Ciudadanismo. La reforma ética y estética del capitalismo [RESEÑA]

Esta reseña fue publicada el pasado día 7/04/2017 en la Revista Andaluza de Antropología. Os la podéis descargar en formato pdf en el siguiente enlace.

Ciudadanismo. La reforma ética y estética del capitalismo [RESEÑA]

En el año 2011, y en la misma editorial, Manuel Delgado publicaba su alegato contra la mercantilización e higienización actual que sufren las calles de nuestras ciudades, El espacio público como ideología. En esta obra, el antropólogo catalán parecía exorcizar  un fenómeno que ese mismo año daría la vuelta al mundo como ejemplo sumario, él diría como epitafio, de una efervescencia política y social que venía fraguándose desde comienzos del nuevo siglo con las movilizaciones antiglobalización: el 15M. Delgado intuía que el espacio urbano representado por las calles y las plazas de muchas de las urbes del Estado español, primero, y luego, como metástasis, del resto del planeta (Occupy Wall Street y Gezi Park, entre otras) devendrían el escenario privilegiado de una nueva fase de agitación protagonizada por aquellos que se han venido en llamar, desde ciertas perspectivas, los new, new social movements (Feixa, Pereira y Juris, 2009). No en vano, esa ideología a la que el autor hacía referencia presentaba calles y plazas como espacios idóneos para unos movimientos líquidos, posmodernos, efímeros, reacios a cualquier forma de organización jerarquizada y conformados mayoritariamente por unas clases medias que encontraban en ellos su anhelada utopía de ciudades pacificadas, tranquilas, en definitiva, muertas (Delgado, op. cit.).

Para evidenciar tal ficción Manuel Delgado echaba mano de la filosofía política liberal representada por, entre otros, Hannah Arendt y Jurgen Habermas, en obras como La condición humana ([1958] 2003) o Facticidad y validez ([1992] 2010), respectivamente, artífices del nuevo impulso académico dado a ese artificio que ya Hegel ([1821] 1968) en el siglo XIX situaba en el centro del tablero de la modernidad, la sociedad civil, pero también de Ervin Goffman ([1959] 1993) y su concepción del espacio público como “espacio de y para las relaciones en público”, es decir, de aquellas que se producen en situaciones de tránsito cuando una o varias personas coinciden en el mismo sitio y debido a lo cual deben realizar una serie de acciones de reajuste para adaptarse a esta circunstancia momentánea y efímera

Y así, cinco años después, llegamos a la presente obra donde el autor vuelve a reflexionar sobre el tema aunque centrando su atención, esta vez, en la mochila política que portarían aquellos que, entre otras cuestiones, hacen uso y bandera del espacio público como auténtico proscenio de su acción colectiva, los ciudadanistas.

El libro, de escasamente ciento cuatro páginas, comienza con una introducción dónde el autor proyecta su visión del ciudadanismo como corriente teórica que actualmente triunfa en los rescoldos de aquello que alguna vez fueron las fuerzas de la izquierda transformadora. Siguiendo las líneas establecidas por el folleto publicado en el año 2001 por el colectivo Alain C., El impasse ciudadanista, Manuel Delgado cuestiona, de esta manera, un sistema ideológico que pivota, principalmente, sobre la ilusión de que el remedio contra los males del capitalismo pasa, simplemente, por una profundización de las prácticas democráticas; prácticas que deben, a su vez, partir de una ciudadanía activa y activada de forma continua que, a través del correcto manejo de las instituciones ya existentes, lograría finalmente acceder y fortalecer el aparato estatal de forma que dichas prácticas pudieran ponerse en marcha. En definitiva, y como citaban los de C. “la finalidad expresa del ciudadanismo es humanizar el capitalismo” (Ibíd.), no derribarlo. En suma, estaríamos ante un auténtico ejemplo de autonomía de lo político sobre las bases materiales que rigen la sociedad o, como citaba el geógrafo sevillano Ibán Díaz Parra, de un movimiento “acrítico(s) con la democracia institucional o con el poder ejercido por los medios de comunicación” (Díaz Parra, 2016). De esta manera, las propuestas de gestión y/o transformación de dichas bases materiales, de lo económico, en definitiva, pasarían por una reimplantación y revisión de las prácticas socialdemócratas tradicionales, aunque en versión 2.0., adecuando y actualizando en la medida de lo posible el defenestrado Estado del bienestar. No en vano es precisamente esta tibieza a la hora de proponer líneas y acciones de carácter político que el ciudadanismo ha resultado atractivo incluso a los, ahora en claro retroceso, partidos socialistas europeos. Solo hay que recordar la influencia que autores como Philip Petit, ideólogo del republicanismo cívico, tuvo en el último de los Presidentes del Gobierno del Estado español, José Luis Rodríguez Zapatero (Navarro, 2001).

