Els carrers seran sempre nostres

Fuente: Propia

Els carrers seran sempre nostres ha sido una de las consignas más coreadas estos días en las calles de Barcelona. Más allá de las consideraciones políticas, de los posicionamientos estrictos y de las adhesiones inquebrantables a uno de los dos trenes en choque, algo que, lamentablemente, descomplejiza y simplifica un asunto con gran cantidad de aristas, posibilidades y sombras, lo que sí parece volver a evidenciarse es que nos encontramos ante un nuevo ejemplo del siempre presente protagonismo que el espacio urbano tiene a la hora de mostrar la inherente conflictividad de las sociedades humanas en su vida en las ciudades. Un espacio urbano que deviene espacio ritual y que sitúa las manifestaciones políticas al mismo nivel que otras demostraciones y ocupaciones similares de la vía pública, tales como las procesiones religiosas o los desfiles militares.

Desde las concentraciones multitudinarias que se produjeron el día 20 de septiembre, tanto en la sede de la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), como a las puertas del Departament de la Vicepresidència i d’Economia i Hisenda, hasta la posterior acampada –breve-, ese mismo día a las puertas del Tribunal Superior de Justicia de Catalunya, pasando por las assegudes a las puertas de los colegios electorales el día 1 de octubre,  las posteriores manifestaciones de repulsa, la huelga/aturada del día 3, etc., todas ellas podrían responder a esa marcada ritualización que todavía hoy puebla mucha de las actividades de los habitantes de las urbes. Así, nos encontraríamos ante la acción de aquello que la sociología norteamericana de la segunda Escuela de Chicago denominara unidades vehiculares, y que, con posterioridad, el antropólogo Manuel Delgado definiera como aquellos grupos compuestos “por individuos que están ostensiblemente juntos, en la medida en que pueden ser percibidos a partir de una proximidad ecológica que da a entender algún tipo de acuerdo entre los reunidos y dibuja unos límites claros entre el interior y el exterior de la realidad social que se ha conformado en el espacio.”

En este sentido, serían estos grupos sociales conformados como unidades vehiculares los que producirían el espacio, delimitándolo y organizándolo mediante sus prácticas. Serían ellos los que determinarían sus características, su nivel simbólico y lo dotarían de sentido y de memoria. Estas circunstancias, además, explicaríanel éxito o el fracaso de determinados lugares como emplazamientos para la  expresión del descontento político, social o cultural.

Así, las llamadas, el mismo día 20, a concentrarse a las puertas de los Ayuntamientos catalanes en repulsa a las detenciones practicadas en el Departament d’Economia, no tuvieron el éxito esperado en el caso de Barcelona, donde la gente continúo reunida frente a la sede de dicha Consejería o en la calle Casp, a las puertas del cuartel general de la CUP. De la misma manera, los siguientes encuentros no se produjeron en la Plaça Sant Jaume, área que concentra en escasos metros a la Generalitat de Catalunya y al Ajuntament de la ciudad, sino en la Plaça Universitat y otros emplazamientos mucho más abiertos y vinculados a los movimientos estudiantiles, los cuales habían acaparado cierto capital simbólico durante esos días. No fue el caso este de la Manifestación por la Unidad Nacional, la cual sí se desarrolló en Sant Jaume, en claro desafío a un lugar cargado de referencias a la idea de la Catalunya nacional. Y qué decir de la cantidad de plazas que, a lo largo del Principado, han cambiado su nombre, de forma informal, de Plaça de la Constitució a Plaça de l’1 d’Octubre, por los hechos ocurridos tal día, recogiendo un significado otorgado por lo allí ocurrido.

Cuando las marchas y concentraciones proclamaban que las calles serán siempre suyas, no estaban hablando de propiedad, en el sentido estricto de la palabra, sino de apropiación, es decir, de un tipo concreto de prácticas que finalmente originarían los lugares antes reseñados y los dotarían de valores prácticos colectivos, nunca privados.

Es definitiva, esa apropiación temporal de las calles y las plazas las transformaría en espacios de ritualización, construyendo y redefiniendolos espacios urbanos de la ciudad. Se trataría de la rearticulación simbólica de un espacio común a todos, un arma mucho más poderosa, por cuanto establece sentidos y prácticas que prevalecen durante años y son más difíciles de derrotar que cualquier acto de fuerza o modificación del propio entramado urbano.

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