Pobres contra pobres en el Besòs

Fuente: Propia

Fuente: Propia

Este artículo se publicó el pasado 20 de diciembre de 2014 en el Periódico Diagonal.

Pobres contra pobres en el Besòs. Breve relato etnográfico de un paseo por la periferia de Barcelona

Hacía frío. Al abandonar la boca del metro en la estación del Besòs, sentí en la cara un viento helado que llevaba consigo miles de microscópicas gotas de agua. No es que Barcelona sea una ciudad fría, más bien al contrario. Su carácter mediterráneo hace que el invierno sea corto, que casi acabe antes de comenzar. Sin embargo recuerdo ese día como húmedo, desapacible y gris.

Como siempre que salgo de una estación, me sentí algo confuso, más bien desorientado. Si no es una parada que frecuente, y en este caso no lo era, indudablemente mi primera sensación es la de desorientación. Sin embargo, en esta ocasión, en vez de buscar un mapa en el móvil o tratar de intuir yo mismo el camino correcto, opté por preguntar a alguien que pasara por allí. Pese al día y a la localización junto a una autovía, no faltaba gente andando por la calle o comprando en las tiendas. “Perdone, ¿la Rambla de Prim?” – pregunté a un señor que se acercaba. “La tienes justo ahí” – me respondió.

No me preguntéis por qué, pero en esta zona de Barcelona a mí las distancias me parecen inmensas, como si de una desolada maqueta se tratara. De esas que se construyen sin personas, las cuales parecen afear el diseño, con grandes y amplias avenidas, zonas verdes y mucho cristal, y que funcionan como reclamo publicitario. Ni que decir tiene que el origen del Besòs no fue una maqueta en la Bienal de Venecia. Aunque pudo haberlo sido, ya que el antiguo Poblado Sudoeste del Besòs, que es su nombre original, supuso en su momento casi una revolución. Un polígono de viviendas modélico que contemplaba un concepto de barrio más inclusivo, eficiente y humano. El resultado final fue un ejemplo representativo del urbanismo desarrollista de las grandes ciudades del Estado español durante el franquismo.

Entre sus características principales encontraríamos la urgencia de las construcciones, destinadas a acoger a aquellas masas de población que, desde distintos puntos de la geografía peninsular, no tuvieron más remedio que abandonar sus pueblos y ciudades de origen en busca de una vida mejor en la España de los planes de desarrollo. Esta urgencia relativa sirvió, entre otras, como excusa para levantar cientos, miles de viviendas precarias, verdadero barraquismo vertical en gran cantidad de ocasiones, donde hacinar a estos grandes grupos sociales que arribaban a las localidades con mayor potencial industrial. Faltos de los equipamientos más básicos, colegios, centros de salud, de recreo, deporte, etc., estos barrios podrían ser considerados auténticos panales para las abejas obreras del incipiente capitalismo español. Su construcción vino acompañada, en gran cantidad de ocasiones, por el enriquecimiento de unos pocos. Muchas de las actuales grandes compañías inmobiliarias y de infraestructuras, aquellas de la Marca España, se fundaron en aquellos tiempos. Algunos, incluso, habitan hoy nuestras cárceles. La ahora tan renombrada puerta giratoria, el mecanismo socioinstitucional que evidencia la más absoluta de las conexiones entre la política y la empresa era, entonces, “La Puerta”. No había necesidad de que girara, pues los intereses de la oligarquía y el incipiente capitalismo inmobiliario eran los mismos, y sus protagonistas, también.

De esta forma, el Besòs de hace unas pocas décadas, el que acogía la emigración a Catalunya proveniente de Murcia, Andalucía, Galicia o Extremadura, se convertiría en uno de los varios barrios de aluvión de la capital catalana. Junto a otros, como Ciutat Meridiana o el Carmel, aparece siempre entre los primeros en índices de fracaso escolar, y los últimos en aquellos otros indicadores relacionados con la renta familiar disponible o la esperanza de vida. Su carácter de barrio de migrantes le ha acompañado desde su fundación, pues pasó a ser residencia final del éxodo estatal, a lugar de destino de la inmigración internacional, donde magrebíes, ecuatorianos, pakistaníes o subsaharianos, se encuentran en un entorno de precios mucho más asequibles que sus vecinos del distrito de Sant Martí, como Diagonal Mar i Front Marítim o el Poblenou.

Volviendo a mi trayectoria de aquel día, ni corto ni perezoso seguí las indicaciones que me apuntara el buen señor al que había preguntado, y encaré la Rambla de Prim. Mi objetivo era llegar a la sede del Centre Cívic del barrio, situado en el número 97 de dicha Rambla, así que aceleré el paso con decisión pues el tiempo se me echaba encima y todavía me hallaba a la altura del número 151 de la misma calle.

La Rambla es un espacio ancho, con dos vías para la circulación de vehículos, una en cada sentido, a ambos lados de una parte central destinada a los peatones. Ésta se encuentra arbolada y es frecuente toparse con manchas de vegetación, más o menos cuidada, aquí y allí, junto a fuentes, estatuas y parques infantiles. Sin duda, esto último llamó mi atención ya que, si bien en otros barrios de Barcelona estos suelen tener un pavimento acolchado especial, destinado a evitar todo daño en los críos que allí jueguen, aquí se trataba de un suelo de tierra, bueno, de fango más bien, debido al clima del día. Ni que decir tiene que no había nadie en ellos, los charcos y el barro lo hacían impracticable. “Una lástima” – pensé, porque con una buena cubierta, estos emplazamientos pueden usarse independientemente de la climatología. Algo más allá, me topé con una zona destinada a la práctica del skating, donde numerosos grafitis poblaban sus paredes. Tan absorto estaba en mis pensamientos que no me di cuenta de que los números de los portales, en vez de disminuir, aumentaban. “No puede ser” – me dije a mí mismo. Volví a preguntar, esta vez a una chica que paseaba a un perro, y ésta confirmo mis sospechas. Había enfilado la Rambla correctamente, solo que en sentido contrario. Evidentemente, no llegaría a tiempo.