Una vez retratado el fenómeno del ciudadanismo desde un punto de vista teórico, el libro de Manuel Delgado continua, o quizás sería más acertado decir retoma, el papel que el concepto de “espacio público” -una de las grandes bestias negras de este profesor barcelonés- juega en las retóricas ciudadanistas. El capítulo dedicado a ello actualiza algunas de las consideraciones ya aparecidas en su obra anterior, proponiendo precisamente este tipo de espacios como “la espacialización de los principios morales que hacen posible la convivencia ordenada y la crítica moral al poder en un contexto nominalmente democrático […], una conformación de agentes dispersos que se ponen de acuerdo no en qué pensar o sentir, sino en qué hacer y cómo hacerlo a través de la negociación y el consenso” (Delgado, 2016: 29), es decir, como si la forma por excelencia de la expresión organizativa ciudadanista, la asamblea, se hiciera carne entre nosotros. Sin embargo, esa manifestación cuasi-espiritual de la democracia ciudadanista no puede llevarse a cabo en un entorno duro y vivo como las calles y las plazas de las ciudades, sino en otro más armónico y aséptico que le sirva de plataforma desde donde producir su ideal de igualdad: el espacio público.

Esta consideración de los nuevos movimientos sociales como constelación conformada por agentes dispersos, y no como “conjunto homogéneo de componentes humanos” (Ibíd.), da pie al antropólogo catalán para tratar otro de los temas recogidos en el libro: la oposición entre masa y público, o lo que es lo mismo, entre los movimientos sociales tradicionales –obreros, sindicales, etc.- y los representados por la nueva onda ciudadanista. Para ello, Manuel Delgado recurre a las aproximaciones que, desde unas incipientes ciencias sociales, se llevaron a cabo con respecto al fenómeno de las masas a finales del siglo XIX. Autores como Gabriel Tarde, Gustave Le Bon, etc., ya teorizaron en estas primeras fases de la sociología y la psicología social sobre lo que entonces era considerado el gran miedo burgués (Baigorri, 1994). De esta forma, y como no podía ser de otra manera en un autor que se considera en gran medida deudor del pensamiento durkheimiano del Année Sociologique, Delgado traza una continuidad histórica que llega hasta casi nuestros días de la mano de autores como Toni Negri y Michael Hardt, representantes del pensamiento postoperario, el  cual recupera, en cierta medida, la importancia del sujeto y, por tanto del público, en una especie de traición al pensamiento y acción de las masas triunfante tras la Segunda Guerra Mundial. Es así que obras como Imperio ([2000] 2002) o Multitud ([2004] 2005) llegaron a convertirse en auténticos referentes de aquel movimiento antiglobalización que copó las portadas de la mayoría de los medios de comunicación globales en las protestas de Seattle, Génova o la misma Barcelona en el cambio de siglo.

Ahora bien, si las masas obreras, generalmente organizadas en torno a un partido o un sindicato de clase fuerte, contaban con el agit prop como estrategia de acción y agitación política, el movimiento ciudadanista lleva el arte a la protesta callejera a través de la fusión del artista y el activista en una nueva especie a la que se podría denominar como artivista. Este artivismo tiene como objetivo principal el de conjurar los espacios urbanos como auténticos referentes de y para la crítica, destacando la potencialidad que se oculta tras los encuentros fortuitos y casuales que se producen siempre en las calles, y proyectándolos como referentes a la hora de despertar conciencias y desencadenar nuevas formas de acción subversivas. Manuel Delgado recoge y reconoce dicha potencialidad, pero también advierte de alguno de los peligros que se ocultan tras ella: el de caer en un mero esteticismo que sea posteriormente absorbido por un sistema institucional-cultural plenamente integrado en un sistema, el capitalista que, como nos recordara Marx se caracteriza “por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica  incesantes” (Marx, [1948] 2013: 54-55). Es de este modo que las prácticas artísticas potencialmente revolucionarias pueden acabar por actuar en favor de procesos ya conocidos de gentrificación, turistificación, etc.

En su último capítulo, el libro recaba en otra de las prácticas comúnmente conferidas al movimiento ciudadanista, el cosmopolitanismo. Así, bajo esta particular forma de comprender la diversidad cultural, al que también podríamos denominar interculturalismo o multiculturalismo, Manuel Delgado señala que no se escondería otra cosa que una nueva forma de racismo; un racismo que ya no estaría centrado en cuestiones vinculadas al color de la piel o los rasgos faciales, sino en las diferencias culturales. De este modo, el pensamiento ciudadanista, bajo el velo de eufemismos tales como minorías étnicas, otras culturas, migrantes, etc., lo que verdaderamente estaría manifestando sería una actitud ciertamente superior, aquella devenida de la capacidad de las clases medias y altas de las sociedades occidentales de ser capaces de desterritorializarse, desanclar sus raíces culturales y proyectarse como una especie de seres libres y globales que, generalmente por arte de la magia de su educación superior, comprenden y se comportan adecuadamente en cualquier ámbito social, cultural, económico y territorial. En definitiva, los y las cosmopolitas se muestran así mismo como seres superiores, en claro contraste con aquellos otros, las minorías, los migrantes, a los que toleran –esto es, aguantan- siempre que se dediquen única y exclusivamente a manifestar su unicidad a través de festivales multiculturales, de Festes del Món, de gastronomía solidaría, etc. Es precisamente este fenómeno, invisible, pero presente aun en nuestros contextos más cercanos, el que permite a algunas instituciones potenciar y proclamar su amor por los refugiados o celebrar el International Community Day, a la vez que persiguen por las calles e impiden unas mínimas formas de subsistencia a estos mismos grupos sociales.

