ve, súbitamente, transformada su realidad cotidiana. El papel del cine como notario de los cambios sociales continua vigente. Gran ejemplo de ello es la obra de The City que, con guion de Lewis Mumford, fue elaborada, en 1939, para la New York World’s Fair.

Tal y como sugiriera el filósofo Henri Lefebvre, el urbanismo surge como ciencia destinada a ordenar la ciudad y la vida urbana al servicio del poder capitalista. Prueba de ello es la potencia, influencia y aceptación del Movimiento Arquitectónico Racionalista cuyo principal baluarte lo encontramos en la figura de Le Corbusier. Su elaboración funcional, fuertemente influenciada por la herencia de la Revolución Industrial, proponía una ciudad dividida según criterios organicistas en cuatro partes -vivir, trabajar, circular y descansar-. Hijos y nietos suyos son las grandes urbanizaciones del extrarradio y los polígonos de viviendas que surgieron en gran parte de Europa y Estados Unidos a partir de los años 50 del pasado siglo. Como no, el cine –con la ayuda de la televisión- seguía ahí para contar qué estaba pasando con las personas que vivían bajo un diseño utópico de realidad urbana que desconectaba las esferas sociales en un intento de simplificación al servicio del capital. Esas, a veces, auténticas pesadillas intentaban mostrar no solo la disposición de una estructura social construida a imagen y semejanza de las clases medias, sino también estructurar, léase controlar, a determinados grupos sociales que quedaban rezagados en sociedades cada vez más desiguales y segmentadas. La alegoría de la diferencia y la cotidianeidad que evidenciaban míticas series televisivas como The Adams Family o The Flintstones o el profundo hastío existencial reflejado en películas como The Graduate evidencia las contradicciones de estas nuevas áreas urbanas.

La década de los 70, con la irrupción de la última y vigente versión del capitalismo, el neoliberalismo, tiene en las ciudades un papel protagonista. El reequilibrio del papel del Estado, el paso del ejercicio del control social mediante la provisión de bienes y servicios colectivos a la puesta en marcha de un sistema de marcada responsabilidad individual y respuesta punitiva, se ve plasmado en el cuidado y consideración del espacio urbano como generador de plusvalías. Esto lleva a determinadas áreas de la ciudad al más profundo abandono mientras que otras, las más céntricas, son objeto de limpieza e higienización. Estamos en el Nueva York de Taxi Driver y Fort Apache, The Bronx, y, de forma más reciente, en las periferias de Paris mostradas en La Haine o el extrarradio de Madrid de Barrio.

En definitiva, cine y ciudad, como luego televisión y ciudad, imágenes y ciudad, son fenómenos que nacieron juntos y que se han alimentado el uno del otro desde hace décadas.

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Límites a los alquileres, una cuestión de justicia urbana

Fuente: Ms. Marvel (2015-2019) #1

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en el quincenal La Directa el día 04/06/2019.

Límites a los alquileres, una cuestión de justicia urbana

Hace unos días, el Consell de Govern de la Generalitat de Catalunya aprobó un Decreto-Ley mediante el cual se abría la puerta de introducir limitaciones al crecimiento de los alquileres en determinadas zonas urbanas consideradas como tensionadas, es decir, allí donde las rentas se han visto incrementadas notablemente. La normativa, basada en las competencias exclusivas que el Govern tiene sobre el Derecho Civil catalán, establece, como norma general, aumentos máximos de un 10% del alquiler sobre la base de un indicador territorial construido con la información suministrada por las fianzas depositadas en el Institut Català de Sól (INCASOL). La norma, por otro lado, añade excepciones, como la posibilidad de establecer incrementos mayores -de entre el 5% y el 20%- en función de los equipamientos con los que cuente la vivienda -una piscina (sic), por ejemplo-, los cuales han de estar debidamente justificados, o bien de si se trata de una casa de nueva construcción o a la que se le ha realizado una reforma considerable. En este último caso, el incremento extra tendrá una duración máxima de 5 años.

Dejando de lado la circunstancia de que, desde determinados ámbitos políticos y técnicos, se cuestiona la capacidad de la Generalitat para elaborar una medida de tales características -se supone, así, que las competencias para intervenir el mercado del alquiler urbano son de ámbito estatal-, el solo anuncio de esta novedosa normativa ha disparado las alarmas de aquellos grupos sociales con especial sensibilidad sobre sus efectos. Por un lado, los colectivos y movimientos sociales que luchan por el derecho a la vivienda y contra la especulación inmobiliaria la han calificado de necesaria, pero insuficiente e, incluso, potencialmente contraproducente, ya que no revierte los niveles ya consolidados. Y, por otro, el sector inmobiliario -constructoras, intermediarios, consultoras, portales web especializados, grandes fondos de inversión, etc.- han optado por alertar sobre las consecuencias negativas para los inquilinos e inquilinas, presentes y futuros, de una medida de tales características.

