La patrimonialización de la memoria

Entre las novedades aportadas por la última de las transformaciones globales sufridas por el capitalismo, el neoliberalismo, nos encontramos con determinados procesos de revalorización y explotación del espacio. Sería ésta una apuesta, supuestamente innovadora, por la diferenciación y caracterización de algunos territorios mediante políticas públicas y privadas que situarían como eje fundamental a la hora de llevar a cabo la planificación de las infraestructuras o la localización de los equipamientos, el fomento de la actividad económica, la creación de empleo, etc. En definitiva, se trataría de reconocer, movilizar y, finalmente, mercantilizar recursos paisajísticos, arquitectónicos, naturales y culturales que anteriormente formaban parte del bagaje y la memoria social e histórica de determinadas zonas pero que, mediante su puesta en valor, pasan a ser considerados como elementos productivos.

Este sería el caso y la justificación, en gran cantidad de ocasiones, de la declaración de enclaves o de amplias zonas como Parques Naturales, Monumentos Naturales y demás espacios naturales protegidos, o los Bienes de Interés Cultural y otras formas de protección del patrimonio histórico y monumental. En estas declaraciones juegan un papel muy importante los referentes simbólicos, lugares de memoria o memoria de lugares, los cuales aportarían la diferenciación y generarían el interés por su visita y conocimiento, así como su transformación en producto turístico. En sociedades post capitalistas como la Catalunya actual, altamente fragmentadas, las posibilidades de establecer estas diferenciaciones simbólicas son casi infinitas. Desde referentes religiosos o históricos -como Montserrat, o el Pi de les Tres Branques-, verdaderas claves de bóveda de la construcción nacional catalana, hasta las Rutas de los Contrabandistas entre Catalunya y Andorra, o las Montanyes de la Llibertat, itinerario que recuerda la huída de los refugiados españoles en su camino hacia Francia tras la victoria de Franco en la Guerra Civil, o la posterior entrada de judíos huyendo del holocausto durante la Segunda Guerra Mundial, se mostrarían como magníficos ejemplos de esta utilización con fines puramente económicos.

Sin embargo, estos recursos no son neutros, no permanecían desanclados de su realidad social más cercana o, en muchas ocasiones debido a la potencia de su significado, de la memoria de grupos sociales muy amplios. La transformación en paquete turístico de áreas sensibles -como la memoria de los exiliados o los judíos perseguidos por los Nazis-, cuenta con la potencialidad de convertirse en un recurso pedagógico sobre una importante parte de la historia de los pueblos, pero también de sufrir la banalización profunda de parte de la historia de grupos humanos que protagonizaron verdaderas epopeyas plenas de sufrimiento y temor y que, al final, ven como un pedazo de sus vidas es fetichizada, en el sentido marxista del término, y transformada simplemente en mercancías, en gran cantidad de ocasiones con el apoyo interesado de las propias administraciones públicas.

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