Catalunya será latina o no será

 

Fuente: Propia

Fue un joven Jordi Sánchez, actual Presidente de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) quien, ya hace tiempo, dijo aquella famosa frase de “Catalunya serà xarnega o no serà”. Poco antes habían sido los años de la Transición y de la recuperación de algunas libertades -sociales, políticas, culturales-, pero también de las luchas vecinales, de la recuperación de cierta memoria colectiva -que no histórica- y del resurgir del orgullo de identidades nacionales durante mucho tiempo reprimidas.

Catalunya se despertó en aquellos años del sueño -o de la pesadilla- franquista con gran cantidad de tareas por delante: poner orden al desatino urbanístico franquista de ciudades como Barcelona, recuperar las instituciones republicanas encarnadas por la Generalitat, hacer frente a un proceso de desindustrialización galopante, etc. Pero también, en otros ámbitos, con el de la necesidad de adaptar y reconstruir una realidad nacional que había crecido al calor de los referentes enarbolados por la decimonónica Reinexença, y que se había proyectado políticamente con la Lliga Regionalista, primero, y con unos partidos políticos de la democracia republicana, después, que, salvo excepciones -casi siempre a la izquierda y con el protagonismo del PSUC- proyectaban una Catalunya romántica, esencialista, rígida.

La Catalunya del último tercio del siglo XX era, sobre todo, compleja. La inmigración andaluza, pero también murciana, extremeña, castellana, aragonesa y gallega, había teñido el país de colores diversos, más allá de la senyera. No es casual que, a su vuelta Catalunya, las primeras palabras del Presidente de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, fueran “Ciutadans de Catalunya, ja sóc aquí”, y no catalanes o catalanas. Los ejemplos se repetían en el otro lado del arco social y político, con el ejemplo del sindicalista de origen manchego, después diputado por el PSUC en el Parlament, Cipriano García, pidiendo el mismo día de la salida al balcón de la Generalitat, “Llibertat, amnistia i estatut d’autonomia”.

Cuarenta años después de aquello Catalunya se encuentra en otra encrucijada. Desde las instituciones autonómicas se intenta dar el salto -con un apoyo muy al límite, tanto en el Parlament como en las calles- a una nueva institucionalidad republicana. Salvo horrendas excepciones, la mayoría de los partidos y los actores del marco político contemporáneo han aceptado aquello de la Catalunya xarnega. He ahí el protagonismo de gente como Gabriel Rufián o Eduardo Reyes, por parte de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), Antonio Baños en la Candidatura de Unitat Popular (CUP), mucho más caros de ver en el Partit Demócrata Europeo Català (PDeCAT).

Sin embargo, a estas alturas es evidente que, pese los avances conseguidos, aquello de xarnego se ha quedado antiguo, completamente obsoleto. La realidad social de Catalunya es diversa. Los idiomas hablados con normalidad, por ejemplo, van más allá del castellano o el catalán. Urdú, chino, inglés, árabe, francés, italiano. Barrios como el Raval cuentan con porcentajes próximos al 30% de vecinos y vecinas provenientes de Asia. Los hijos e hijas de éstos son los catalanes del futuro y se desempeñan, con igual facilidad -y con cierta envidia para mí-, en catalán, castellano y en su lengua materna.

Visitar la Feria de Abril, antaño reclamo nostálgico de la emigración andaluza, supone una prueba más de dicha diversidad. Junto a las casetas de Hermandades Rocieras de L’Hospitalet o Santa Coloma, es posible encontrar -y escuchar- otras tantas plenas de gentes proveniente de Ecuador, Bolivia o Brasil. Como en la foto que ilustra este texto, la Feria cuenta con su Punto Latino. Tan catalanes, tan latinos como los demás. Las concepciones rígidas de la identidad no tienen cabida -o al menos, no deberían tenerla- en realidades tan complejas y tan ricas.

Catalunya será latina, pakistanesa, india, china, inglesa, francesa, o no será.

