Franco, Victoria, República. Entre la legitimidad y la dominación

Fuente: Beppe Aricó (OACU)

Fuente: Beppe Aricó (OACU)

Este artículo fue publicado originalmente en el Periódico Diagonal el pasado día 19/10/2016.

Franco, Victoria, República. Entre la legitimidad y la dominación

No se puede negar que Barcelona es una ciudad donde es difícil aburrirse. Y no lo digo solo porque se haya convertido en una potencia turística de primer nivel, cuarta ciudad del mundo por número de selfies, principal destino de los estudiantes Erasmus en Europa y referente por antonomasia de la nueva política chachi-guay municipal, sino también por las polémicas que, de vez en cuando, se presentan de forma inesperada (y no tanto).

Esta semana, por ejemplo, nos hemos levantado con la generada por la exposición “Franco, Victoria, República. Impunitat i espai urbà”, la cual cuenta, entre sus elementos principales, con un conjunto escultórico conformado por una Victoria franquista que proyecta su sombra sobre una alegoría republicana, y que se enfrenta a una decapitada estatua ecuestre de Franco. El contexto sobre el que se levanta la exposición no es neutro, pues se trata del, ahora rebautizado como, Born Centre Cultural i de Memòria, cuya primera exhibición “Fins a conseguir-ho. El setge de 1714”, representaba, en cierta medida, un ajuste de cuentas con el asedio borbónico que sufrió la ciudad a comienzos del siglo XVIII, y fue llamado por su primer director “la zona cero de los catalanes”.

El pasado lunes, día de su inauguración, el ruido mediático que había acompañado la exposición desde su anuncio, se hizo carne mediante ciertas algaradas en la explanada misma del Centre Cultural. Ahora bien, más allá de la polémica sobre si se trata de una afrenta a la catalanidad o un intento de recuperar parte de nuestra memoria histórica –auténtico oxímoron social y tema que trataré al final del presente texto- no estamos, sin lugar a dudas, ante ninguna novedad en el orden político y social en el que nos movemos. Más bien al contrario, algo que puede que merezca una breve reflexión al respecto.

Hace ya casi un sigo que Max Weber señaló las diferencias existentes entre poder y dominación. Así, poder sería la probabilidad de imponer a otro su propia voluntad, independientemente de la capacidad de resistencia que tuviera el sometido, mientras que dominación  sería la probabilidad de encontrar obediencia a dicha voluntad. Desde siempre, aquellos que han ejercido el poder han sido conscientes de la imposibilidad de mandar eficazmente (en palabras de Weber), esto es, de forma efectiva y sostenida en el tiempo, por lo que han buscado formas de lograr obediencia a través de la legitimidad de sus prácticas.

En este sentido, la sangrienta Dictadura de Franco desplegó todo un abanico simbólico y discursivo –principalmente católico, apoyándose en la realidad religiosa del Estado español de aquel entonces- sin otro objetivo que alcanzar dicha legitimación. Para ello envolvió, sobre todo en los primeros años de su gobierno, el relato de su rebelión contra el orden democrático republicano bajo la forma de Cruzada; se (re)presentó, de forma continua, como tocado por la gracia de Dios –apariciones bajo Palio, adopción de la iconografía religiosa clásica, etc.- y parasitó y manipuló algunos de los principales referentes religiosos populares, como la Virgen del Pilar o Santiago Apóstol, en una demostración más que evidente de su falta de originalidad. Como curiosidad, citar que el sobrenombre con el que se calificó a Franco, Caudillo, al igual que lo hicieron el Furher alemán o el Duce italiano, tiene varios significados: jefe o guía, pero también cabeza de un grupo. Y es precisamente la cabeza la parte que le falta a la estatua exhibida en el Born.

Sin embargo, ésta búsqueda de legitimidad no es exclusiva de los regímenes dictatoriales, sino que es perfectamente posible encontrarla incluso en las actuales y consolidadas democracias liberales. Continuando con el Estado español, la sacralidad del relato oficial de la Transición jugaría un papel similar al de la cruzada franquista, aunque en sentido contrario. ¿Qué otra razón tendría la popularización de la famosa serie de Victoria Prego sobre dicho periodo histórico que la de dotar de cierta mística –de nuevo la connotación religiosa- a unos hechos presentados como una lucha titánica contra la caverna, el bunker, la reacción? Y aquí en Catalunya, ¿no lucen los Presidents de la Generalitat un número ordinal –el Honorable Carles Puigdemont el 130º- que les legitima en su rol de continuadores de la antigua Diputació del General medieval? Y, más cerca aún, en Barcelona, ahora que se celebra el aniversario de la elección de la ciudad como sede olímpica, ¿no se hizo una llamada a la participación y al voluntariado con el objetivo de ser los mejores Juegos Olímpicos de la historia?, ¿no legitimó este éxito en parte a Pasqual Maragall, y a todos los alcaldes socialistas posteriores, para continuar con la transformación de Barcelona en clave neoliberal?

Evidentemente no es lo mismo la dominación ejercida por un President o un alcalde que han obtenido su puesto gracias a un proceso electoral democrático plural, que la obtenida por de un General mediante un cruel golde de Estado que necesita investirse creencias y tradiciones para dotarse de legitimidad. Sin embargo, a nivel sociológico, los dispositivos que operan serían similares.

Es precisamente la legitimidad del actual Ayuntamiento de los comunes la que le lleva a propiciar una exposición con la que pretende, según sus propias declaraciones, hacer reflexionar sobre “las características de la propia democracia”, o sobre “la destrucción moral y material que sufrió España durante la Guerra Civil”. Sin embargo, más allá de las actuaciones  de algunos hiperventilados –exabruptos contra miembros de la Associació Amical de Mauthausen y la Catalana d’Expresos Polítics del Franquisme, entre otras, de unos exaltados que viven la ensoñación de que Catalunya fue una especie de isla llena de demócratas dentro del franquismo, como si Samaranch, Porcioles, etc. no hubieran existido- , hechos minoritarios que han sido convenientemente exacerbados por algunos medios de comunicación, es necesario recordar una cosa y es que, a diferencia de lo ocurrido en países como Alemania o Italia, Franco murió en su cama. Aquí no hubo ni tropas aliadas desfilando por la Gran Vía, ni día de la liberación, ni tanques soviéticos como los que tomaron Berlín. Y no solo eso, sino que el principal partido del Congreso, el PP, se niega sistemáticamente a reconocer los crímenes del franquismo. La historia puede decir una cosa, pero la memoria colectiva, la memoria viva de la gente dice otra, y eso es que un sistema democrático no será nunca estrictamente legítimo si está construido sobre las espaldas –y las tumbas- de los perdedores. Podrá ser poder, pero no dominación.

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