Abajo la gentrificación

Fuente: Euronews

Este artículo fue publicado originalmente el pasado 25/07/2019 en el diario El Confidencial.

Abajo la gentrificación

El pasado día 19 de julio, el conocido economista liberal Juan Ramón Rallo publicaba un artículo en estas páginas titulado “Viva la gentrificación”. En él, y justo después de tan poco disimulado título, Rallo procedía a loar la labor de esta compleja dinámica urbana mediante el siguiente argumento: la gentrificación no deja de ser un proceso beneficioso para los vecinos y vecinas de los barrios desfavorecidos ya que, entre sus características, se encontraría la atracción de determinado capital humano y social que repercutiría positivamente en la zona disminuyendo la pobreza y facilitando la movilidad social.

El texto continúa con una definición de la gentrificación basada en tres elementos principales. Primero, el objeto de la gentrificación, esto es, un vecindario previamente deteriorado. A esto le sigue el hecho de que dicho lugar es transformado por la llegada de nuevos residentes con una mayor capacidad adquisitiva y nivel estudios que los residentes tradicionales. Y tercero, estos nuevos residentes mejoran el paisaje físico del barrio iniciando un círculo virtuoso que acabaría por modernizar completamente la zona. Rallo se extiende en sus consideraciones sobre la gentrificación señalando que la izquierda, ese ente lleno de prejuicios, estaría profundamente equivocada en su análisis de dicho proceso, ya que, como demuestra una investigación en marcha financiada e impulsada por la Federal Reserve Bank of Philadelphia (sic!), la gentrificación no solo no desplaza a los vecinos y vecinas con menos ingresos, sino que éstos, al permanecer en el barrio, pueden disfrutar de los beneficios generados por las mejoras inducidas tras la llegada de los nuevos residentes.

Pero esto no queda aquí, el estudio citado por Rallo –no publicado en revista académica alguna y, por tanto, sin pasar por la prescriptiva revisión científica- también parece demostrar que ese pequeño porcentaje de población que se ve obligado a abandonar la zona –menor al 3%, es decir, la gentrificación no generaría desplazamiento socio-espacial, sino un incremento total de la población-, no ve alteradas sus posibilidades de empleabilidad, pobreza o movilidad, sino que únicamente ve aumentada su “tristeza” por tener que abandonar su barrio, amigos y redes sociales. Por último, una vez superado ese pequeño obstáculo, la gentrificación continuaría inundando la zona con sus beneficios: reducción de la pobreza, incremento de los precios de la vivienda y, atención, aumento de la probabilidad de acceso a los estudios universitarios por parte de los niños y niñas de aquellos entornos familiares más desfavorecidos de la zona, y todo gracias al contacto –y a la magia, se entiende- de éstos con los nuevos residentes universitarios.

Lo más destacable de la argumentación del estudio, y del propio Rallo, es que todo el proceso parece darse en un cierto vacío social, es decir, en un entorno urbano donde no opera ningún sistema social y económico que pueda ser determinado, y determinar, el comportamiento de los grupos sociales que en él interactúan. Esto, no obstante, podría no ser olvido de Rallo, sino, más bien, el principal esquema conceptual con el que trabaja el (neo)liberalismo, esto es, el de supuesta existencia de una sociedad formadas por sujetos conscientes e iguales que toman decisiones altamente razonadas bajo la premisa de la maximización de sus egoísmos particulares, los cuales, bajo una perspectiva agregada conduciría al mejor de los mundos posibles. En definitiva, la gentrificación sería, simplemente, el mercado trabajando.