 

 

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El turismo como catalizador del capital

Fuente: Propia

En relación con el fenómeno de la gentrificación, ¿qué novedades aporta el turismo? Bien, lo primero que hay que decir al respecto es que, en principio, cuando el turismo como sector productivo se encuentra en un entorno diversificado económicamente, correctamente regulado y bajo el control y el liderazgo de una iniciativa pública que, además, es capaz de ofertar bienes de consumo colectivo -como el transporte o la propia vivienda-, éste se presenta más como una oportunidad para el crecimiento y el mantenimiento de ciertos estándares sociales que como un referente negativo. Es más, no habría que olvidar, que el desarrollo del turismo de masas es producto de las conquistas producidas después de la II Guerra Mundial en un entorno económico capitalista que primaba cierto equilibrio entre el capital y el trabajo. El mes de vacaciones al año es, realmente, un triunfo de la clase obrera.

Ahora bien, cuando el turismo se presenta como una solución cortoplacista a una considerada necesaria reactivación económica; cuando no se encuentra correctamente normativizado, dejando al mercado actuar libremente; cuando no existen unos poderes públicos que ejerzan de necesario contrapeso a la actuación del sector privado; cuando dentro de las estrategias de terciarización productiva de las ciudades, tan típicas de hace tres décadas, se apuesta por él como elemento principal y casi único de redesarrollo urbano, entonces sí que puede llegar a representar un gran problema.

El papel del sector turístico sobre este escenario activa determinados resortes incompatibles con la contención de las desigualdades y/o el desplazamiento socio-espacial de la población más vulnerable al principio, pero también de las capas medias al final. Las dinámicas de gentrificación se ven, de este modo, impulsadas y apremiadas ya que el turismo, libre de ataduras -descontrol de los alojamientos irregulares, privatización del espacio urbano, sometimiento de las normas urbanísticas a los equipamientos e infraestructuras turísticas, procesos de especulación sobre el suelo, proliferación de segundas viviendas, etc.- es un elemento que acelera la circulación del capital aumentando las posibilidades de su acumulación y reinversión e iniciando un círculo vicioso del cual es complicado salir. Al contrario que los tradicionales procesos de reforma urbana basados en recalificaciones del uso del suelo y la construcción de viviendas u oficinas, con las posibilidades de fijación de parte del capital al espacio, el turismo es un sector altamente ágil y creativo, fácilmente articulable con los últimos avances tecnológicos y basado, en gran cantidad de ocasiones, en servicios más que en bienes, por lo que sus posibilidades de generación, renovación y consumo son mucho más amplias que las que ofrece, de forma tradicional, el mercado inmobiliario. A esto hay que añadir las facilidades dadas por algunas reformas legislativas -como la última Ley de Arrendamientos Urbanos que disminuye la duración mínima de los contratos a solo 3 años-, lo cual viene a suponer mayores facilidades para nuevos incrementos en la velocidad de circulación del capital, algo que, finalmente, puede acabar generando un efecto burbuja con sus desastrosas consecuencias.

Frente a ello, las soluciones -incluso dentro del ámbito municipal- son posibles: regulación estricta de usos del suelo, limitación y sectorialización urbana de prácticas productivas, impulso a la reindustrialización de las ciudades en base a nuevas actividades no contaminantes, desmercantilización de procesos sociales hasta ahora en manos del mercado, desprivatización de sectores indispensables para garantizar cierta igualdad social, empoderamiento popular que avance conforme el mercado vaya saliendo de determinados sectores, garantía en el acceso a la vivienda y a otros bienes de consumo colectivo, etc.

No es fácil. Es más, no forma parte de las políticas hegemónicas de entender la ciudad pero, ¿quién dijo que esta hegemonía no puede ser contestada?

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Retrato de Barcelona con selfie al fondo

Fuente: wikipedia

Fuente: wikipedia

Artículo publicado originalmente en el Periódico Diagonal el 06/05/2015

Retrato de Barcelona con selfie al fondo

Hacía ya tiempo que venía observando el fenómeno. Cada mañana, casi a la misma hora, enfilo con la bicicleta por el carril bici que bordea el Parc de la Ciutadella y subo el Passeig de Lluís Companys hasta llegar junto al Arc de Triomf. Paso bajo él y encaro el último tramo cuesta arriba hasta mi destino final, a escasos 25 metros de Plaça Tetuán.

