Del higienismo al neohigienismo: El control del espacio en la Barcelona contemporánea

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Fuente: elpais.com

Del higienismo al neohigienismo: El control del espacio en la Barcelona contemporánea

La historia del diseño y ejecución del Eixample de Barcelona es de sobras conocida. Al despuntar la segunda mitad del siglo XIX, el Ayuntamiento convoca un concurso para planificar la expansión de la ciudad más allá de sus murallas medievales. Pese a que éste es ganado por el arquitecto local Antoni Rovira i Trias, el Gobierno de Madrid, fiel a sus políticas centralistas, impone el proyecto del ingeniero Ildefons Cerdà. Cerdà, conocido icariano, había elaborado, años antes, un plano topográfico del área de Barcelona, así como llevado a cabo uno de los primeros estudios de carácter demográfico y urbanístico de la capital catalana. Aunque parezca un detalle menor, el hecho de que Cerdà sea de formación ingeniero, y no arquitecto, influirá sobre manera en la crítica posterior a su obra.

Las particularidades del Pla Cerdà se hallan en consonancia con actuaciones de similares características emprendidas en otras grandes capitales europeas. El sociólogo Richard Sennet (2007) atribuye a la influencia de algunos descubrimientos fisiológicos de la época –en concreto a la descripción del proceso de circulación de la sangre llevada a cabo por William Harvey-, junto al incipiente papel del capitalismo y su concepto del “individuo”, la importancia atribuida al movimiento, la reconsideración del significado del tránsito, la movilidad, etc. No en vano, el propio Adam Smith se inspiró en la obra de Harvey para proponer que la libre circulación de bienes, servicios y de personas conllevaría una revitalización de la economía similar a la producida por la sangre en el cuerpo humano.

Es de éste y otros hallazgos que se aprovecharán las teorías higienistas para poner de moda la necesidad de hacer circular el aire en las ciudades, evitando las altas densidades poblacionales, abriendo nuevas y anchas avenidas, plazas y calles, y diseñando un crecimiento futuro que desbordara sus límites tradicionales. El más conocido de estos procesos, por su brutalidad y menosprecio por las consecuencias entre las clases populares, es el llevado a cabo en París por el Barón Haussmann bajo el Gobierno de Napoleón III. Una vez más, la ciencia se pone del lado del nuevo sistema productivo uniendo, a la necesidad de evitar las supuestas epidemias y enfermedades que conllevaban las altas aglomeraciones humanas del centro de las ciudades, el rediseño de las mismas en el marco del incipiente capitalismo, el cual necesitaba de amplios caminos, carreteras y avenidas para la entrada y salida de las mercancías, así como para la puesta en marcha de nuevas infraestructuras como el ferrocarril.

Sin embargo, bajo todas estas soflamas de progreso y modernización se encontraba aquello que Artemio Baigorri (1994) denominaría “el gran miedo burgués” a las masas. Así, las reformas emprendidas por Haussmann en París no solo conllevaban la adaptación de la capital francesa a las necesidades de la nueva economía, sino también la capacidad de controlar y derrotar al, cada vez más poderoso, movimiento obrero y popular, evitando que pudiera construir barricadas, defenderse, esconderse o escaparse a través del intrincado sistema de calles de la ciudad medieval, y permitiendo movilizar en su contra, los recursos y tropas necesarias que se encontraban distribuidas a lo largo y ancho del entramado urbano. De este modo, la Comuna de París duró apenas dos meses. Aun así, obras como “La opinión y la multitud”, de Gabriel Tarde (1904), o “La psicología de las masas” de Gustave Lebon (1895), desgranan, anticipan, prevén y alertan, desde la sociología y la psicología, sobre el funcionamiento y manipulación de este nuevo enemigo interior.

Volviendo a Barcelona, el diseño de Cerdà se hacía eco de estas ideas y para ello proponía el sventramento de parte del centro histórico, principalmente con el paso por el mismo de tres grandes avenidas, dos de las cuales lo atravesarían en dirección al Puerto (la continuación de Muntaner y Pau Claris), mientras otra lo haría perpendicularmente a las anteriores pasando por delante de la Catedral. Sin embargo, y aunque el Plan Cerdà comenzó a ponerse en marcha en 1860, con la colocación de la primera piedra en la Plaça Catalunya, no fue hasta que Àngel Baixeras retomara la idea a finales del siglo XIX, que se pusieran en marcha las obras de la única de estas avenidas que, finalmente, se llevaron a cabo bajo el Plan Jaussely: la Via Laietana.

Por otro lado, la idea de Cerdà para el diseño del Eixample estaba fuertemente influenciada por su ideología icariana. Así, el crecimiento sin límites de la ciudad pivotaba sobre un diseño en cuadrícula que situaba por igual a la totalidad de los habitantes de la futura urbe. Ni que decir tiene que los sueños igualitarios de Cerdà no eran compartidos por una burguesía local deseosa de destacarse sobre las mismas masas a las que temía. Nos encontramos en los años de la “creación” del propio Barrio Gòtic o, como lo denomina el historiador Agustí Cocola, del “estuche que custodiaría las joyas de Barcelona, el Palau Reial y la Catedral”[1].

