Familia y crisis en el neoliberalismo. A propósito de Maurice Godelier.

Fuente: dempeusperlasalut.wordpress.com

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Si alguien se piensa que, desde la antropología o cualquier otra ciencia social, es posible hacer afirmaciones rotundas y contundentes que expliquen decididamente determinados procesos sociales, está muy equivocado. Su propio carácter científico se lo impide, pues no olvidemos que toda teoría es una hipótesis temporal que no ha sufrido una refutación. La ciencia es, siempre y por definición, tránsito. Por otro lado, la complejidad de los procesos sociales es tal que, como ocurre en algunas ocasiones, intentar que éstos encajen en conceptualizaciones teóricas -a veces aisladas del resto del marco general- y luego intentar plasmar los resultados en un texto, muchas veces breve, puede resultar, cuanto menos, naif.

Ahora bien, eso no significa, como opinan ciertas corrientes posmodernas, que la antropología deba centrar su atención en una simple labor descriptiva de las realidades sociales, olvidando en todo momento intentar construir (y deconstruir) elaboraciones teóricas, más o menos complejas, que intenten arrojar luz sobre las relaciones y procesos estudiados. Existen máximas -como aquella que señala que todo hecho social debe ser explicado socialmente- que no podemos dejar de lado.

Viene esto a cuento de algunas consideraciones que la antropología económica ha venido elaborado desde hace años, sobre todo desde el marxismo y otras corrientes críticas, y que nos permitirían una primera aproximación a un fenómeno que se viene observando desde el inicio de esta (mal)llamada Crisis: el renovado protagonismo de los lazos familiares.

Los antropólogos somos muy dados a pensar que, en las sociedades pre-capitalistas, los lazos de parentesco desempeñaban un rol esencial, dominando parte de la propia vida de estas sociedades. Sin duda, hay una gran verdad en todo ello. Maurice Godelier dedicó a estos cambios parte de su trabajo en “Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas”. Este autor francés afirmaba que el papel de estos lazos, de la familia al fin y al cabo, fue esencial en la (re)distribución de la producción, de los medios de producción y en la misma reproducción social. Esto era más evidente en sociedades agrarias y ganaderas, donde el modo de producción presente -con ausencia general de la propiedad privada- otorgaba un gran protagonismo a unas relaciones de parentesco que articulaban el sistema. Sin embargo, al cambiar el modo de producción, esa preeminencia se fue modificando. Así, por ejemplo, el capitalismo, con la aparición del trabajo asalariado y las clases, fue diluyendo la importancia de la familia en su relación con los modos de producción, ya que estos no pertenecían al mismo grupo social, aunque no así en la reproducción social, como veremos más adelante.

El proceso de reestructuración del sistema capitalista, en su versión neoliberal, que estamos viviendo en la actualidad ha tenido, como consecuencia, quien sabe si buscada o no, cierta reversión de esta situación. Ahora es posible observar con frecuencia fenómenos de reafirmación familiar, más o menos voluntarios. Los medios de comunicación nos muestran casi de forma diaria que muchas parejas con hijos, otrora núcleos familiares independientes, al perder sus trabajos han tenido que volver a casas de los abuelos y abuelas que, con sus pensiones, son los encargados de mantener, alimentar o pagar las hipotecas de estas nuevas familias reconstituidas. Las estadísticas nos muestran como casi un millón de personas viven en esta situación, algo que se ve agravado en determinas áreas geográficas, donde hasta un 20% de la población vive bajo estas circunstancias. Este renovado papel de la institución familiar como elemento de soporte, reciprocidad y solidaridad, estaba ausente de la sociedad española hace unos años, donde era altamente frecuente, por ejemplo, la vida en soledad de nuestros mayores.

Otra cuestión que no puede dejar de pasar desapercibida es el hecho de que, si bien los lazos de parentesco han desempeñado un papel casi testimonial en las sociedades capitalistas modernas en su relación con los modos de producción, no ha sido así en los aspectos relativos a la reproducción social, donde la labor de la mujer ha sido, tradicionalmente, la de ofrecer los cuidados necesarios para que dicha reproducción pudiera llevarse a cabo. El cuidado de los niños, los mayores, las tareas del hogar, etc., han sido el ámbito de acción reservado para ellas. Prueba de ello ha sido que, cuando se han incorporado al mercado laboral, lo han hecho mediante trabajos parciales, no dejando de lado -en gran multitud de ocasiones- la continuidad de esos cuidados y, cuando lo han hecho a jornada completa, han sido los abuelos y abuelas (de nuevo la familia) los encargado de gran parte de esas tareas.

En definitiva, el papel de la familia no solo no ha desaparecido de nuestras vidas, sino que quizás, se esté reafirmado y un texto como el presente no tiene otro objetivo que el de “hacer pensar” en torno a ello, en el mejor de los casos.

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