Sin lugar a dudas, el trecho más interesante para observar la Barcelona de las guías turísticas es el que se encuentra en las proximidades del gran arco. Todo tipo de espectáculos se producen en él: acróbatas con aros gigantes que ensayan impresionantes piruetas; desaliñados creadores de pompas de jabón de químicas imposibles; patinadores esforzados en torno a un millar de mínimos conos situados regularmente sobre el suelo; furgones de los Mossos d’Esquadra que esperan a la puerta de los juzgados; cámaras, productores, sonidistas y periodistas de televisión y radio enviados a cubrir algún juicio; grupos más o menos numerosos de ciclistas que persiguen al guía de la banderita; corredores que estrenan ropa deportiva empeñados en recuperar la forma; paseadores de perros con correas extensibles que incorporan un depósito para desechables bolsas de plástico; mochileros soñolientos que han pasado la noche recostados junto a alguna farola y, sobre todo, turistas. Turistas y más turistas, solos o en conjuntos de distinto tamaño, que miran, observan, sonríen, comen, descansan y, sobretodo, hacen fotos.

Hace unos años, cuando no existían las cámaras digitales, y menos aún los smart phones, hacer una foto costaba un buen dinero. Uno se tenía que pensar muy bien dónde, cómo y cuándo hacerlas porque, no solo el carrete tenía un coste, sino que también lo tenía cada una de las copias, así como el revelado. Casi era más caro esto que una cámara de aceptable calidad. Éstas casi las regalaban en cualquier sitio. La fotografía digital aportó, desde luego, democracia al mundo de la fotografía, aunque también exuberancia y banalidad. Cualquiera podía hacer una foto medianamente buena y en cualquier momento. E incluso ponerle psicodélicos filtros.

Creo que uno de los motivos por los que antes no perdíamos el tiempo en fotografiarnos a nosotros mismos, era porque había que economizar y hacer fotos a aquello que queríamos recordar o mostrar -nuestras visitas, se entiende-. Así, el omnipresente YO de las sociedades capitalistas contemporáneas hizo su aparición en este contexto cuando el precio de la foto se redujo casi al mínimo. Después las redes sociales hicieron el resto y ya fue posible pavonearnos ante el Universo en pleno sin excepción. YO y la Sagrada Familia, YO y la Torre Eiffel, YO y el Coliseo, YO y… El YO siempre delante. Solo había un inconveniente para el triunfo total y absoluto del YO en la fotografía: Los brazos. Sí, algunos no son lo suficientemente largos como para permitir que el encuadre de la foto te recoja a ti, a algunos amigos si los hay, y al monumento o paisaje en cuestión con el que decorar nuestra figura. Había que contar con OTROS y eso podía resultar un hándicap. Fue posible escapar del incómodo hecho de preguntar para dirigirse a alguna dirección, e interaccionar así con humanos en contextos no mercantilizados, cuando se inventó el GPS y se implantó en los móviles, pero ¿cómo una sociedad tan avanzada no había conseguido crear algún dispositivo que nos evitara, además, relacionarnos cuando nos disponíamos a  hacernos fotos de nosotros mismos? Estaba eso del temporizador, pero para usarlo tenías que confiar en que un prójimo no pasara corriendo y te robara la máquina. Finalmente, desde Oriente, llegó el selfie stick y nos salvó a todos. Se saca del bolsillo, se extiende como una antigua antena de transistor, se dispone en el móvil y voilà.

Y sí, porque este fenómeno tan frecuente hoy en día en nuestras ciudades, sobre todo si tienen un marcado carácter turístico, como Barcelona, es relativamente reciente, pero viene a poner la guinda sobre el pastel a nuestras sociedades plenamente individualistas. Ahora es posible llegar a una ciudad, ruina, pueblo, playa o montaña y no hablar con nadie, excepto con los que te sirven la comida y la habitación. Sin tener que relacionarte, quedas exento de, entre otras cuestiones, establecer algún tipo de empatía con los indígenas. Venir, ver y consumir.

Así, a media tarde, cuando cojo de nuevo la bici al abandonar mi lugar de trabajo, paso delante de los turistas que pululan bajo el Arc de Triumf. Los veo ahí, con sus varas extendidas apuntando a algún lugar indeterminado y siento curiosidad por adivinar si apareceré en algunas de esas fotos, pues formo parte del escenario que han venido a visitar. Barcelona es la cuarta ciudad del mundo más retratada en selfies ¿En cuántas de esas fotos saldré YO?

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#CARRERS: Tourism?

Vist a la cantonada del carrer Pallars amb Bilbao, Barcelona (13/04/2017)

Font: Pròpia

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Ciudadanismo. La reforma ética y estética del capitalismo [RESEÑA]

Esta reseña fue publicada el pasado día 7/04/2017 en la Revista Andaluza de Antropología. Os la podéis descargar en formato pdf en el siguiente enlace.

