El triunfo del concepto de “espacio público” en la retórica institucional

Pese a parecer lo contrario, el concepto de espacio público es relativamente reciente en la narrativa académica vinculada a la arquitectura y el urbanismo. Tal y como recogiera Manuel Delgado (2011) en su libro “El espacio público como ideología”, en algunas de las principales obras de referencia de las últimas décadas, referencias a este concepto son escasas o, incluso, nulas.

Así, a modo de ejemplo, en la obra fundamental de crítica al urbanismo racionalista “Muerte y vida de las grandes ciudades” (1961), de Jane Jacobs, espacio público únicamente aparece una vez, en la página 43, y como sinónimo de calles o plazas. En otras obras como “La buena forma de la ciudad” (1985), de Kevin Lynch, “Algunos aspectos de la forma urbana” (1978), de Amos Rapoport o, incluso, “Estado y ciudad: Descentralización política y participación” (1981), de Jordi Borja, uno de los teóricos actuales y fundamentales del concepto, el espacio público no aparece siquiera mencionado.

Si nos remitimos, en esta ocasión, a la obra “Carne y Piedra: El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental” (1994), de Richard Sennet, espacio público aparece en dos ocasiones. Una primera, en la página 325, cuando el sociólogo norteamericano señala que:

“Las calles parisinas estuvieron continuamente abarrotadas con manifestaciones populares durante los primeros años de la Revolución. En las “mascaradas”, por ejemplo, había grupos de personas que se disfrazaban de sacerdotes o aristócratas, usando ropa robada, desfilando en asnos y riéndose de sus antiguos gobernantes. La calle era también el espacio público de los sans-culottes, hombres pobres y flacos que no tenían pantalones y mujeres vestidas con ropa de muselina hecha jirones-cuerpos revolucionarios sin artificio.”

Y en el que el espacio público estaría relacionado con lo que Goffman[1] denominó el “espacio de y para las relaciones en público”, es decir, de aquellas que se producen en situaciones de tránsito cuando una o varias personas coinciden en el mismo sitio y debido a lo cual deben realizar una serie de acciones de reajuste para adaptarse a esta circunstancia momentánea y efímera. Y otra, en la página 309 (en el capítulo dedicado a la ciudad bajo la Revolución Francesa), donde dice:

“La revolución confinó a las mujeres a la esfera doméstica, como iban a percibir pronto Mary  Wollstonecraft y otras admiradoras de Rousseau. Libre para amar a sus hijos, Sofía carecía sin embargo de la libertad de un ciudadano. «La República de la Virtud -observa el crítico Perer Brooks- no concebía que las mujeres ocuparan un espacio público. La virtud femenina era doméstica, privada, modesta”

Y quizás sea está la más interesante, por cuando deviene de las aproximaciones realizadas desde la filosofía política, en su vertiente liberal, y está relacionada con los procesos de “articulación de la sociedad civil”, es decir, la constitución y organización del vínculo social, que ya refiriera Hegel en su obra “La filosofía del Derecho” (1821).

En este sentido son muy interesantes las aportaciones de Hanna Arendt, por ejemplo en “The human condition” (1958), donde el espacio público aparece como sinónimo de esfera pública. Además, ésta visión del espacio público como algo “físico”, es directa por cuanto remite al “ágora griega”. En esta obra, la filósofa alemana establece una diferencia entre esfera/espacio privado/doméstico y público de forma que:

  • Espacio privado: Su rasgo distintivo era que en dicha esfera los hombres vivían juntos llevados por sus necesidades y exigencias
  • Espacio público: La esfera de la polis era la de la libertad

Entre ambas esferas existía una relación, ya que resultaba lógico que el dominio de las necesidades vitales en la familia fuera la condición para la libertad de la polis. En la antigua Grecia, la polis se diferenciaba de la familia en que aquélla sólo conocía “iguales”, mientras que la segunda era el centro de la más estricta desigualdad. “Por lo tanto, la igualdad, lejos de estar relacionada con la justicia, como en los tiempos modernos, era la propia esencia de la libertad: ser libre era serlo de la desigualdad presente en la gobernación y moverse en una esfera en la que no existían gobernantes ni gobernados.” (Arendt, 1958: 45)

En resumen, para una correcta “aplicación” del concepto de espacio público como espacio/esfera entre iguales, dicha “igualdad” tiene que darse explícitamente, tal y como ocurría en la antigua Grecia.

