De la muerte de un barrio

Fuente: Propia

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Este artículo fue publicado originalmente en el blog SERES URBANOS de El País, el pasado día 22 de febrero de 2016.

De la muerte de un barrio

El carrer Pere IV és un carrer abandonat. Digues la teva! Participa! Esta y otras frases se encuentran entre las que un grupo de vecinos y vecinas del Poblenou, en Barcelona, agrupados bajo el paraguas de la Taula Eix Pere IV utiliza para dar a conocer su iniciativa de revitalización de esta importante parte del barrio.

Desde los inicios de la psicología social y la sociología, allá en el siglo XIX, el crecimiento y la transformación que se estaba produciendo en las ciudades –principalmente en zonas de Inglaterra, Francia y Alemania, pero también en Catalunya- se manifestaron como objetos de interés por parte de estas recién nacidas disciplinas. Los diferentes procesos de industrialización acelerada que estas áreas estaban viviendo, atraían a grandes grupos de población desde las zonas rurales en busca de un empleo y un mejor futuro. Sin embargo, esta atracción por el estudio de las masas no era únicamente una cuestión de cariz intelectual, sino que pronto se mostró también interesada. Así, la parte más conservadora de la Academia estudiaba el fenómeno con la intención de comprenderlo y encontrar los instrumentos pertinentes para su control y puesta al servicio de una burguesía que observaba como se ponía en peligro su hegemonía social y cultural.

Para autores como Georg Simmel, que escribió sobre el Berlín de final de siglo, la vida en la metrópolis estaría basada fundamentalmente en principios intelectuales. Las relaciones sociales producidas en dicho medio, alejadas del antiguo círculo cerrado de la aldea, se encontrarían mediadas económicamente, ya que todo aquello accesible a la razón es posible de formular de manera pecuniaria. Es decir, en la ciudad moderna, a la vez que aumenta la interdependencia entre los individuos debido a la división del trabajo, las ancestrales relaciones sociales de carácter primario se van desvaneciendo y éstas pasan a evaluarse desde el mero interés económico. Algo así como dejar de tener vecinos para pasar a tener proveedores. Esta y otras ideas serían recogidas, posteriormente, por la sociología urbana de la Escuela de Chicago donde autores como Robert E. Park afirmaron que, en la ciudad, “la solidaridad social (está) basada no ya en el sentimiento y en el hábito, sino en la comunidad de intereses”.

Nos hallaríamos así ante la perspectiva de un entramado social urbano basado en los valores del individualismo y la eficiencia económica y donde cierto tipo de vida colectiva –que no comunitaria- apenas tendría cabida. Sin embargo, las ciudades han demostrado ser algo más que todo eso. El ser humano, como ser social, ha creado relatos, memorias y discursos simbólico-ideológicos que luego han podido ser proyectados socioespacialmente y usados como instrumentos solidarios en situaciones de conflicto. Magníficos ejemplos de estos fenómenos los encontraríamos en algunos barrios de Barcelona, aunque también de otras ciudades.

Cuando la Taula Eix Pere IV reclama poder decidir sobre el futuro diseño de una parte esencial del Poblenou -como bien señala el sociólogo Albert Martin sobre el tan manido Plan 22@,  “reformulando o derogando” los planes pendientes de ejecutar-, o cuando parte de los vecinos de Vallcarca, cargados de razones, exigen y plantean alternativas a la Modificación del Plan General Metropolitano (MPGM) de 2002 que tan remarcables efectos ha tenido sobre su barrio, no estamos ante la manifestación de simples intereses económicos individuales, sino ante la evidencia de la existencia de un grupo social que lucha por la supremacía del valor de uso frente al valor de cambio que parece primar en la ciudad contemporánea.

De esta forma, muchos de aquellos barrios que se dieron por “muertos” siguen bien vivos, mientras que su ejemplo de acción y vida colectiva supone un auténtico mazazo para los que previeron su desaparición o su disolución en una simple suma de individuos.

 

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