Contra la justicia global

Fuente: enjusticiaglobal.wordpress.com

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Este artículo fue publicado el pasado día 17/05/2016 en Periódico Diagonal

Contra la justicia global

Imaginemos una inmensa máquina diseñada para fabricar muñecos. Por un extremo el dispositivo recibe ciertos inputs, esto es, el plástico necesario para conformar las partes fundamentales del juguete, la tela para su ropa, el nylon y el vinilo para su cabello, etc., mientras que por el extremo contrario, y tras una compleja elaboración que implica numerosos procesos y transformaciones, se obtienen los muñecos.

Sin embargo, y como consecuencia del propio dispositivo, hete aquí que el resultado final siempre aparece dividido en dos partes: por un lado la cabeza y, por otro, el resto del cuerpo. Tras reunirse y recapacitar sobre ello, la solución de los técnicos al cargo de la máquina pasa por disponer, apostadas en la bandeja de salida, tantas personas como fueran necesarias para que, conforme cuerpo y cabeza vayan saliendo, sean juntadas a toda velocidad una parte con la otra de forma que se obtenga un producto a todas luces aceptable.

Pues bien, en relación al concepto de justicia global, aquellas propuestas aparentemente más progresistas son, en su mayoría, del tipo “máquina de muñecos”. Así, dentro de los planteamientos, tanto teóricos como prácticos, que se discuten hoy día en el ámbito académico e institucional –e incluso dentro de algunas organizaciones no gubernamentales- priman los relacionados con la responsabilidad negativa de los estados del Norte enriquecido sobre el Sur empobrecido y, dentro de ambos, de las élites sobre las clases populares. Es decir, entendiendo que la situación actual en muchos países es consecuencia de las actuaciones y los intereses económicos de grandes bancos y empresas multinacionales, así como de las políticas nacionales e internacionales llevadas a cabo por los gobiernos de Europa y Estados Unidos principalmente, se plantea la necesidad de intervenir para equilibrar la situación aludiendo al concepto de justifica global, aunque siempre desde una perspectiva moral. En este sentido, Thomas Pogge, filósofo de moda en ciertos círculos y movimientos pro-derechos humanos, propone por ejemplo el establecimiento de una especie de “Dividendo Global de los Recursos”, o DGR, como medida de justicia redistributiva que permitiera en cierta medida reparar los daños producidos en los países y en los sectores perdedores como consecuencia del funcionamiento del actual sistema económico mundial, esto es, debido a la actuación de las anteriormente citadas políticas y empresas multinacionales occidentales. Pogge añade, además, que las medidas redistributivas deben ser puestas en marcha sin ocasionar una alteración tangible en el sistema económico mundial. Se trata de una propuesta altamente realista, uno de cuyos ejemplos prácticos podría ser la puesta en marcha del impuesto a las transacciones internacionales o Tasa Tobin.

Dejando de lado otras propuestas, como las elaboradas desde la filosofía política liberal por Habermas o Rawls, que ni siquiera contemplan la posibilidad de implementar medidas de corte redistributivo en el ámbito económico y limitan la justicia global a mínimas intervenciones de defensa de los derechos humanos básicos –en el sentido de evitar violaciones masivas de los mismos- es necesario señalar que planteamientos como el de Pogge no entran de lleno en una cuestión fundamental: la necesidad, para la existencia de una verdadera justicia, de superar las relaciones estructurales de poder y dominación que determinan y reproducen las situaciones de pobreza y dependencia en el mundo.

Así, cualquier acercamiento al concepto de justicia global que no pase por un profundo conocimiento y análisis del funcionamiento del sistema capitalista y no proponga soluciones, quizás inicial y aparentemente poco realistas, pero más efectivas, que evidencien la necesidad de cambios estructurales; esto es, mientras continuemos únicamente con discursos plenos de significantes vacíos (como sociedad civil, participación o transformación social) y no pasemos a rediseñar la “máquina de muñecos”, seguiremos ante el mismo –y no tan metafórico- resultado final: juntando cuerpos y cabezas.

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