Rajoy contra las masas

Fuente: Rtve.es

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Esta semana se han constituido los recién elegidos Congreso de los Diputados y Senado. Como es de todos sabido, casi un mes después de las elecciones seguimos sin Gobierno y, además, sin muchas pistas sobre lo que finalmente pueda suceder. La fragmentación de la cámara baja es evidente; dos nuevos partidos han entrado con fuerza. Por un lado tenemos a Pablo Iglesias y sus secuaces, es decir, Podemos y sus aliados, con 69 Diputados y, por otro, al suflé liberal de Ciudadanos, con 40. Partido Popular y PSOE tienen 123 y 90 respectivamente, y Unidad Popular-Izquierda Unida y los distintos partidos nacionalistas y regionalistas se reparten el resto. Los sudokus están que arden y todos los días nos encontramos con nuevas sorpresas y cálculos aritméticos sobre lo que el futuro nos pueda deparar.

Aunque los días anteriores los antiguos y nuevos inquilinos del hemiciclo fueron firmando y recogiendo sus actas, no fue hasta el pasado miércoles que pudimos asistir a la primera foto completa del recién constituido Congreso. No es que les tenga especial simpatía, pero como buenos conocedores de la lucha por la hegemonía -y por tanto de la capacidad de definir y establecer las prioridades de la agenda política y mediática- algunos representantes de Podemos fueron capaces de atraer las miradas sobre ellos a través de una elaborada estrategia discursiva y simbólica, permítanme la redundancia. Bebes, barrocas promesas de cargos y rastas aparecieron así en todas las portadas.

Lo curioso del caso es que esto parece haber cogido desarmados a los veteranos políticos del bipartidismo así como a sus asesores y estrategas. Puede dar la sensación de que no se han enterado de qué va la película, pero yo soy de los que piensan que, sobre todo en el PP, no es que no se hayan enterado, sino que simplemente han desdeñado, de forma condescendiente y por no creerlo necesario, tomar ningún tipo de medida. Creo firmemente que Rajoy y el Partido Popular no se toman en serio a algunos de los nuevos representantes de la llamada voluntad popular, simplemente porque los desprecian.

El sociólogo Gabriel Tarde, a finales del siglo XIX, fue de los primeros científicos sociales en establecer distinciones entre los conceptos de multitud, o masa, y público. Para Tarde, las multitudes eran grupos de hombres y mujeres que se mostraban intolerantes, enfermizos, irresponsables, crédulos, locos, se caracterizarían por una “hipertrofia del orgullo, intolerancia y falta de moderación en todo (…) Las multitudes padecen de verdaderas alucinaciones colectivas: los hombres reunidos creen ver o creen oír cosas que aisladamente no verían ni oirían nunca. Y cuando las multitudes se creen perseguidas por enemigos imaginarios su fe aparece fundada sobre razonamientos de alienado”. El público, por otro lado, sería una “colectividad puramente espiritual (…) una dispersión de individuos, físicamente separados y entre los cuales existe una cohesión solo mental”. La multitud aparecería así como algo animal, el público, por su parte, perteneciente la parte más avanzada de la evolución social. Los contactos en la multitud son físicos, mientras que entre el público son espirituales. Tal era el pensamiento de parte de la nueva ciencia sociológica hace apenas un siglo.

Para Tarde, que antes que sociólogo había sido Juez, así como para otros autores de la época, como Gustave Le Bon -que estimaba que cualquier individuo sumergido en una masa en acción junto a otros mostraba una actitud similar al de una persona hipnotizada y, por lo tanto, era altamente manejable- las multitudes representaban un peligro para el orden social establecido. Asistían atónitos al proceso acelerado de la industrialización en Europa y a todo lo que ello representaba: miles de campesinos llegados desde el campo en busca de trabajo; jornadas interminables en la factorías; mujeres y niños trabajando por una miseria; ciudades que crecían pobladas de calles y casas en condiciones altamente insalubres, etc. Las multitudes, las masas, constituían unos parias de la Tierra que comenzaban a tomar conciencia de su propia situación.

Cuando Tarde publica La opinión y la multitud en 1901 -obra de la que provienen los entrecomillados anteriores-, hacía 37 años que se había fundado la Primera Internacional y la clase social a la que el sociólogo francés, burgués de provincias, pertenecía comenzaba a ver amenazado su estatus y privilegios. Una teorización en torno a los peligros que la multitud representaban, así como la estabilidad que un público informado -y distanciado- representaban se mostraba más que evidente.

Y algo de esto es lo que ha visto nuestro querido Presidente en funciones con la entrada de algunos de los nuevos Diputados en las Cortes: la entrada de las multitudes, esas masas que su clase tanto desprecia, en lo que él y los suyos consideran el espacio del público por excelencia: El Congreso. Un señor que ha pretendido ganar las elecciones con el lema “Por una España en serio” (que es lo mismo que decir “Como Dios manda”), y que lo más atrevido que se debe permitir es elevar el tono de voz cuando Cristiano Ronaldo mete un gol, ha visto de repente como no solo está a punto de perder la mayor cuota de poder que nunca tuvo su partido en la historia de este país, sino que, además, lo va a hacer en manos de la chusma, de parte una gente que hace sólo cinco años, se juntó en plazas y calles conformando esa masa 2.0 que suponen parados de larga duración, pensionistas, jóvenes sin empleo, cuidadores de dependientes, viejos y nuevos activistas, gente que pasaba por allí, etc.

Rajoy y el Partido Popular no tomarán ninguna medida no solo porque no entienden los que les está pasando, sino porque desprecien a las masas. Como aquella vieja maldición china, estamos condenados a vivir tiempos interesantes.

PS: El que pensi que a Catalunya estem lliures d’aquest menyspreu només ha de llegir articles com aquest.

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