El Vacío

Este artículo fue publicado originalmente en el Periódico Diagonal el 03/09/2015

El Vacío

Conforme se va acercando el 27 de septiembre, fecha de las elecciones en Catalunya, más se encienden los ánimos y se enrarece el debate. No puede ser de otra manera en un contexto en el que la cuestión está planteada en clave plebiscitaria y cuando estamos ante un tema al que es difícil descargar de visceralidad: la posible independencia de Catalunya.

La idea inicial, que todas las fuerzas soberanistas, o al menos las que apostaran por el derecho a decidir, figuraran en una sola lista, ha quedado desdibujada. Algo inevitable si se pretendía mezclar movimientos, partidos y figuras tan dispares como Convergència Democràtica de Catalunya (CDC), Esquerra Republicana (ERC), Iniciativa per Catalunya (ICV), Podem-Podemos, la Candidatura de Unidad Popular (CUP), Artur Mas, Muriel Casals o Albano Dante Fachín.

El espacio aparece finalmente fragmentado. Así, tenemos la famosa lista del Presidente, Junts pel Sí, la cual se encuentra encabezada por Raül Romeva, ex parlamentario europeo por ICV y con Artur Mas en cuarta posición; a Catalunya Sí que es Pot, que agrupa a ICV, Podem-Podemos, Esquerra Unida i Alternativa (EUiA) y EQUO, y está liderada por Lluis Rabell, conocido activista vecinal de Barcelona, y a la CUP con Antonio Baños en primera posición.

Dentro del bloque autodenominado constitucionalista se encuentran el Partit dels Socialistes (PSC), en proceso de evidente pasokización; el Partido Popular (PP) con el xenófobo Albiol a la cabeza, y Ciutadans con una nueva cara al frente, Inés Arrimada, tras el paso de Albert Rivera a la política estatal.

Por último tendríamos a Unió Democrática de Catalunya (UDC), en una extraña posición de tercera vía de derechas.

Las encuestas, hasta el momento, muestran como claro ganador a la llista del President, aunque sin la suficiente mayoría como para poder llevar a cabo la Declaración Unilateral de Independencia (la aún más famosa DUI). Tanto la CUP como Catalunya Sí que es Pot ya han dicho que no lo apoyarán, aunque por motivos distintos. Y aquí podría estar un poco la clave de esos encendidos ánimos ya que desde Junts pel Sí se entiende que todos aquellos que apuesten claramente por la independencia deberían apoyar sin fisuras la lista encabezada por Romeva.

El principal argumento de éstos estriba en que, para que pueda darse una confrontación electoral normalizada -en los clásicos términos de izquierda/derecha si se prefiere-, primero ha de darse la independencia, se ha de vivir en un país normal. Mientras que los segundos, exceptuando a los no independentistas pero que sí apoyan la celebración de un referéndum o aquellos que se conformarían con una forma distinta de relación con el Estado, entienden que esto debe darse de forma conjunta. Tal y como señaló la diputada del Parlament por la CUP, Isabell Vallet, “primer independència i després lluita de classes és fer trampa”. Es decir, no se puede privilegiar la cuestión nacional a la social.

Y algo de esto hay. El proceso de independencia, como cualquier otra dinámica política, no se produce en el vacío de una supuesta sociedad homogénea. Todo proceso político es, y será, fruto de la división y el enfrentamiento de intereses, opciones y, desde hace cuatrocientos años, de clases. Intentar priorizar la cuestión nacional a la social es tanto como confiar en que la derecha, que ha gobernado Catalunya durante décadas con conocidos resultados, conducirá el nuevo país -siguiendo la metáfora que tanto gusta a Artur Mas- a una Ítaka ajena a sus propios intereses políticos, sociales y económicos. Mas y su clase no se harían nunca el harakiri. Dejar en manos de Junts pel Sí, por mucha barreja que contenga, la dirección del proceso podría ser, como dice el refrán, saltar de la sartén a las brasas. Para que una nueva Catalunya plural y popular surja, sea cual sea el final del proceso, se ha de fijar cada paso, atando al máximo la consecución de un país normal, sí, pero también más justo e igualitario.

Como dice un amigo mío, ya que estamos construyendo un nuevo país, ¿por qué no aprovechamos para construir también una nueva sociedad? Si no, quizás, no valga la pena.

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