Nos encontramos, para finalizar, con una obra en cierta medida menor –y con algunos y subsanables defectos de edición- del antropólogo catalán, pero no por ello menos importante. En una época en la que parecen abundar términos como nueva política o nuevos municipalismos, en referencia a formaciones y formas de hacer política emergentes que han renovado las esperanzas de cambio de la mayoría social del Estado español, se hacen necesarios autores como Manuel Delgado, los cuales son capaces de apartar el grano de la paja, de desfetichizar, si tal acción existe, unos modos y unas corrientes teóricas e ideológicas que se presentan como nuevas, pero que podrían no suponer más que una vuelta a viejas formas de acción y pensamiento que, por otro lado, estarían dejando en la cuneta la oportunidad de aquellos verdaderos y profundos cambios que la sociedad necesita.

Bibliografía

Arendt, Hannah [1958] (2003) La condición humana. Ed. Paidós: Barcelona.

Baigorri, Artemio (1994) “El gran miedo burgués”. Insumisos www.insumisos.com/bibliotecanew/El%20miedo%20burgues.pdf [Consultado el 14 de octubre de 2016]

C., A. (2001) “El impasse ciudadanista. Contribución a la crítica del ciudadanismo”. Arrezafe https://arrezafe.blogspot.com.es/2015/09/el-impasse-ciudadanista-contribucion.html [Consultado el 14 de octubre de 2016]

Delgado, Manuel (2011) El espacio público como ideología. Ed. Libros de la Catarata: Madrid.

Delgado, Manuel (2016) Ciudadanismo. La reforma ética y estética del ciudadanismo. Ed. Libros de la Catarata: Madrid.

Díaz Parra, I. (2016) “Hipotecas de autonomía de lo político”. Diagonal Periódico https://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/28927-hipotecas-la-autonomia-lo-politico.html [Consultado el 14 de octubre de 2016]

Feixa, Carles, Pereira, Inês y Juris, Jeffrey S. (2009) “Global citizenship and the ‘New, New’ social movements: Iberian connections”. Young, Nordic Journal of Youth Research, nº 17(4), pp. 421-442.

Goffan, Ervin [1959] (1993) La presentación de la persona en la vida cotidiana. Ed. Amorrortu: Buenos Aires.

Habermas, Jürgen [1992] (2010) Facticidad y validez. Sobre el Derecho y el Estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso. Ed. Trotta: Madrid.

Hegel, Georg Wilhlem [1821] (1968) La filosofía del derecho. Ed. Claridad: Buenos Aires.

Marx, Carlos [1948] (2013) El manifiesto comunista. Fundación de Investigaciones Marxistas: Madrid.

Navarro, Julia (2001) El nuevo socialismo, la visión de José Luis Rodríguez Zapatero. Temas de Actualidad: Madrid.

Negri, Toni y Hardt, Michael [2000] (2002) Imperio. Ed. Paidós Ibérica: Madrid.

Negri, Toni y Hardt, Michael [2004] (2005) Multitud. Ed. Debolsillo: Barcelona.

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Más sindicatos y menos Airbnb

Entre los frecuentes argumentarios esgrimidos por plataformas de supuesta economía colaborativa como Airbnb se encuentra el positivo papel que juegan a la hora de conseguir reforzar el presupuesto mensual de muchas familias. De hecho, en una reciente nota de prensa elaborada en respuesta a la decisión del Ajuntament de Palma de Mallorca de incrementar el control de los alquileres vacaciones en la capital balear, esta empresa de marketplace para publicar, descubrir y reservar viviendas privadas aducía que, “para muchas familias de clase media, el alquiler ocasional de su primera residencia les ayuda a complementar los ingresos”.

Dejando de lado la etiqueta de clase media que siempre acompaña a este tipo de declaraciones –imagínense un anuncio de Airbnb lleno de fotos de viviendas de polígonos de viviendas del desarrollismo español, o de eslóganes del tipo “convive en una comunidad de clase obrera”- lo que sí podría tener algo de cierto es la cierta relación existente entre el proceso de devaluación de salarios que llevamos viviendo desde hace unos años, y la necesidad de gran cantidad familias de encontrar una forma de poder completar unos ingresos periódicos cada vez más ínfimos.

