Cine y ciudad

Fuente: Paperblog.com

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Este texto lo escribí para el Programa de La Hamaca en línea en la Virreina Centre de la Imatge, Barcelona, dedicado a la ciudad.

Cine y ciudad

La relación entre la ciudad y el cine es tan vieja –o tan nueva- como éste último. No en vano, la que se considera la primera obra cinematográfica, La sortie des ouvriers de l’usine, grabada el 19 de marzo de 1895 por los hermanos Lumière, mostraba la salida de un grupo de trabajadores, en su mayoría mujeres, de una fábrica de Lyon.

La importancia, en la determinación de las formas y características de las ciudades, del proceso de industrialización vivido por algunos países del Hemisferio Occidental, aparece ya recogida por autores de importantes obras contemporáneas. Entre las mismas destacarían, por su perspectiva crítica, Contribución al problema de la vivienda, de Frederick Engels, o los trabajos que geógrafos como el francés Eliseo Reclús fueron publicando a lo largo de los años. Con anterioridad, ya había habido intentos de, ante los avances y efectos del triunfante capitalismo industrial, plantear diseños urbanos más humanos vinculados al medio rural y la naturaleza, los cuales, además, venían normalmente acompañados de proyectos de creación de nuevas sociedades. Serían los casos de socialistas utópicos como Étienne Calbet o Robert Owen que inspirarían aproximaciones más realistas y, sobre todo, más aceptables para los poderes burgueses, como la Ciudad Jardín de Ebenezer Howard.

Es, sin duda, a partir de ese momento que las ciudades viven una nueva edad de oro. La necesidad de mano de obra para abastecer el incesante número de factorías atrae y concentra gran cantidad de población campesina que ve, súbitamente, transformada su realidad cotidiana. El papel del cine como notario de los cambios sociales continua vigente. Gran ejemplo de ello es la obra de The City que, con guion de Lewis Mumford, fue elaborada, en 1939, para la New York World’s Fair.

Tal y como sugiriera el filósofo Henri Lefebvre, el urbanismo surge como ciencia destinada a ordenar la ciudad y la vida urbana al servicio del poder capitalista. Prueba de ello es la potencia, influencia y aceptación del Movimiento Arquitectónico Racionalista cuyo principal baluarte lo encontramos en la figura de Le Corbusier. Su elaboración funcional, fuertemente influenciada por la herencia de la Revolución Industrial, proponía una ciudad dividida según criterios organicistas en cuatro partes -vivir, trabajar, circular y descansar-. Hijos y nietos suyos son las grandes urbanizaciones del extrarradio y los polígonos de viviendas que surgieron en gran parte de Europa y Estados Unidos a partir de los años 50 del pasado siglo. Como no, el cine –con la ayuda de la televisión- seguía ahí para contar qué estaba pasando con las personas que vivían bajo un diseño utópico de realidad urbana que desconectaba las esferas sociales en un intento de simplificación al servicio del capital. Esas, a veces, auténticas pesadillas intentaban mostrar no solo la disposición de una estructura social construida a imagen y semejanza de las clases medias, sino también estructurar, léase controlar, a determinados grupos sociales que quedaban rezagados en sociedades cada vez más desiguales y segmentadas. La alegoría de la diferencia y la cotidianeidad que evidenciaban míticas series televisivas como The Adams Family o The Flintstones o el profundo hastío existencial reflejado en películas como The Graduate evidencia las contradicciones de estas nuevas áreas urbanas.

La década de los 70, con la irrupción de la última y vigente versión del capitalismo, el neoliberalismo, tiene en las ciudades un papel protagonista. El reequilibrio del papel del Estado, el paso del ejercicio del control social mediante la provisión de bienes y servicios colectivos a la puesta en marcha de un sistema de marcada responsabilidad individual y respuesta punitiva, se ve plasmado en el cuidado y consideración del espacio urbano como generador de plusvalías. Esto lleva a determinadas áreas de la ciudad al más profundo abandono mientras que otras, las más céntricas, son objeto de limpieza e higienización. Estamos en el Nueva York de Taxi Driver y Fort Apache, The Bronx, y, de forma más reciente, en las periferias de Paris mostradas en La Haine o el extrarradio de Madrid de Barrio.

En definitiva, cine y ciudad, como luego televisión y ciudad, imágenes y ciudad, son fenómenos que nacieron juntos y que se han alimentado el uno del otro desde hace décadas.

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