Por otro lado, la particular inquina que arquitectos y políticos como Josep Puig i Cadafalch le guardaban al diseño de Cerdà se puso de manifiesto en el encargo a León Jaussely del Plan de Enlaces. No olvidemos que, entre las cuestiones no resultas por el ingeniero icariano, estaba el modo en que el ilimitado crecimiento del ensanche se articularía con las poblaciones próximas a Barcelona, las cuales, durante los últimos años del siglo, fueron orgánicamente absorbidas por la propia capital. Las ideas de Jaussely para Barcelona apenas tuvieron una plasmación real en la ciudad, sin embargo, influyeron durante décadas la forma de entender el urbanismo a nivel local.

La siguiente actuación en importancia sobre la ciudad de Barcelona sería el conocido como Plan Macià. Decir simplemente de él que fue programado –aunque finalmente no ejecutado- bajo el auspicio de la Generalitat restaurada por la Segunda República. Fue un plan muy influenciado por el racionalismo de Le Courbusier, no en vano fue pensado por el Grup d’Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrés de l’Arquitectura Contemporània (GATCPAC) de la mano de Josep Lluis Sert.

Si se ha tratado con tanta minuciosidad los primeros años del urbanismo barcelonés, ha sido para destacar, por un lado, el marcado interés de las instituciones públicas con poder sobre la ciudad en diseñar una Barcelona acorde a sus propios intereses, esto es, los de la burguesía industrial, poniéndola al servicio de una estructura económica capitalista insertada a nivel internacional y, por otro, la necesidad de evitar, prevenir y controlar posibles estallidos populares que pudieran venir ocasionados precisamente por el cariz de dicha inserción. Algo de lo que la actualidad, por desgracia, no es tan ajena.

El uso privativo que, bajo la alcaldía de Porcioles, se realizó de la ciudad vendría a dar una vuelta de tuerca a esta particular visión de Barcelona, aunque bajo un prisma manifiestamente patrimonialista, como no podía ser de otra manera bajo la Dictadura del General Franco. Es en este periodo –el conocido como porciolismo- cuando nacen, crecen y se multiplican algunos de las grandes y actuales fortunas inmobiliarias de Barcelona, como la representada por Núñez y Navarro, o la extinta Promociones Hábitat.

Los últimos años de la década de los 70s ven llegar la Transición, así como los primeros Ayuntamientos democráticos. El conjunto del Estado no ha sido ajeno al shock que supusieron la crisis del 73 y del 75 –entre otra cuestiones, la primera de ellas se lleva por delante en Barcelona el conocido como Plan de la Ribera, en cuyo equipo económico estuvo encuadrado Narcís Serra, posterior primer alcalde socialista de la ciudad-, algo que supuso la primera gran crisis económica general tras los años de crecimiento del desarrollismo. La fuga de capitales, la galopante inflación, etc., conllevaron la firma de los conocidos como Pactos de la Moncloa, donde, entre otras cuestiones, se acordaron e implementaron fuertes medidas anti-inflacionistas. La situación condujo a que los primeros Ayuntamientos elegidos por sufragio universal se vieran con las manos fuertemente atadas por las restricciones presupuestarias. Aun así, en el caso de Barcelona, y también en el de Madrid, el pujante movimiento vecinal vio cumplido algunos de sus principales objetivos: mejoras y creación de nuevos equipamientos, dotación de infraestructuras, creación de plazas y jardines, mobiliario urbano, etc. Por razones que no se analizarán aquí ahora[2], el poderoso contrapoder que fueron las asociaciones de vecinos fue desinflándose poco a poco debido, entre otras cuestiones, a la actitud condescendiente de la institución municipal y a una cada vez más evidente política clientelista. Este urbanismo de mínimos fue finalmente olvidado cuando, en el año 1986, Barcelona fue elegida como sede de los Juegos Olímpicos de 1992. Estamos a las puertas del conocido como “Modelo Barcelona” cuya máxima expresión se desarrollaría bajo el mandato en el consistorio de Pasqual Maragall.

Así, el tan manoseado modelo puede ser visto, y de hecho lo es bajo la mirada de determinados urbanistas, como un intento de llevar a cabo un tipo de urbanismo ciudadano donde destacaría una enorme sintonía entre los agentes públicos, sociales y empresariales de la ciudad. Para los geógrafos García Ramón y Albet (2000), este modelo podría caracterizarse por el desarrollo de una ciudad donde los espacios públicos juegan un papel destacado y donde las transformaciones se llevan a cabo bajo el liderazgo de las administraciones públicas, que velan por el interés general conforme a criterios de coherencia y credibilidad; por la existencia de un proyecto de ciudad que aúna pequeñas intervenciones con grandes mega-eventos, evita la especialización funcional y la gentrificación del centro histórico; por la intervención en las periferias dotándolas de equipamientos e identidad colectiva a través de procesos participativos inclusivos y, finalmente, por la proyección a nivel internacional del propio Modelo como una experiencia trasladable.

