Software y hardware urbano en Barcelona

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en el Diari Públic el pasado día 08/01/2017

Software y hardware urbano en Barcelona

¿Qué está pasando en Barcelona? ¿Por qué la tibia reactivación del ciclo productivo general está afectando de esa manera a los vecinos y vecinas de la capital catalana? ¿Cómo es que palabras hasta ahora ajenas al vocabulario popular –gentrificación, turistificación, etc.- aparecen en las conversaciones cotidianas? ¿Qué hay en la historia reciente de Barcelona que nos pueda ayudar a comprender esta situación?

Una ciudad es más que sus edificios, su entramado urbano, sus calles y plazas, sus jardines, equipamientos, accesos, carreteras, fábricas y comercios. Una ciudad es también su gente. Esto, aunque parezca una obviedad, es frecuentemente olvidado por arquitectos y urbanistas, por políticos y tecnócratas, cuando piensan sobre el futuro de la ciudad. Quizás sea un poco cruel incluirlos a todos en el mismo saco pues, al fin y al cabo, los primeros se encuentran al servicio de los segundos. Sin embargo, esto no quita que éstos frecuentemente piensen la ciudad desde el plano, desde la simple bi o tridimensionalidad que ofrece el papel o los programas informáticos usados, en la mayoría de ocasiones, en la soledad de oficinas, gabinetes y estudios, olvidando la complejidad de la vida urbana.

Políticos y tecnócratas, en gran número de ocasiones, no en todas, también obedecen a alguien. Podríamos concluir, de forma un tanto naif, que este alguien serían sus votantes, los vecinos y vecinas de la ciudad -odio la palabra ciudadanía-, pero no es así. En realidad, podría ser que, como decía Marx, el “poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”. Entiendo que esta aseveración es fácil de criticar, sobre todo en nuestros días, donde el discurso hegemónico pasa por obviar la más que evidente desigualdad que rige las democracias liberales en las que vivimos y donde mencionar conceptos como clase o burguesía queda de lo más anacrónico. Lo confieso, soy un anacrónico, pero sinceramente pienso que esto es así.

Voy con otra anacronía, “la política no es más que la expresión más condensada de la economía”. Esto lo decía Lenin en la segunda década del siglo XX y, aunque le pese a gente como Antonio Elorza, sigue teniendo una gran vigencia. Podría parecer que no, pero estas aseveraciones, realizadas hace, en el mejor de los casos, cien años, están íntimamente emparentadas con lo que está ocurriendo en Barcelona.

La capital de Catalunya lleva años inmersa en un profundo proceso de transformación urbana que se pretende urbanística. Estos cambios obedecen al deseo de unos gobernantes que durante décadas se han empeñado en cambiar el paradigma productivo de la ciudad. De polo industrial a área terciarizada con preponderancia de actividades vinculadas al turismo. Del fordismo al post-fordismo sin estaciones intermedias. Unos cambios, además, que han contado con el beneplácito, cuando no con el aplauso, de poderosos sectores productivos locales que han crecido, precisamente, al calor de dichas políticas.

En esa dinámica ha jugado un papel especialmente preponderante la arquitectura de grandes firmas y el urbanismo higienizante. En Barcelona contamos con barrios –como la Vila Olímpica- donde cada uno de los edificios que lo conforman cuenta con la firma de un arquitecto o equipo de arquitectos galardonado con un Premio FAD. Con contenedores culturales como el Auditori, de Moneo, el Teatre Nacional, de Bofill o el MACBA, de Richard Meier, y con elementos singulares, como la Torre de Collserola, de Norma Foster, o el Puente de Bac de Roda, de Calatrava.

Tenemos la suerte, también, de haber convertido el centro histórico en un parque temático. Ya desde su temprana creación por parte de los políticos de la Lliga Regionalista, el Barri Gòtic ha desempeñado -con altibajos, eso sí- con eficiencia su papel de referente simbólico-ideológico y de elemento de atracción turística principal. Solo hay que darse hoy día una vuelta por su entramado para ver, hasta qué punto, el Gótico se ha convertido en una especie de Disneyland a cielo abierto donde los figurantes no cobran –son los vecinos y vecinas- o se encuentran en peligro de extinción. Para un turista que visita la calle Portaferrisa es mucho más fácil tropezarse con otro turista que con algún barcelonés.

