Hasta la victoria final… del capitalismo

Fuente: elconfidencial.com

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El Gobierno lleva un par de semanas amagando con la aprobación de un Decreto-Ley que acabe, finalmente, con uno de los últimos bastiones del fordismo, el sistema regulado de relaciones entre el capital y el trabajo en vigor en Occidente desde la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de los años 70: los servicios portuarios.

Bajo la excusa es la obediencia, esto es, de la necesidad de cumplir con las Directrices aprobadas por la Unión Europea (Europa, siempre Europa), así como con las sentencias de su alto Tribunal, el Consejo de Ministros aprobará, si nada lo remedia, la libertad de establecimiento en el sector de la estiba en los puertos de interés general. Para facilitar tal labor, muchos de los medios de comunicación al servicio del discurso oficial -la mayoría con un gran porcentaje de su accionariado en manos de fondos de inversión, bancos y empresas multinacionales con posibles intereses en el sector- llevan ya unos días envenenando el ambiente con titulares altisonantes y amenazadores, “Si alguien nos engaña vamos a reventar todo lo que encontremos” (La Razón), “Los estibadores aseguran estar dispuestos a “reventarlo todo” (El Mundo), o con otros que señalan a los trabajadores de los puertos como unos absolutos y completos privilegiados “Las condiciones laborales de los estibadores están por encima de lo que sería lógico” (ABC). El objetivo no es más que disponer a la opinión pública en contra de los estibadores y a favor de la reforma, algo que ya intentaron llevar a cabo los conservadores, cuando alcanzaron el poder en 2011, en relación con los funcionarios y sus supuestos privilegios, y que solo las movilizaciones y el nivel de politización alcanzado tras el 15M consiguió detener.

Sin embargo, a lo que venimos asistiendo no es más que otro episodio -no será el último, os lo aseguro- de aquella vieja lucha de clases que Warrent Buffet reconocía que gente como él iba ganado. Como decía anteriormente, la forma en que el capitalismo surge tras la crisis de sobreacumulación de los años 70, el neoliberalismo, puede ser interpretada, como señala David Harvey, “como un proyecto utópico con la finalidad de realizar un diseño teórico para la reorganización del capitalismo internacional, o bien como un proyecto político para restablecer (…) el poder de las élites económicas” (2005 [2007] 24). Es decir, como el programa de reinstalación del viejo liberalismo individualista de corte decimonónico que había conducido a las crisis anteriores, la última de ellas, la el 29, con tan funestas consecuencias. Y en esas estamos.

La traslación de las políticas neoliberales puestas en marcha por Reagan y Thatcher en Estados Unidos y el Reino Unido a finales de los 70 y principios de los 80 tuvieron en España su primera plasmación a través de los Pactos de la Moncloa, y se vieron, posteriormente, santificadas a nivel europeo mediante el Tratado de Maastricht, algo que solo gente como Julio Anguita se atrevió a denunciar en su momento.

La idea tras estas políticas es que la liberalización acabará beneficiando, de una forma u otra, a todos. Desde el ahorro que teóricamente supondrá para los consumidores, al obtener productos más baratos en el mercado, hasta una supuesta mayor eficacia económica, ya que las inversiones se dirigirán a los sectores de mayor rentabilidad, un mayor desarrollo regional general, nuevos logros en la transparencia y la previsibilidad, así como la inducción de una mejor y más rápida innovación y transferencia tecnológica. Esto es lo que dicen los libros de texto que se estudian en la mayoría de las Facultades de Economía de todo el mundo. La realidad es, más bien, otra.

La imposición del neoliberalismo, como última y triunfante versión del capitalismo, y sus políticas liberalizadores, no deja de ser un intento de instauración de una sociedad utópica y desigual que únicamente puede ser impuesta mediante la fuerza y la coerción (esto no lo digo yo, sino Karl Polanyi en “La Gran Transformación”). En el caso de la reforma de la estiba, su liberalización conseguirá atraer a numerosos fondos y empresas que someterán a los trabajadores y trabajadoras actuales a nuevas y más duras condiciones laborales. Sus sueldos serán mermados, sus contratos inestables y reconfigurados y la supuesta eficiencia y eficacia económica en forma de ahorro e inversión se trasladará -solo- al bolsillo de los empresarios y accionistas de las nuevas empresas. Las infraestructuras pasarán a ser amortizadas en mayor plazo con vista a obtener más beneficios y el Estado perderá, además, otra herramienta que le capacite para influir en la economía nacional.

En definitiva, este nuevo avance hasta la victoria final del capitalismo europeo y mundial no supondrá más que la consecución de otro sector de trabajadores pauperizado y desprotegido. Cuando los índices de desigualdad y exclusión continúan creciendo y el fenómeno de los trabajadores pobres parece haberse instalado definitivamente en nuestro país, esto solo supondrá otro paso -otra batalla perdida- en una guerra de clases que dura ya más de dos siglos.

Referencia bibliográfica

Harvey, D. (2005 [2007]) Breve historia del neoliberalismo, Madrid: Akal.

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Una respuesta a Hasta la victoria final… del capitalismo

  1. Nigel dijo:

    A citrulina, precursora da arginina, nem encontrada nisso máximo síntese na bate da melancia do que na valor. http://www.mnccareer.com/489/peitar-potenciadores-naturais/

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