Cuando lo único que te queda es el honor

Fuente: rtve.es

Hace escasamente dos semanas, algunos de los principales medios de comunicación abrían noticieros y editoriales con una noticia sobrecogedora: una pareja de ancianos llevaba dos noches durmiendo en un céntrico parque de Oviedo, Asturias, después de haber sido desahuciados por impago del alquiler de la casa que llevaban ocupando desde hacía más de diez años. Los distintos, y siempre débiles, protocolos habían fallado y las instancias implicadas, una vez solventada una situación que dista de ser coyuntural y hace tiempo que es estructural, comenzaron a buscar el origen del problema y a la institución responsable. Al parecer, el Juzgado asturiano correspondiente desconocía la edad de los afectados -solo les constaba que eran mayores de edad-, por lo que el convenio firmado entre éste y los servicios sociales del Principado para evitar estas situaciones no llegó nunca a activarse. Un pequeño desliz que acabó con dos personas mayores pasando un par de noches a la intemperie.

Sin embargo, más allá del típico tira y afloja que siempre aparece cuando los organismos, acuerdos y convenios diseñados para evitar este tipo de casos fallan estrepitosamente, la pregunta que rondaba la cabeza de más de uno y una -entre los que me incluyo- es, ¿por qué no comentó esta pareja su situación, no solo a las instituciones encargadas de ayudarles, sino a sus más íntimos allegados, sus familiares y amigos?, ¿es que acaso no tenían a nadie que pudiera echarles una mano? Ahondando en la noticia era posible descubrir que existía una familia que hubiera podido ayudarles. Entonces, ¿qué había pasado?

Decía Julian Pitt-Rivers, el antropólogo inglés que estudió en los años 60 del pasado siglo el pueblo andaluz de Grazalema y el papel que el honor jugaba en las sociedades mediterráneas, que socialmente es posible hablar de dos tipos de honores: el de precedencia y el de permanencia. El primero de los mismos hace referencia a “la posesión, o cuanto menos el usufructo, de elementos y atributos que encarnen implícitamente una representación de preeminencia y primacía, y cuyo requisito indispensable consiste, por definición, en la monopolización de sus rasgos fundamentales por un limitado estrato de población, más o menos amplio, pero siempre minoritario” (Maiza, 1995), mientras que el segundo de los mismos está relacionado con la difusión general del fenómeno.

El honor, de este modo, es un valor intangible que no te pertenece a los individuos, sino a su familia o linaje y es transmitido de generación en generación como un legado de carácter colectivo. Además, como bien de carácter especial puede verse incrementado o disminuido en función del comportamiento y actuación de los diferentes miembros del clan. Es decir, nadie está en posesión del honor más que temporalmente, de forma que la responsabilidad de cada miembro de la familia no le atañe únicamente a él o ella, sino a la totalidad del grupo social. Por otro lado, como auténtico capital simbólico, que diría Bourdieu, contribuye a situar a las personas dentro del espacio social que es la sociedad; un auténtico eje de coordenadas que no se encuentra únicamente determinado por el capital económico, sino también por otros elementos como el estatus, el nivel educativo, etc.

Bajo esta premisa, es posible entender, como primera y sencilla aproximación, que la pareja de ancianos asturianos no quisiera poner en conocimiento de sus familiares y amigos su situación: el honor de todos ellos estaba en juego. Todos podemos estar en una situación de emergencia económica en un momento u otro de la vida; puedes perder el empleo, la casa, el coche o cualquier otra cosa material. Pero cuando te han quitado todo eso, solo te queda una cosa que no puedes perder ya que no es tuya: tu honor.

Referencias

Maiza, C. (1995) Espacio, Tiempo y Forma, Serie IV, Historia Moderna, t. 8, págs. 191-209.

Pitt-Rivers, J. (1964) The people of the Sierra. Chicago: University Chicago Press.

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