Entre los principales argumentos esgrimidos por estos últimos es posible encontrar desde cuestiones de carácter político-ideológicas, “se trata de una medida fuertemente intervencionista” o “de un ataque al derecho a la propiedad privada”, hasta advertencias más directas -a modo de chantaje- sobre los efectos de la normativa sobre el propio inquilinato, como “esto supondrá desincentivar la entrada de nuevos inversores” o “se dejarán de llevar a cabo las obras de reforma y mantenimiento que comporta una vivienda en alquiler”. Este tipo de advertencias no son nuevas, si no que, más bien, aparecen cada vez que, desde las instituciones y por la presión ejercida por el activismo, se emprende algún tipo de medida que persigue limitar los beneficios de la renta inmobiliaria, principalmente de aquellas grandes compañías que acumulan una enorme cantidad de propiedades. Su acción suele ir dirigida a desmontar las reclamaciones de los vecinos y vecinas de las ciudades mediante apelaciones a la necesidad de dejar actuar, por el bien general, a la mano invisible del mercado. Este intento de construcción de relatos tiene por objetivo principal deslegitimar la intervención sobre el mercado, presionando a la clase política y desmovilizando a la opinión pública. Es lo que, en un capítulo de un libro recientemente publicado –A Century of Housing Struggles: From the 1915 Rent Strikes to Contemporary Housing Activisms (2018),  Hamish Kallin y Tom Slater han denominado, recogiendo trabajos anteriores, agnotología o producción de la ignorancia. En lo que concierne a la limitación de los alquileres, esta estrategia perseguiría, en primer lugar, advertir sobre los efectos negativos que su implementación tendría sobre las propiedades alquiladas y, en segunda instancia, prevenir sobre la considerable disminución de la oferta de vivienda de alquiler y sobre la ineficiencia que se generaría a la hora de organizar su distribución en el mercado. En el texto, basado en un estudio particular sobre el caso de Escocia, Kallin y Slater desmontan uno a uno estos mitos, constatando su continua e interesada presencia en los medios de comunicación y en el ámbito técnico-político, esfera privilegiada de actuación de lobbies y think tanks liberal-conservadores.

Sobre la falta de inversiones para la mejora y reforma de las viviendas en alquiler, los autores recuerdan que el estado de estas viviendas no es, ni ha sido tradicionalmente, el mejor de los posibles. En el Reino Unido, por ejemplo, 1 de cada 3 casas, según un Informe del Parlamento Británico de 2016, no cumple con las condiciones básicas para ser usadas como vivienda habitual. En ámbitos más cercanos, como la propia ciudad de Barcelona, cualquiera que haya vivido de alquiler ha podido comprobar en sus propias carnes que este fenómeno no es exclusivo de la pérfida Albión. Solo una adecuada legislación al respecto, acompañada de los medios necesarios para garantizar su cumplimiento, puede garantizar unos mínimos necesarios de calidad y confort en las viviendas de alquiler. En torno a la supuesta disminución de la oferta, ocasionada por una normativa que limitaría los beneficios de los propietarios, Kallin y Slater destacan dos aspectos fundamentales: el primero de ellos descansa sobre el hecho de que el sector del alquiler urbano solo parece funcionar correctamente si no se le ponen límites a su avaricia, actuando como un auténtico parásito, mientras que el segundo recuerda que fenómenos similares, como incrementos del salario mínimo o la aplicación de impuestos indirectos sobre determinados bienes, nunca han disminuido la oferta de los mismos, ya que la bajada de los rendimientos del mercado del alquiler urbano ha tenido más que ver, cuando ha ocurrido, con un sistema que ha empujado tradicionalmente hacia la propiedad, tanto desde las instituciones -“Mejor propietarios que proletarios”-, como desde el propio mercado inmobiliario y financiero europeo, el cual, con sus bajos tipos de interés, ha articulado y posibilitado altos niveles de endeudamiento hipotecario. Baste recordar que, con anterioridad al momento actual, los mayores incrementos en el precio de la vivienda se alcanzaron, precisamente, cuando más cantidad de ésta era introducida -ofertada- en el mercado inmobiliario, justo antes del estallido de la burbuja en 2008. Por último, la cuestión de la eficiencia en la distribución de las viviendas advertiría que la limitación de las rentas del alquiler supondría una restricción a la entrada de nuevos demandantes, ya que los actuales, debido al nivel de precios del mercado, no querrían abandonar sus viviendas y, por el mismo motivo, esto generaría fricciones en el mercado laboral, ya que los trabajadores y trabajadoras preferirían no moverse hacía localizaciones con más oportunidades laborales por miedo a perder una vivienda asequible. Como subrayan Kallin y Slater, este argumento no solo parece considerar que los inquilinos bajo la condición de limitación de rentas de alquiler vivirían en el mejor de los mundos posibles, sino que no oculta su verdadera cara, esto es, garantizar a los propietarios altas rotaciones y mayores beneficios, así como una mayor disposición de mano de obra barata. Si la vivienda es una cuestión de derechos -tal y como recoge la sacrosanta Constitución española- entonces no se puede dejar al albur completo de la eficiencia de un mercado que hace que los inquilinos tengan que dedicar más de, en ocasiones, el 50% de su renta al pago de un techo donde cobijarse.

En definitiva, la lucha por el acceso a una vivienda digna a precios asequibles se nos aparece como una lucha contra molinos de viento; grandes, medianos y pequeños propietarios que utilizan esta necesidad básica para hacer negocio. Se trata de un nuevo ejemplo de la lucha de clases en la ciudad, donde la limitación de los incrementos de la renta se presenta como un tímido, pero necesario, paso hacía una mayor justicia urbana.

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