Ya sabemos que el neoliberalismo, además de un reseteo del capitalismo –juro que la frase no es mía, y que se la he copiado a alguien- es un intento de recomponer un equilibrio de clases que había sido alterado de su supuesta situación ideal mediante las políticas de corte keynesiano implementadas después de la II Guerra Mundial. Entre los resultados más importantes del citado reboot para los trabajadores se encontraría la pérdida de capacidad de influencia que venía teniendo el movimiento obrero organizado. Las desregulaciones, las modificaciones establecidas por las sucesivas reformas laborales, los descuelgues empresariales de los convenios colectivos, etc., han propiciado un desplazamiento del poder hacía el Capital (con mayúsculas).

A los ejemplos me remito. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), el salario mediano –no el medio, que es otra cosa- fue de aproximadamente 16.500 euros para el año 2014, último para el que se poseen datos. Para que nos hagamos una idea, eso es poco más de 1.000 euros al mes. Además, los salarios reales cayeron un 1,5% para el periodo que va desde el 2011 al 2014, una caída, para el 10% de aquellos trabajadores y trabajadoras que ganaban menos de la escala salarial española, que llegó al 27,6%, si contemplamos un periodo más amplio, desde el inicio de la crisis.

Con una inflación contenida, pero con un precio al alza de la vivienda, unos impuestos cada vez menos progresivos, un Estado que se retira de su tradicional papel proveedor de servicios, etc., la puesta en valor, por usar un eufemismo, de los escasos activos con los que cuentan las familias sí que podría aparecer como un flotador al que agarrarse frente a una sociedad que se hunde en la desigualdad.

Ahora bien, que exista esta relación no presupone que Airbnb se aparezca como una solución mágica a la situación social y económica de grandes sectores sociales. Lo que habría que hacer, más bien, sería recuperar -e incluso superar- la capacidad de influencia de los salarios en la estructura de clases del Estado español, así como en el resto. Re-nivelar una balanza que, ahora sí, se aparece como injustamente desequilibrada. Además, y por otro lado, no habría que olvidar que este recurso discursivo –la tan manida exhortación a las clases medias- de plataformas como Airbnb no oculta, en gran cantidad de ocasiones, más que formas espurias de saltarse la normativa reguladora del alquiler vacacional vigente en muchas ciudades y regiones. Así, lo que inicialmente se presenta como una nueva forma de economía, tal y como han demostrado colectivos sociales como la ABTS, en Barcelona, no sería más que un negocio inmobiliario concentrado, en muchas ocasiones, en pocas manos.

En definitiva, y a modo final de resumen, más sindicatos y menos Airbnb.

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#CARRERS: Esborrant les evidències

Vist al carrer Diputació, Barcelona (30/03/2017)

Font: Pròpia

Però jo havia fet la foto el dia abans (pesi a la mala qualitat de la mateixa)

Font: Pròpia

 

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“No ens faran fora”. Crónica de una acción anunciada

Fuente: Propia

Breve relato etnográfico de la acción #UnFairbnb llevada a cabo por la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS) el 29/03/2017.

“No ens faran fora”. Crónica de una acción anunciada

Son las 11.06 y llego a la Plaza del Angel. Aproximadamente veinticinco personas se concentran en la esquina de la calle Ferran con la Via Laietana. Aparentemente nada los identifica como un grupo compacto, definido. Forman pequeñas concentraciones, hablando entre ellos. Poco a poco va llegando más gente. Más tarde aparece alguna figura política de relevancia municipal, concretamente el Regidor de la CUP en el Ajuntament, Josep Garganté. Resulta llamativo como pequeñas muchedumbres, conformadas por cinco, diez o quince personas, turistas, se desenvuelven también por el lugar. Tanto que, a veces, es difícil discernir quién está allí por la concentración y quién transita o curiosea por la zona.

A las 11.12 h.-, el grupo comienza a moverse. Cruza la Via Laietana y se dirige hacia la calle Princesa. Baja por ésta siguiendo una ordenada fila por la acera izquierda y, minutos después, se detiene en la esquina con la calle Montcada. Nos miramos todos, detenidos en diferentes partes del entorno.

De repente, cuatro o cinco personas asoman por el balcón del primer piso de un edificio cuyos bajos están ocupados por la Pastisseria Brunells. Llevan máscaras blancas que les cubren todo el rostro. Atropelladamente, intentan descolgar una pancarta grande, blanca, de unos tres metros donde se puede leer “Turisme i Especulació #Noensfaranfora”. Acto seguido, se disponen a leer un manifiesto.

