Algo va mal con las Smart Cities

Fuente: Propia

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Artículo publicado originalmente en el Periódico Diagonal el 09/02/2015

Algo va mal con las Smart Cities

La apuesta del Ayuntamiento de Barcelona por el concepto Smart City es clara. La capital catalana, entre otras cosas, acoge cada año desde 2011, la Small City Expo World Congress, primera Feria internacional dedicada al tema; destina grandes esfuerzos e inversiones a potenciar su imagen como ciudad inteligente, patrocinando eventos y actividades que lo manifiestan ampliamente; cuenta, entre su equipo de Gobierno, con algunos de los principales valedores de esta estrategia, y subvenciona proyectos y programas que articulan las últimas novedades relacionadas con las tecnologías de la información y la comunicación, las famosas TIC, con un teórico nuevo concepto de ciudad que persigue la mejora de la calidad de vida de sus ciudadanos. Ahí es nada.

Entre la retórica que acompaña su conversión en Smart City, aparte de la tan manoseada expresión “calidad de vida”, es posible encontrar conceptos tan ambiguos y genéricos como innovación, autosuficiencia, desarrollo, eficiencia, etc. A mi todo esto me recuerda a aquello que Levi Strauss, recogiendo las aportaciones lingüísticas de Saussure, definiera bajo el concepto de significante flotante, es decir, aquel capaz de asumir múltiples encarnaciones. Los significantes aparecen siempre después que los significados mostrando, de esta forma, que el lenguaje y el conocimiento son siempre una potencialidad, o lo que es lo mismo, estarían constantemente en construcción. De esta manera, estos conceptos ciertamente indefinidos toman forma, a lo largo del tiempo, en función del discurso dominante, o como dirían Laclau y Mouffe, en función de las operaciones de hegemonía. Así, como ciudad neoliberal inmersa en la competencia global por la atracción de capitales, en Barcelona estas nociones adquirirían un significante neoliberal, donde cuestiones como “innovación”, querrían decir competencia, “autosuficiencia”, individualismo, “desarrollo”, capitalismo, y “eficiencia”, economía.

En realidad, tras el concepto de Smart City no se escondería nada novedoso sino, más bien, otro ejemplo de la transformación que han sufrido nuestras ciudades tras la finalización de los cincuenta años de capitalismo embridado posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Una apuesta firme por aquello que los holandeses han venido en denominar, eufemísticamente, sociedad participativa, y que no viene a ser otra cosa que el paso de la consideración de las ciudades como espacios para la reproducción de la vida y la sociabilidad humana, a espacios de inversión y consumo. De esta forma, las ciudades son hoy día áreas para la extracción de rentas, ya sea a través del mercado del suelo, la privatización de los servicios públicos con el establecimiento de nuevos y constantes copagos en los mismos, o la puesta en marcha de novedosos servicios que no suponen más que una nueva forma de liberalización encubierta.

El nivel de aplicación de esta receta está directamente relacionado con la capacidad de aceptación de la misma por la población, es decir, de la intensidad que adquiere el discurso en la búsqueda del dominio hegemónico. Por ello, la mayoría de discursos oficiales se afanan en hacernos creer que vivimos en una ciudad nueva, limpia, agradable y desconflictivizada donde, según el relato oficial, incluso sería posible reducir las desigualdades sociales presentes hoy día a través de la apuesta firme de las Smart Cities. Lo curioso de todo esto es que, con solo rascar un poco, es posible eliminar, aunque sea levemente, dicha pátina impecable y mostrar la cruda realidad.

Mi desconfianza ante la construcción del discurso oficial de Barcelona como Smart City me llevó, hace unas semanas, a investigar un poco sobre el entramado institucional que lo envuelve y, más que información, encontré humo, aunque este casi se podría calificar como tóxico. Entre los ejemplos de este humo tendríamos la Fundación Barcelona Digital Technology Centre, en cuyo Patronato, además del Ayuntamiento de la ciudad y la Generalitat, es posible encontrar a empresas como Abertis Infraestructuras, CaixaBank, Capgemini, Fujitsu, Hewlett Packard, IBM, Tecnocom, T-Systems, la Cambra Comerç de Barcelona, la Fundación ESADE, la Universitat Oberta de Catalunya, la Universitat Politècnica de Catalunya, la Universitat Pompeu Fabra y la Universitat Rovira i Virgili, e invitados permanentes como Microsoft, Oracle y Telefónica. Cosa curiosa es que la presidencia de dicho Patronato recae sobre CaixaBank. La misión de dicha Fundación es la de “impulsar el crecimiento del sector de las TIC y la transformación empresarial hacia la nueva Sociedad Digital, mediante la investigación y el desarrollo de nuevos productos y servicios intensivos en conocimiento y de alto valor añadido, para la mejora de la competitividad de la economía catalana”. Mientras escribo estas líneas, su página web solo cuenta con la Memoria para 2013, aunque lleva funcionando desde hace unos años. Y en concreto, dentro de dicha Memoria, aparte del humo tóxico discursivo que antes referí, en el apartado económico solo aparecen datos relativos a ingresos y no a gastos, con lo que no es posible delimitar su balance.

Como no quise detener aquí mi labor investigadora, dentro de la misma web acudí a la pestaña de “Contacta” con la intención de solicitar una más amplia información. He aquí que me encontré con una nueva sorpresa, pues el formulario de solicitud no funciona, éste te informa de un error con un metafórico mensaje sobre la realidad de las ciudades inteligentes: “Oops, something went wrong”. Luego de esto, dediqué sin resultado toda una semana a informar, vía Twitter, a la Fundación de esta anomalía. Sé que solo es un ejemplo, pero algo va mal con las Smart Cities cuando uno de los instrumentos creados ad hoc para la promoción de las iniciativas empresariales vinculadas a las nuevas tecnologías y la mejora de la calidad de vida, ni siquiera es capaz de ofrecer una respuesta adecuada a los requerimientos de información al respecto.

Queda de nuestro lado ser capaz de, al menos, socavar el discurso hegemónico que puebla hoy día Barcelona y otras ciudades, y mostrar, en la medida de nuestras posibilidades, que bajo su apariencia humanística y tecnológica, no se encuentra más que el dominio del espacio por el capital.

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