Pepe Rubianes y la construcción de la memoria espacial de la ciudad

Fuente: barcelona.cat

El Gobierno de Barcelona, en manos de los comunes, ha aprovechado el aniversario de la proclamación de la II República Española para celebrar lo que han denominado Primavera Republicana. Se trata de toda una semana de diferentes actos -conciertos, exposiciones, charlas, ofrendas, etc.- con el que pretenden rendir homenaje a unos de los pocos periodos realmente democráticos -el único, si tenemos en cuenta la historia constitucional, según el catedrático Pérez Royo- de la historia reciente de España.

Entre los eventos programados se encuentra el cambio de nombre de una calle del barrio de la Barceloneta. Se trata éste, la mayoría de las veces, de un acto de carácter burocrático, solicitado y aprobado en instancias poco glamurosas de los Ayuntamientos, alejadas de los plenos y las comisiones donde realmente se decide el futuro de las ciudades. Sin embargo, el rebautizo de la calle que va desde el Passeig Joan de Borbó hasta el Passeig Marítim de la Barceloneta, de Almirall Cervera a Pepe Rubianes, no ha dejado indiferente a muchos y muchas. Desde luego, en ello seguro ha tenido que ver la calma tensa que vive la política catalana y, por extensión, la barcelonesa, con la elección del próximo President de la Generalitat de fondo, las manifestaciones por los políticos encarcelados y la vigencia total del artículo 155 de la Constitución. Sin embargo, no debemos olvidar añadir a ello, la situación de relativa debilidad del Gobierno de Ada Colau, la proximidad de las próximas elecciones, las medidas tomadas por el Ayuntamiento de los comunes, etc. Realmente, la coyuntura podría no ser la más propicia para la realización de dicho cambio en el nombre de la calle, aunque claro, ante esta cuestión también cabría preguntarse, entonces, ¿cuál sería ese momento?

De lo que no podemos tener ningún tipo de duda es de que, si algo posee la institución municipal, es de la legitimidad para realizar este tipo de actos. Una legitimidad -basada en el hecho de haber ganado, aunque sea por la mínima, unas elecciones- que no solo le da la capacidad de actuación, sino que también le otorga el poder de replantear y redefinir la memoria espacial de la ciudad. Así lo hicieron muchos de sus antecesores.

Las calles de Eixample de Barcelona no reciben nombres tales como Girona, Aragó, València, Viladomat o Conde d’Urgell por una cuestión gratuita. Los políticos que manejaron las riendas de la ciudad cuando el ensanche diseñado por Cerdà tomaba forma, no solo permitieron que se incumplieran escandalosamente los planes diseñados por este, sino que trazaron, mediante el callejero de la ciudad, un relato basado en su visión de Barcelona como capital de Catalunya. Es exactamente el mismo espíritu que les llevó a levantar un Barri Gòtic de la nada como referente simbólico de una clase social, la burguesía de aquellos años, ávida de unas referencias históricas y patrimoniales que, hasta ese momento, no habían tenido.

Tanto la posterior República, como el oscuro Franquismo, no tardaron en hacer lo mismo. Todavía es posible encontrar en Barcelona gente que llama Avenida Primo de Rivera a lo que hoy conocemos como Gran Via de les Corts Catalanes, o Plaza Calvo Sotelo a la actual Plaça Francesc Macià. Con este tipo de acciones, los poderes establecidos tratan de diseñar un imaginario colectivo acorde a sus propuestas y decisiones políticas. Influyen en una memoria colectiva local incidiendo en el espacio.

De este modo, este último cambio en el nomenclator barcelonés no deja de ser, más allá de una relativa molestia para sus vecinos y vecinas, un intento por recuperar para ese imaginario un referente de la cultura catalana como es Pepe Rubianes. Un tipo que tuvo la osadía de decir que la “unidad de España la sudaba la polla por delante y por detrás”, un provocador, un cómico. Un personaje, en definitiva, que encaja con la proyección de la ciudad que lleva en su ADN político Barcelona en comú. Y fijaos, no puedo estar más de acuerdo.

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