El Partido-Administración. Reflexiones en torno a las próximas elecciones en Andalucía (y III)

¿Dónde comienza la Junta de Andalucía y donde acaba el PSOE-A? Desde luego, a lo largo de estos más de 30 años de Gobierno socialista de la administración autonómica andaluza, estos límites no sólo se han tornado borrosos, difusos, sino que, en gran cantidad de ocasiones, se han solapado, cuando no, confundido. La Junta y el PSOE-A son casi lo mismo. Hablar de puertas giratorias en este caso es un eufemismo. Directamente no hay puerta, solo un dintel.

Recuerdo hace unos años, cuando Javier Arenas quería parecer progre haciéndose fotos con Sánchez Gordillo, en un intento de quitarse ese aire imborrable de señorito andaluz de Olvera y antes de meterse, para no salir, en una cabina de bronceado, que en una conversación con amigos llegamos a la conclusión de que, si alguna vez cambiaba el color político de la Junta de Andalucía, esta debería cambiar también de nombre.

Y es que este ha sido uno de los grandes aciertos –para el PSOE-A- del proceso autonómico andaluz. Esta confusión entre el partido socialista y el brazo ejecutor del poder en Andalucía es, entre otras cuestiones, lo que ha llevado al primero a mantenerse en el poder tanto tiempo. En una tierra donde, hasta el comienzo del tímido despliegue del semi-Estado del Bienestar que ahora parece que acaba, no había casi presencia de instituciones de provisión social, sanitaria o educativa, más allá de las establecidas por la Iglesia o las mínimas de la Dictadura franquista, identificar PSOE-A, Junta y políticas públicas era y es automático. No dudo, en ningún momento, que no hubiera la intención sincera, por parte de algunos socialistas, de desplegar un sistema de bienestar social en Andalucía. Pero esto no quita que, al igual que se hizo con los símbolos del pueblo andaluz, este no haya sido coaptado por el partido.

Ha sido un acierto para el PSOE-A, sí, pero un desacierto para un pueblo al que dicha identificación íntima entre Partido y Administración le ha provocado cierta desafección hacía lo público. Solo así es posible entender como, desde ciertas instancias, movimientos sociales y colectivos, se han aplaudido acciones que recortaban la capacidad de intervención de la Junta de Andalucía en sectores clave de la cultura, la economía o lo social. Los distintos y numerosos brazos –instituciones, empresas, fundaciones, etc.- con los que cuenta la administración pública autonómica han aparecido, a los ojos de los andaluces, como el cortijo del PSOE-A. Y si estos no han votado nunca mayoritariamente a un señorito bronceado, ¿por qué tendrían que hacerlo a un partido que ha convertido el sector público andaluz en su propio patio trasero?

Recuerdo que, cuando sacaba el carnet de conducir, coincidiendo con mi primer año universitario en Andalucía, el instructor de la academia donde hacía las clases me preguntó, indiscretamente, a qué partido iba a votar. Estábamos en época de elecciones y yo no pensaba votar al PSOE-A. Cuando le dije esto, recuerdo que él me señaló algo así: “Tú sabrás lo que haces, pero tus becas te las dan los socialistas”. Becas-Educación-Junta-PSOE-A es la secuencia lógica de esta conversación. Espero que, en pocos días, podamos ponerle fin.

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