¿Neomaragallismo en comú?

Fuente: lamarea.com

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Primera versión de un artículo más extenso, escrito a varias manos y publicado en El Diagonal el pasado día 07/04/2016.

¿Neomaragallismo en comú?

El Gobierno municipal de Barcelona en Comú no ha negado nunca su vinculación simbólica y sentimental con el pasado maragallista de la ciudad. Más allá del impulso que la candidatura pudiera recibir de personajes íntimamente ligados a las primeras administraciones socialistas de la capital catalana, la propia Ada Colau se encargaría de confirmarlo, poco después de prometer el cargo, al recibir al ex alcalde en su despacho de la Plaça Sant Jordi y no ha dejado pasar la oportunidad de manifestar la importancia del legado de Maragall para la ciudad.

Sin embargo, los vínculos y paralelismos entre los Gobiernos socialistas y los primeros pasos de los comunes no se quedan ahí. Cuestiones como la descapitalización de parte de los movimientos sociales críticos de la ciudad, o cierta celebración desprejuiciada de los logros de los anteriores equipos políticos municipales son, también, elementos compartidos entre ambas administraciones. No en vano, fue un recién nombrado alcalde Maragall el encargado de otorgar la Medalla de Oro de la Ciudad al inefable Josep Maria de Porcioles en 1984.

La llegada de Barcelona en comú al Ayuntamiento supone también un reconocimiento explícito a la teoría de las etapas del urbanismo barcelonés. Una teoría según la cual existió una época dorada, entre los inicios de la Transición y el nombramiento de Barcelona como ciudad olímpica en 1986, donde fue posible poner en marcha un urbanismo ciudadano de pequeñas intervenciones, dignificación y construcción de espacios públicos y zonas verdes, dotación de equipamientos y satisfacción de necesidades colectivas vecinales largamente demandadas. La misma teoría añadiría que esta etapa se vería posteriormente interrumpida por las necesidades de intervención debido a la apoteosis de los Juegos y perdería totalmente el rumbo con la celebración, en 2004, del Fòrum de les Cultures. Revisiones posteriores de aquellos años han señalado ciertas fallas del modelo como, por ejemplo, la falta de atención municipal a la vivienda o a las políticas de suelo.

Así, si los socialistas de los 80s se presentaron a sí mismos como continuadores y ejecutores de las demandas sociales del potente movimiento vecinal de la década anterior, algo que se vio ampliamente reflejado en la construcción simbólica y discursiva de los correspondientes Gobiernos, el Ayuntamiento de Barcelona en Comú se presenta asimismo como una especie de asalto a los cielos municipales por parte de distintos colectivos sociales y se dota de un relato pleno de referencias a elementos que se suponen indiscutiblemente progresistas y recogidos de estos, como “empoderamiento”, “redes comunitarias”, “participación”, “cooperación”, “transparencia” y “bienes comunes”, entre otros, algo que podría no dejar ver el bosque de las intervenciones municipales más controvertidas.

Así, la actuación con respecto al fenómeno del top manta, con operaciones imprevistas y cuestionables en la zona del Puerto o las Ramblas, algo que ha dado lugar a la auto-organización de los vendedores en torno a un Sindicato Popular; la participación municipal ciertamente acrítica en un evento como el Mobile World Congress 2016, o las expectativas de plusvalías creadas alrededor de las 28 hectáreas del entorno de la desembocadura del Besòs, actualmente bajo calificación industrial, serian algunas de las esperanzas frustradas y oportunidades venideras que el nuevo municipal no debe desdeñar para demostrar que se trata de algo más de un proyecto político que cuenta con una bonita retórica discursiva.

La frustración de las ilusiones de muchos y muchas barceloneses puede abocar, finalmente, en la vuelta al poder municipal de grupos políticos que no ocultan en ningún momento sus intereses afines a las élites de la ciudad y alejaría, durante mucho tiempo, a una verdadera izquierda transformadora de las instituciones municipales.

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