Apuntes del Tema “De la pobreza a la exclusión social” (1ª Parte)

Estos apuntes corresponden a la primera parte del Tema “De la pobreza a la exclusión social” de la asignatura “Turismo internacional, desarrollo responsable y sostenible y pobreza”.

1.- Introducción. La pobreza en la agenda institucional

La pobreza, a veces unida al concepto de desarrollo, se encuentra, en la mayoría de las ocasiones, mesurada a través de indicadores de carácter cuantitativo. De esta forma, para definir la pobreza se utilizan referencias vinculadas a un determinado nivel de ingresos o a unos mínimos necesarios -establecidos arbitrariamente- que determinan el límite entre los que son y los que no son pobres. Por ejemplo, la famosa Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible (ONU, 2016) determina que las personas y los grupos sociales que se encuentran en extrema pobreza serían aquellos que cuentan con menos de 1,25 dólares al día. Así, para acabar o erradicar la pobreza, bastaría con incrementar de manera manifiesta esta cuantía.

Sin embargo, esta aproximación a la pobreza no deja de ser, irónicamente, bastante pobre. Las definiciones de pobreza basadas en indicadores cuantificables de tipo macroeconómico olvidan importantes cuestiones abstractas de naturaleza política -y quizás por ello más complicadas de plantear- como son la marginación, la desigualdad o las relaciones de poder. Entendiendo la pobreza de esta manera, mediante el establecimiento un modelo de tipo relacional y holístico y, sobre todo, intentando desentrañar el porqué de la producción de la misma, algunos autores señalan la necesidad de trasladar el debate desde la pobreza a la exclusión social (Leyton y Arce, 2016), cuestión menos neutra y más poderosa semánticamente (Clert, 1999). Ahora bien, esto no quita que esta expresión se presente igualmente confusa.

En efecto, como intentaré mostrar más adelante, la exclusión social se cuela tímidamente en los discursos y las retóricas institucionales una vez ha sido posible vencer y convencer sobre la inexistencia de la explotación o, como señala Manuel Delgado (2014), cuando conceptos como “clase social” han desaparecido de las agendas políticas, pasando el “riesgo de exclusión social” a funcionar como amenaza frente a aquellos grupos sociales que no aceptan el pensamiento único.

2.- Aproximación al concepto de pobreza desde las ciencias sociales

La primera aproximación a la pobreza como una forma cultural distintiva la lleva a cabo Oscar Lewis en “Antropología de la Pobreza: Cinco Familias” (1961). En esta obra se plantea la pobreza como un factor dinámico que afecta la participación en la esfera de la cultura nacional creando una subcultura por sí misma. Se define pobreza como aquella situación en la que los ingresos no bastan para satisfacer las necesidades básicas (Ibíd.).

Para Lewis, la pobreza tendría las siguientes características:

  • La vida de los pobres se rige a nivel local con organizaciones que superan el plano de la familia nuclear.
  • Se produce una falta de integración y participación en las instituciones sociales.
  • La cultura de la pobreza se asienta sobre una patología psicosocial, esto es, falta de afectividad, organización ínfima, ausencia de niñez, etc.
  • Falta de aspectos materiales, económicos y morales.
  • La solución propuesta pasa por romper con la pobreza por medio de la asistencia social y la conversión de estos grupos sociales en clases medias.

Las críticas a esta aproximación a la pobreza no se hacen esperar. Éstas señalan, entre otras cuestiones, que la definición propuesta por Lewis no abunda en las causas de la misma y, por otro lado, la muestran como una subcultura autónoma del resto de la sociedad.

Algunos autores (Anta, 1998) contraponen a estas tesis sobre la pobreza, una serie de contratesis:

  • Lo pobre –los pobres- como aquello que no es clase media.
  • Existe un importante sesgo por parte del investigador, es decir, en la persona de Óscar Lewis y su forma de concebir la investigación.
  • La cultura de la pobreza como parte de unas clases bajas que nunca son independientes del resto de la sociedad.

Charles Valentine (1970) propone, a su vez, revisitar el concepto de pobreza a través de las siguientes características:

  • La organización en comunidad, superando la familia, se debe a una adaptación a ciertas necesidades impuestas desde fuera.
  • La falta de integración y adaptación es debida a una postura pragmática y adaptativa, algo que, por otro lado, también es corriente en las clases medias.
  • Las patologías psicosociales como formas adaptativas a la vida diaria (ídem clases medias)
  • Las faltas detectadas en aspectos económicos, materiales y morales son parte de una valoración subjetiva de las cosas y, en todo caso, existe una maximización de los valores en cuestión.
  • Es necesario modificar la estructura social, no convertir a la gente en clases medias.

