Cuando la ciudad deviene escenario productivo

Fuente: eldiario.es

En el capítulo VI de “El Capital”, Marx trata la definición, así como la relación existente, entre capital constante y capital variable. En él, el filósofo alemán todavía no ha entrado a tratar en profundidad una de las piezas fundamentales de su armazón teórica, la Teoría del Plusvalor. Para Marx, como es bien sabido, es el trabajo –socialmente necesario- el que aporta valor a las mercancías en el proceso productivo. Un valor –parte del cual es plusvalor- que se transformará, posteriormente, en el mercado en valor de cambio, es decir, en dinero. Así, la diferencia entre capital constante y capital variable no es más que la existente entre los medios de producción, esto es, la maquinaria, los edificios, los suministros, etc., y la fuerza del trabajo aportada por los trabajadores. Todos ellos aportan valor, pero es el trabajo, es decir, el capital variable, el que genera el plusvalor al recibir, al final del día, un salario por su trabajo menor que el valor realmente aportado.

Pues bien,  tanto Marx como otros teóricos actuales, como David Harvey, advierten de que es en esa creación de valor donde radica la piedra de bóveda del capitalismo. El capital no es más que value in motion, esto es, valor en movimiento. En el mismo capítulo antes señalado Marx señala los límites que presentan los derechos en cuanto a su capacidad de mejorar la capacidad de acción y la calidad de vida de los trabajadores. Es más, si nos fijamos, a nivel histórico, la posibilidad de intervenir, desde un punto de vista democrático, en el ámbito de la producción ha ido menguando poco a poco, hasta casi desaparecer. El derecho laboral o el Estatuto de los Trabajadores es, cada vez más, un ámbito vacío. Ahí tenemos, a modo de demostración, las últimas reformas laborales, las cuales dejan a los trabajadores muy limitados en su capacidad de incidencia y negociación. La intervención del Estado, como ámbito de intervención democrática, queda limitada a su participación en el mercado mediante la famosa mejora de la empleabilidad, formación, movilidad, etc. Es decir, el Estado se ha retirado del ámbito productivo –y cada vez más del reproductivo- y restringe su acción a una especie de cuidados paliativos. Es el neoliberalismo.

Ahora bien, qué pasa cuando estos procesos productivos se llevan a cabo en la ciudad; cuando los trabajadores y trabajadoras somos sus vecinos y vecinas; cuando la cadena de montaje ha desbordado las paredes de las fábricas y se manifiesta en nuestras calles, en nuestros barrios, etc. Sí, eso es lo que pasa con el turismo tal y como lo estamos viviendo estos días. Después de un periodo de crecimiento del turismo de masas, sobre todo en el periodo posterior a la II Guerra Mundial y durante el reinado del fordismo y las políticas keynesianas, la vuelta de la preponderancia y del protagonismo del individuo como eje central de la sociedad, fenómeno impulsado por gente como Reagan y Margaret Thatcher, en EEUU y Reino Unido respectivamente, y en el ámbito del Estado español por los gobiernos neoliberales de Felipe González en los 90s, así como, entre otras cuestiones, el declive de un tipo de turismo que ya vivía, en muchas de nuestras localidades, su otoño, y había dejado su impronta terrible en forma de urbanizaciones, destrucción de la costa, esquilme de los recursos naturales, del agua, etc., impulsa una nueva forma de turista, aquel que busca realizarse en la experiencia, lo verdadero, lo local, sea eso lo que sea. La aparición de market places como Airbnb y otros solo acaba de dar la puntilla a un movimiento que se veía venir desde hacía tiempo.

Estos nuevos turistas no están tan interesados en el patrimonio físico y natural, esto es, los monumentos, los parques naturales y nacionales, la arquitectura de vanguardia, los museos, el diseño o el deporte, al menos no en solitario, sino, más bien, en vivir como viven las comunidades que visitan, comprar donde compran, comer lo que comen, visitar lo que visitan, dormir donde duermen, etc. De esta forma, los habitantes de las ciudades, de todas las ciudades, aunque algunas con más preponderancia que otras, nos convertimos en meros extras de un gran decorado al que el visitante intenta sentir que pertenece. Algo así como si WestWord se tornara realidad, dejando de lado los robots y sustituyéndolos por la gente real.

En ese contexto, nosotros y nosotras, los extras, somos trabajadores y trabajadoras, trabajamos para el promotor turístico e inmobiliario, aunque no lo sabemos. Como dice un amigo mío, vinculándolo a los procesos de gentrificación, representamos un trabajo urbano que no nos repercute directamente, no tenemos un salario pese a participar activa y casi protagónicamente en la creación de valor, en la plusvalía. En tal situación, los movimientos sociales que proponen alternativas y luchan por entender el turismo de otra manera, se manifiestan como auténticas versiones de nuevos sindicatos urbanos, esto es, como trabajadores y trabajadoras organizados que actúan dentro del proceso productivo.

Con esto volvemos a la tesis anterior: el Estado, intencionadamente, ha hecho dejación de responsabilidades en cuanto a su capacidad de intervención democrática dentro del ámbito productivo. Como en las fábricas del siglo XIX o en muchas de las empresas de servicios del propio siglo XXI. Es más, cualquier intento de resistencia, de organización, es tildado inmediatamente de turismofóbico, de atentar contra los intereses generales, etc., unos intereses que, para nada son los de la mayoría, sino, más bien, los de una minoría muy concreta que maneja los hilos de los discursos de criminalización.

Es esto lo que nos encontramos estos días en las calles y las plazas, pero sobre todo, en los medios de comunicación generalistas al servicio de unos sectores productivos -turístico e inmobiliario-. El recordatorio constante de que el ámbito productivo debe quedar exento de cualquier intervención democrática.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en acumulación por desposesión, Antropología del Turismo, Antropología social y cultural, Antropología Urbana y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Cuando la ciudad deviene escenario productivo

  1. Pingback: Cuando la ciudad deviene escenario productivo — El Antropólogo Perplejo – Espacio Público y Sociedad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s