Ahora bien, si cambiamos el foco y lo situamos en la forma en que la ciudad es producida bajo el capitalismo, quizás podamos añadir un poco más de luz a las causas de la gentrificación y desmontar, de paso, las argumentaciones esgrimidas en el mencionado artículo. Para comenzar, podemos reformular el concepto de gentrificación dado por Rallo de la siguiente manera: estaríamos hablando de aquel proceso desarrollado en una determinada área urbana –una calle, un barrio, etc.- donde los vecinos y vecinas pertenecientes a las clases medias, medias-bajas y bajas son sustituidos por otros de clases medias-altas y altas. La introducción del concepto “clase” no es baladí, pues la gentrificación debe ser considerada como un eslabón más de las dinámicas de acumulación de capital protagonizadas, cada vez más, por las ciudades desde los años 70. La gentrificación, pero también la turistificación, la disneyficación o la museificación de los centros históricos, constituyen desarrollos que expresan, mediante el protagonismo de distintas variables, la constitución de la ciudad en mera mercancía. Así, a raíz del giro neoliberal, las urbes de todo el mundo se han constituido en escenario ideal para la supervivencia del capitalismo; las dinámicas de explotación han saltado las paredes de las fábricas y se extienden a lo largo y ancho de las ciudades vinculadas a la producción inmobiliaria y a los servicios. No se trata únicamente de la vivienda, aunque su protagonismo es ineludible, sino de la totalidad del entorno urbano y de su reconfiguración en espacio de y para el consumo.

Una vez resituado el concepto, la llegada de los nuevos residentes -actores necesarios para la generación de plusvalías y, por tanto, igualmente explotados- con formas de relacionarse entre sí, y con el espacio, distintas de las tradicionales en el vecindario, generaría una sucesión de cambios en el paisaje urbano -el comercio, los servicios, los espacios de socialización, etc.-, inducidos por las formas de hacer ciudad de estos nuevos residentes. Así, el inherente desplazamiento se produciría no sólo por el incremento del precio de la vivienda –aquí Rallo parece olvidar que gran parte de las clases populares de las ciudades no son propietarias de sus viviendas, sino que viven de alquiler y, por lo tanto, no se benefician de su revalorización-, sino también por la nueva especialización funcional del entramado socioeconómico local, el cual originalmente está destinado a la reproducción social. Para demostrar esto no hace falta, como lleva a cabo el estudio financiado por la Reserva Federal de Filadelfia, abarbar los barrios centrales de las 100 mayores urbes de Estados Unidos, aunque también es cierto que seleccionando la muestra, cualquier resultado es posible. Siendo mucho más humildes, para el caso, por ejemplo, del barrio del Poblenou, en Barcelona, entre los años 2008 y 2018, la renta territorial ha aumentado 6,3 puntos, mientras la población y la estructura de edad se han mantenido más o menos constantes. Pese a la evidente dificultad de extraer enseñanzas, desde los censos a la hora de cuantificar los desplazamientos de población,  podemos conjeturar que este incremento de la renta, que además abarca los años más duros de la crisis, no se ha debido a una mejora súbita de los ingresos de las familias, sino de una sustitución parcial de la población local agilizada por la reforma de la Ley de Arrendamientos Urbanos (LAU) de 2013, la cual facilitaba una aceleración en la rotación de los inquilinos e incrementos de hasta dos dígitos en la renta los alquileres, al menos en los últimos 4 años.

Además, para que esto ocurra no es necesario que el barrio o la calle se deteriore previamente. De hecho, en aquellas transformaciones altamente vinculadas al turismo sería justo lo contrario: barrios de clase media, ya reformados, que pasan a formar parte de los destinos turísticos; ningún turista se adentra en entornos deteriorados. En este caso, además, el desplazamiento socio-espacial es más evidente, ya que, en gran cantidad de ocasiones, antiguos hogares son mercantilizados como apartamentos turísticos.

Ni la reducción de la pobreza, ni el ingreso en la universidad de los hijos e hijas de las clases populares de barrios bajo procesos de gentrificación son posibles si estos se han tenido que marchar con sus familias a zonas más asequibles, rompiendo un tejido social que, en gran cantidad de ocasionados, sustituye al salario social que, quizás en entornos más generosos, suple la ausencia de escuelas infantiles cercanas y baratas o permite jornadas laborales poco flexibles y empleos bien remunerados.

En definitiva, y como decía hace poco el sociólogo Javier Gil, negar las consecuencias negativas de las dinámicas de gentrificación para las clases más desfavorecidas sería algo así como una forma de terraplanismo inmobiliaro. Abajo la gentrificación

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