La neolengua de Deliveroo

Fuente: eldiario.es

Entre las perlas del neoliberalismo se encuentra también una nueva versión de neolengua. Por si alguien no se acuerda, la neolengua era aquella forma de lenguaje que utilizaban los medios de propaganda y comunicación del Partido que nos mostrará George Orwell en su obra “1984”. La idea era dominar, además de la vida cotidiana de los habitantes de la distopía orwelliana, la propia capacidad de soñar, de crear alternativas, de pensar, sustrayendo significados a significantes asentados, de forma que se dificultaran las reacciones o respuestas a los principios políticos dominantes. Por ejemplo, para decir malo el Partido había estipulado que era mejor decir nobueno. Y, así, todo.

Esto, como decía, que parece tan lejano o ficcional lo tenemos hoy día en nuestras vidas más presente de lo que pensamos. No tenemos un Partido único -aunque hay defensores de lo contrario- pero sí tenemos un sistema social y económico único o casi único, el citado neoliberalismo, que actúa como tal. Así, a los formadores de los trabajadores y trabajadoras de Deliveroo, la empresa de entrega de comida rápida, se les impide usar, por ejemplo, términos tan normales como turno, salario o contratación, siendo sustituidos estos por misión, pago por servicio o contratación, en su propia variante de neolengua. No me lo invento, en serio, sale en correo electrónico extraviado al que ha tenido acceso la gente del diario Público. El objetivo no es otro que evitar que estos hombres y mujeres, los riders, puedan recurrir ante las instancias pertinentes su reconocimiento como trabajadores y trabajadoras y, por tanto, los derechos que todavía son inherentes a una relación contractual según el Estatuto menguante de los Trabajadores.

En el capítulo XIII de El Capital, Marx apuntaba la existencia de lo que él denominaba un “ejército industrial de reserva”. El mismo estaba constituido por aquellos trabajadores y trabajadoras aun ajenos al sistema fabril y que desarrollaban su labor vinculados a dicho sistema, pero en el ámbito del trabajo domiciliario. Dependían por entero de la fábrica y su patrón, que les aportaba la materia prima y los pedidos, pero a diferencia de los trabajadores y trabajadores que permanecían en las factorías, estos debían encontrarse siempre disponibles, “diezmados durante una parte del año por trabajos forzados inhumanos y corrompidos durante la otra por la falta de ocupación”. Años de lucha sindical, afortunadamente, acabaron con esta posibilidad de relación con el trabajo.

Según Marx, el desarrollo del propio sistema capitalista, tendente a la creación natural de monopolios, junto con el desarrollo legislativo propio de la época, acabarían de eliminar esta especie de reducto de un modo de producción anterior, aumentando aun más el sistema de producción capitalista y fabril clásico. Y tenía razón, pues ha sido tanto la evolución del propio capitalismo, como las leyes ad hoc que lo han acompañado, las que han empujado y fomentado la creación de empresas como Deliveroo, Uber, etc., que, en el fondo, no suponen más que una vuelta a una situación que, a mediados del siglo XIX, parecía transcurrir en sentido contrario: la de aquel ejército industrial (en este caso de servicios) de reserva que espera pacientemente con sus bicis, coches, etc., a que los empresarios y empresarias les hagan llegar la materia prima y el pedido.

Aunque claro, también puede ser que me esté equivocando yo y que lo que estoy considerando trabajo no sea más que una actividad, como sugiere el correo extraviado de Deliveroo y claro, por llevar a cabo una actividad no se puede exigir, por ejemplo, un mínimo de pedidos garantizado, perdón, en neolengua, una asignación automática de pedidos por reparto.

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El necesario retorno de la cuestión urbana

Texto preparado para la presentación de la  Taula de moviments socials: El carrer com espai de lluita pels drets col·lectius en las Jornadas “Del civisme al dret a la ciutat“.

El necesario retorno de la cuestión urbana

Cuando comencé a interesarme por el tema de los movimientos sociales estábamos en plena resaca del 15M. Fue en torno al 2012 y ya comenzaban a aparecer en revistas académicas algunas aproximaciones a la cuestión. Su impacto mediático, que retroalimentó el fenómeno durante un tiempo, así como su relevancia política, local e internacional, fue y es innegable. Para mí, su resultado principal fue el profundo proceso de repolitización que vivió nuestra sociedad y hoy día es frecuente encontrarse con análisis que abundan en algunos de sus consecuencias: las propuestas municipalistas que aparecieron hace un par de años a lo largo y ancho del Estado español, la emergencia de colectivos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), la aparición de Podemos como fenómeno estatal consolidado o su relación con parte del procés catalán. Sin embargo, todavía es posible escuchar referencias al 15M en foros locales e internacionales y éstas relacionan y estudian la efervescencia de esos días en el marco teórico de los movimientos sociales.