Sin embargo, la visión de Valentine también tuvo sus detractores. Entre las críticas principales habría que destacar el hecho de que está elaborada en función de lo que dijo Lewis, aunque con una visión más totalizadora de cultura, pero ni original ni yendo más allá de la misma. Por otro lado, no diferencia entre subcultura, pobreza y marginación. Y, sobre todo, “la pobreza es presentada como la frustración en la perspectiva de desarrollar una clase media totalizadora de la sociedad” (Anta, op. cit.: 58).

Pobreza y marginalidad no son lo mismo. La marginación implica estar fuera de un modelo cultural dado, es decir, estar al margen y, por tanto, excluido de la normalidad. En este sentido podríamos decir que la pobreza es “privación relativa. La sociedad misma cambia constantemente e impone nuevas obligaciones a sus miembros los que, a su vez, desarrollan nuevas necesidades“ (Townsend, 1962: 229). En la medida en que ser pobre es no participar de un sistema social que considera a las clases medias como elemento central, estos se sitúan al margen y, por tanto, se encuentran excluidos. Por ejemplo, en los siglos XVIII y XIX ser pobre era muy normal, pero esto no significaba estar excluido, al contrario, ser pobre significaba ser parte de un orden social que reconocía la pobreza como parte inherente al mismo. En sociedades donde la religión, el Cristianismo en Occidente, vertebraban la sociedad, era imposible no formar parte del Orden de Dios (Anta, op. cit.).

Esta marginación se puede expresar (Weber, [1922] 1964):

  • De forma económica, esto es, cuando la producción de los grupos sociales marginados es débil o éstos son explotados.
  • De forma ideológica, es decir, cuando estos grupos no tienen capacidad de participación en la cultura dominante ya que, a modo de ejemplo, su estatus es inferior o bajo.
  • De forma política, subordinados, cuando los grupos mantienen una situación de dependencia y se encuentran alejados de los centros de poder.

De este modo, los grupos sociales marginados son autorreferentes, tienen sus propias normas y son conscientes de su situación, de forma que reinterpretan subculturalmente la cultura general. Esta reinterpretación, a modo de ejemplo, es la que Loïc Wacquant señala en “Parias Urbanos” (2007) cuando habla de los guetos negros clásicos en Estados Unidos. Según el sociólogo francés, las posteriores modificaciones del sistema social y económico norteamericano, el paso del (escaso) welfare al workfare y la aparición del Estado penal, acabaron con este tipo de gueto heterogéneo y desembocaron en lo que este autor denomina la “nueva línea de color urbana” (Ibíd.: 33).

En este sentido, los pobres serían aquellos marginados económicamente. Esto no quiere decir que sean pobres en el sentido que no tengan acceso a bienes materiales de primera necesidad –como señalaba Oscar Lewis- sino que han sido excluidos por no tener el acceso a los bienes que el modelo económico vigente, el capitalista, marca como “normal”. Es decir, no son clases medias. Para solventar esta cuestión habría que plantear el hecho de que existen otras maneras de necesitar (Clayton y Muñoz, 2016).

Por proponer un ejemplo en relación al sector turístico, los miembros de las comunidades indígenas –los que participan en proyectos de turismo comunitario, etc.- no suelen ser pobres, aunque sí marginados –ideológica y políticamente- y, además, se ven reducidos a articularse con el sistema dominante a través de la exageración de una de las facetas de sus vidas, de su folklorización. Las prácticas turísticas permiten una adaptación de estos grupos a la sociedad considerada normal.

Otro ejemplo de esto sería el proceso de desplazamiento socio-espacial que se está viviendo en muchos barrios de la ciudad de Barcelona actualmente. Entre las familias desplazadas no se encuentran aquellas que no pueden acceder al pago de una hipoteca o un alquiler medio, sino las que no pueden pagar el nivel que han alcanzado en la actualidad. Estaríamos hablando, por tanto, de generar exclusión, en este caso, residencial.

3.- El neoliberalismo y la visión securitaria (Visionado de la Película “La Haine” (1995), de Mathieu Kassovitz)

A finales de la década de los 60 del pasado siglo, el capitalismo, tal y como había sido entendido desde la finalización de la II Guerra Mundial, embridado por las políticas de corte keynesiano llevadas a cabo sobre todo en Estados Unidos y Europa Occidental, sufre una profunda crisis. Ésta se manifiesta en forma de problemas para la continuación del proceso de acumulación y sus signos más evidentes fueron el crecimiento del desempleo y la inflación (hubo que inventar un término, estanflación, para explicar el fenómeno). El neoliberalismo se presentó, así, como un “diseño teórico para la reorganización del capitalismo internacional” (Harvey, 2007: 24), aunque también como la restauración del poder de determinadas clases económicas.