Sin embargo, tras las primeras líneas, éste se ve interrumpido de una persona. “¿Quién es?”, se preguntan algunos, abajo, en la calle. “Es Mark Serra, el empresario”, responden otros. Tras un pequeño rifirrafe, los enmascarados, en voz alta, comentan que continuarán con la lectura del manifiesto una vez hayan bajado del piso.

Tras esto, el empresario reaparece en el balcón y, con no muy buenos modos, arranca la pancarta. Ésta cae al suelo justo delante de la puerta de la pastelería. La gente que presencia la acción da vítores a los ocupantes enmascarados. Se escuchan gritos de “feixista”. “Ha quedado retratado”, dice a mi lado un chico que lleva una camiseta donde es posible leer “Tourist Go Home”.

Fuente: Propia

El cruce de las calles Princesa y Montcada es un sitio altamente significativo de la Barcelona turística. A cinco minutos andando a la Plaza Sant Jaume, seis de las Ramblas y otros tantos del Parc de la Ciutadella, en sus inmediaciones se encuentran ubicados referentes tan importantes como el Museu Picasso o el nuevo Museu de les Cultures del Món. La visibilidad de la acción para los turistas es máxima. Algunos se detienen y preguntan al encontrarse a un grupo de gente cortando, inicialmente, la circulación de la calle Princesa y, posteriormente, la de Montcada. La pancarta cubre ampliamente ambas distancias sujetada por algunos de los participantes. Se da lectura al manifiesto y se improvisa una rueda de prensa.

A las 11.34 h.- llega al lugar un coche de los Mossos d’Esquadra, aunque sus ocupantes no salen del mismo. La lectura del manifiesto acaba con gritos de “No ens faran fora” coreados por la multitud concentrada.

Justo después, el portavoz de la acción señala que, al realizar ésta, no contaban con la presencia del empresario Mark Serra, el cual ha llegado a amenazar, con acciones físicas y legales, al inspector del Ajuntament y a la propia Guardia Urbana presente durante el acto.

El portavoz responde a las preguntas de los periodistas. De repente, un grito de “matones” cruza la calle, a lo que el entrevistado responde con un lacónico y espontáneo “gracias”.

Son las 11.45 h.- y acaba la acción. La gente aplaude y vuelve a gritar “No ens faran fora”.

Más allá de otras consideraciones, este tipo de acciones manifiesta la vigencia y fortaleza de la calle como espacio de y para el conflicto. Ésta no solo ocupa un lugar central en el proceso de acumulación capitalista, mediante su conversión en commodity, privatización, etc., sino que representa el espacio ideal para la escenificación del conflicto social. Aun más cuando éste se ha trasladado desde el interior de las fábricas al territorio.

PS: Toda la acción de la acción se puede encontrar en la web de la ABTS.

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La tricentenarización del Turó de la Rovira

Fuente: elblogdelascosasquenosgustan.blogspot.com

Fuente: elblogdelascosasquenosgustan.blogspot.com

Este artículo fue publicado el pasado día 16/04/2015 en eldiario.es. También en catalán en catalunyaplural.cat

La tricentenarización del Turó de la Rovira

Vuelve a abrirse a las visitas, tras unas obras que se han prolongado durante varios meses, el Turó de la Rovira, situación privilegiada de las baterías antiaéreas que defendieron, o al menos amenazaron -no se sabe a ciencia cierta si llegaron, si quiera, a disparar-, a la aviación franquista durante la Guerra Civil. Situada en el barrio del Carmelo, la zona acogió durante años el asentamiento barraquista dels Canons, reflejo y testigo del desarrollo capitalista de la ciudad durante décadas.

Hasta su remodelación, hace cuatro años, el Turó era un sitio desconocido para la gran mayoría de barceloneses. Los pocos que visitaban su gran explanada de cemento lo hacían con la intención de gozar de una de las mejores panorámicas de la ciudad, de llevar a cabo encuentros amorosos, citas clandestinas, reuniones de amigos o, simplemente, pasear por un sitio que, en cierta medida incontaminado, exhalaba un aliento especial. Los que sí conocían ampliamente el Turó eran los vecinos del Carmelo, barrio popular y luchador que veía que una de sus zonas más olvidadas recibía, en el año 2012, el Premio Europeo del Espacio Público Urbano, y cómo a partir de ese momento cambiaba todo.

El Premio a la museización del Turó de la Rovira, según las actas del Jurado, hace hincapié en que el “espacio ha sido recuperado para la memoria colectiva”, evocando su significado en relación a la Guerra Civil y al “asentamiento de viviendas autoconstruidas evitando cualquier atisbo de sobreactuación” (sic) y generando, según la web del Ajuntament, un nuevo espacio patrimonial donde había “un lugar de la ciudad hasta entonces bastante degradado, aislado y desconocido”.