Según las referencias y corrientes hegemónicas, por usar un término ahora de moda, el 15M, así como otros movimientos homologables, como Occupy Wall Street o Taksim Square, además de fenómenos que parecen estar viviendo una segunda juventud, aunque bajo diferentes resultados, como el okupa, las asambleas locales de diverso tipo, los sindicatos urbanos como el de llogaters, etc., y para los cuales la calle como escenario de conflicto desarrolla un papel muy importante, podrían explicarse en función de su oportunidad política, es decir, de la vulnerabilidad o receptividad coyuntural por el que pasan los sistemas políticos en un momento determinado. Según esto, sería esa ventana de oportunidad la que activaría y permitiría actuar a los movimientos sociales, los cuales aprovecharían la ocasión para cuestionar dicho sistema, viéndose reconocidos, además, como actores e interlocutores políticos. Esta concepción de los movimientos sociales como elementos racionales e instrumentales ha recibido mayoritariamente el nombre de Estructuras de Oportunidades Políticas (EOP), y aunque ha sufrido diversas modificaciones y visto adaptaciones y versiones variadas, algo que podría impedir, en ocasiones, una visión más o menos consolidada de la misma, podríamos afirmar que lleva manifestando su autoridad unas dos décadas.

Ahora bien, desde mi punto de vista, aproximaciones como la de las Estructuras de Oportunidad Política (EOP) suponen modelos excesivamente vinculados a la política –a lo político- como entidad autónoma con respecto a otros elementos conformantes de la esfera social, como pueden ser la economía y la cuestión material, tan relevantes de la vida en la ciudad. Porque, ¿de qué otro modo podríamos explicar el surgimiento de colectivos y movimientos como los que aquí nos acompañan?, ¿no es Fem Plaça una respuesta popular a la privatización de los espacios urbanos –los ahora llamados espacios públicos- de Barcelona?, ¿acaso el Sindicat Mantero no es una organización de trabajadores explotados cuyos derechos no son reconocidos?, ¿no es Can Batlló un ejemplo de recuperación colectiva y fomento del valor de uso del patrimonio de la ciudad?, ¿no responde Stop als Fenòmens Islamòfobs a Catalunya a discursos y acciones -muchas veces perpetrados desde las propias instituciones públicas, empresas u otras organizaciones-, que enfrentan a pobres contra pobres, a clases laboriosas contra supuestas clases peligrosas, como decía Louis Chevalier, por el reparto de las migajas que nos deja el sistema productivo actual?

Fuente: Propia

La cuestión material está muy presente en estos ejemplos y en muchos otros, pero también de forma indirecta, sutil, en reconocidos movimientos que, aparentemente, mantienen una relación cuando menos distante con lo económico. Recuerdo cuando hace tiempo leí el trabajo del sociólogo norteamericano Doug McAdam sobre el movimiento de derechos civiles norteamericanos. En su libro Political Process and the Development of Black Insurgency 1930-1970, McAdams señalaba cómo fue la desintegración de la estructura económica tradicional en torno al cultivo algodón del Sur de Estados Unidos, ocasionado por la abolición de la esclavitud, proceso que podríamos calificar como aparentemente no-material, y el consecuente desplazamiento de las masas de población negra convertidos en trabajadores asalariados hacía las ciudades, la que permitió, un tiempo después, la aparición de dicho movimiento.

Los movimientos sociales, sobre todo aquellos de carácter urbano, están profundamente imbricados en el capitalismo como sistema productivo operante a nivel global. En este sentido, el geógrafo Eric Swyngedouw hace poco opinaba que había que, en la medida de lo posible, recuperar los trabajos del primer Manuel Castells, aquellos vinculados precisamente a la cuestión urbana y al papel de los movimientos sociales en la ciudad como marco conceptual imprescindible para entender cómo operan éstos. Sin embargo, Swyngedouw también señalaba, en un ejercicio de ciencia, pero también de activismo político, la necesidad de pasar de la consideración de los movimientos sociales urbanos (MSU) castellianos a unos nuevos movimientos políticos urbanos (MPU), estableciendo algunas diferencias entre los mismos. Así, si los MSU fijaban su atención en objetivos concretos (la regulación del turismo en una ciudad, la demanda de mejor y más barato transporte colectivo, etc.), los MPU debían universalizar sus demandas en torno a los significados de igualdad, libertad y solidaridad. Mientras los MSU establecen exigencias y dirigen su atención hacía las élites políticas y económicas, los MPU cuestionan a dichas élites, exigiendo su reemplazo. Mientras los MSU trabajan dentro del sistema, los MPU trabajarían por transformar dicho orden, pasando de un estado constituido a otro constituyente. En cierta medida, según Swyngedouw, las ciencias sociales deberían no solo interpretar esta situación, sino también facilitarla.

En este sentido, y esto es una aportación propia, estos movimientos políticos urbanos (MPU) deberían desempeñar un papel fundamental en la consecución del derecho a la ciudad. Pero no un derecho a la ciudad entendido como “la garantía de los derechos humanos en el ámbito territorial de la ciudad”, sino un derecho a la ciudad que superponga el valor de uso al valor de cambio, que recupere ámbitos de manos del mercado y los ponga al servicio de la gente, que no se conforme con, como decían los psicólogos sociales Héctor Rodrigo Berroeta y Tomeu Vidal, “gobernar lo que queda de ‘lo común’, [sino que articulen] una propuesta política contundente y verdaderamente antagonista contra el actual ciclo de desposesión vital propia del capitalismo neoliberal.

Los movimientos sociales, por tanto, son actores fundamentales de la vida y del futuro de las ciudades y hoy tenemos una oportunidad enorme en escuchar a algunos de ellos y en sus propias palabras, sus anhelos, vicisitudes, problemas y planes. Un futuro donde, sin duda, tendremos que volver a hablar de la cuestión urbana.