En su obra “Breve historia del neoliberalismo”, Harvey (Ibíd.) define el neoliberalismo como “una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es crear y preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de éstas prácticas” (Ibíd.: 6). En este marco hegemónico, la pobreza, como forma de exclusión y marginación, sería el fenómeno que se produciría en aquellas comunidades que no han entendido las ventajas que ofrece la libre empresa, la competencia y las reglas del mercado y, por tanto, pasan a ser explotados[1] (Galbraith, 1979: 5). Esto, además, se manifiesta mediante el abandono, por parte del Estado, del papel desarrollado durante los años del keynesianismo, de proveedor de servicios sociales. Sin embargo, esto no significa que el Estado abandone la gestión del “ejército industrial de reserva” (Marx, 1867), sino que pasa a hacerlo de otra manera. No es casual que el concepto de exclusión social se imponga en EEUU y en Europa precisamente a mediados de los 90, cuando el marco político internacional aun digería el fin de la Guerra Fría (Rodgers, 1995)

En el marco del Consenso de Washington, esto es, “la presentación excesivamente simplificada de las recomendaciones de los organismos financieros internacionales y del Tesoro de los Estados Unidos, especialmente durante el período de la década de los ochenta y principios de los noventa” (Stiglitz, 2005), las políticas de desarrollo y gestión económica estuvieron centradas en la realización de privatizaciones, la liberalización y la búsqueda desaforada de la macroestabilidad, la creencia en el mercado libre y en la reducción al mínimo de la acción de los gobiernos (Ibíd.). En este contexto se pone de moda el concepto de vulnerabilidad, el cual pone el acento en la responsabilidad individual, esto es, en la forma de controlar los riesgos. Esta retórica responsabiliza a los individuos de su situación y propone como soluciones la capacitación o el emprendimiento empresarial de los mismos.

Por último, algunos autores han alertado sobre la coaptación del término “exclusión social” por parte del discurso neoliberal. De este modo, la exclusión social funcionaría como una especie de amenaza sobre la necesidad de aceptar el sistema socioeconómico vigente y formarse, emprender o trabajar como única forma de no pasar a ser excluidos. Es lo que Veit-Wilson (1998) denominó “exclusión débil”  sobre el uso del concepto en los años 90 en el ámbito de la Unión Europea y con la llegada de los laboristas de Tony Blair al Gobierno del Reino Unido.

3.1.- La gestión de la exclusión o de las conductas socialmente indeseables

En este sentido, el concepto clave que se presenta a la opinión pública, principalmente en EEUU, pero también en el ámbito de la Unión Europea (UE), es el de seguridad. Las políticas securitarias son concebidas y ejecutadas para ser vistas y exhibidas. Es en este sentido en el que Wacquant (2010)[2] señala su carácter “pornográfico”.

La criminalidad es separada del conjunto de relaciones sociales que le dan sentido, de forma que es perfectamente posible evitar presentar sus causas y determinantes. Alcanza, de esta forma, una esfera autónoma desligada de la exclusión.

La persecución de esta criminalidad está basada en una puesta en escena teatralizada. Se plantean unos objetivos inalcanzables mientras que se reafirma la autoridad de un Estado que ha encontrado en la garantía de la seguridad su razón de ser y bajo un sistema, el neoliberal, que necesita de la fuerza para seguir existiendo.

Se propone la cárcel como la única y posible solución, de forma que es posible generar una cierta sensación de orden. Se hace de la irresponsabilidad personal y la inmoralidad del delincuente el elemento principal, el eje de la cuestión sobre el que tienen que pivotar todas las políticas. De esta forma es posible presentar ciertas estrategias como más pertinentes que otras de cara a tratar unas condiciones y conductas que han sido previamente presentadas como indeseables. Tradicionalmente, el Estado ha contado con diferentes tácticas para atajar este tipo de cuestiones:

  • La socialización, es decir, actuar al nivel de las estructuras y los mecanismos colectivos que las reproducen.
  • La medicalización, soluciones médicas a los problemas detectados.
  • La penalización, convertir a los pobres en delincuentes.

Es posible encontrar estas tres estrategias en diferentes tipos de combinaciones. Se plasman mediante una serie de políticas que, a su vez, desatan ciertas luchas de poder entre organismos e instituciones e implican elecciones sobre un concepto de vida social concreto.

La inseguridad social supone un incremento de la escala punitiva y viceversa. El desarrollo de la ideología del libre mercado y la responsabilidad individual hacen aparecer como necesarias las políticas de carácter punitivo. Por otro lado, esto se acompaña de un amplio despliegue ideológico que equipara el buen ciudadano con el emprendedor de éxito (López Petit, 2016). Esto estaría relacionado con aquello que Polanyi ([1944] 2007) ya advirtió del carácter utópico del capitalismo y su imposición a través de la fuerza.