Ciudadanismo. La reforma ética y estética del capitalismo [RESEÑA]

En el año 2011, y en la misma editorial, Manuel Delgado publicaba su alegato contra la mercantilización e higienización actual que sufren las calles de nuestras ciudades, El espacio público como ideología. En esta obra, el antropólogo catalán parecía exorcizar  un fenómeno que ese mismo año daría la vuelta al mundo como ejemplo sumario, él diría como epitafio, de una efervescencia política y social que venía fraguándose desde comienzos del nuevo siglo con las movilizaciones antiglobalización: el 15M. Delgado intuía que el espacio urbano representado por las calles y las plazas de muchas de las urbes del Estado español, primero, y luego, como metástasis, del resto del planeta (Occupy Wall Street y Gezi Park, entre otras) devendrían el escenario privilegiado de una nueva fase de agitación protagonizada por aquellos que se han venido en llamar, desde ciertas perspectivas, los new, new social movements (Feixa, Pereira y Juris, 2009). No en vano, esa ideología a la que el autor hacía referencia presentaba calles y plazas como espacios idóneos para unos movimientos líquidos, posmodernos, efímeros, reacios a cualquier forma de organización jerarquizada y conformados mayoritariamente por unas clases medias que encontraban en ellos su anhelada utopía de ciudades pacificadas, tranquilas, en definitiva, muertas (Delgado, op. cit.).

Para evidenciar tal ficción Manuel Delgado echaba mano de la filosofía política liberal representada por, entre otros, Hannah Arendt y Jurgen Habermas, en obras como La condición humana ([1958] 2003) o Facticidad y validez ([1992] 2010), respectivamente, artífices del nuevo impulso académico dado a ese artificio que ya Hegel ([1821] 1968) en el siglo XIX situaba en el centro del tablero de la modernidad, la sociedad civil, pero también de Ervin Goffman ([1959] 1993) y su concepción del espacio público como “espacio de y para las relaciones en público”, es decir, de aquellas que se producen en situaciones de tránsito cuando una o varias personas coinciden en el mismo sitio y debido a lo cual deben realizar una serie de acciones de reajuste para adaptarse a esta circunstancia momentánea y efímera

Y así, cinco años después, llegamos a la presente obra donde el autor vuelve a reflexionar sobre el tema aunque centrando su atención, esta vez, en la mochila política que portarían aquellos que, entre otras cuestiones, hacen uso y bandera del espacio público como auténtico proscenio de su acción colectiva, los ciudadanistas.

El libro, de escasamente ciento cuatro páginas, comienza con una introducción dónde el autor proyecta su visión del ciudadanismo como corriente teórica que actualmente triunfa en los rescoldos de aquello que alguna vez fueron las fuerzas de la izquierda transformadora. Siguiendo las líneas establecidas por el folleto publicado en el año 2001 por el colectivo Alain C., El impasse ciudadanista, Manuel Delgado cuestiona, de esta manera, un sistema ideológico que pivota, principalmente, sobre la ilusión de que el remedio contra los males del capitalismo pasa, simplemente, por una profundización de las prácticas democráticas; prácticas que deben, a su vez, partir de una ciudadanía activa y activada de forma continua que, a través del correcto manejo de las instituciones ya existentes, lograría finalmente acceder y fortalecer el aparato estatal de forma que dichas prácticas pudieran ponerse en marcha. En definitiva, y como citaban los de C. “la finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo” (Ibíd.), no derribarlo. En suma, estaríamos ante un auténtico ejemplo de autonomía de lo político sobre las bases materiales que rigen la sociedad o, como citaba el geógrafo sevillano Ibán Díaz Parra, de un movimiento “acrítico(s) con la democracia institucional o con el poder ejercido por los medios de comunicación” (Díaz Parra, 2016). De esta manera, las propuestas de gestión y/o transformación de dichas bases materiales, de lo económico, en definitiva, pasarían por una reimplantación y revisión de las prácticas socialdemócratas tradicionales, aunque en versión 2.0., adecuando y actualizando en la medida de lo posible el defenestrado Estado del bienestar. No en vano es precisamente esta tibieza a la hora de proponer líneas y acciones de carácter político que el ciudadanismo ha resultado atractivo incluso a los, ahora en claro retroceso, partidos socialistas europeos. Solo hay que recordar la influencia que autores como Philip Petit, ideólogo del republicanismo cívico, tuvo en el último de los Presidentes del Gobierno del Estado español, José Luis Rodríguez Zapatero (Navarro, 2001).