Bibliografía

Castells, M. (1976) La cuestión urbana. Ed. Siglo XXI, Madrid.

Castells, M. (1986) La ciudad y las masas. Sociología de los movimientos sociales urbanos. Ed. Alianza, Madrid.

Chevalier, L. (1958) Classes laborieuses et classes dangereuses à Paris pendant la première moitié du XIXe siècle. Ed. e Livre de poche, París.

Dimasso, A., Berroeta, H. y Vidal, T. (Prox.) “El espacio público en conflicto: Coordenadas conceptuales y tensiones ideológicas”, en Athenea Digital, Universitat Autònoma de Barcelona.

McAdams, D. (1982) Political Process and the Development of Black Insurgency 1930-1970. Ed. The University of Chicago Press, Chicago.

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El Partido Popular como partido de clase

Fuente: @posmodepueblo

Además de los Juegos Olímpicos, de la Expo Universal de Sevilla y de la celebración de Madrid como Capital Europea de la Cultura, este 2017 también cumple veinticinco años el libro de nuestro amigo y nunca suficientemente ponderado Francis Fukuyama, “El Fin de la Historia y el último Hombre”. Recordemos que en esta obra el politólogo norteamericano nos anunciaba que la Historia –con mayúsculas- como lucha de ideologías y, por tanto, como manifestación de la lucha de clases como motor de la misma, había terminado, de forma que con la caída de la URSS entrábamos en una nueva fase donde la democracia liberal se había acabado imponiendo a nivel global como modelo único de sociedad. Fukuyama ya había publicado, tres años antes, un artículo sobre el mismo tema con un título algo más corto –“¿El fin de la Historia?”- en la revista The National Interest y donde se hacía referencia a un concepto mainstream desde entonces, sobre todo en determinados entornos sociales y políticos: el de pensamiento único.

Sin embargo, hete aquí que, tras estos veinticinco años, un partido político de carácter liberal-conservador, de un país que, como mucho, podría considerarse una potencia de tipo medio a nivel productivo y político, el Reino de España, se empeña una y otra vez en demostrar lo contrario. Sí amigos, como podréis podido adivinar hablamos del Partido Popular (PP), con Mariano Rajoy y sus cracks como representantes del mismo. ¿Y por qué digo esto? Por las últimas noticias, ¿por qué va a ser?, donde incluso un organismo tan extraño a la neutralidad política como es el Tribunal Constitucional acaba de reconocer que la amnistía fiscal decretada por el Gobierno del PP en el año 2012, solo unos meses después de acceder al poder, no solo es inconstitucional, sino que sirvió para legitimar un fraude a gran escala donde más de 31 mil contribuyentes –por llamarlos de alguna manera- pudieron regularizar el dinero que previamente habían evadido de la acción de la Hacienda española. Es decir, por la imposición por la brava vía Decreto-Ley de una norma con un profundo –y supuestamente trasnochado y superado- trasfondo de clase, de clase alta, claro. Y ustedes me dirán, ¿pero esas tres decenas de miles de personas quizás eran humildes trabajadores que, mes a mes y año a año, con el sudor de su frente y su trabajo, habían conseguido ahorrar unas perras que, queriendo evitar un exceso tributario, podían verse menguadas por la acción de un Estado devorador y recaudador? Pues no, no es así. Más allá de que, in-discutiblemente, Hacienda somos todos/as y tanto un simple asalariado como un empresario de éxito o incluso un emprendedor –¡toma ya!- tienen el mismo deber de contribuir a las arcas del Estado, el listado de personas beneficiadas por dicha amnistía no estaba protagonizado por obreros/as de la construcción, teleoperadores/as o repartidodores/as de pizzas, sino por gente, digamos, bien de toda la vida. A saber: la Familia Botín,  el exministro y lladre Rodrigo Rato, Fernando Martín, la infanta de España Alicia de Borbón Parma, su hijo, el infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias y dos de sus nietos, Micaela Domecq, mujer de Miguel Arias Navarro, varios Pujol, etc. No negaré que, en el mismo saco también había piratas de lo público como Bárcenas, Diego Torres, o el ex UGT José Ángel Fernández Díaz. Sin embargo, aunque importante y, sobre todo, determinante para entender lo que son las alcantarillas del Estado, su papel es, podríamos decir, cuasi anecdótico –remarco lo de cuasi-, en comparación con el resto.

Y a no ser que los Borbones-Dos Sicilias o los Pujol piensen dedicarse a la chapa y pintura o algo así, desde luego son familias de lo que antes se llamaba de lo más granado, esto es, pertenecientes a las clases altas y muy altas de nuestro querido país –o países-. He escogido la amnistía fiscal como ejemplo por su evidente actualidad, pero hay muchas más evidencias –reforma laboral, privatizaciones, recortes, leyes mordaza, etc.- que manifiestan con gran rotundidad que lo que hace el PP es gobernar desde y para las mismas clases que se han beneficiado de sus políticas. Es decir, el Partido Popular es un partido de clase y lo que Francis Fukuyama nos vino a decir hace veinticinco años no era tanto que éstas habían desaparecido con la caída de la URSS y el llamado socialismo real, de forma que se nos habría a todos/as un maravilloso mundo de oportunidades y paz, sino que las clases altas habían ganado, que el pensamiento único –su pensamiento- había vencido y que las reclamaciones, si acaso, al maestro armero.

