Texto “ESPACIOS PROTEGIDOS”

Fuente: espaciosprotegidos

Fuente: espaciosprotegidos

Texto elaborado para la vídeo-proyección “Espacios Protegidos” y presentado en el Seminario contra la reificación de tres pensamientos clave del pensamiento urbano, celebrado en Barcelona los días 5 y 6 de junio de 2014. 

Comencemos por desmitificar el concepto de “espacio público” de las ciudades, es decir, de las calles y las plazas de éstas, como espacios abiertos, igualitarios, democráticos y accesibles. Todo el que haya caminado por una calle o plaza de muchas de nuestras grandes ciudades sabe que éstas están repletas de jerarquías, regulaciones y órdenes, es decir, de control.

En el discurso político dominante, del que se hacen eco los medios de comunicación generalistas, siempre aparece el “espacio público” como el súmmum de la esfera colectiva de las ciudades. Algo a envidiar, a conseguir, a alcanzar. Un objetivo real y positivo que siempre esconde las jerarquías.

Esta concepción del llamado “espacio público” tiene su origen en la afirmación de la burguesía como clase y en las transformaciones que sufrió la sociedad de su época conforme ésta fue copando el poder. Autores como Sennet han vinculado, además, su aparición a las nuevas formas de religiosidad que se dieron en la Europa de comienzos del capitalismo y la industrialización, cuando a la esfera privada y familiar, ejemplarizada mediante el típico hogar burgués, se le contrapuso la esfera pública y política de las calles y las plazas de las ciudades. La nueva espiritualidad era algo íntimo y propio, todo lo demás solo caos, un caos que era necesario controlar y del que era necesario protegerse.

Surge así la idea del ciudadano como sujeto político, del homo economicus, la importancia del individuo, siempre masculino, dueño de su propio destino. Las Constituciones liberales de aquel entonces, como la estadounidense, recogen estos principios y los elevan al rango de ley.

Con la industrialización, y el posterior proceso de urbanización, las ciudades reflejan precisamente el nuevo sistema social y económico imperante, el capitalismo, y con ello las clases sociales y el evidente conflicto entre ellas. Grandes conglomerados fabriles aparecen aquí y allá buscando facilidades para el transporte de sus productos, fuentes de energía accesibles y mano de obra barata. Esta mano de obra, las clases populares, los trabajadores y trabajadoras (nunca el 99%), ocupan las áreas más abandonadas, menos atractivas, mientras las élites se mudan fuera de los centros históricos en busca de mayor espacio, aire puro e higiene. Éste representa uno de los principales ejemplos de la configuración y construcción de las ciudades bajo el capitalismo. Cuando estallaban los conflictos, las entonces llamadas masas, tomaban las calles y las plazas haciendo de la ciudad el escenario por excelencia de las relaciones de clase.

Casi de forma simultánea, arquitectos y urbanistas comienzan a proponer distintas formas de gestionar esta nueva ciudad. El ejemplo más conocido es la transformación del Paris de mediados del siglo XIX. La propuesta del Barón Haussmann pretendía la eliminación de una parte del viejo centro, las callejuelas y viviendas infrahumanas donde se agrupaban los trabajadores y sus familias, potenciales conspiradores, mediante la apertura de grandes bulevares, zonas abiertas y amplias que permitieran, en un momento dado, el control de la población además de la libre circulación de mercancías. Un poco más cerca, en Barcelona, tenemos un buen ejemplo de este tipo de intervención en la construcción de la Via Laietana a comienzos del siglo XX. O en Madrid, mediante el Plan de Castro para el Ensanche y la aparición de la Gran Vía. El objetivo era idéntico: circulación del capital y vigilancia de la población.

El urbanismo, por tanto, se convierte en una herramienta de control más. Como decía Lefebvre, bajo una apariencia tecnológica, positiva y humanista lo que realmente se esconde es el control del espacio por parte del capital.

Con la crisis del proceso de acumulación capitalista de los años 70 del pasado siglo, la dinámica de transformación de las ciudades se acelera pasando éstas a convertirse en una mercancía más. Las ciudades producen todas aquellas plusvalías que la industria ha dejado de generar. Con la ayuda de una banca desregulada, el suelo de las ciudades se transforma en activo financiero. Aparece un mercado global donde las ciudades compiten por atraer inversiones, capital. Son las famosas “ciudades globales” de Saskia Sassen: atractivas, modernas, tecnológicas, creativas. De este modo, las urbes no solo reflejan las relaciones de clase, sino que además se convierten en un producto en sí. Pasan a producir y reproducir las relaciones sociales imperantes en el capitalismo.

Pero para que una ciudad sea atractiva para el capital también ha de ser tranquila, desconflictivizada, olvidar las efervescencias sociales, la intensificación de la vida nerviosa de la que nos hablaba Simmel, en resumen, tiene que estar controlada. Aparecen así las “ordenanzas cívicas” (nunca civiles), de ocupación de los “espacios públicos”, las leyes antibotellón, etc., que pretenden normativizar estas vidas, proteger los espacios. Se prohíbe y/o regula toda aquella actividad que pueda desarrollarse en el espacio urbano, un espacio que, como hemos visto, de por sí es conflictivo ya que refleja intereses distintos. Espacio urbano, es decir urbanizable, y, por tanto, objeto de control. El viejo sueño burgués alcanza su culmen trescientos años después.

En este sentido, la obsesión con el control del cuerpo de las mujeres, de su capacidad reproductora, supone una interesante metáfora que refleja la obsesión por el control de las supuestas élites “liberales” en el poder. Las clases dirigentes, siempre masculinas o masculinizadas, no pueden tolerar la libertad del espacio urbano, del mal llamado “espacio público”, pero tampoco la aparición del caos en el interior de lo más íntimo de la esfera privada, el cuerpo de las mujeres. El hogar clásico, heterosexual, patriarcal y nuclear, representa el pilar fundamental del orden social burgués. Hay que protegerlo.

La toma de las calles, aunque sea ineficaz bajo el orden establecido por el Estado, por parte de grupos de mujeres y hombres que claman por el control de sus propios cuerpos, entre otras cuestiones, no solo desafía la concepción de un cierto tipo de familia, la tradicional, sino también, el control del espacio urbano por parte de esos mismos poderes. En definitiva, un desafío a los espacios protegidos.

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2 respuestas a Texto “ESPACIOS PROTEGIDOS”

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