Lo que parece ignorar la institución municipal es que la recuperación de la memoria colectiva no se puede hacer mediante la cosificación de un espacio. El actual espacio patrimonial del Museu d’Història de Barcelona “Turó de la Rovira” recogió, en su momento, la memoria de un lugar, hasta que el Ajuntament lo ha convertido, tristemente y en aras a su mercantilización -convirtiéndose en uno de los lugares favoritos de los turistas para hacerse selfies-,  en un lugar de memoria, aunque no de cualquier memoria. La exaltación de un pasado de heroica resistencia frente al asalto fascista conviene a unos poderes que, en cierta medida, han rellenado con victimización y resistencia, parte de su mochila histórica. Resaltando el pasado de lucha antifranquista del Turó, y aunque sin olvidarlo totalmente, se anula el resto de la memoria del lugar, el de sus vecinos y vecinas, venidos desde distintas partes del Estado y que se asentaron en sus inmediaciones. Con esta tricentenarización, esto es, la elección interesada de una parte de la historia de Barcelona para, una vez elevada a los altares, ponerla al servicio del capital turístico e inmobiliario de la ciudad, se matan dos pájaros de un tiro: por un lado se crea un nuevo recurso en una ciudad donde el turismo ha llegado a ser un auténtico monocultivo en algunas zonas (Ciutat Vella, Barceloneta, etc.) y, por otro, se oscurece una parte de la historia de la ciudad que no es del entero agrado de sus élites.

Afortunadamente, como diría Maurice Halbwachs, sociólogo muerto en el campo de concentración de Buchenwald y padre de la teorización sobre la memoria colectiva, la memoria es como un río caudaloso que va recibiendo afluentes, manteniéndose viva y palpitante. Las voces, recuerdos y sensaciones de los hombres y mujeres que (mal)vivieron en este entorno del Carmelo, pueden ser recogidas, en un proceso infinito, por aquellos que las escuchan, enriquecen y vuelven a volcar sobre el auténtico magma social que supone una ciudad. La diferencia de la memoria con la historia es que esta última es como una lápida esculpida, fría y reluciente, sí, pero que siempre se puede romper.

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Queremos acoger

Fuente: Propia

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La gente de Il lavoro culturale me pidió un artículo sobre la manifestación del 18 de febrero #VolemAcollir. Esta es la primera versión en castellano que escribí del mismo.

Queremos acoger

El pasado sábado nos levantamos con un artículo de Elvira Lindo en El País titulado “Adiós Gran vía”. En dicho texto, la escritora elaboraba una crítica altamente superficial a la multitud, a las masas, y lo hacía escondida tras referencias cultas y ese cierto desparpajo que la ha hecho famosa. En defensa “del individualismo solidario contra la sociedad de masas”, citando a Albert Camus, justificaba su posición frente a la entrega que, siempre según la autora, se había hecho del paisaje urbano a las clases populares. Más allá de estas consideraciones ciertamente elitistas de la autora gaditana –hace bien en reconocer que, en determinadas ocasiones la tildan de pija, pues artículos como el reseñado, así parecen confirmarlo- desde mi punto de vista comete un craso error al igualar a los usuarios de calles y plazas con los consumidores, a la multitud con la sociedad de masas. En lo único en que se podría estar de acuerdo con ella es en la consideración de que, ciertamente, hace tiempo que los poderes públicos han dejado el paisaje urbano –la ciudad, en definitiva- en manos del Capital (con mayúsculas). Algo que a ella le molesta profundamente, entre otras cosas, porque no le permite llegar, en tiempo y forma, a su lugar de trabajo.

Decía Manuel Delgado que el fantasma que recorría Europa en el siglo XIX, y que tan famoso hicieron Marx y Engels, no era tanto el comunismo, sino las masas; unas masas organizadas que, a través de su presentación y apropiación del espacio urbano sembraban el terror entre una poderosa burguesía industrial que, no solo se hallaba al mando de las economías nacionales, sino que también estaba alcanzando el poder político. Conceptualizaciones como espacio público o el propio desarrollo de disciplinas como la psicología social o la incipiente sociología –con autores como Gustave Lebon o Gabriel Tarde a la cabeza- pusieron su grano de arena a la hora de enfrentar un fantasma que suponía el gran miedo burgués, en palabras de Artemio Baigorri. Desde entonces, muchas cosas han cambiado, otras no tanto.