De este modo, y para finalizar, el PP no es más que una evidencia de esto: hace veinticinco años sufrimos una derrota –otra- y los resultados de la misma no las hemos dejado de ver desde entonces.

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Refutando a Airbnb: cuando la economía colaborativa no es más que simple capitalismo

Entre los elementos que compañías como Uber o Airbnb utilizan para justificar su, cada vez, mayor presencia entre nosotros se encuentra, entre otros, su definición como  economía colaborativa. El nada sospechoso de socialismo diario Expansión definía la economía colaborativa como aquella que “surge de las posibilidades que brindan los canales digitales para compartir, encontrar y revender bienes entre usuarios“. Sin embargo, el mismo medio del Grupo Unidad Editorial acaba por señalar que su carácter novedoso no permite, ni siquiera, una definición estándar comúnmente aceptada. Otros medios y colectivos, como la Asociación Española de Economía Digital y Sharing España, la definen como aquel modelo “aquellos modelos de producción, consumo o financiación que se basan en la intermediación entre la oferta y la demanda generada en relaciones entre iguales (P2P o B2B) o de particular a profesional a través de plataformas digitales que no prestan el servicio subyacente”, situando el acento en la existencia -o no- de plataformas digitales que facilitan el contacto entre productores, usuarios o consumidores que, de otra manera, no podrían hacerlo.

Más allá de la consideración “entre iguales”, altamente discutible, sobre todo por el hecho evidente de que muchos de estos servicios, más allá de la intermediación, están en manos de compañías o conglomerados empresariales, o del hecho de que se presten o no “servicios subyacentes”, algo que los Tribunales, como en el caso de Uber, se están encargando de aclarar, la cuestión es que la propia labor de estas plataformas, pese a las innovaciones tecnológicas que el P2P/B2B pueda aportar, no es más que la economía capitalista de toda la vida, aunque con un lavado de cara colaborativo. Es lo que voy a intentar demostrar aquí con la ayuda de la obra fundamental de Carlos Marx, El Capital.

Para Marx, cualquier producto no es una mercancía. Así, una cosa puede tener valor de uso, es decir, ser útil para uno mismo o para una tercera persona, sin ser un valor en sí mismo. Esto es lo que pasa con aquellos productos que no contienen trabajo, por ejemplo, la tierra, el aire, el mar, los bosques, etc. Ahora bien, una cosa puede tener valor de uso y ser producto del trabajo sin ser una mercancía. En este sentido tenemos todos aquellos elementos que elaboramos nosotros mismos y que, posteriormente, consumimos o, simplemente, no son dispuestos en el mercado. Para que un producto sea una mercancía, además de tener un valor de uso para terceras personas, ésta debe ser transferida a éstos mediante el intercambio. Para facilitar el desarrollo y seguimiento del texto, usaremos el ejemplo de una casa. Una casa es uno de los elementos que contiene mayor valor de uso. Es ahí donde descansamos, nos relacionamos, mantenemos cierta intimidad, nos reproducimos, etc. Ahora bien, si nosotros hemos adquirido la casa en el mercado inmobiliario, esta casa es una mercancía, pues fue elaborada por otras personas, es decir, fue objeto de trabajo, y posteriormente fue comprada por nosotros que adquirimos su valor de uso. Si esa misma casa hubiera sido construida y diseñada por nosotros mismos, no sería una mercancía pues su valor de uso no es transferido. La casa, por tanto, no tiene valor de cambio.

Las sociedades se han dotado a sí mismas de una serie de acuerdos sobre lo que puede ser utilizado, y no, como elementos facilitadores de los intercambios de mercancías. Es así como surge el dinero. Este -en forma de papel moneda, como los billetes de euro, o el propio oro- supone un símbolo de valor que contiene, también, un valor de uso: el derivado de que con él es posible adquirir determinados productos que nos son de interés. Simplificando, las mercancías en circulación se intercambian por dinero que, a su vez, es posible volver a intercambiar por mercancías. Sin embargo, también nos podemos encontrar con un proceso donde el protagonismo lo tiene el propio dinero. Es decir, mediante dinero compramos determinados bienes o servicios que, posteriormente, volvemos a vender y, así, vemos incrementado nuestra inversión inicial. Ahora bien, no todo el dinero (D) puesto en circulación que nos vuelve como dinero más intereses (D+x) es capital. Así, la mera compra-venta de mercancías -compra más barata y venta más cara- no transformaría dicho dinero en capital, ni a una sociedad donde éste fuera el principal elemento del sistema económico en una sociedad capitalista. Tampoco lo sería una sociedad basada en el préstamo de dinero para su devolución con intereses. La razón es simple, la entrada de nuevo dinero en el sistema tiene que venir de algún sitio, no puede aparecer de la nada mediante la simple circulación.

¿Qué es, por tanto, el capital? ¿qué define, por tanto, a una sociedad capitalista? Bien, para que el dinero en circulación devenga capital debe contar con el producto del trabajo -trabajo social que diría Marx-. Es esto lo que aporta el elemento distintivo. De este modo, mediante una inversión inicial de dinero, digamos D, compramos una serie de mercancías -materias primas, mano de obra, etc.- con la que elaboramos un producto final que, puesto en el mercado, nos genera nuevamente dinero (D+x). Esto es el capital y las sociedades donde prima este modo de producción se denominan sociedades capitalistas. Este proceso es independiente del número de productores e inversores, de intermediarios y consumidores, que intervengan, así como del tiempo de duración del proceso.

