Palo Alto. Cuaderno de Campo (04/06/2016)

Fuente: Propia

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Son las 17.24 h.- No hay nadie en la cola. Conforme me acerco a la puerta del mercado, sí que percibo algunas bicicletas aparcadas junto a la entrada. Son un total de 5, de un color naranja, de esas que alquilan algunas empresas a turistas.

Entro sin dificultad. No está la persona de la empresa de servicios que normalmente hace el conteo de entrada. En su lugar hay un guardia de seguridad. Sí hay personal de la empresa en el lado de salida.

Pago mi entrada, 3 euros, y entro. Inmediatamente me doy cuenta de la tremenda animación que hay en el interior. Confieso que esperaba encontrarlo medio vacío, pues este fin de semana coincide con el Primavera Sound, pero no es así. En la parte que hay al entrar a la derecha, donde está el área de comidas, las mesas altas están todas ocupadas por gente que bebe, come algo o simplemente fuma charlando.

En la entrada, de nuevo dos “600s” que anuncian cerveza Moritz dan la bienvenida a los visitantes. Noto la ausencia de la gente de los xurros. En su lugar, un food-truck llamado “Kaixito”. Justo enfrente, hay otra food-truck, aunque con unas connotaciones especiales, pues en vez de ofrecer comidas, sirve para realizar lo que ellos mismos denominan “citas de belleza”, esto es, se trataría de un salón de estética andante y rodante. Está lleno, intuyo por alguna promoción que llevan a cabo.

Los de la app “Zipper” han conseguido su propio stand junto a la puerta. Por lo demás, todo igual.

Continúo en dirección a Buganvilla Street. Encuentro menos gente en la primera calle de paradetes. Continúan presentes, con respecto a anteriores ocasiones, la gente de Gallo Nero y alguna otra editorial. También los de la barbería.

Fuente: Propia

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De hecho, justo a su lado, algunos chicos y chicas van vestidos como marineros/as, con gorros y camisetas de tonos azules y blancos. Hay más paradas de ropa que en otras ediciones. La diferencia es notoria. Sigue, también, la parada de cintas para el pelo y gorros Andrea Viêtënc. También la parada de ropa de segunda mano.

Al llegar a Buganvilla Street veo unas tablas de surf dispuestas a modo de exhibición. Al acercarme caigo en la cuenta de que la temática de esta edición del mercado es el tema marinero (en concreto, Beach Market), por esto los chicos y chicas de la barbería iban así vestidos.

Entro en la Concept Gallery y más de lo mismo: Tablas de surf, bicicletas de diseño, zapados, muchos zapatos. De hecho, hay un puesto de gente que vende zapatos “Made in La Rioja”, elaborados con materiales ecológicos y de forma artesanal. Esta galería está casi vacía. Salgo.

Dirijo mis pasos hacía el área de pastelería y comidas. Hay una chica con una guitarra que canta versiones de canciones españolas clásicas en formato actualizado. Concretamente escucho “Ay pena, penita, pena”. La cantante en cuestión es María Rodés, y toca en una sesión denominada “Maridajes Torres”, esto es, animando al público que toma algún vino de dicha marca.

Continúo hasta la zona abierta que hay al fondo, rodeada de puestos de comida, y con mesas y sillas a modo de terrazas dispuestas en el centro. A mi alrededor veo: Delicatessen de Argentina, granizadas, paella, Peixet els Encants, Gat Blau, etc. Me siento un rato a observar.

Todas las mesas están llenas. Gente que viene y se va, que se para a tomar algo, hablar… Justo a mi lado hay un par de familias con niños de unos 8-10 años, quizás un par de chicos lleguen a los 12. Por su aspecto es posible deducir que son de clase media-alta. La estética y la conversación (en castellano) los delata como probables moradores de la parte alta de la ciudad. Las chicas de pelo largo y dorado, vestidas con ropa aparentemente casual, aunque escogida con detalle, de marcas exclusivas, delgadas, de piel morena por el sol. Los chicos con pelo largo, desaliñado, flequillo y gafas valoradas en cientos de euros. Las madres, tonos azules, rubias con mechas; los padres, con polo o camisa de rallas. Mantienen un dialogo intrascendente -el tiempo, las vacaciones-, hasta que de repente, uno de los adultos señala:

  • ¡Mira, mira!
  • ¿Quién? – responde otro.
  • ¡Esos dos, esos dos!

Me fijo en las personas objeto del comentario y veo una chica y un chico, de aquellos que podríamos catalogar de estética hipster: camisa de manga corta con dibujos florales, tirantes, barbas, gafas de sol vintage, peto vaquero…

Abandono el lugar y me dirijo, de nuevo, a la parte de los food-trucks. Los cuento. Son seis si contamos uno pequeño que vende solo café. Compro un pincho en una de estas camionetas denominadas “L’Escorça” y me siento en un banco. Esta es la zona más concurrida de todo el recinto. El público, en general, es más joven que otras veces. Aunque eso no significa que no se vea familias con niños y gente mayor.

Han pasado un par de horas y abandono el recinto.

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