Algunas claves del papel de la superestructura en la cuestión de la gentrificación

Fuente: Propia

Las claves de la gentrificación son de naturaleza material. La teoría elaborada por Neil Smith, y que tiene su elemento fundamental en el concepto de rent gap, o diferencial de renta, así lo manifiesta. Se trata, en definitiva, de la obtención de plusvalías que se consigue cuando, tras un periodo de desinversión, la renta del suelo desciende y, por tanto, el precio de los inmuebles. Sin embargo, a partir de determinado punto en la dinámica de descenso, la renta potencial del emplazamiento, es decir, aquella que podría obtenerse en caso de inversión, alcanza tal magnitud que hace que ésta sea interesante para el inversor. La diferencia entre una y otra es el diferencial de renta.

Mucho se ha hablado de la preeminencia de esta teoría, de base marxista, y de la controversia generada en torno a su antónima, esto es, la teoría del consumo, la cual, simplemente, deja en manos del mercado los procesos de revalorización del suelo. Deus ex machina o, en este caso, el mercado ex máquina.

Ahora bien, los procesos de gentrificación no ocurren en el vacío. Es necesaria la intervención del Estado que, bajo el neoliberalismo, es el garante último del funcionamiento –léase imposición- de las reglas del mercado, del mantenimiento de la seguridad y del diseño jurídico y legal legítimo que permiten la continuación del proceso de acumulación del Capital (en mayúsculas), entre otras cosas. Esto es así precisamente, y tal y como recordara Marx, porque el modo de producción dominante, el capitalismo, es un reflejo de los intereses inherentes a una determinada clase social. Así, esta superestructura, es decir, las diferentes formas jurídicas, políticas, artísticas, etc., serían el reflejo de las condiciones económicas en las que vive la sociedad.

Bajo esta perspectiva, el entramado legal que permite las dinámicas de gentrificación no sería otra cosa que, precisamente, como diría Bourdieu, la codificación de los intereses de la clase dominante, elementos conformantes de dicha superestructura. Vamos a los ejemplos:

En el año 2013, el Gobierno del Partido Popular (PP) introdujo una serie de modificaciones en la Ley de Arrendamientos Urbanos –y en la que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) ya había metido también mano– a través de la Ley 4/2013, de 4 de junio, de medidas de flexibilización y fomento del mercado del alquiler de viviendas. Entre otras cosas, dicha Ley reducía la duración mínima de los contratos de alquier de cinco a tres años. La excusa para tal modificación venía recogida en el Preámbulo de la Ley cuando señalaba que “el mercado de alquiler no es una alternativa eficaz al mercado de la propiedad en España, puesto que, o bien la oferta de viviendas en alquiler es insuficiente, o bien no es competitiva por estar sujeta a rentas muy elevadas”.

Lo que no decía el Preámbulo, ni el resto de la Ley, es que lo que permitía estas modificaciones era, básicamente, acelerar la circulación del capital e, indirectamente, acelerar la expulsión de los inquilinos e inquilinas. Es decir, con una mayor facilidad para la rotación de los contratos resultaba más sencillo y más rápido, en el marco de una sociedad de mercado, realizar incrementos notorios en las mensualidades de los alquileres, de forma que la mínima protección que ofrecía la duración del mismo quedaba parcialmente desarmada. Se entiende que, en el idílico mundo perfecto del PP, esta Ley habría permitido introducir más inmuebles en el mercado en función de una mayor rentabilidad garantizada y de la posibilidad de prescindir del inquilino a voluntad y en menor tiempo. A su vez, esto garantizaba una mayor cantidad de inmuebles en el mercado del alquiler, de forma que se acabaría facilitando y abaratando el acceso a la vivienda. En realidad, la legislación permitía aumentar el diferencial de renta, aunque sin transformación mediante, solo cambiando el inquilino. De nuevo, el mercado ex machina.

Otro ejemplo sería la forma en que el Estado, en sus diferentes versiones y niveles –local, regional o autonómico y estatal- actúa para atraer las inversiones. Ésta es otra de las características del capitalismo en su versión neoliberal, donde aquella aseveración de Marx de que “el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa”, casi ha quedado obsoleta por evidente. De esta forma las políticas de marketing urbano o las campañas de atracción turísticas, por ejemplo, acaban resultando verdaderos catalizadores, cuando no aceleradores, de los procesos de gentrificación ajustados a dinámicas de turistificación. Ordenar el espacio urbano es un primer paso para restaurar un mínimo de la justicia espacial de la ciudad. Lo siguiente es detener, en la medida de lo posible, la continua atracción de inversiones y/o turistas que suponen, al igual que las medidas de desregulación del mercado del alquiler, elementos de aceleración de circulación del capital con el resultado final que todos conocemos. Y así, de nuevo, el mercado ex machina.

En definitiva, muchos de los procesos de gentrificación, desplazamiento socioespacial en definitiva, en marcha tienen visos de irreversibilidad, pero si no entendemos el papel que juega la superestructura, y dentro de ella, el Estado, en su determinación, no seremos capaces de articular medidas creíbles y efectivas.

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