Bien, volvamos al ejemplo de la casa, donde la relacionaremos ahora con la labor de plataformas como Airbnb. Como hemos dicho antes, una casa es, principalmente, valor de uso. Al no estar dispuesta en el mercado, el valor de uso es consumido por nosotros, sus habitantes. Ahora bien, si mediante los instrumentos existentes en el momento histórico actual -ya sea la página de un periódico, ya un amigo que conoce a otro amigo, o ya una plataforma web- nosotros transferimos, aunque sea temporalmente, el valor de uso a una tercera persona que lo consume a cambio de una cuantía de dinero, hemos convertido nuestra casa en mercancía. En el caso de Airbnb hay dos elementos que podríamos llamar novedosos. Por un lado está la propia plataforma, una aplicación web que pone en contacto a miles, millones de personas, ampliando considerablemente las posibilidades del intercambio, del mercado. Esta plataforma es una empresa que constituye uno de los dos elementos que sitúan inicialmente el producto para el intercambio. El otro sería, de forma evidente, la propia casa. Así, Airbnb -una empresa con sede en San Francisco que cuenta con miles de trabajadores entre diseñadores, directivos, publicistas, etc., y con un valor actual de 25 mil millones de euros-, dispone, temporalmente, de un bien, un inmueble de propiedad ajena, y facilita su transferencia temporal a cambio de una cuantía de dinero. Como empresa que es, para la elaboración y mantenimiento de sus servicios cuenta con los ya mencionados miles de trabajadores que son los que aportan el trabajo social que genera el capital (D+x). Ahora bien, el otro elemento novedoso lo constituiría el propio carácter de trabajo que aporta el anfitrión. Éste no ofrece solo su casa, sino también toda una serie de servicios añadidos -crea el anuncio, organiza la llegada, recibe a los huéspedes, les prepara el desayuno, etc.- que son los que verdaderamente suponen, además, ese valor diferencial que Airbnb no se cansa de publicitar: el de convertir a los visitantes en un habitante más, formando parte de una comunidad. Eso es trabajo y, por tanto, transforma el dinero de la transferencia en capital (D+x’). Basta dar una vuelta por internet para ver como los supuestos anfitriones incluso anuncian formas y disponen métodos para incrementar el capital final, valorizando su trabajo. Y es ahí, abandonando la órbita de la circulación o del intercambio de mercancías, donde se encuentra el verdadero drama de este proceso. O, como decía Marx, donde “el antiguo poseedor de dinero marcha adelante como capitalista, el poseedor de la fuerza de trabajo le sigue como su obrero; aquél, sonriéndose significativamente y con aire diligente, éste, abatido, de mala gana, como quien llevó al mercado su propia piel y lo único que puede esperar es… que se la curtan”. Solo que la “mala gana” ha sido sustituida, a veces, por el aplauso entusiasta, algo que nos conduce, si no ponemos remedio, a la uberización de la economía.

En definitiva, la denominada economía colaborativa no sería más que la enésima vuelta de tuerca al viejo y todavía capaz de renovarse capitalismo del siglo XVIII. Si existe alguna diferencia con respecto al sistema más clásico, ésta sería la desprotección de los trabajadores como sustentadores y suministradores de valor. Esto ha ocurrido siempre, solo que ahora se dispone empaquetado en smart phones y bajo etiquetas que enuncian la recuperación de valores supuestamente progresistas y comunitarios.

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La sociedad del espectáculo 2.0

Fuente: conexionescosmicas.blogspot.com

Fuente: conexionescosmicas.blogspot.com

Artículo publicado originalmente en el Periódico Diagonal el 01/07/2015

La sociedad del espectáculo 2.0

Situación: reunión de amigos y amigas, cercanos todos a los cuarenta, con hijos pequeños, tomando algo en un bar justo después de recoger a los críos del colegio. Se plantean dos escenarios. El primero es que nos pongamos a recordar viejos iconos ochenteros (Espinete, Verano Azul, las cintas de casete, etc.), lo diferente que era todo y lo bien que nos lo pasábamos los sábados por la mañana jugando en la calle aunque fuera dándole patadas a un bote. El segundo es peor, es comparar ese mundo pasado con el presente, declarar todos a una que, sin duda, cualquier tiempo pasado fue mejor y comenzar a proponer soluciones para  arreglar el futuro.

Algo así me pasó el viernes pasado. Alguien había dejado en el bar unos sobres de cromos de esos de la Liga de Futbol. Sin saber cómo, una cosa llevó a la otra y, sin mucho alcohol por medio, acabamos intentando arreglar el acoso escolar en adolescentes a través de las redes sociales. Ahí es nada.

Trataré de resumir los argumentos enfrentados. Por un lado estaban los que opinaban que, básicamente, todo se arreglaría estableciendo diferencias entre grados de privacidad. A modo de ejemplo, cuando se suben fotos y/o pensamientos a Facebook, Twitter o Instagram, lo único que hace falta es asegurarnos de que nuestros hijos e hijas comprenden dónde, cómo, y con quién están compartiendo su imagen o forma de ser. Se trata de una cuestión de educación; de niveles de educación en relación a las nuevas tecnologías. Llamaremos a esta postura, progresiva.