El mismo sábado que Elvira Lindo publicaba su artículo se producía una de las mayores manifestaciones que ha vivido Barcelona en los últimos años –de hecho, dejando de lado aquellas vinculadas al 11 de septiembre, se trataría de la más multitudinaria desde el No a la Guerra de 2004- y la mayor de Europa en relación con la política de refugiados que se está aplicando en el viejo continente. Unas 160.000 personas, según la Guardia Urbana, y más de medio millón, según los organizadores, rellenaron de tal manera el espacio comprendido entre la céntrica Plaça de Urquinaona y la Barceloneta que, ya había finalizado el recorrido, cuando todavía quedaba gente en el primero de los emplazamientos que no se había movido de su sitio. El objetivo de tal demostración de poder de las masas –no deja de ser curioso que, en inglés, manifestación se traduzca por demonstration– no era otro que el exigir al Gobierno del Estado que cumpla con sus compromisos en lo referente a la acogida de refugiados, así como una mayor valentía en las políticas de acogida y en la resolución final de los distintos conflictos que se llevan a cago en Siria y Oriente Medio. Y todo esto enmarcado en el particular conflicto que vive el Estado español y que se manifiesta, parafraseando a la geógrafa Doreen Massey, en distintas geometrías del poder. Por un lado, el mencionado acuerdo alcanzado por el Reino de España en el seno de la Unión Europea (UE) de acoger a más de 17 mil refugiados de los que, a finales del año pasado, solo habían llegado setecientos; por otro, el empeño del Ajuntament de Barcelona en presentarse, junto a otras instituciones municipales del Estado, como Ciutat Refugi, olvidando, cuando le conviene, ofrecer tal refugio a vecinos y vecinas que ya habitan la ciudad, y, por último pero no menos importante, el papel de una Generalitat de Catalunya embarcada en un inacabable desafío al Gobierno de Madrid bajo principios independentistas, con todas las contradicciones que ello contempla. Unos por acción y otros por omisión intentaron sacar partido de la manifestación del sábado.

“Queremos acoger”, era posible leer en algunas de las pancartas. Queremos, es decir, la primera persona del plural, nosotros, la gente, las masas, muy lejos de las consideraciones y las llamadas a la responsabilidad individual de gente como Elvira Lindo que no acaba de entender que aunque hayan pasado más de cien años, las masas, como el dinosaurio del cuento de Monterroso, siguen ahí.

PS: En un titular -ciertamente sacado de contexto- del diario online Público, el periodista Jaume Grau ponía en boca del físico Jorge Wagensberg una frase que, no solo se puede considerar falaz, sino que se encuentra claramente cargada de sentido político. “Somos individualmente inteligentes y colectivamente estúpidos”, venía a decir un texto que, entre otras cosas, subrayaba la capacidad del ser humano por incidir negativamente sobre la estabilidad ecológica de nuestro planeta. Estos días, sin embargo, en Barcelona hemos sido testigos de, precisamente, todo lo contrario. El 18 de febrero asistimos en Barcelona a un verdadero acto de inteligencia colectiva –aunque a algunos les pese- cuando miles de personas salieron a la calle para manifestar su deseo de cambiar las políticas europeas y estatales de asilo a los refugiados. Mientras, unos días después, un estúpido acto individual –que puede verse en la foto- negaba tal derecho mediante un grotesco NO escrito sobre la pancarta de un colegio del barcelonés barrio del Poblenou que se solidarizaba con tal propuesta.

Son precisamente este tipo de manifestaciones urbanas las que deben hacernos comprender el verdadero poder de las masas. En aras de ello, sirva el anterior texto.

Referencias bibliográficas

Baigorri, A. (1994) “Gabriel Tarde, el gran miedo burgués a las masas”, en insumisos.com < http://www.insumisos.com/lecturasinsumisas/El%20miedo%20burgues.pdf>

Tarde, G. ([1904] 1986) La opinión y la multitud, Madrid: Editorial Taurus.

Marx, C. y Engels, F. ([1848] 2013) Manifiesto del Partido Comunista, en pce.es <http://www.pce.es/descarga/manifiestocomunista.pdf>

 

 

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El patrimonio en el marco del nuevo turismo urbano

Este texto lo escribí como introducción al proyecto de IIIas Jornadas Internacionales de Antropología del Conflicto Urbano: Las trampas del Patrimonio Cultural y sus efectos socio-espaciales a celebrar en Buenos Aires, Argentina, en 2017. Una versión del mismo fue publicado la semana pasada en el blog Seres Urbanos de El País.

El patrimonio en el marco del nuevo turismo urbano

Desde hace unas décadas, asistimos a un cambio gradual en lo concerniente al turismo urbano como fenómeno global. Desde la consideración de las Tourist Bubbles (Judd, 1999), donde los elementos vinculados al turismo y el entretenimiento permanecían separados del resto de la ciudad, hasta aquellos emplazamientos donde, de manera cada vez más frecuente, los usos urbanos cotidianos conviven con los turísticos, de forma que cada vez es más difícil separar los unos de los otros. Los cambios en los gustos y en las demandas de estos consumidores de espacio (Lefebvre, 2013) se han movido, de esta manera, desde las artificiosas recreaciones existentes en ciudades como Las Vegas, en Estados Unidos, o los entornos emblemáticos como el del Taj Mahal, en la India, a la búsqueda de experiencias de ciudad bajo la premisa, siempre utópica, de vivir el destino junto a las denominadas “comunidades locales”, y donde los ejemplos de Barcelona o Berlín (Fuller y Michel, 2014) se nos aparecerían como punta de lanza. Esto es, por ejemplo, lo que venden empresas como Airbnb o su más reciente plataforma Trip, las cuales construyen, de esta manera, una oferta (Pellicer, 2017).

