Marx en Barcelona

Fuente: ABTS Photoreporters

Sí, efectivamente. Aquellos y aquellas que hayáis reconocido en el título del presente artículo una referencia nada velada a aquel otro texto de Víctor Lapuente publicado en El País hace casi un año habéis acertado. Sin embargo, el presente texto no va sobre el principio de realidad freudiano -o sí, quién sabe- ni del proceso independentista catalán.

Nos acercamos a un decisivo año electoral y los actores en contienda van tomando posiciones. En lo que respecta a Barcelona, las diferentes fichas de este gigantesco dominó se precipitan. Nuevos y viejos candidatos y candidatas, nuevas y viejas siglas y partidos. Y como se suele escuchar decir del equipo de fútbol local, “Barcelona es más que un club”: es una metrópolis global, es la capital de una futura supuesta República, es una ciutat morta, es la perla del Mediterráneo. Es eso y mucho más. Es una ciudad en disputa, no solo material, sino también simbólica. Y ahí es donde Marx entra en juego.

La obra del pensador alemán es profusa en contenido y potencialidad. Dejó muchas cosas escritas, pero también otras tantas por desarrollar. En lo referente al caso de Barcelona me referiré únicamente a dos de ellas: el fetichismo de la mercancía y la definición de capital como valor en movimiento. Vamos por partes.

Fuente: ABTS Photoreporters

Hoy en día, una ciudad no deja de ser un producto, un bien de consumo. Tanto es así que, incluso, han surgido técnicas para venderla, el conocido como City Brading. En esto Barcelona no es diferente a las demás y cuenta con su propia Marca Barcelona. Ahora bien, como mercancía, la capital catalana tiene que mostrarse atractiva, seductora e interesante hacía sus consumidores, pero también neutra, desconflictivizada e higiénica, lista para ser consumida. Sin embargo, tras el encantamiento de la Marca se escondería la realidad de unas relaciones sociales crudas y reales, las propias de un modo de producción, el vigente, que se caracteriza por la desposesión. A modo de ejemplo, multitud de terrazas de bares y restaurantes pueblan las calles y plazas ocultando la realidad de una privatización encubierta del espacio público y el intento, entre otras cuestiones, de controlar el qué y el cómo ocurre en la ciudad. He ahí la explicación de la reciente línea de mesas y sillas situadas a discreción en el área cercana a la Barceloneta conocida como Palau de Mar y el consiguiente desplazamiento del top manta justo a las grandes aceras del Paseo Joan de Borbó. Venta de ciudad y desplazamiento del conflicto.

Pero esta realidad no solo es ocultada en forma de fetiche, sino que también contribuye al sostenimiento imparable de la creación de valor. Igual que un tiburón, debido a su sistema particular de filtración el agua y respiración, debe nada siempre y únicamente hacia delante en el mar, la economía capitalista solo es sostenible si se mantiene en constante movimiento y crecimiento, alcanzando esferas de la vida social hasta ese momento ajenas a las dinámicas mercantiles. Este es el caso del éxito reciente -por magnitud y volumen de capitalización- de las aplicaciones del denominado como capitalismo de plataforma, Airbnb, Cabify, etc., pero también de la puesta a disposición del sistema de hasta el último centímetro cuadrado de suelo urbano: viviendas y locales comerciales, sí, pero también las calles y las plazas de la ciudad.

La lucha por la ciudad, de este modo, no se dirime solo en despachos oficiales, sedes de partidos y elecciones locales, sino también en la forma y el tiempo en que los habitantes de la ciudad se apropian de su espacio, concepto este último bastante diferente al de consumo.

Valor de uso versus valor de cambio, que diría un Marx que, como hemos visto, se encuentra en Barcelona.

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