El mercado hasta en la sopa

Fuente: Propia

Una vez, cuando era pequeño, mis padres nos dejaron a mí y a mis hermanos con unos vecinos toda una noche. Mi abuela había tenido un problema médico, fue llevada al hospital y no quisieron dejarla sola. Todavía recuerdo el cepillo de dientes eléctrico que encontramos en aquel cuarto de baño extraño. Nunca había visto nada igual. Dormimos apretujados y mal y, al día siguiente, temprano en la mañana, mi padre vino a recogernos y nos llevó de nuevo a casa.

Hace poco, viviendo muy lejos y en otra ciudad, un amigo, dueño de un taller de bicicletas, al verme entrar en su tienda le dijo a uno de sus compañeros y empleados: “A este tratarlo bien, que es vecino y puede que un día me tenga que recoger del suelo”.

Como decía Robert E. Park, las ciudades son  ‘el intento más exitoso del ser humano de rehacer el mundo en el que vive de acuerdo con el deseo más íntimo de su corazón’. La vida en la ciudad permite el uso de unos recursos siempre escasos y desplegar la potencialidad que ofrecen las relaciones sociales. Los barrios, por su parte, como escenarios privilegiados de la intensificación de la vida nerviosa, tal y como nos señalara Georg Simmel, son testigos cotidianos de relaciones sociales propias del modo de producción vigente, el capitalista, relaciones mercantiles, racionales e higiénicas que persiguen la maximización de los intereses individuales. Sin embargo, también son el lugar ideal para el desarrollo de procesos de redistribución, reciprocidad e intercambio de bienes y servicios completamente ajenos a las fuerzas del mercado. Ejemplo de ellos son las dos breves historias arriba reseñadas.

No obstante, estas esferas ajenas a las dinámicas capitalistas corren el peligro de verse absorbidas por la ola neoliberal que protagoniza la vida social en Occidente desde hace casi cinco décadas. La necesidad continua de acumular capital nos lleva a ver cómo, día tras día, espacios libres de supuesta  racionalidad económica sucumben ante la ideología del libre mercado. Los ejemplos más recientes llegan hasta el interior de nuestros hogares: aplicaciones para móviles y empresas de software como Airbnb o Homeway nos han llegado a convencer de que la vivienda en un recurso más, un asset, como se denomina en el argot del ramo, que debe ser puesto en valor y explotado. Bajo un discurso vacío y desconflictivizado, expresiones tan complejas como comunidad, vecinos, local y otras, son dispuestas al servicio de la explotación comercial.

Estos días somos testigos de una nueva vuelta de tuerca a la mercantilización de los procesos sociales que suponen estas herramientas del denominado capitalismo de plataforma. En las paredes de mi barrio han aparecido unos carteles, aparentemente caseros y sin ningún formalismo, que invitan a los vecinos y vecinas a unirse a la red social ¿Tienes sal?. Según su web se trata de una herramienta con la que “podrás comunicarte fácilmente con tu edificio, tu vecindario o los alrededores”. Para ello solo tienes que registrarte, facilitando tus datos personales y, tras la verificación de tu perfil, ya podrás ponerte en “contacto fácilmente con tus vecinos gracias a ¿Tienes sal?”. Según algunos medios, la iniciativa, en estos momentos, “depende de inversores, aunque para poder ser autosuficientes en el futuro, […] ha pensado en incluir publicidad de pequeños comercios”.

Vemos, de este modo, como el mercado, de nuevo bajo un discurso localista y de proximidad, aparece en nuestra propia sopa, que por lo visto está sosa, intentando introducirse en nuestras vidas, en las relaciones más cercanas, aquellas que establecemos con nuestros propios vecinos y vecinas, y todo sin necesidad de salir de casa, esa incomodidad que supone salir a la calle, verlos directamente, tocarlos, escucharlos.

Sinceramente, no soy capaz de verme dejando a mi hija a cargo de un vecino o vecina que he conocido en una app. Y menos de hacerlo mientras una empresa se enriquece vendiendo mis datos personales o bombardeándome con publicidad.

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