Así, anteriores aproximaciones a fenómenos urbanos como la gentrificación o los problemas de transporte y movilidad han quedado, en cierta medida, obsoletas, ya que es imposible diferenciar los efectos generados por la presencia constante y decidida de consumidores de espacios turísticos, de aquellas otras dinámicas originadas por nuevos vecinos y vecinas que desembarcaban en ciertos barrios en busca de experiencias urbanas (Fuller y Michel, op. cit.).

En este novedoso contexto, el patrimonio juega, cada vez más, un papel fundamental como disputado recurso turístico. Los centros históricos –auténticos reservorios de elementos ideológico-simbólicos- han pasado a convertirse en parques temáticos, dando incluso nombre a un nuevo fenómeno, el de la disneyficación, donde la memoria colectiva está ausente y el turismo ha acabado desplazando al modelo de relaciones sociales anteriormente vigente (Camerin, 2016). Sin embargo, como no puede ser de otra manera bajo la lógica del Capital, la necesidad de nuevos mercados y nuevos espacios para el consumo amplía y traslada el interés del mercado llegando, incluso, a los antiguos suburbios obreros y residenciales. La idea tras ello no es más que continuar con el proceso de mercantilización de las relaciones sociales, acabar con los barrios corsarios, y aprovecharse, como una broma sarcástica, de pretéritos intentos de “monumentalización de la periferia” (Capel, 1994). Sin embargo, esto no queda aquí, ya que los propios habitantes de la ciudad, esto es, tal y como se señalaba anteriormente, las comunidades urbanas se han acabado convirtiendo en un reclamo más, en un elemento del patrimonio –habría que debatir si intangible o no-, donde, se espera “el concurso pasivo de una muchedumbre de usuarios-figurantes que debían avenirse en todo momento a colaborar” (Delgado, 2016).

El contexto de todo ello no deja de ser aquella máxima que daba título a una canónica obra de David Harvey (1989) – el paso de la gestión al emprendimiento – y donde el geógrafo británico destacaba y alertaba sobre el rol cada vez más importante que jugaban las ciudades, en las actuales sociedades occidentales, en las dinámicas de acumulación.

Hete aquí que el papel de las ciencias sociales debe ser constatar los efectos que dichas transformaciones están suponiendo para la vida urbana, en una nueva vuelta de tuerca de fenómenos anteriores, y dar respuesta, en la medida de lo posible, a todos aquellos y aquellas que entienden y conocen que, no hace tanto, existía la aspiración de convertir la ciudad en un verdadero espacio de y para el uso (Lefebvre, 1969).

Bibliografía

Camerin, F. (2016) “El proceso de reconversión de los faros en Italia: el Proyecto “Valore Paese – Fari”, en Blog Urbs, [http://www2.ual.es/RedURBS/BlogURBS/el-proceso-de-reconversion-de-los-faros-en-italia-el-proyecto-valore-paese-fari/]

Capel, H. (1994) “La transformación de Barcelona en una ciudad bella y bien equipada”, en Scripta Vetera, Edición electrónica de trabajos publicados sobre Geografía y Ciencias Sociales [http://www.ub.edu/geocrit/sv-10.htm]

Delgado, M. (2016) “Todas las ciudades están poseídas”, en El Cor de les Aparences [http://manueldelgadoruiz.blogspot.com.es/2014/11/todas-las-ciudades-estan-poseidas.html]

Fuller, H. y Michel, N. (2014) “‘Stop Being a Tourist!’ New Dynamics of Urban Tourism in Berlin-Kreuzberg”, in International Journal of Urban and Regional Research, vol. 38.4, pp. 1.304-1.318.

Harvey, D. (1989) “From managerism to entrepreneurism. The transformation in urban governance in late capitalism”, in Geografiska Annaler. Series B, Human Geography, Vol. 71, No. 1, pp. 3-17.

Judd, D. (1999) “Constructing de tourist bubble”, en Judd. D. y Farnstein, S. (eds.) The Tourist City, London: Yale Press University, pp. 35-53.

Lefebvre, H. (1969) El derecho a la ciudad, Barcelona: Editorial Península

Lefebvre, H. (2013) La producción del Espacio, Madrid: Capitán Swing

Pellicer, Ll. (2017) “Airbnb lanza su plataforma de ocio y experiencias ‘Trips’ en Barcelona”, en Elpais.com [http://ccaa.elpais.com/ccaa/2017/02/27/catalunya/1488219708_912822.html?id_externo_rsoc=TW_CC]

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