El mantero como extranjero

Fuente: eldiario.es

El verano que nos acaba de abandonar se fue como vino; con continuas referencias, desde la política y la empresa -amplificadas por ciertos medios de comunicación-, a la cuestión securitaria en Barcelona. Es verdad que, desde hacía tiempo y desde diferentes ámbitos, ya se venía advirtiendo que, conforme se acercaran las elecciones locales, el debate político se iría centrando, cada vez más, en esta cuestión. Sin embargo, una vez pasada la contienda electoral los vientos no amainaron, sino que, de hecho, el fenómeno tendió a arreciar.

Entre las derivadas de la crisis de seguridad que supuestamente ha vivido Barcelona durante los últimos meses se encontraba aquella que, sin una causa-efecto coherente y respaldada por hechos, vinculaba la inseguridad con la presencia del top manta en las calles de nuestra ciudad. Para la antología de las soflamas securitarias quedará aquella salida de tono del actual Teniente de Alcalde de Seguridad del Ajuntament de Barcelona señalando a El Periódico de Catalunya la inadmisibilidad de que “lo primero que vean los turistas al llegar a Barcelona sean los manteros”. Hasta ahí podíamos llegar, al fin y al cabo, uno nunca atenta contra la gallina de los huevos de oro. Otra boutade por el estilo fue la lanzada por el insigne Conseller d’Interior del Govern de la Generalitat, el cual, en una entrevista realizada por la Cadena Ser en horario de máxima audiencia, no se le ocurrió otra cosa que decir que “el fenómeno del top manta causa sensación de inseguridad” ya que “cuando estás mirando la manta y estas mirando lo que compras, pues seguramente es más fácil para un ladrón que te pueda robar”, quedándose tan ancho. Eso sí, inmediatamente pasó a señalar que en Barcelona no existía ningún tipo de crisis de seguridad, dando la razón a los Mossos d’Esquadra y quitándosela al Teniente de Alcalde.

Todo esto, sin embargo, no fue óbice para que el propio Ajuntament emprendiera una serie de acciones con el objeto de desplazar a los manteros desde su principal punto de venta, el Passeig Joan de Borbó, hacía otros lugares y tiempos de la ciudad e, incluso, otras localidades de la costa catalana. No hay que negar que el Ajuntament también tiene en marcha acciones de carácter social dirigidas hacía este colectivo. No obstante, esto no elimina que el binomio inseguridad-manteros haya quedado instalada en la opinión pública de forma indefectible. Ahora bien, más allá del supuesto impacto económico que su actividad parece tener sobre el comercio local, el espacio público y la imagen de la ciudad, habría que preguntarse qué lleva a distintos sectores de Barcelona –políticos, económicos, etc.- a establecer narrativas que criminalizan, estigmatizan y pre-enjuician colectivos tan complejos y diversos como el de los manteros.

No sería erróneo afirmar que prácticamente la totalidad de personas que conforman el colectivo mantero no son nacidas en Europa. Se trata, fundamentalmente, de migrantes africanos –muchos provenientes de su costa occidental, esto es, Senegal y Gambia-, aunque también del subcontinente indio y, en menor medida, América Latina. Su principal cualidad, por tanto, es que se trata de personas de origen extranjero que han cruzado nuestras fronteras en busca de una vida mejor para ellos y para sus familias. Y puede que por aquí encontremos una explicación a la pregunta anterior.

Tal y como nos recordara el antropólogo británico Julian Pitt-Rivers, ser un extranjero es ser un extraño, de hecho, ambas palabras comparten, en inglés, castellano y catalán, la misma raíz etimológica latina: extraneus, exterior, ajeno. Y es precisamente este carácter extraño el que le otorga, por cuanto se trata de elementos –personas, grupos sociales- desconocidos, una potencial peligrosidad que puede ser conjurado sólo de dos maneras: o bien se le niega la entrada, se le persigue e induce a partir, o se le acepta, esto es, se le socializa, siempre –o, al menos temporalmente- bajo la condición de huésped. De este modo, la sociedad de acogida –incluso a regañadientes- se convierte en anfitriona y los recién llegados en invitados. Nada de esto es casual, sino que es debido a que la primera necesita evitar la condición de igualdad que una admisión completa y total de la segunda generaría. La igualdad devendría en rivalidad, de forma que es ineludible recordarles constantemente a estos grupos que no son de aquí. Estaríamos construyendo, de esta forma, una realidad urbana donde colectivos completos no se criminaliza o estigmatiza porque se aparezcan como diferentes, y potencialmente peligrosos, sino que, porque se presentan como diferentes, como invitados, se les criminaliza y estigmatiza. El objetivo de todo esto no lo dice solo la antropología, sino también la más fría gestión empresarial: desde esta perspectiva es más fácil explotar y subyugar a grupos sociales completos provenientes de entornos empobrecidos.

En el último barómetro municipal presentado el pasado miércoles, la inseguridad ciudadana se situaba como el problema principal para los barceloneses. Hasta un 17,1% lo señalaba como su preocupación más destacada -frente a un 12,2% que señalaba la vivienda, o un 5,2% el turismo-, y donde sería ineludible situar, tras los titulares del verano, el mencionado binomio inseguridad-manteros. Así, mientras consideremos a estos colectivos, no como vecinos y vecinas que comparten con nosotros las preocupaciones cotidianas de la vida social de la ciudad, sino como meros invitados, no seremos capaces de romper la dinámica que vincula su presencia física con la inseguridad y viceversa. Los manteros no son extranjeros.

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