La industria turística como ideología

Fuente: Propia

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Reconozco que experimento una sensación extraña, agridulce, cuando me reúno con gente con la que, aun compartiendo visiones y posturas políticas y sociales generales sobre muchas cuestiones, sé que cuando nos acerquemos a temas concretos dados a la polémica, aparecerá, tarde o temprano, cierta fricción. Y esa desazón es por un motivo doble: primero porque me siento inseguro; inseguro para defender ciertas argumentaciones que, aunque en mi fuero interior aparecen claras y prolijas, al enfrentarse a puntos de vista externos temo que podrían desmoronarse muy fácilmente y, segundo, porque esta misma confrontación de ideas me abre nuevas perspectivas y aproximaciones a cuestiones que creía consolidadas y que no lo están tanto.

En los últimos días he participado en alguno de estos encuentros y las fricciones aparecidas me han servido para reflexionar en torno a la consideración del turismo como industria en Barcelona. He de decir, antes que nada, que sigo pensando que la actual situación de la capital catalana deviene de un proceso que se puso en marcha hace ya varias décadas, antes incluso de las primeras elecciones democráticas y la llegada al poder del Partit dels Socialistes (PSC). Este proceso, apoyado posteriormente por una normativa aprobada durante el último franquismo, el Pla General Metropolità (PGM), empujaba la ciudad por un camino donde elementos como la industria no tenían cabida y el futuro se vislumbraba en clave servicios. La propias características geográficas de Barcelona como ciudad enclavada entre dos ríos, el mar y la montaña, impidiendo su crecimiento en extensión; su carácter de capital simbólica y política de Catalunya, y su conexión y relación histórica con Europa, entre otras cuestiones, la hacían adecuada para que se desataran en su seno dinámicas especulativas en torno al suelo. Los empresarios locales de zonas industriales, como el Poblenou, ya habían visto la oportunidad de negocio que dicha orientación les otorgaba (incluso diez años antes de la aprobación del PGM), en el famoso caso del Pla de la Ribera. Los Juegos Olímpicos, la celebración del Fòrum de les Cultures o el diseño e implementación del Distrito 22@ son elocuentes ejemplos posteriores si continuamos en clave industrial. Aunque la museificación de espacios urbanos como el Born, la creación del MACBA, el nuevo Mercat dels Encants o el Teatre Nacional de Catalunya (TNC) avanzan en el mismo sentido aunque por sendas paralelas.

Ahora bien, puede ser cierto, y aquí está el punto, que si nos limitamos a ver este asunto desde el prisma de la rentabilidad del suelo, nos estemos dejando elementos interesantes –y de lucha- por el camino. Si bien es cierto que la turistificación de Barcelona ha ido aparejada de procesos especulativos, también es verdad que el turismo en sí, el turismo como actividad productiva, como generadora de rentas y economía, lleva aparejado un complejo de carácter ideológico muy potente que conviene analizar. La propia conceptualización del turismo como industria, pero como industria positiva, no generadora de externalidades, exenta de las distorsiones y las molestias que generaba la industria más clásica, no deja de ser parte de un relato edulcorado artificialmente que no deja ver más allá. De este modo, es frecuente encontrar el debate en torno al turismo escondido tras conceptos como la competitividad, la sostenibilidad o, como dice textualmente el proyecto de Decreto de Reglamento de Turismo en Catalunya “intrínsecament vincula(t)da a l’increment de la seva complexitat, transversalitat i intensa imbricació en àmbits materials, sectorials i econòmics molt diversos”, y donde la cuestión social, envuelta en elementos genéricos como la comunidad, apenas si queda suficientemente reflejada. En definitiva, un cierto fetichismo que actúa como verdadera píldora ideológica.

Sin embargo, las externalidades que genera la industria turística no son físicas, sino sociales, urbanas, por lo que una regulación que evite, elimine, controle y evalúe dichas alteraciones es más que necesaria. Al igual que determinados tipos de industria no pueden estar a menos de cierto número de metros de los núcleos de población, precisamente, por la actuación ex – ante llevada a cabo por los poderes públicos en aras de evitar posibles consecuencias negativas, el turismo necesita de su acotación, planificación y regulación, puesto que estas consecuencias, aunque no tan manifiestas o evidentes como la contaminación de un río o un exceso de ruido por causas industriales, se manifestarán siempre plenamente.

Otro de los aspectos que muestra el turismo como industria, y que también es digno de mención, es el de ser una auténtica avanzadilla de prácticas neoliberales en la gestión empresarial. Así, las externalizaciones, la interpretación laxa de las leyes laborales, la desconcentración de actividades, etc., han acabado convirtiendo el turismo en una actividad económica altamente rentable, sí, pero también generadora de abusos y explotación y del que las demandas enarboladas por Las Kellys son un buen ejemplo.

En definitiva, si el turismo es una actividad industrial, esta debe ser regulada y planificada más aun de lo que se encuentra hoy día. Las externalidades que su desarrollo genera, pese a ser de un efecto no inmediato, actúan de manera negativa sobre la vida en la ciudad. Su concepción como industria inocua no deja de ser pura ideología.

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