Hay zonas completas, además, destinadas a convertirse en nuevas Mointain Views, como el Distrito 22@ en el Poblenou. O nuevas áreas de centralidad especializadas en el ocio y la recreación, como Diagonal Mar y las inmediaciones del Fòrum.

En definitiva, Barcelona cuenta con un hardware, una estructura compuesta con un número de elementos físicos que la dotan de presencia material. Este hardware, como decía, viene diseñándose desde hace mucho, aunque sin duda sus principales protagonistas han sido los equipos de gobierno municipales surgidos de la Transición –o Transacción como ironizara Julio Anguita- y que han gobernado la ciudad durante más de 30 años. Y entre ellos Pasqual Maragall, aquel que, como decía Manuel Vázquez Montalbán, había asumido el proyecto de la Gran Barcelona de Porcioles, ex alcalde franquista, “no porque coincida exactamente con su ideal urbanístico original, sino por mandato genético”.

Ahora bien, para ser perfectamente ejecutado, ese hardware necesita del software adecuado. Todos hemos sufrido el hecho de, continuando con la metáfora, contar con un ordenador anticuado e intentar ponerlo a funcionar con un programa excesivamente actualizado. Es literalmente imposible trabajar con él. Algo parecido pasa en sentido contrario. De nada sirve tener el mejor de los ordenadores disponibles en el mercado e intentar sacarle el máximo provecho ejecutando única y exclusivamente el MS-DOS. Pues algo así pasa con las ciudades. En Barcelona, contar con un hardware de máximo nivel no garantizaba su proyección internacional como ciudad global, su plena transformación post-fordista, así que fue necesario instalarle un software adecuado. La ciudad condal cuenta con varios de estos programas instalados, aunque el más destacado se llama Ordenanza Cívica.

La Ordenanza cívica forma parte del software de Barcelona o, como señalan otros autores, es la forma en que la polis ha tratado de controlar la urbs. Lo que esta normativa persigue no es más que limpiar la ciudad en un sentido social -de prostitutas, de pobres, de incívicos, de manteros-, en definitiva, eliminar todo aquel rastro, aquellas motas que enturbian y empañan la Barcelona puesta al servicio de la inversión y del capital. Para encajar perfectamente en el mercado de ciudades, Barcelona se ha tenido que convertir en una ciudad de clases medias o, como decía hace poco el filósofo Santiago López-Petit, de ciudadanos identificados con emprendedores con éxito.

Así que ya tenemos los dos componentes, software y hardware trabajando juntos y de la mano por un futuro de ciudad pensado por políticos y tecnócratas emparentados socialmente –una etnia social que finalmente asume su identidad, Vázquez Montalbán dixit- que han actuado tradicionalmente como el consejo de administración de unos intereses colectivos alejados de la gran mayoría.

Uno y otro componente se necesitan, son mutuamente necesarios para construir la Barcelona exclusiva y, por tanto, excluyente de nuestros días, aquella que, tal y como el Presidente del Colegio de Administradores de la Propiedad Inmobiliaria (APIs) nos recordara estos días, debe “asumir que no todo el mundo puede vivir en el Eixample, Gràcia, Les Corts o Ciutat Vella”. Y punto.

Y ahí tenemos, al menos, parte de la explicación. De este modo, si verdaderamente queremos acceder al tan manoseado derecho a la ciudad en Barcelona –algo que, aunque desde opciones políticas hoy en el poder municipal se empeñen en relacionar con cuestiones estrictamente legales, no es así- tenemos que empezar por cambiar el software y convertirnos en los verdaderos dueños del hardware. Solo así será posible que, aunque nos llamen anacrónicos, Barcelona sea una ciudad de y para sus gentes.

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