Los cuerpos de la Mar Bella

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Vivir en Barcelona tiene señalados inconvenientes, no voy a detenerme en ellos, pero también alguna que otra ventaja. A mí, aquella que me resulta especialmente atractiva es la que me permite tener cinco kilómetros de playa a un tiro de piedra de mi casa, no siendo lo del tiro de piedra una metáfora, sino, más bien, una realidad cotidiana.

En línea recta, desde la puerta del bloque de pisos donde vivo, hasta la orilla del mar no habrá más de cuatro o cinco minutos en bicicleta; un poco más andando. Dicha orilla pertenece a la Mar Bella, única playa de todo el litoral expresamente destinada al baño nudista. Aunque la afluencia masiva de turistas que inunda la ciudad ha hecho que este trozo de mar sea, cada vez más, ocupado por textiles, si se visita la Mar Bella a primera hora del día, todavía es posible ver abundantes cuerpos desnudos poblando una arena que, poco después, dejará de ser suya.

Sin negar mi frecuente pertenencia a este sufrido grupo de bañistas mañaneros, en mis visitas a esta playa he creído ver dos grupos bien diferenciados de bañistas (dejaré de lado el grupo de los mirones y de aquellos otros que pasaban por allí). Por un lado, tendríamos aquellos que podríamos denominar la vieja guardia. A este grupo pertenecerían hombres y mujeres mayores de cincuenta, cincuenta y cinco años, con la piel muy curtida por el sol; son aquellos que solo visitan la playa si se pueden desnudar y para los que, tal acción, es casi una acción religiosa. En mi imaginación los veo como maduros hippies posmodernos que buscan una cierta vuelta a la naturaleza, si esto es posible, y no quieren que nada entorpezca su relación y contacto con el mar, el viento y el sol. Mientras que, por otro lado, tenemos a otro grupo al que podríamos denominar el de las posturas. Son mucho más jóvenes, su tono de piel no es ni muy oscura ni muy clara, a años luz del curtido del primer grupo; musculosos y musculosas -aunque priman los chicos- suelen mostrar unos cuerpos completamente depilados.

Es precisamente este segundo grupo el que llama mi atención. Aunque este caso en particular gira en torno al hecho de gente que muestra su cuerpo en la Mar Bella, si ampliamos el foco, en realidad de lo que estamos hablado es de la forma en que nos relacionamos unos con otros en un espacio común, en este caso, una playa.

Richard Sennet, en su obra El declive del hombre público, señala que, a mediados del siglo XIX, las grandes ciudades europeas, pero también las norteamericanas, fueron el escenario de un progresivo cambio religioso. Los dioses fueron desmitificados y el hombre pasó a mistificar su propia condición; su propia vida pasaba a estar llena de un significado que urgía ser revelado. “Los fenómenos se volvieron reales como experiencia inmediata (…) Estas impresiones inmediatas que producían personas diferentes eran tomadas como si fuesen sus personalidades” (Sennet, [1977] 2011) y la apariencia pasaba a ser una expresión directa de esa personalidad. Fue así que, la forma de mostrarse en público, pasó a proyectar nuestro yo interior como una forma de comunicación. El sociólogo de Chicago abunda, así, en el camino ya abierto por Weber en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo, aunque desde una particular perspectiva pragmática.

En lo referente, por tanto, al referido grupo de bañistas, éstos con sus prístinos y perfectos desnudos y sus pieles bronceadas estarían intentando proyectar, a través de sus cuerpos, cómo es su conciencia, su personalidad, en una especie de apertura en canal de su propio y más íntimo yo desde el que parecen querer decir, “miradme, estoy desnudo, no llevo ni poseo nada, soy tal y como veis, perfecto y brillante”. Como cualquier proceso comunicativo, esta proyección interior necesita un receptor que sepa decodificar el mensaje, es decir, entender realmente lo que esos cuerpos desnudos quieren decir.

Como he referido antes, este fenómeno no es único y exclusivo de este tipo de emplazamientos. Calles y plazas son testigos diarios de esta comunicación, y gente como Ervin Goffman ya avanzó interesantes estudios sobre estás prácticas microsociológicas en los años 60s del pasado siglo. De hecho, parte del concepto de espacio público descansa sobre sus premisas: Un espacio “de y para las relaciones en público”.

Yo, en mis visitas a la Mar Bella, creo interpretar dichos mensajes. La cosa es que no me los acabo de creer.

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