Una vida Desigual

Hace ya casi un año que la compañía de ropa, con sede en Barcelona, “Desigual” puso en marcha una campaña de promoción con la imagen de la modelo canadiense Winnie Harlow como emblema principal. Hasta ahí todo bien o, al menos, normal dentro de una empresa de estas características que, cada año al comienzo de una nueva temporada, lanza una fuerte operación de márquetin con el objeto de dar a conocer sus novedades.

Pero las novedades, en esta ocasión, no se quedaron en el estilo o el diseño de las nuevas colecciones, sino que abarcaron otros aspectos, como la propia modelo. Sí, porque Winnie Harlow no es una modelo al uso, ya que sufre una afección, el vitíligo, que le proporciona una imagen muy característica. El vitíligo es una enfermedad epidérmica provocada cuando los melanocitos, las células de la piel encargadas de producir la melanina –el pigmento que nos otorga color-  son destruidos por el propio sistema inmunológico, creando amplias zonas del cuerpo sin ningún tipo de pigmentación. Se trata de una enfermedad hoy día incurable y que puede generar importantes trastornos (quemaduras, irritaciones, perturbaciones psicológicas, etc.) a aquellas personas que la sufren.

Imagino que a los creativos de Desigual les fue imposible resistirse a ver en Winnie la personificación de la imagen de su propia empresa. Desigual se caracteriza por realizar colecciones donde colores, formas, grafitis y estampados se mezclan generando un peculiar mosaico y, bajo ese prisma, la modelo canadiense puede ser vista como un auténtico patchwork humano. Y es aquí donde el asunto se vuelve, a mi entender, más peliagudo.

Entiendo que habrá grandes defensores de la campaña, en el sentido de que la misma podría ayudar a normalizar una enfermedad que, como hemos señalado con anterioridad, puede generar trastornos y problemas psicológicos a aquellas personas que lo sufren –es sabido que, en general, tendemos a rechazar todo aquello que nos es extraño, por cuanto irregular-, o incluso a reclamar la necesidad de destinar más fondos a luchar contra ella, a encontrar una cura definitiva y accesible para todos y todas.

Sin embargo, yo me hallo, más bien, entre los que ven en la utilización de la imagen de Winnie un paso más en la mercantilización del cuerpo humano -del femenino para ser más preciso-; una nueva vuelta de tuerca en la transformación de nuestra sociedad en otra inundada por imágenes donde las relaciones sociales se presenten, únicamente, mediatizadas por las mismas. En definitiva a aquello que Guy Debord denominaba, la sociedad del espectáculo.

La deseada normalización de la enfermedad no puede alcanzarse a través de su conversión en una mercancía (“Soy una persona, no un producto” afirmó ella en un artículo de prensa), que es lo único que pretende una empresa como Desigual, por mucho que diga que “la vida es chula”. Dicha fetichización lo único que consigue es, más bien, banalizar la situación de miles de personas enfermas mientras Desigual ve incrementar sus beneficios y despide y asfixia a sus trabajadores.

Así que, la próxima vez que veamos una campaña de estas características, al menos detengámonos y pensemos que, para estas personas, para enfermos y trabajadores, decididamente la vida puede ser desigual.

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