El periodo de máxima gloria de la también denominada por el periodista Llatzer Moix (2002) “ciudad de los arquitectos” nos lleva a las puertas de la celebración del Fòrum de les Cultures bajo el mando de un nuevo alcalde, Joan Clos. Este nuevo mega-evento llega cuando Barcelona es descartada como sede de la Capitalidad Cultural Europea del año 1996 y, acostumbrada como está al crecimiento en base a grandes acontecimientos, decide inventarse su propia capitalidad. Es así como nace, por decisión de la 29ª Conferencia General de la UNESCO, en el año 1997, el proyecto entonces denominado “Fórum Barcelona 2004”.

El Fórum, calificado por voces reconocidas, como la del profesor Manuel Delgado, como “mamarrachada”[3], permitió a la ciudad completar su estructura urbana llegando hasta el Besòs, reurbanizando el área, copándola de hoteles y edificios de oficinas y creando de la nada barrios enteros como Diagonal Mar. Antiguas hectáreas de suelo industrial fueron recalificadas como urbanas con el consiguiente proceso especulativo y la llegada, a raudales, de dinero a manos de grandes empresas inmobiliarias y financieras.

Pero la labor de Joan Clos no se quedó ahí, sino que el político socialista también fue el responsable de cuestiones como la puesta en marcha del Distrito tecnológico 22@ o de la aprobación, en el año 2005, de la “Ordenanza de medidas para fomentar y garantizar la convivencia ciudadana en el espacio público de Barcelona”, también conocida como Ordenanza Cívica.

Algunos autores, como el antropólogo Giuseppe Aricó, señalan que ciertas actuaciones, como la aprobación de la ordenanza, llevadas a cabo bajo el mandato de Clos no pueden ser entendidas sin tener en cuenta su particular curriculum. Así, la formación del alcalde como licenciado en medicina, anestesista de profesión y Presidente de la Sociedad Española de Epidemiología podría ser fundamental para entender su concepción de lo que se puede y no se puede hacer en el espacio urbano, marcado por un fuerte carácter neohigienista. Solo así es posible entender que, bajo su mandato, se limitara bailar o jugar en la calle, consumir bebidas alcohólicas, excepto en aquellas lugares habilitados para ello –léase, las terrazas de los bares-, realizar actuaciones musicales, llevar a cabo mercadillos, etc. La máxima perversión de este modo de entender la ciudad podría ser, precisamente, el caso conocido como 4F, donde la actuación de la alcaldía se fundamentó en mandar, cuando no tocaba, al lugar de los hechos a la empresa BCNeta y a barrer, bajo la alfombra municipal, un flagrante caso de corrupción policial.

Llegamos así al final de una historia, que no de la Historia, que comenzara hace más de 150 años. Si por entonces la transformación de la ciudad se veía como necesaria para facilitar la salida de los productos de la Barcelona industrial controlando, de paso, el posible descontento obrero, en la actualidad, cuando el proceso de acumulación del capital ha pasado de un sistema industrial fordista a otro más flexible basado en el turismo, el comercio y el sector inmobiliario, la ciudad necesita volver a reformarse –a vaciar y llenar, como diría Jaume Franquesa (2007)-, transformando la realidad cotidiana de sus vecinos y vecinas en función de los intereses de sus élites, ordenando el propio sentir de la vida urbana en sus calles y plazas y convirtiéndonos a todos en meros figurantes.

 

Bibliografía

Andreu, M. (2015) Barris, veïns i democracia. El movement ciutadà i la reconstrucció de Barcelona. Barcelona: L’Avenç

Aricó. G. (2016) La pacificación de la periferia. Conflictividad social y regeneración urbana en el barrio de La Mina, Sant Adrià del Besòs, Barcelona. Tesis Doctoral, Universitat de Barcelona

Baigorri, A. (1994) Gabriel Tarde, el gran miedo burgués. [En línea] www.insumisos.com/lecturasinsumisas/El%20miedo%20burgues.pdf

Cocola, A. (2011) El barrio gótico de Barcelona. Planificación del pasado e imagen de marca. Barcelona: Ediciones Madroño.

Franquesa, J. (2007) Vaciar y llenar, o la lógica espacial de la neoliberalización. Revista Española de Investigaciones Sociológicas, 117, pp. 123-150.

García-Ramón, M. D. y Albet, A. (2000) Pre-olympic and postolympic Barcelona, a ‘model’ for urban regeneration today?, Environment and Planning A, vol. 32, 1331-1334.

Le Bon, G. [1895] (2005) La psicología de las masas. Madrid: Ediciones Morata

Moix, Ll. (2002) La ciudad de los arquitectos. Barcelona: Anagrama

Sennet, R. (2007) Carne y piedra. El cuerpo y la ciudad en la civilización occidental. Madrid: Ed. Alianza

Tarde, G. [1904] (1986) La opinión y la multitud. Madrid: Taurus.

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[1] El Periódico de Catalunya, 23/10/2011.

[2] Para los interesados destacar el trabajo del historiador Marc Andreu (2015) “Barris, veïns i democracia.

[3] Para más información ver http://manueldelgadoruiz.blogspot.com.es/2011/08/16-de-agosto-de-2001-aniversario-de-una.html

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