Por otro lado estaba el grupo que pensaba que, en realidad, lo que había que hacer es hacer ver a los críos la peligrosidad que eso encierra. No hay que compartir nada, pues nunca se sabe dónde o cómo va a acabar nuestra intimidad. La solución es, por tanto, restringir el acceso a las redes sociales a nuestros hijos e hijas. Estamos ante la postura regresiva.

En realidad, ambas posturas son similares, por cuanto no tratan las causas, la necesidad constante, de proyectar nuestra imagen a través de internet, sino de paliar o evitar sus efectos, esto es, las consecuencias que algo así puede acarrear.

Sin querer parecer pedante, a mí, sin embargo, me vino a la cabeza una frase de Guy Debord recogida en su arduo texto La sociedad del espectáculo. Dice así, “bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante.” Para Debord, el espectáculo, no puede desligarse del modo de producción vigente, el capitalismo. Así, no vivimos en una sociedad inundada únicamente de imágenes, sino que las relaciones sociales se presentan mediatizadas por las mismas. Somos lo que proyectamos.

De este modo, aquellos chicos y chicas que comparten su vida y obra a través de las redes sociales, tratan de devolver al mundo lo que el mundo les da: la irrealidad que proyecta la sociedad. Una vida basada en el consumo, una sociedad que ha elevado a los altares la juventud y escondido en un rincón la enfermedad y la vejez. Y todo, sin grandes esfuerzos, solamente con la suerte de nuestro lado. No se trata, por tanto, de limitar el acceso a las redes sociales. Si bien es verdad que éstas han posibilitado una expansión casi ilimitada de las imágenes, éstas ya venían ocupando un lugar preponderante. No, se trata, más bien, de avanzar hacía la eliminación de la mercantilización de nuestros cuerpos y relaciones sociales.

Claro que la educación es importante, tanto la postura progresiva como la regresiva coinciden en ello, pero no para conseguir una mejor gestión de nuestra presencia en las redes, sino para, de una manera u otra, intentar extirpar el espectáculo de nuestras vidas. La sociedad del espectáculo, escrito hace cuarenta y ocho años por Debord, simplemente ha entrado en una fase 2.0. Ya es hora de plantarle cara.

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Las manos sobre Barcelona

Fuente: @ciutatmorta

Fuente: @ciutatmorta

Texto escrito a cuatro manos con Beppe Aricó para el libro “Ciutat morta. Crónica del caso 4F” publicado por Mariana Huidobro, Helen Torres y Katu Huidobro.

Las manos sobre Barcelona

En 2006 Barcelona vivía todavía la resaca del Fòrum de les Cultures 2004, uno de los fracasos más sonados de su historia. La ciudad se había quedado años antes sin poder ser Capital Europea de la Cultura y buscó, de forma casi desesperada, una excusa para llevar a cabo un nuevo e inmenso proceso de transformación en los límites de su última y codiciada frontera urbana: la desembocadura del Besòs. A pesar de las ingentes cantidades de dinero y recursos invertidos por el Ajuntament, la Generalitat, el Gobierno del Estado y el sector privado –más de 3.200 millones de euros y una recalificación de 330 hectáreas, cifra cuatro veces superior a la intervenida para los JJOO de 1992- el megaevento no cumplió ni de cerca con las expectativas generadas en cuanto a público o visibilidad. Como si ello no bastara, barrios fuertemente estigmatizados, como La Mina, quedaron definitivamente aislados y ocultos a la sombra de unas imponentes estructuras hoteleras, inmobiliarias y comerciales surgidas como setas en la zona recuperada.

Pero como todos los fracasos, este también fue relativo. Efectivamente, las inmensas plusvalías generadas mediante esa colosal reforma urbanística,  trasferidas al capital financiero e inmobiliario de la ciudad, supusieron el verdadero “éxito” del Fórum. La ciudad vivía así los últimos años de la impostura del Model Barcelona, una forma de hacer ciudad que vivió su máximo esplendor durante las olimpiadas y que reveló su verdadera cara en ese primer lustro del nuevo siglo.

Del supuesto urbanismo ciudadano y participativo, de la continuidad de la trama urbana, de la apuesta por los espacios públicos y los equipamientos no quedaba nada. Barcelona, entregada al neoliberalismo, proseguía su configuración como “escenario de consumo” y adjudicaba grandes extensiones de terreno a empresas inmobiliarias internacionales como Hines, responsable de Diagonal Mar, para que hiciese de su capa un sayo. Se abandonaba toda veleidad aparentemente socialdemócrata – como las ideas de Oriol Bohigas y su pretensión de “monumentalizar la periferia” y “dignificar el centro”- y la ciudad, más que como “modelo”, comenzaba a venderse cada vez más como Marca.

