La marca Poblenou

Fuente: Propia

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La máxima heraclitiana de que una persona no puede bañarse dos veces en el mismo río podría ser perfectamente aplicable a las ciudades. Nadie visita dos veces una misma ciudad. Las ciudades, por definición, son cambio, proceso, fluir. La primera Escuela de Chicago veía a las ciudades como inmensas células que se adaptaban continuamente al entorno en el que estaban insertas. De este modo, las distintas transformaciones, reestructuraciones y modificaciones que viven las ciudades, estarían ocasionadas por la adaptación de las mismas a su contexto ecológico. Pero estas alteraciones no se producirían solas, sino que serían debidas a los procesos sociales ocurridos entre los distintos grupos humanos que las habitan.

Las ciudades son, por tanto, el resultado de esta constante interacción y, entre sus elementos constitutivos, encontramos su patrimonio físico e inmaterial, fruto, precisamente, de esas interacciones. Se trata de un patrimonio único y dinámico que pertenece por igual a todos los miembros de la sociedad urbana. Igual que nadie debería poder apropiarse del nombre y la identidad de una ciudad, así debería ocurrir con el patrimonio simbólico de nuestros barrios y calles. Sin embargo, la ciudad contemporánea, al vaivén de las políticas neoliberales que la rigen, ve como este patrimonio es fruto de la privatización y la apropiación.

En Barcelona tenemos el caso del antiguo barrio industrial del Poblenou. No hace falta echar la vista muy atrás para recordar cómo su cielo estaba poblado de fábricas y chimeneas. Algunas todavía perduran, quizás con la extraña misión de recordarnos un tiempo pasado, siempre peor, que afortunadamente dejamos atrás. O de actuar de asidero, de muleta sobre la que soportar nuestra vida en unos entornos en continua mutación. Sea como fuere, la producción del patrimonio material e inmaterial del Poblenou no escapa a esa mercantilización de cada uno de los aspectos de la vida urbana a los que estamos sujetos en nuestras ciudades y barrios.

Aquí y allí, tras el fallido proceso de transformación del barrio en un Distrito Tecnológico, han aparecido iniciativas empresariales de las llamadas artísticas (galerías de arte, centros de creación, agencias de publicidad y comunicación, diseñadores, arquitectos, bares y restaurantes chic, etc.) que han comenzado a ocupar parte de los espacios abandonados por las antiguas industrias y agencias de transporte y que estaban destinadas, en un principio, a albergar star ups tecnológicas de alto nivel. Éstas, han visto en el medio urbano del Poblenou un territorio virgen del que extraer lo poco que queda de su pasado obrero y cooperativista: sus símbolos.

El Poblenou Urban District, The Other Poblenou, etc., son algunas de las reseñadas iniciativas que han aprovechado (y de las que se han aprovechado) que el barrio ha dejado de ser un sitio sucio, contaminado y gris -aquel que los taxistas no querían visitar- para convertirse en un espacio de alquileres relativamente accesibles y amplios espacios y lo han utilizado como fuente de inspiración, atracción y generación de rentas. La mercantilización de los símbolos del Poblenou ha permitido su transformación en una marca, con el efecto añadido de uniformizar y desconflictivizar su realidad cotidiana.

El perfil recortado de un tejado fabril sobre el cielo del barrio, la okupación por parte de los vecinos y vecinas del barrio de las instalaciones de una antigua cooperativa, una antigua torre y depósito de aguas, etc., nada permanece ajeno a esta transformación que olvida la dura realidad actual de muchos jóvenes que no pueden pagar el nivel alcanzado por los alquileres o el enfrentamiento de los vecinas y vecinos del barrio con el proyecto inicial de remodelación de su mayor espacio de socialización –La Rambla- y su transformación en una gran terraza.

Desde la perspectiva chicaguiana, el Poblenou se adaptará, de nuevo, como una célula en un entorno nuevo y cambiante. De la reacción y la resistencia de sus usuarios y consumidores dependerá el resultado.

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