El turismo como catalizador del capital

Fuente: Propia

En relación con el fenómeno de la gentrificación, ¿qué novedades aporta el turismo? Bien, lo primero que hay que decir al respecto es que, en principio, cuando el turismo como sector productivo se encuentra en un entorno diversificado económicamente, correctamente regulado y bajo el control y el liderazgo de una iniciativa pública que, además, es capaz de ofertar bienes de consumo colectivo -como el transporte o la propia vivienda-, éste se presenta más como una oportunidad para el crecimiento y el mantenimiento de ciertos estándares sociales que como un referente negativo. Es más, no habría que olvidar, que el desarrollo del turismo de masas es producto de las conquistas producidas después de la II Guerra Mundial en un entorno económico capitalista que primaba cierto equilibrio entre el capital y el trabajo. El mes de vacaciones al año es, realmente, un triunfo de la clase obrera.

Ahora bien, cuando el turismo se presenta como una solución cortoplacista a una considerada necesaria reactivación económica; cuando no se encuentra correctamente normativizado, dejando al mercado actuar libremente; cuando no existen unos poderes públicos que ejerzan de necesario contrapeso a la actuación del sector privado; cuando dentro de las estrategias de terciarización productiva de las ciudades, tan típicas de hace tres décadas, se apuesta por él como elemento principal y casi único de redesarrollo urbano, entonces sí que puede llegar a representar un gran problema.

El papel del sector turístico sobre este escenario activa determinados resortes incompatibles con la contención de las desigualdades y/o el desplazamiento socio-espacial de la población más vulnerable al principio, pero también de las capas medias al final. Las dinámicas de gentrificación se ven, de este modo, impulsadas y apremiadas ya que el turismo, libre de ataduras -descontrol de los alojamientos irregulares, privatización del espacio urbano, sometimiento de las normas urbanísticas a los equipamientos e infraestructuras turísticas, procesos de especulación sobre el suelo, proliferación de segundas viviendas, etc.- es un elemento que acelera la circulación del capital aumentando las posibilidades de su acumulación y reinversión e iniciando un círculo vicioso del cual es complicado salir. Al contrario que los tradicionales procesos de reforma urbana basados en recalificaciones del uso del suelo y la construcción de viviendas u oficinas, con las posibilidades de fijación de parte del capital al espacio, el turismo es un sector altamente ágil y creativo, fácilmente articulable con los últimos avances tecnológicos y basado, en gran cantidad de ocasiones, en servicios más que en bienes, por lo que sus posibilidades de generación, renovación y consumo son mucho más amplias que las que ofrece, de forma tradicional, el mercado inmobiliario. A esto hay que añadir las facilidades dadas por algunas reformas legislativas -como la última Ley de Arrendamientos Urbanos que disminuye la duración mínima de los contratos a solo 3 años-, lo cual viene a suponer mayores facilidades para nuevos incrementos en la velocidad de circulación del capital, algo que, finalmente, puede acabar generando un efecto burbuja con sus desastrosas consecuencias.

Frente a ello, las soluciones -incluso dentro del ámbito municipal- son posibles: regulación estricta de usos del suelo, limitación y sectorialización urbana de prácticas productivas, impulso a la reindustrialización de las ciudades en base a nuevas actividades no contaminantes, desmercantilización de procesos sociales hasta ahora en manos del mercado, desprivatización de sectores indispensables para garantizar cierta igualdad social, empoderamiento popular que avance conforme el mercado vaya saliendo de determinados sectores, garantía en el acceso a la vivienda y a otros bienes de consumo colectivo, etc.

No es fácil. Es más, no forma parte de las políticas hegemónicas de entender la ciudad pero, ¿quién dijo que esta hegemonía no puede ser contestada?

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