Contra esa unidad

Fuente: @volemacollir

Tras un hecho desgraciado, como el que vivimos el pasado jueves en Barcelona, es normal escuchar llamadas a la concordia, la convivencia o la unidad. Decía Durkehim “que las sociedades están compuestas de partes añadidas entre sí”, es decir, éstas son fragmentarias, diversas y heterogéneas por constitución. Para el sociólogo francés, si quisiéramos estudiar los distintos tipos o grupos sociales, no sería necesario detenernos en cada una de las personas que los conforman de manera individual, en sus características, análisis e inventario completo, sino solo contar con una serie de elementos de referencia que nos permitieran elaborar relaciones y vínculos entre ellos. Por otro lado, esta clasificación solo resultaría de utilidad si nos permitiese evaluar cuadros de hechos de cara al futuro. Es decir, las clasificaciones sociales sirven más para hablar del futuro que para ordenar el presente.

Cuando desde los partidos políticos, los medios de comunicación, los distintos ámbitos de la administración, etc., se realizan llamadas a superar las diferencias y defender determinados valores, opera en nuestras sociedades un cierto intento de reorganización y ordenación de los referidos tipos sociales. Sería algo así como girar un caleidoscopio de colores. Nuevas formas, geometrías y tonos conforman un todo que únicamente es estable durante los breves instantes en los que el caleidoscopio permanece en reposo. Sin embargo, como en el caleidoscopio, las diferencias siguen ahí, son palpables a simple vista.

Un ejemplo de ello lo podríamos encontrar en aquellas teorías que relacionan la constitución, en el siglo XIX, de la mayoría de los Estados-nación, con la necesidad de la burguesía industrial de encontrar en ese momento masas obreras dóciles y comprometidas con el desarrollo del país. Esta unidad era conseguida, entre otras cuestiones, con aquello que Eric Hobsbawm  llamó “La invención de la tradición”; una tradición que implicaba un “grupo de prácticas, normalmente gobernadas por reglas aceptadas abierta o tácitamente y de naturaleza simbólica o ritual, que buscan inculcar determinados valores o normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica automáticamente continuidad con el pasado”.

Hoy día, estas representaciones simbólicas las podemos encontrar aún en los desfiles militares, las fiestas patrias y del santoral, las ceremonias de coronación, de aperturas solemnes de sesiones legislativas, las celebraciones de semana santa, las manifestaciones del 1º de Mayo, etc., pero, además, en los minutos de silencio, en las declaraciones de luto oficial o en las concentraciones que se organizan frente desastres naturales o ataques terroristas. El carácter simbólico viene reforzado por la presencia de altas figuras representativas del Estado, las cuales intentan reforzar su legitimidad, por el uso de enseñas, lazos, el canto de himnos y/o consignas, la elección de lugares altamente significativos para su celebración, etc. El objetivo, como nos señalara Durkheim, es más impulsar la unidad que mostrar la realidad existente.

Sin embargo, la fragmentación sigue estando ahí. Muchos de los presentes en la concentración del pasado viernes 18 en la Plaça Catalunya deben recordar que el actual monarca, Felipe IV, viajó en enero de este mismo año a Arabia Saudí para, entre otras cuestiones, gestionar los detalles finales de la venta de cinco corbetas militares al Gobierno de aquel país, operación que se venía a sumar a los 70 millones de euros en proyectiles de artillería y munición que empresas españolas habían vendido ya el año anterior. Creo que no es necesario recordar el apoyo de los sauditas a la propagación de la versión rigorista del Islam conocida como el wahabismo y cuyos libros de texto fueron utilizados por el ISIS -el mismo que ha reconocido la autoría del atentado de Las Ramblas- en las escuelas de sus territorios gobernados. Posiblemente también recuerden que el actual Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, perteneció al Ejecutivo que metió a España en la Guerra de Irak, que mintió a la opinión pública con el atentado del 11M y que, en otro orden de cosas, ha gestionado una supuesta salida de la crisis -reforma laboral con el apoyo del PDeCAT, antigua CiU, la reina de los recortes– que nos ha dejado uno de los índices de desigualdad más grandes de Occidente. En definitiva, visto lo visto no cuesta mucho estar de acuerdo con el anuncio de la CUP de no acudir a la manifestación de repulsa propuesta para el próximo sábado 26 y donde es posible que acudan representantes de la Casa Real o del Gobierno del Partido Popular.

Unos llamamientos a la unidad que escondan estas realidades solo ocultan una heterogeneidad y una fragmentación mediadas por relaciones de poder que, no por ocultarse bajo soflamas, dejan de ser evidentes. Cuando los Barceloneses claman al unísono “No tenim por” constituyen una nueva unidad; una unidad de la que también forman parte el resto de víctimas del yihadismo, una gran mayoría que, de hecho, no viven dentro de nuestras fronteras, sino en países de mayoría musulmana. Pero también forman parte de esa unidad los jóvenes, blancos, amarillos, negros, musulmanes, católicos, practicantes o no, que no encuentran un futuro dentro de nuestras fronteras, sin empleo, educación ni vivienda; las comunidades musulmanas, hinduístas, sijs u ortodoxas, que sufren a diario agresiones e insultos, etc.

Es necesario  dejar fuera de esa unidad a los tratantes de la muerte, los Gobiernos sin sentido del decoro, los corruptos, los hipócritas y los cínicos. Construir unidad es construir futuro decía Durkheim. Puede ser un excelente momento para comenzar.

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