Aceleré el paso, ahora mucho más confiado en mi trayectoria, y volví sobre mis pasos, fijando mi atención, en esta ocasión, sobre los comercios locales. Junto a destartalas tiendas de ultramarinos, de aquellas que la gente denominaría de las de toda la vida, observé peluquerías especializadas en cortes africanos, tiendas de productos latinoamericanos, bares gestionados por vecinos de origen chino, junto a portales y más portales, algunos más arreglados que otros. Según las estadísticas, más de 23 mil personas viven en sus inmediaciones, algo que supone una densidad de población de 828 personas/km2, superior a las 626 de la media de Barcelona.

Por fin llegué al Centre Cívic. Al cruzar sus puertas, una bofetada de calor y humedad me empañó los cristales de las gafas. Sin perder ni un minuto, miré el panel de indicaciones que había justo en la pared izquierda y localicé mi lugar de llegada, “Escola d’Adults”, la escuela de adultos. Cogí el ascensor y en pocos segundos me encontraba en la tercera planta del edificio. Grandes bloques prefabricados lo  conformaban, típicos de la moderna arquitectura funcionalista o funcional. Sin embargo, la gran cantidad de pósters, cartulinas, figuras, pancartas, carteles y demandas que poblaban sus paredes, junto a gentes de apariencia sencilla que andaban arriba y  abajo, no transmitían esa sensación fría que, en muchas ocasiones, nos dan los equipamientos públicos. Allí había gente de forma frecuente y eso se notaba. Roger me esperaba al salir del ascensor, me saludó efusivamente y, tras un comentario superficial sobre mi retraso, pasamos a una sala donde los vecinos me estaban aguardando.

Habría unas 20 personas. Se encontraban muy juntas y sentadas en el típico mobiliario verde de madera conglomerada de las escuelas públicas. Formaban una “U” donde yo me colocaba en su parte abierta. La edad media era alta, unos 50 años, y las mujeres suponían una mayoría aplastante. Entre ellas había muchas que se cubrían el pelo con un pañuelo típico del norte de África, tal y como prescribe el hiyab. Junto a estas había señoras mayores, que hacía tiempo que habían cumplido los 70 años, y otras más jóvenes vestidas con ropa deportiva. Un par de hombres, de entre los 30 y 45 años, uno de ellos con algún tipo de discapacidad, completaban la escena. Roger me presentó, “Aquí tenéis a José, él os hablará sobre el contexto de las ciudades de la India”. Y sin más, comencé mi disertación.

Fueron unos 30 minutos muy intensos. Creí necesario escoger muy bien mis palabras y usar términos muy genéricos, intercalar alguna broma y acompañar mi narración con algunas imágenes, sobre todo pensando en las mujeres magrebíes, las cuales, sospeché, podrían no comprender muy bien el castellano. Durante mi charla, fui frecuentemente interrumpido con comentarios y preguntas, a veces, no muy atinadas sobre el tema en cuestión. Sin embargo, lo que más me llamó la atención, y quizás es el objeto final del presente relato, fue el comentario de una señora menuda, con el pelo totalmente blanco, que se sentaba al fondo. “Y usted, ¿a qué ha venido aquí?” – me inquirió. Una pregunta así, la verdad, no deja de sorprender a uno. “Bueno, a mostrar otras realidades, la realidad urbana de la India, las diferencias tan extremas existentes entre gente que lo tiene todo, y más que todo, y gente que no tiene nada” – respondí yo. “Aquí se ve esto todos los días, ¿sabe usted? Precisamente ayer, al asomarme a mi ventana,  vi a un hombre, así como usted, rebuscando en un contenedor de basura. Encontró un trozo de pan y se lo comió. Se me partió el alma”.

No es que comentarios así no salgan, de vez en cuando, en charlas que hablan sobre exóticas y extremas situaciones de pobreza en otras partes del mundo, pero dependiendo mucho del contexto, a veces cuesta algo de trabajo encontrar la forma de rebatir, precisamente, la idea del carácter exótico y ajeno de esa pobreza. Sin embargo, no tuve tiempo de nada. Dos segundos después de esta intervención, otra vecina, en esta ocasión, de origen magrebí, se dirigió a toda la clase, “Es que han robado mucho. Si devolvieran todo lo que se han llevado…” – señaló. Y casi sin que hubiera cerrado la boca, la señora anterior, la del alma partida, respondiendo a estas palabras, alzó la voz para decir: “Vosotros habéis venido aquí y ya os lo habéis encontrado todo hecho. Colegios, servicios sociales… Cuando yo vine a Barcelona, yo y mi difunto marido, no teníamos nada, ¡nada!”. Cierto silencio sepulcral pobló la clase. Desarmado, miré a Roger que, dirigiéndose a los presentes, dijo: “Bueno, ya es hora de acabar. Damos las gracias a José por su presencia aquí y nos vemos mañana”.

Después de despedirme del personal del Centre Cívic salí a la calle, de nuevo, en busca del Metro. Me acompañaban el frío y una sensación íntima y profunda de tristeza. Vecinos y vecinas que conviven cada día con los estragos de una crisis que se ha convertido en la excusa perfecta para dar una vuelta de tuerca más al capitalismo patrio, se enfrentan unos a otros por los pocos recursos, las casi migajas, que nos ofrece el sistema. Quizás sea esto lo que nos depara el futuro. Pobres contra pobres en la periferia de Barcelona.

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