Una vez retratado el fenómeno del ciudadanismo desde un punto de vista teórico, el libro de Manuel Delgado continua, o quizás sería más acertado decir retoma, el papel que el concepto de “espacio público” -una de las grandes bestias negras de este profesor barcelonés- juega en las retóricas ciudadanistas. El capítulo dedicado a ello actualiza algunas de las consideraciones ya aparecidas en su obra anterior, proponiendo precisamente este tipo de espacios como “la espacialización de los principios morales que hacen posible la convivencia ordenada y la crítica moral al poder en un contexto nominalmente democrático […], una conformación de agentes dispersos que se ponen de acuerdo no en qué pensar o sentir, sino en qué hacer y cómo hacerlo a través de la negociación y el consenso” (Delgado, 2016: 29), es decir, como si la forma por excelencia de la expresión organizativa ciudadanista, la asamblea, se hiciera carne entre nosotros. Sin embargo, esa manifestación cuasi-espiritual de la democracia ciudadanista no puede llevarse a cabo en un entorno duro y vivo como las calles y las plazas de las ciudades, sino en otro más armónico y aséptico que le sirva de plataforma desde donde producir su ideal de igualdad: el espacio público.

Esta consideración de los nuevos movimientos sociales como constelación conformada por agentes dispersos, y no como “conjunto homogéneo de componentes humanos” (Ibíd.), da pie al antropólogo catalán para tratar otro de los temas recogidos en el libro: la oposición entre masa y público, o lo que es lo mismo, entre los movimientos sociales tradicionales –obreros, sindicales, etc.- y los representados por la nueva onda ciudadanista. Para ello, Manuel Delgado recurre a las aproximaciones que, desde unas incipientes ciencias sociales, se llevaron a cabo con respecto al fenómeno de las masas a finales del siglo XIX. Autores como Gabriel Tarde, Gustave Le Bon, etc., ya teorizaron en estas primeras fases de la sociología y la psicología social sobre lo que entonces era considerado el gran miedo burgués (Baigorri, 1994). De esta forma, y como no podía ser de otra manera en un autor que se considera en gran medida deudor del pensamiento durkheimiano del Année Sociologique, Delgado traza una continuidad histórica que llega hasta casi nuestros días de la mano de autores como Toni Negri y Michael Hardt, representantes del pensamiento postoperario, el  cual recupera, en cierta medida, la importancia del sujeto y, por tanto del público, en una especie de traición al pensamiento y acción de las masas triunfante tras la Segunda Guerra Mundial. Es así que obras como Imperio ([2000] 2002) o Multitud ([2004] 2005) llegaron a convertirse en auténticos referentes de aquel movimiento antiglobalización que copó las portadas de la mayoría de los medios de comunicación globales en las protestas de Seattle, Génova o la misma Barcelona en el cambio de siglo.

Ahora bien, si las masas obreras, generalmente organizadas en torno a un partido o un sindicato de clase fuerte, contaban con el agit prop como estrategia de acción y agitación política, el movimiento ciudadanista lleva el arte a la protesta callejera a través de la fusión del artista y el activista en una nueva especie a la que se podría denominar como artivista. Este artivismo tiene como objetivo principal el de conjurar los espacios urbanos como auténticos referentes de y para la crítica, destacando la potencialidad que se oculta tras los encuentros fortuitos y casuales que se producen siempre en las calles, y proyectándolos como referentes a la hora de despertar conciencias y desencadenar nuevas formas de acción subversivas. Manuel Delgado recoge y reconoce dicha potencialidad, pero también advierte de alguno de los peligros que se ocultan tras ella: el de caer en un mero esteticismo que sea posteriormente absorbido por un sistema institucional-cultural plenamente integrado en un sistema, el capitalista que, como nos recordara Marx se caracteriza “por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica  incesantes” (Marx, [1948] 2013: 54-55). Es de este modo que las prácticas artísticas potencialmente revolucionarias pueden acabar por actuar en favor de procesos ya conocidos de gentrificación, turistificación, etc.