Unos años antes, el Ajuntament había puesto en marcha el Distrito 22@ en 116 hectáreas del barrio del Poblenou. La intervención, la mayor llevada a cabo sobre la ciudad hasta ese momento, perseguía la creación de un polo empresarial vinculado a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) sobre parte del “obsoleto” tejido industrial del antiguo Manchester català. Los pequeños talleres y empresas auxiliares que ya existían en el área, vestigios de su pasado fabril, fueron despreciados como generadores de crecimiento y empleo y en su lugar se esperó, como maná caído del cielo, la llegada de grandes firmas tecnológicas. Ni que decir tiene que esto nunca ocurrió. Los que sí llegaron fueron muchos hoteles que, aprovechando la disponibilidad de espacios baratos y la apuesta municipal por el turismo en la zona, lograron grandes plusvalías vendiendo el suelo que abandonaban en otras áreas de la ciudad, como el Eixample. La crisis (léase estafa) económica de unos años después hizo el resto y el Poblenou, como muchos otros barrios de la ciudad, mantiene aún hoy día grandes solares vacíos.

Pero la voracidad, como la estupidez, no tiene límites y grandes zonas de la ciudad consolidada fueron igualmente objeto de violentas intervenciones urbanísticas que se presumieron urbanas. El año 2006 también es el año de la vergüenza para un Ajuntament que llegó a enviar la Guardia Urbana a arrancar las tomateras plantadas por los vecinos y vecinas del barrio de la Ribera. Estamos hablando del, desde entonces denominado, Forat de la Vergonya, un solar ubicado a escasos metros del renovado Mercat de Santa Caterina y que inicialmente estaba destinado a ser un aparcamiento para el turismo que llegaba al barrio. La idea de las instancias municipales era convertir la zona –parte de la cual se popularizaría con el mucho más eufónico nombre de El Born– en una tesela más de la Barcelona escaparate.

Se trataba, en definitiva, de conformar una ciudad proyectada a escala global, que compitiera internacionalmente por la atracción de un “turismo cultural” –lo que viene a querer decir, de elevado nivel de ingresos- mediante la instalación en sus fronteras de elitistas contenedores como el Museu Picasso, de la mercantilización de Santa Maria del Mar o de la fútil reforma del Mercat con su cubierta de tejas coloreadas. El vecindario, necesitado de zonas de socialización, y si eran verdes, mejor, tuvo la osadía de hacer suyo el espacio creando su propio jardín, huerto, mobiliario urbano y zona deportiva, lejos del glamour intrínseco al pensamiento municipal institucional, algo que no podía ser permitido en un barrio destinado a la aparición de lofts y apartamentos para las denominadas “clases creativas”.

Tuvo que ser la prensa, al recoger los conatos de violencia contra el desalojo, la que situara el punto de atención sobre un tema que, de otra manera, hubiera pasado desapercibido. Más allá de la cierta simpatía que pudiera despertar la apropiación vecinal de un espacio para crear una plaza, lo que no llegaron a entender –léase aterrorizar- las manos que se posaban sobre la ciudad, es el hecho de que la gente normal pudiera crear un espacio normal, de gestionarlo y aprovecharlo lejos del tutelaje oficial y la acción del mercado. Por supuesto, algo así no podía ser permitido porque correría el peligro de convertirse en un ejemplo, una alternativa posible o, cuanto menos, propiciable. Es ahí donde debemos insertar parte de los factores que desencadenaron los hechos de aquella noche del 4 de febrero.

Si las grandes empresas multinacionales cuentan con departamentos enteros que velan por la buena reputación de su marca, en Barcelona esta responsabilidad recaía y recae directamente sobre el Ajuntament. La millor botiga del món no podía permitir que parte de sus calles y sus plazas estuvieran pobladas de vecinos, punkis, anarkas o antisistemas, sea eso lo que sea, y menos que éstos pretendieran generar espacios propios, liberados de las ataduras de la mercantilización extrema que vive la vida cotidiana de las ciudades depreciando, de paso, el valor de la propiedad inmobiliaria. Por este propósito, el teatro okupado del número 55 de la calle Sant Pere més Baix tenía que ser literalmente eliminado, como eliminadas tienen que ser todas aquellas imperfecciones que empañan cualquier producto. Rodrigo, Juan y Alex, al igual que Patricia, simplemente se toparon con parte del departamento de limpieza, en el sentido amplio de la palabra, de la Marca Barcelona.

Ironías de la vida, el alcalde de la ciudad de aquellos años, Joan Clos, al frente también del desastre del Fòrum y del 22@, después de un breve paso por el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo del Estado español, así como de las Embajadas de Turquía y Azerbaiyán, ha llegado a ser el máximo dirigente del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT), cuya misión es la promoción de pueblos y ciudades social y ambientalmente sostenible con el objetivo de proporcionar “vivienda adecuada para todos y todas”.

Hoy día, Barcelona sigue imparable su viaje hacia la total esterilización de su espacio urbano. Con solo dar una vuelta por el entorno del antiguo Mercat del Born, hoy Born Centre Cultural, o la calle Montcada y su nuevo Museu de les Cultures del Món es posible observar la descontrolada aparición de nuevos bares y restaurantes poblados de cientos de terrazas, comercios chic, establecimientos de productos ecológicos a precios imposibles, así como tiendas y más tiendas de souvenirs turísticos exactamente iguales a las que podrías encontrar en cualquier otra parte del mundo. La soberbia expansión del Born no se detiene en sus fronteras físicas y simbólicas, acabando con cualquier viso de originalidad y despreciando lo que otrora fue su verdadera esencia popular: el barrio de La Ribera. Finalmente una triste –pero aún no imperante- victoria de las manos sobre Barcelona, convertida en una ciudad que no contempla las inquietudes ni las necesidades de sus habitantes. Una ciudad concebida y diseñada sólo para una ciudadanía obediente, pasiva y adinerada, que consagra sus calles únicamente al ocio y al consumo masivo. En definitiva, una ciutat morta.

