Llegamos tarde

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en el diario Público el pasado día 18/12/2016.

Llegamos tarde

Llegamos tarde. La cercavila había comenzado a las 11.30 justo al lado del solar que, si nada lo evita, acabará ocupando un nuevo hotel en las inmediaciones del Museu Marítim de Barcelona, en Drassanes. Eran más de las 13.00 h.- y nosotros ya estábamos al final del recorrido viendo como preparaban una paella popular miembros de los colectivos que organizaban la manifestación. Imposible quedarnos a esperar por dos motivos: primero, porque en la esquina de la Ronda Sant Pau, donde se encuentra esta improvisada cocina, en el edificio de la Rimaia, no hay un solo sitio para sentarse decentemente y, segundo, porque llevábamos tres niñas menores de ocho años que solo querían jugar y jugar. Decidimos buscar un parque y sumarnos al final de la cercavila un poco más tarde.

Podría decirse que el proceso de turistificación que vive Barcelona es de todo menos inesperado. La apuesta por una ciudad con una economía estrechamente vinculada al turismo tiene décadas y saltó de un régimen político a otro. Aunque la Barcelona ciudad global es un fenómeno relativamente reciente, al menos desde las Olimpiadas del año 1992, las primeras iniciativas con el objetivo de convertir la capital de Catalunya en un referente turístico provienen de principios del siglo XX. Sin ir más lejos, la invención del Barri Gòtic como parque temático podría, incluso, remitirnos al proyecto de dotar a Barcelona de un centro histórico acorde a la ambición política y cultural de arquitectos como Puig i Cadafalch y partidos como la Lliga Regionalista. La ciudad ya puso en marcha, por aquel entonces, su Societat d’Atracció de Forasters, iniciativa municipal que contó con la participación de la Diputació y de capitales provenientes de la banca, el comercio y la industria, en una especie de previa de la colaboración público-privada que caracterizaría el Modelo Barcelona años después, y que editó incluso películas con nombres tan ilustrativos como el de Barcelona, perla del mediterráneo.

Habría que esperar hasta la tímida apertura Franquista después del primer periodo autárquico de la Dictadura y al alcalde Porcioles, en los años 60, para volver a presenciar una apuesta política por el turismo de similares características. La Barcelona ciudad de Congresos, que también contó con su correspondiente publicidad audiovisual institucional, apostó por una Barcelona atractiva para los visitantes y el capital centrada, sobre todo, en las ferias y convenciones empresariales, mediante aquello que, hoy día, se denomina Turismo MICE (Meetings, Incentives, Conventions and Exhibitions, por sus siglas en inglés). Pero también con intentos de transformar grandes áreas de la ciudad -a través de profundas reformas urbanísticas, como la del Plan de la Ribera en el popular barrio del Poblenou-, de forma que la Perla del Mediterráneo se convirtiera en una auténtica Copacabana Barcelonesa. Fueron precisamente estos intentos de transformación de la ciudad desde un tipo de capitalismo fordista e industrial a otro flexible vinculado al sector terciario (comercio, turismo, etc.) los que desataron los primeros e importantes movimientos sociales urbanos después de décadas de sometimiento político: las asociaciones de vecinos.

La Barcelona democrática salida de la Transición no solo no detuvo esa transformación sino que, mediante actuaciones como las desarrolladas con motivo de los Juegos Olímpicos o, posteriormente, la celebración del Fòrum de les Cultures, abundó en ella con las consecuencias hoy día por todos conocidas: la creación de una ciudad de y para las clases medias centrada en el consumo como privilegiada forma de relación social. Sin embargo, la semilla sembrada por el movimiento vecinal de los 70, aunque posteriormente absorbido éste por las dinámicas institucionales, llegó a producir resistencias incluso a unos Juegos que se presentaron como un verdadero ejemplo de consenso ciudadano. Ahí está el ejemplo de la Comissió Icària, iniciativa de contestación frente al modelo de ciudad poco conocido, pero no por ello menos importante, o la acción Paterem el Fòrum, organizada por toda una pléyade de colectivos, organizaciones y movimientos sociales de la ciudad en pro de un objetivo común: desmontar el mito del Modelo Barcelona.

La ciudad crece a golpe de mega evento, pero también a golpe de mega evento construye un tejido social denso que ha sido capaz de dar lugar a la #AcampadaBcn, del 15M, y a todas sus asambleas barriales; al movimiento V de Vivienda, de lucha contra la violencia urbanística y especulativa, y germen de la popular Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH); a la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible (ABTS), plataforma que agrupa a más de 27 entidades y colectivos e, incluso, a iniciativas políticas dirigidas a alcanzar el poder municipal como Barcelona en Comú (BeC). Sin embargo, ni unos ni otros han (hemos) conseguido detener el brutal proceso de expulsión y desplazamiento socio-espacial que vive la ciudad, aunque tampoco se les puede culpar exclusivamente ya que la dinámica, como he intentado mostrar, viene de lejos.

La cultura de la propiedad promocionada por la Dictadura (convertir a los proletarios en propietarios), alentada por unos partidos políticos que se dicen socialdemócratas pero que se han subido desde el primer momento al carro del neoliberalismo (es famosa la frase del ex Ministro Carlos Solchaga que señalaba que “España es el país de Europa donde es más fácil hacerse rico”), sitúa la ciudad como referente principal, entre otras cuestiones, de la continuidad del proceso de acumulación capitalista. Como decía Bourdieu, “el Estado es el Banco Central del capital simbólico”, él tiene la potestad casi monopólica de legitimar acciones, procesos e ideologías que, como el neoliberalismo, influyen de manera negativa en la vida de las ciudades.

Son las 14.15 y la cercavila ha llegado a su meta. Se lee el manifiesto “Defensem les persones, defensem els nostres barris contra la gentrificació”, y la gente comienza a hacer la cola para obtener el ticket con el que, posteriormente, acceder a su plato de paella. Las niñas tienen hambre  y no pueden esperar su plato, así que buscamos algo que atempere un poco la espera. El ambiente, más de 300 participantes, es animado, casi de fiesta, pese a la violencia urbana y simbólica que vive el entorno de la Ronda Sant Pau, el barrio del Raval, Sant Antoni y Poble-sec, últimos barrios céntricos de la ciudad que no han sido completamente turistificados.

Volviendo a Bourdieu, el sociólogo francés señalaba que “el derecho es siempre la codificación de la relación de fuerzas”. ¿Seremos capaces de girar dicha relación, de cambiar ese derecho?, ¿tendremos que abandonar, finalmente, nuestras calles y casas?, ¿hemos llegado tarde?

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