La Barcelona que no sale en las guías

Fuente: catalunyaplural.cat

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Versión en castellano del artículo escrito junto a Giuseppe Aricó, del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), para el Dossier “A voltes amb el conflicte urbà” en el nº133 de la revista La Veu del Carrer

La Barcelona que no sale en las guía

Hablar de ciudad es hablar de conflicto. Las ciudades actúan como auténticas incubadoras sociales posibilitando y facilitando multitud de intercambios relacionales. Sin embargo,  estos intercambios no son neutros, sino que están imbuidos en la densa maraña de relaciones que mantienen las sociedades capitalistas actuales. Barcelona, como urbe, no escapa a esta consideración. La millor botiga del món es una ciudad que ha cambiado enormemente desde hace unas décadas y que, actualmente, se encuentra inserta en lo que se conoce como “globalidad”, una dimensión política, económica y, sobre todo, social, donde las ciudades compiten por convertirse en centros de decisión e influencia y ser capaces de imponer su visión de la realidad al resto del mundo.

Pero esta competencia por el poder es también una competencia por las inversiones, por la atracción del capital nacional e internacional. Barcelona apostó, durante los años noventa y coincidiendo con el efecto provocado por la celebración de los Juegos Olímpicos, por convertirse en un verdadero referente mundial de la industria turística, con especial incidencia en el turismo de congresos y negocios. Es por esto que la ciudad decidió “ponerse guapa” o lo que es lo mismo, travestirse, dirigir la economía local hacía el sector terciario, enseñar en la pasarela mundial de las ciudades todos sus atractivos. Poco después, en los primeros años del siglo XXI, llegaron los megaeventos como el Fòrum de les Cultures, ese acontecimiento que pretendía “mover el mundo” a través del diálogo intercultural y que no escondía tras de sí otra cosa que una gigantesca operación inmobiliaria. A esto se unió la transformación de una gran parte del popular Distrito de Sant Martí en lo que supuso, en su momento, la mayor renovación urbanística llevada a cabo en la ciudad, el Plan 22@Barcelona. Un ejemplo de su magnitud lo evidencia el hecho de que dicho Plan, conjuntamente con las operaciones vinculadas al Fòrum y al complejo comercial de Diagonal Mar, supusieron un espacio intervenido total de más de 330 hectáreas, cifra cuatro veces superior al área reformada durante los JJ.OO. La idea era transformar, una vez más, la economía de la ciudad a través de la creación de un innovador distrito productivo destinado a la concentración y desarrollo de actividades intensivas en conocimiento y nuevas tecnologías, así como la creación de nuevos centros privados de consumo visual y de ocio promovidos mediante atractivos proyectos inmobiliarios y comerciales. Hoy día, años después de su puesta en marcha, diferentes zonas de la ciudad siguen esperando algunas de las promesas realizadas, como un mayor parque de vivienda pública o nuevos equipamientos. Pero lo que es peor es que, mucho de aquel “sabor de barrio” que  caracterizaba las formas de vivir y relacionarse de la cotidianeidad barcelonesa, ha sido sistemáticamente corrompido por una renovada codicia urbanística de corte neoliberal. Los resultados de esta avaricia son evidentes, desde la discutible transformación del Poblenou a la turistificación de la Barceloneta, pasando por la colosal, pero vacua, remodelación de barrios casi invisibles como La Mina, o la situación de Sant Andreu y su particular lucha con La Maquinista.

Todos estos intentos de concebir el espacio, de representarlo, de transfigurar la realidad de la ciudad, no estuvieron exentos de contestación y polémica. Los vecinos y vecinas de los distintos barrios que conforman Barcelona y su amplia periferia urbana no han permanecido ajenos a esta realidad conflictiva, a la evidencia de que su ciudad está siendo vendida, al eufemismo de que, cuando desde las distintas administraciones públicas se habla de transformar el espacio para impulsar la economía, lo que verdaderamente se está diciendo es que se está (mal)vendiendo el suelo. Una retórica que, en ocasiones, va acompañada de un lenguaje positivo, tecnológico, humanístico, que no oculta otra cosa que el intento de controlar la conflictividad social a través de las prácticas urbanísticas, de segregar, de vencer. Discursos plenos de referencias a un fantasmagórico espacio público, a veces calificado como “de calidad”, y que no suponen otra cosa que el azúcar con el que tragarnos la píldora de la especulación inmobiliaria y la segregación social y espacial.

En el presente dossier de la Revista “El Carrer” queremos mostrar ciertas características propias de algunos de estos conflictos. Unos conflictos ubicados en barrios populares que no aparecen en ningún mapa turístico ni en guías de ocio y que nos muestran la realidad de una ciudad que está lejos de ser ese entorno pacífico y cívico que aparece en las campañas oficiales. Vecinos y vecinas que se empeñan, día tras día, en querer decir “estamos vivos, seguimos aquí, y este no es nuestro modelo de ciudad”.  Para ellos, los siguientes artículos.

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