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Algunas claves del papel de la superestructura en la cuestión de la gentrificación

Fuente: Propia

Las claves de la gentrificación son de naturaleza material. La teoría elaborada por Neil Smith, y que tiene su elemento fundamental en el concepto de rent gap, o diferencial de renta, así lo manifiesta. Se trata, en definitiva, de la obtención de plusvalías que se consigue cuando, tras un periodo de desinversión, la renta del suelo desciende y, por tanto, el precio de los inmuebles. Sin embargo, a partir de determinado punto en la dinámica de descenso, la renta potencial del emplazamiento, es decir, aquella que podría obtenerse en caso de inversión, alcanza tal magnitud que hace que ésta sea interesante para el inversor. La diferencia entre una y otra es el diferencial de renta.

Mucho se ha hablado de la preeminencia de esta teoría, de base marxista, y de la controversia generada en torno a su antónima, esto es, la teoría del consumo, la cual, simplemente, deja en manos del mercado los procesos de revalorización del suelo. Deus ex machina o, en este caso, el mercado ex máquina.

Ahora bien, los procesos de gentrificación no ocurren en el vacío. Es necesaria la intervención del Estado que, bajo el neoliberalismo, es el garante último del funcionamiento –léase imposición- de las reglas del mercado, del mantenimiento de la seguridad y del diseño jurídico y legal legítimo que permiten la continuación del proceso de acumulación del Capital (en mayúsculas), entre otras cosas. Esto es así precisamente, y tal y como recordara Marx, porque el modo de producción dominante, el capitalismo, es un reflejo de los intereses inherentes a una determinada clase social. Así, esta superestructura, es decir, las diferentes formas jurídicas, políticas, artísticas, etc., serían el reflejo de las condiciones económicas en las que vive la sociedad.

Bajo esta perspectiva, el entramado legal que permite las dinámicas de gentrificación no sería otra cosa que, precisamente, como diría Bourdieu, la codificación de los intereses de la clase dominante, elementos conformantes de dicha superestructura. Vamos a los ejemplos:

En el año 2013, el Gobierno del Partido Popular (PP) introdujo una serie de modificaciones en la Ley de Arrendamientos Urbanos –y en la que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ya había metido también mano– a través de la Ley 4/2013, de 4 de junio, de medidas de flexibilización y fomento del mercado del alquiler de viviendas. Entre otras cosas, dicha Ley reducía la duración mínima de los contratos de alquier de cinco a tres años. La excusa para tal modificación venía recogida en el Preámbulo de la Ley cuando señalaba que “el mercado de alquiler no es una alternativa eficaz al mercado de la propiedad en España, puesto que, o bien la oferta de viviendas en alquiler es insuficiente, o bien no es competitiva por estar sujeta a rentas muy elevadas”.

Lo que no decía el Preámbulo, ni el resto de la Ley, es que lo que permitía estas modificaciones era, básicamente, acelerar la circulación del capital e, indirectamente, acelerar la expulsión de los inquilinos e inquilinas. Es decir, con una mayor facilidad para la rotación de los contratos resultaba más sencillo y más rápido, en el marco de una sociedad de mercado, realizar incrementos notorios en las mensualidades de los alquileres, de forma que la mínima protección que ofrecía la duración del mismo quedaba parcialmente desarmada. Se entiende que, en el idílico mundo perfecto del PP, esta Ley habría permitido introducir más inmuebles en el mercado en función de una mayor rentabilidad garantizada y de la posibilidad de prescindir del inquilino a voluntad y en menor tiempo. A su vez, esto garantizaba una mayor cantidad de inmuebles en el mercado del alquiler, de forma que se acabaría facilitando y abaratando el acceso a la vivienda. En realidad, la legislación permitía aumentar el diferencial de renta, aunque sin transformación mediante, solo cambiando el inquilino. De nuevo, el mercado ex machina.

Otro ejemplo sería la forma en que el Estado, en sus diferentes versiones y niveles –local, regional o autonómico y estatal- actúa para atraer las inversiones. Ésta es otra de las características del capitalismo en su versión neoliberal, donde aquella aseveración de Marx de que “el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”, casi ha quedado obsoleta por evidente. De esta forma las políticas de marketing urbano o las campañas de atracción turísticas, por ejemplo, acaban resultando verdaderos catalizadores, cuando no aceleradores, de los procesos de gentrificación ajustados a dinámicas de turistificación. Ordenar el espacio urbano es un primer paso para restaurar un mínimo de la justicia espacial de la ciudad. Lo siguiente es detener, en la medida de lo posible, la continua atracción de inversiones y/o turistas que suponen, al igual que las medidas de desregulación del mercado del alquiler, elementos de aceleración de circulación del capital con el resultado final que todos conocemos. Y así, de nuevo, el mercado ex machina.

En definitiva, muchos de los procesos de gentrificación, desplazamiento socioespacial en definitiva, en marcha tienen visos de irreversibilidad, pero si no entendemos el papel que juega la superestructura, y dentro de ella, el Estado, en su determinación, no seremos capaces de articular medidas creíbles y efectivas.

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