En su último capítulo, el libro recaba en otra de las prácticas comúnmente conferidas al movimiento ciudadanista, el cosmopolitanismo. Así, bajo esta particular forma de comprender la diversidad cultural, al que también podríamos denominar interculturalismo o multiculturalismo, Manuel Delgado señala que no se escondería otra cosa que una nueva forma de racismo; un racismo que ya no estaría centrado en cuestiones vinculadas al color de la piel o los rasgos faciales, sino en las diferencias culturales. De este modo, el pensamiento ciudadanista, bajo el velo de eufemismos tales como minorías étnicas, otras culturas, migrantes, etc., lo que verdaderamente estaría manifestando sería una actitud ciertamente superior, aquella devenida de la capacidad de las clases medias y altas de las sociedades occidentales de ser capaces de desterritorializarse, desanclar sus raíces culturales y proyectarse como una especie de seres libres y globales que, generalmente por arte de la magia de su educación superior, comprenden y se comportan adecuadamente en cualquier ámbito social, cultural, económico y territorial. En definitiva, los y las cosmopolitas se muestran así mismo como seres superiores, en claro contraste con aquellos otros, las minorías, los migrantes, a los que toleran –esto es, aguantan- siempre que se dediquen única y exclusivamente a manifestar su unicidad a través de festivales multiculturales, de Festes del Món, de gastronomía solidaría, etc. Es precisamente este fenómeno, invisible, pero presente aun en nuestros contextos más cercanos, el que permite a algunas instituciones potenciar y proclamar su amor por los refugiados o celebrar el International Community Day, a la vez que persiguen por las calles e impiden unas mínimas formas de subsistencia a estos mismos grupos sociales.

Nos encontramos, para finalizar, con una obra en cierta medida menor –y con algunos y subsanables defectos de edición- del antropólogo catalán, pero no por ello menos importante. En una época en la que parecen abundar términos como nueva política o nuevos municipalismos, en referencia a formaciones y formas de hacer política emergentes que han renovado las esperanzas de cambio de la mayoría social del Estado español, se hacen necesarios autores como Manuel Delgado, los cuales son capaces de apartar el grano de la paja, de desfetichizar, si tal acción existe, unos modos y unas corrientes teóricas e ideológicas que se presentan como nuevas, pero que podrían no suponer más que una vuelta a viejas formas de acción y pensamiento que, por otro lado, estarían dejando en la cuneta la oportunidad de aquellos verdaderos y profundos cambios que la sociedad necesita.

Bibliografía

Arendt, Hannah [1958] (2003) La condición humana. Ed. Paidós: Barcelona.

Baigorri, Artemio (1994) “El gran miedo burgués”. Insumisos www.insumisos.com/bibliotecanew/El%20miedo%20burgues.pdf [Consultado el 14 de octubre de 2016]

C., A. (2001) “El impasse ciudadanista. Contribución a la crítica del ciudadanismo”. Arrezafe https://arrezafe.blogspot.com.es/2015/09/el-impasse-ciudadanista-contribucion.html [Consultado el 14 de octubre de 2016]

Delgado, Manuel (2011) El espacio público como ideología. Ed. Libros de la Catarata: Madrid.

Delgado, Manuel (2016) Ciudadanismo. La reforma ética y estética del ciudadanismo. Ed. Libros de la Catarata: Madrid.

Díaz Parra, I. (2016) “Hipotecas de autonomía de lo político”. Diagonal Periódico https://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/28927-hipotecas-la-autonomia-lo-politico.html [Consultado el 14 de octubre de 2016]

Feixa, Carles, Pereira, Inês y Juris, Jeffrey S. (2009) “Global citizenship and the ‘New, New’ social movements: Iberian connections”. Young, Nordic Journal of Youth Research, nº 17(4), pp. 421-442.

Goffan, Ervin [1959] (1993) La presentación de la persona en la vida cotidiana. Ed. Amorrortu: Buenos Aires.

Habermas, Jürgen [1992] (2010) Facticidad y validez. Sobre el Derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso. Ed. Trotta: Madrid.

Hegel, Georg Wilhlem [1821] (1968) La filosofía del derecho. Ed. Claridad: Buenos Aires.

Marx, Carlos [1948] (2013) El manifiesto comunista. Fundación de Investigaciones Marxistas: Madrid.

Navarro, Julia (2001) El nuevo socialismo, la visión de José Luis Rodríguez Zapatero. Temas de Actualidad: Madrid.