Sin embargo, Castoriadis, en “Los dominios del hombre” (1986), ya criticó esta concepción del espacio público cuando señaló que “si la sociedad está en realidad profundamente dividida por intereses antagónicos –como lo está hoy- insistir en la autonomía de la político puede convertirse en algo gratuito. La respuesta (…) (pasa por) modificarlo de tal manera que el conflicto de los intereses “sociales” (es decir, económicos) deje de ser el factor dominante en la formación de las actitudes políticas.” (Ibíd.: 121-122)

Por otro lado, Jurgen Habermas también hace un uso extensivo del término en su obra, y particularmente en Facticidad y Validez, Sobre el Derecho y el Estado Democrático en términos de teoría del discurso (1992). En esta ocasión, el espacio público aparece casi como espacio para el “público” de Gabriel Tarde[2], y como referente para el establecimiento de limitaciones a la forma de gobierno del Estado democrático liberal.

Así, desde las páginas 208 y siguientes de esta obra, se puede inferir que “los principios del derecho están destinados a “evitar una “instrumentalización del Derecho para la utilización estratégica de Derecho”. Estos principios son, en primer lugar, la soberanía popular (con los principios derivados del parlamentarismo, el principio de las mayorías, el pluralismo político, lo que quiere decir asegurar la existencia del espacio público en forma autónoma, competencia entre partidos); en segundo lugar, el aseguramiento de una protección jurídica completa, que presupone una vinculación de la administración de justicia al Derecho vigente; en tercer lugar, la legalidad de la administración (con preeminencia y reserva de la ley, como también la prohibición de la arbitrariedad)” (Loos, 2009: 244)[3]

Así, para Habermas, “el espacio público sería una red abierta de opiniones, que se formulan en lenguaje natural. En el espacio público se forma la influencia y se lucha por ella, decidiendo idealmente la autoridad del público. La sociedad civil transmite las situaciones sociales problemáticas percibidas en el mundo vital al espacio público político; su núcleo es el ente asociativo no estatal.” (Ibíd. 246)

El resultado final de todos estas aproximaciones sería una superposición entre el concepto de espacio público como el espacio físico representado por calles y plazas, esto es, aquel de libre acceso donde se llevan a cabo las relaciones momentáneas en tránsito que nos señalara Goffman (1959), y aquel otro donde se produce y experimenta una forma especial de vínculo social, además de una determinada relación con el poder.

Así, Manuel Delgado (2011) define espacio público como aquella “esfera de coexistencia pacífica y armoniosa de lo heterogéneo de la sociedad (…) que permite hacernos sociedad (a través de) (…) un conjunto de postulados programáticos en el seno de los cuales las diferencias se ven superadas (…), definidas aparte, en ese otro escenario al que llamamos privado”

Estamos así ante “algo más que el puro espacio”. Este espacio público se constituye, así, como una “ideología”, que, en su aceptación marxista, sería “aquel sistema de representaciones del mundo (filosofía, arte, religión, derecho, moral,….) que utiliza la clase dominante para legitimar su posición privilegiada frente a las clases oprimidas”.[4]

Así, en “La ideología alemana” (1846), Marx señala que “la clase dominante dispone de los medios de producción material, pero también del control y producción de los bienes espirituales, de la producción de la cultura, por lo que las ideas que en una sociedad triunfen serán las que la clase dominante quiera que dominen”.

Triunfa, de este modo, el concepto de “espacio público”, tal y como lo conocemos actualmente.

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[1] Presentación de la persona en la vida cotidiana, 1959.

[2] La opinión y la multitud, 1901.

[3] Loos, F. (2009) Habermas, facticidad y validez, Zeitschrift für Internationale Strafrechtsdogmatik, nº5, pp. 240-248.

[4] Teoría marxista de la comunicación. Véase https://www.academia.edu/7032874/Teor%C3%ADa_Marxista_de_la_Comunicaci%C3%B3n

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