Precios populares en fiestas populares

Fuente: salvemlarela.cat

El verano es tiempo de fiestas populares. En Barcelona tenemos, ahora mismo, en marcha las de Sants. La semana que acaba vieron clausurar las de Gràcia. Y, en menos de una semana, dan comienzo, entre otras, las del Poblenou. Alguien dijo que Barcelona son Tots els barris, y las fiestas populares vienen a darle la razón.

Calles adornadas, concursos, actividades infantiles, conciertos, pero sobre todo, el estar juntos, fenómeno de autoafirmación identitaria que hace que, más que de Barcelona, uno sea de Sants, Gràcia o el Poblenou. Los primeros Gobiernos socialistas tras la Transición/Transacción se afanaron por crear sus propias fiestas de diseño en un intento por crear un cierto nacionalismo barcelonés -ejemplos son el impulso de las Festes de la Mercè, o los propios correfocs-, aunque la cosa no les salió demasiado bien.

Otro de los elementos omnipresentes en las fiestas de los barrios son los, lamentablemente cada vez menos, precios populares. Estos responden a una lógica comunitaria antropológica: la inmoralidad que supone cualquier acción que esté soportada por las necesidades y la explotación de la población de esa misma comunidad. Así, si bien es cierto que, en gran cantidad de ocasiones, los precios populares se asemejan, en demasía, a los más comerciales, esto es aceptado en tanto en cuanto sus beneficios no irán a parar a las manos de unos pocos sino, más bien, a algún fin que beneficiará a una gran parte o a la totalidad de la comunidad, es decir, del barrio.

Esto, que tan anecdótico nos parece ahora, era la norma general de funcionamiento de la economía hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX; cuando la economía moral que regía la satisfacción de las necesidades de la población y, sobre todo, de las clases populares, dio paso a una economía liberal donde los precios pasaron a estar determinados por la ley de la oferta y la demanda, esto es, la famosa mano invisible del mercado.

Ahora bien, para que este espectacular salto se pudiera dar, tuvieron que darse profundos y numerosos cambios a nivel social y cultural. Cambios que no estuvieron exentos de conflictos y rebeliones. De este modo, tal y como nos recuerda E. P. Thomson en La formación de la clase obrera en Inglaterra, “las leyes divinas de la oferta y la demanda, según las cuales la escasez provocaba inevitablemente un vertiginoso aumento de los precios, no habían ganado aceptación de ningún modo en la mentalidad popular, en la que persistían [entre otras cuestiones], las viejas nociones del regateo cara a cara”. De hecho, el historiador inglés nos recuerda en su obra magna un episodio relatado originalmente por John Wesley, el padre de la Iglesia Metodista:

“la muchedumbre “había estado en movimiento todo el día, pero su actividad solo tenía que ver con los acaparadores del mercado, que habían comprado todo el cereal, por todas partes, para hacer morir de hambre a los pobres y cargar un barco danés que estaba en el muelle; pero la muchedumbre lo trajo todo al mercado y lo vendió al precio normal, dándole el dinero a los propietarios. Y todo eso lo hicieron con toda la calma y la compostura que se pueda imaginar, y sin atacar ni hacer daño a nadie.”

Este episodio, lejos de ser infrecuente, tuvo una gran presencia en las calles de la Inglaterra de aquellos años, pero también en las del resto de Europa Occidental y Estados Unidos, en el enorme proceso de cambio y ruptura social que supuso la aparición del capitalismo. Aquello que Karl Polanyi llamó, La Gran Transformación.

Las fiestas de los barrios son los restos de aquello que fue y que perdimos. Las relaciones sociales de proximidad que se crean debido, entre otras cosas, a la proximidad, al vivir juntos, mantienen y hacen reaparecer antiguas formas de solidaridad que, hoy día, llamaríamos anticapitalistas. Esa es la historia detrás de los precios populares, no los perdamos.

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