Negri, Toni y Hardt, Michael [2000] (2002) Imperio. Ed. Paidós Ibérica: Madrid.

Negri, Toni y Hardt, Michael [2004] (2005) Multitud. Ed. Debolsillo: Barcelona.

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Más sindicatos y menos Airbnb

Entre los frecuentes argumentarios esgrimidos por plataformas de supuesta economía colaborativa como Airbnb se encuentra el positivo papel que juegan a la hora de conseguir reforzar el presupuesto mensual de muchas familias. De hecho, en una reciente nota de prensa elaborada en respuesta a la decisión del Ajuntament de Palma de Mallorca de incrementar el control de los alquileres vacaciones en la capital balear, esta empresa de marketplace para publicar, descubrir y reservar viviendas privadas aducía que, “para muchas familias de clase media, el alquiler ocasional de su primera residencia les ayuda a complementar los ingresos”.

Dejando de lado la etiqueta de clase media que siempre acompaña a este tipo de declaraciones –imagínense un anuncio de Airbnb lleno de fotos de viviendas de polígonos de viviendas del desarrollismo español, o de eslóganes del tipo “convive en una comunidad de clase obrera”- lo que sí podría tener algo de cierto es la cierta relación existente entre el proceso de devaluación de salarios que llevamos viviendo desde hace unos años, y la necesidad de gran cantidad familias de encontrar una forma de poder completar unos ingresos periódicos cada vez más ínfimos.

Ya sabemos que el neoliberalismo, además de un reseteo del capitalismo –juro que la frase no es mía, y que se la he copiado a alguien- es un intento de recomponer un equilibrio de clases que había sido alterado de su supuesta situación ideal mediante las políticas de corte keynesiano implementadas después de la II Guerra Mundial. Entre los resultados más importantes del citado reboot para los trabajadores se encontraría la pérdida de capacidad de influencia que venía teniendo el movimiento obrero organizado. Las desregulaciones, las modificaciones establecidas por las sucesivas reformas laborales, los descuelgues empresariales de los convenios colectivos, etc., han propiciado un desplazamiento del poder hacía el Capital (con mayúsculas).

A los ejemplos me remito. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el salario mediano –no el medio, que es otra cosa- fue de aproximadamente 16.500 euros para el año 2014, último para el que se poseen datos. Para que nos hagamos una idea, eso es poco más de 1.000 euros al mes. Además, los salarios reales cayeron un 1,5% para el periodo que va desde el 2011 al 2014, una caída, para el 10% de aquellos trabajadores y trabajadoras que ganaban menos de la escala salarial española, que llegó al 27,6%, si contemplamos un periodo más amplio, desde el inicio de la crisis.

Con una inflación contenida, pero con un precio al alza de la vivienda, unos impuestos cada vez menos progresivos, un Estado que se retira de su tradicional papel proveedor de servicios, etc., la puesta en valor, por usar un eufemismo, de los escasos activos con los que cuentan las familias sí que podría aparecer como un flotador al que agarrarse frente a una sociedad que se hunde en la desigualdad.

Ahora bien, que exista esta relación no presupone que Airbnb se aparezca como una solución mágica a la situación social y económica de grandes sectores sociales. Lo que habría que hacer, más bien, sería recuperar -e incluso superar- la capacidad de influencia de los salarios en la estructura de clases del Estado español, así como en el resto. Re-nivelar una balanza que, ahora sí, se aparece como injustamente desequilibrada. Además, y por otro lado, no habría que olvidar que este recurso discursivo –la tan manida exhortación a las clases medias- de plataformas como Airbnb no oculta, en gran cantidad de ocasiones, más que formas espurias de saltarse la normativa reguladora del alquiler vacacional vigente en muchas ciudades y regiones. Así, lo que inicialmente se presenta como una nueva forma de economía, tal y como han demostrado colectivos sociales como la ABTS, en Barcelona, no sería más que un negocio inmobiliario concentrado, en muchas ocasiones, en pocas manos.

En definitiva, y a modo final de resumen, más sindicatos y menos Airbnb.

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#CARRERS: Esborrant les evidències

Vist al carrer Diputació, Barcelona (30/03/2017)

Font: Pròpia

Però jo havia fet la foto el dia abans (pesi a la mala qualitat de la mateixa)

Font: Pròpia

 

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