El Partido Popular como partido de clase

Fuente: @posmodepueblo

Además de los Juegos Olímpicos, de la Expo Universal de Sevilla y de la celebración de Madrid como Capital Europea de la Cultura, este 2017 también cumple veinticinco años el libro de nuestro amigo y nunca suficientemente ponderado Francis Fukuyama, “El Fin de la Historia y el último Hombre”. Recordemos que en esta obra el politólogo norteamericano nos anunciaba que la Historia –con mayúsculas- como lucha de ideologías y, por tanto, como manifestación de la lucha de clases como motor de la misma, había terminado, de forma que con la caída de la URSS entrábamos en una nueva fase donde la democracia liberal se había acabado imponiendo a nivel global como modelo único de sociedad. Fukuyama ya había publicado, tres años antes, un artículo sobre el mismo tema con un título algo más corto –“¿El fin de la Historia?”- en la revista The National Interest y donde se hacía referencia a un concepto mainstream desde entonces, sobre todo en determinados entornos sociales y políticos: el de pensamiento único.

Sin embargo, hete aquí que, tras estos veinticinco años, un partido político de carácter liberal-conservador, de un país que, como mucho, podría considerarse una potencia de tipo medio a nivel productivo y político, el Reino de España, se empeña una y otra vez en demostrar lo contrario. Sí amigos, como podréis podido adivinar hablamos del Partido Popular (PP), con Mariano Rajoy y sus cracks como representantes del mismo. ¿Y por qué digo esto? Por las últimas noticias, ¿por qué va a ser?, donde incluso un organismo tan extraño a la neutralidad política como es el Tribunal Constitucional acaba de reconocer que la amnistía fiscal decretada por el Gobierno del PP en el año 2012, solo unos meses después de acceder al poder, no solo es inconstitucional, sino que sirvió para legitimar un fraude a gran escala donde más de 31 mil contribuyentes –por llamarlos de alguna manera- pudieron regularizar el dinero que previamente habían evadido de la acción de la Hacienda española. Es decir, por la imposición por la brava vía Decreto-Ley de una norma con un profundo –y supuestamente trasnochado y superado- trasfondo de clase, de clase alta, claro. Y ustedes me dirán, ¿pero esas tres decenas de miles de personas quizás eran humildes trabajadores que, mes a mes y año a año, con el sudor de su frente y su trabajo, habían conseguido ahorrar unas perras que, queriendo evitar un exceso tributario, podían verse menguadas por la acción de un Estado devorador y recaudador? Pues no, no es así. Más allá de que, in-discutiblemente, Hacienda somos todos/as y tanto un simple asalariado como un empresario de éxito o incluso un emprendedor –¡toma ya!- tienen el mismo deber de contribuir a las arcas del Estado, el listado de personas beneficiadas por dicha amnistía no estaba protagonizado por obreros/as de la construcción, teleoperadores/as o repartidodores/as de pizzas, sino por gente, digamos, bien de toda la vida. A saber: la Familia Botín,  el exministro y lladre Rodrigo Rato, Fernando Martín, la infanta de España Alicia de Borbón Parma, su hijo, el infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias y dos de sus nietos, Micaela Domecq, mujer de Miguel Arias Navarro, varios Pujol, etc. No negaré que, en el mismo saco también había piratas de lo público como Bárcenas, Diego Torres, o el ex UGT José Ángel Fernández Díaz. Sin embargo, aunque importante y, sobre todo, determinante para entender lo que son las alcantarillas del Estado, su papel es, podríamos decir, cuasi anecdótico –remarco lo de cuasi-, en comparación con el resto.

Y a no ser que los Borbones-Dos Sicilias o los Pujol piensen dedicarse a la chapa y pintura o algo así, desde luego son familias de lo que antes se llamaba de lo más granado, esto es, pertenecientes a las clases altas y muy altas de nuestro querido país –o países-. He escogido la amnistía fiscal como ejemplo por su evidente actualidad, pero hay muchas más evidencias –reforma laboral, privatizaciones, recortes, leyes mordaza, etc.- que manifiestan con gran rotundidad que lo que hace el PP es gobernar desde y para las mismas clases que se han beneficiado de sus políticas. Es decir, el Partido Popular es un partido de clase y lo que Francis Fukuyama nos vino a decir hace veinticinco años no era tanto que éstas habían desaparecido con la caída de la URSS y el llamado socialismo real, de forma que se nos habría a todos/as un maravilloso mundo de oportunidades y paz, sino que las clases altas habían ganado, que el pensamiento único –su pensamiento- había vencido y que las reclamaciones, si acaso, al maestro armero.

De este modo, y para finalizar, el PP no es más que una evidencia de esto: hace veinticinco años sufrimos una derrota –otra- y los resultados de la misma no las hemos dejado de ver desde entonces.

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