Retrato de Barcelona con selfie al fondo

Fuente: wikipedia

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Artículo publicado originalmente en el Periódico Diagonal el 06/05/2015

Retrato de Barcelona con selfie al fondo

Hacía ya tiempo que venía observando el fenómeno. Cada mañana, casi a la misma hora, enfilo con la bicicleta por el carril bici que bordea el Parc de la Ciutadella y subo el Passeig de Lluís Companys hasta llegar junto al Arc de Triomf. Paso bajo él y encaro el último tramo cuesta arriba hasta mi destino final, a escasos 25 metros de Plaça Tetuán.

Sin lugar a dudas, el trecho más interesante para observar la Barcelona de las guías turísticas es el que se encuentra en las proximidades del gran arco. Todo tipo de espectáculos se producen en él: acróbatas con aros gigantes que ensayan impresionantes piruetas; desaliñados creadores de pompas de jabón de químicas imposibles; patinadores esforzados en torno a un millar de mínimos conos situados regularmente sobre el suelo; furgones de los Mossos d’Esquadra que esperan a la puerta de los juzgados; cámaras, productores, sonidistas y periodistas de televisión y radio enviados a cubrir algún juicio; grupos más o menos numerosos de ciclistas que persiguen al guía de la banderita; corredores que estrenan ropa deportiva empeñados en recuperar la forma; paseadores de perros con correas extensibles que incorporan un depósito para desechables bolsas de plástico; mochileros soñolientos que han pasado la noche recostados junto a alguna farola y, sobre todo, turistas. Turistas y más turistas, solos o en conjuntos de distinto tamaño, que miran, observan, sonríen, comen, descansan y, sobretodo, hacen fotos.

Hace unos años, cuando no existían las cámaras digitales, y menos aún los smart phones, hacer una foto costaba un buen dinero. Uno se tenía que pensar muy bien dónde, cómo y cuándo hacerlas porque, no solo el carrete tenía un coste, sino que también lo tenía cada una de las copias, así como el revelado. Casi era más caro esto que una cámara de aceptable calidad. Éstas casi las regalaban en cualquier sitio. La fotografía digital aportó, desde luego, democracia al mundo de la fotografía, aunque también exuberancia y banalidad. Cualquiera podía hacer una foto medianamente buena y en cualquier momento. E incluso ponerle psicodélicos filtros.

Creo que uno de los motivos por los que antes no perdíamos el tiempo en fotografiarnos a nosotros mismos, era porque había que economizar y hacer fotos a aquello que queríamos recordar o mostrar -nuestras visitas, se entiende-. Así, el omnipresente YO de las sociedades capitalistas contemporáneas hizo su aparición en este contexto cuando el precio de la foto se redujo casi al mínimo. Después las redes sociales hicieron el resto y ya fue posible pavonearnos ante el Universo en pleno sin excepción. YO y la Sagrada Familia, YO y la Torre Eiffel, YO y el Coliseo, YO y… El YO siempre delante. Solo había un inconveniente para el triunfo total y absoluto del YO en la fotografía: Los brazos. Sí, algunos no son lo suficientemente largos como para permitir que el encuadre de la foto te recoja a ti, a algunos amigos si los hay, y al monumento o paisaje en cuestión con el que decorar nuestra figura. Había que contar con OTROS y eso podía resultar un hándicap. Fue posible escapar del incómodo hecho de preguntar para dirigirse a alguna dirección, e interaccionar así con humanos en contextos no mercantilizados, cuando se inventó el GPS y se implantó en los móviles, pero ¿cómo una sociedad tan avanzada no había conseguido crear algún dispositivo que nos evitara, además, relacionarnos cuando nos disponíamos a  hacernos fotos de nosotros mismos? Estaba eso del temporizador, pero para usarlo tenías que confiar en que un prójimo no pasara corriendo y te robara la máquina. Finalmente, desde Oriente, llegó el selfie stick y nos salvó a todos. Se saca del bolsillo, se extiende como una antigua antena de transistor, se dispone en el móvil y voilà.

Y sí, porque este fenómeno tan frecuente hoy en día en nuestras ciudades, sobre todo si tienen un marcado carácter turístico, como Barcelona, es relativamente reciente, pero viene a poner la guinda sobre el pastel a nuestras sociedades plenamente individualistas. Ahora es posible llegar a una ciudad, ruina, pueblo, playa o montaña y no hablar con nadie, excepto con los que te sirven la comida y la habitación. Sin tener que relacionarte, quedas exento de, entre otras cuestiones, establecer algún tipo de empatía con los indígenas. Venir, ver y consumir.

Así, a media tarde, cuando cojo de nuevo la bici al abandonar mi lugar de trabajo, paso delante de los turistas que pululan bajo el Arc de Triumf. Los veo ahí, con sus varas extendidas apuntando a algún lugar indeterminado y siento curiosidad por adivinar si apareceré en algunas de esas fotos, pues formo parte del escenario que han venido a visitar. Barcelona es la cuarta ciudad del mundo más retratada en selfies ¿En cuántas de esas fotos saldré YO?

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