El Estado, de esta forma, sufre un triple proceso de transformación de su capacidad de actuación tradicional. Por un lado se retrae de la actividad económica (vende empresas, desregula sectores productivos, etc.), mientras, por otro, desaparece del ámbito social (eliminando sus políticas de servicios sociales) y amplía su capacidad de acción penal (instaura nuevas leyes y regulaciones, amplia el ámbito carcelario). Esto no significa una reducción notoria del gasto público tal y como nos vienen diciendo los ideólogos del neoliberalismo (recortes, incrementos de impuestos, etc.), sino, más bien, una reestructuración de la inversión desde lo social a lo punitivo (Harvey, 2007).

Ahora bien, ¿cómo son esas políticas? (Wacquant, 2010)

  • Se encuentran destinadas a acabar con la “era de la indulgencia”, es decir, pasan de atacar el problema de la pobreza desde sus causas a sus consecuencias.
  • Se implementan mediante una proliferación de leyes y dispositivos tecnológicos que persiguen acabar con dichas consecuencias.
  • Se crea un discurso alarmista, catastrófico, sobre la desigualdad.
  • Se estigmatiza lo pobre (los inmigrantes, etc.), esto es, se crea la exclusión social.
  • Se fortalece la red policial y aumenta la población carcelaria.

Bibliografía:

Anta Félez, J. L. (1998) “Revisitando el concepto de pobreza”, en Espiral, vol. IV, núm. 11, enero-abril, Universidad de Guadalajara, Guadalajara, México, pp. 47-71.

Clert, C. (1999) “Evaluating the Concept of Social Exclusion in Development Discourse”, en The European Journal of Development Research, Vol.11, No.2, December 1999, pp.176-199.

Galbraith, J. K. (1979) The nature of mass poverty. Boston, Harvard University Press.

Harvey, D. (2007) Breve historia del neoliberalismo. Madrid, Ed. Akal.

Lewis, O. (2161) Antropología de la pobreza. Cinco familias. México, D.F., Ed. Fondo de Cultura Económica.

Leyton, C. y Muñoz, G. (2016) “Revisitando el concepto de exclusión social: su relevancia para las políticas contra la pobreza en América Latina”, en Revista del CLAD Reforma y Democracia, nº6, pp. 39-68.

López Petit, S. (2016) “La marca Barcelona ens ofega”, en La Directa [En línea] <https://directa.cat/actualitat/marca-bcn-ens-ofega >

Marx, K. (1867) El capital. Biblioteca de Aurores Socialistas [En línea] < https://pendientedemigracion.ucm.es/info/bas/es/marx-eng/capital1/>

Polanyi, K. ([1944] 2007) La gran transformación. Los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo. México, D.F., Ed. Fondo de Cultura Económica.

ONU (2016) 17 objetivos para transformar nuestro mundo [En línea] < http://www.un.org/sustainabledevelopment/es/>

Rodgers, G. (1995) “The design of policy against exclusion”, en Social Exclusion: Rhetoric, Reality, Responses, Rodgers, Gore y Figuereido (Ed.), International Labour Organization, pp. 253-285.

Stiglitz, J. (2005) “Después del Consenso de Washington”, en Sin Permiso [En Línea] <http://www.sinpermiso.info/textos/despus-del-consenso-de-washington&gt;

Townsend, P. (1962) The Last Refuge: a Survey of Institutions and Homes for the Aged in England and Wales, London, Routledge and Kegan Paul.

Valentine, Ch. (1970) La cultura de pobreza. Buenos Aires, Amorrortu.

Veit-Wilson, J. (1998) Setting Adequacy Standards: How Government Define Minimum Incomes. Bristol, Policy Press

Venceslado, M. (2014) “Entrevista a Manuel Delgado”, en Quaderns d’Educació Social, nº16, Col·legi Oficial d’Educadores i Educadors Socials de Catalunya.

Wacquant, L. (2010) Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social. Barcelona, Editorial Gedhisa.

—————— (2007) Parias Urbanos. Marginalidad en la ciudad a comienzos del milenio. Buenos Aires, Ed. Manantial.

Weber, M. ([1922] 1964) Economía y sociedad. México, D.F., Ed. Fondo de Cultura Económica.

 

[1] Clert (1999) señala que, en realidad, el término exclusión equivaldría al de explotación, solo que su carga simbólico-ideológica hace que este término sea más fácil de aceptar por la mayoría de las agencias con competencias en el desarrollo.

[2] El autor de referencia para esta parte, hasta la siguiente mención, es Loïc Wacquant y su obra “Castigar a los pobres. El gobierno neoliberal de la inseguridad social”.

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