Un país de propietarios, un slum de propietarios

Recientemente he tenido la suerte de poder hablar con una compañera india de trabajo sobre diferentes cuestiones relacionadas con la vivienda en los slums de Bombay, esto es, los programas de rehabilitación promovidos por los poderes públicos, las condiciones sanitarias, la falta de equipamientos, etc.  Yo siempre había tenido dudas sobre las razones que llevan a las familias beneficiarias de estos programas, una vez que han obtenido una vivienda pública nueva, a preferir alquilarla y volver a sus casas originales, por muy mal estado en el que estén. Reconozco que tenía una visión romántica del tema. Mi razonamiento estaba basado en cuestiones tales como la ruptura de las redes sociales que puede llegar a suponer pasar de vivir a ras de suelo, en habitáculos adosados, a un bloque vertical de viviendas; la pérdida de sus pequeños negocios, los cuales muchas veces se desarrollan en la puerta de sus casas; la minimización del contacto con los vecinos y la desaparición de los consiguientes mecanismos de reciprocidad, etc. Así, que cuando mi compañera me respondió “sencillamente no pueden permitírselo. La casa será gratis, o muy barata, pero aun así tienen que pagar la luz, el agua, el condominio, el gas, los impuestos, etc., prefieren alquilarlos y sumar los ingresos a sus rentas familiares”, me llevé una ligera sorpresa.

En sociología y antropología existe el concepto de “habitar”, algo que podríamos definir como aquellos fenómenos sociales que transcurren en el marco que establece cada sociedad concreta entre sus habitantes y las viviendas que habitan, esto es, que “habitar”, vivir, no es solo la provisión de un techo, de una casa, sino también los procesos sociales relacionados, cuestiones como el trabajo, el ocio, etc. Hasta aquí todo bien, bajo esta definición funcionalista podría haber justificado mi pensamiento anterior a la conversación con mi compañera. Para “habitar” es necesario mantener relaciones sociales y si estas se rompen, alteran o interrumpen, se produce una modificación significativa del “habitar”, pues las comunidades donde se llevan a cabo estos programas, las rechazan o no las aceptan.

Luego leí un estudio llevado a cabo en las favelas de Río de Janeiro sobre el mercado del suelo y los derechos de propiedad escrito por Clara Irazábal (2009), de la University of Columbia (USA), dónde señalaba cómo los “residents of favelas in Rio de Janeiro, for instance, are often opposed to regularization of land titles. Contrary to a common shared belief among analysts (…), professional planners and international organizations (e.g. the World Bank), many informal settlement residents do not want to be subjected to property taxes or building codes and are not attracted to formal credit systems because they do not have a steady income to repay debts (…)”. Es decir, que los habitantes de este tipo de sitios no desean acceder a la propiedad de sus casas, o del suelo donde están levantadas, porque no tienen los ingresos mínimos necesarios para poder hacerse cargo ni de los créditos que supone su adquisición o mejoras, ni de los impuestos, ni de nada, simplemente no tienen la renta suficiente para poder subsistir, ellos y sus familias, y además hacer frente a este nuevo tipo de gasto. Esto lo explicaba todo más. “Habitar” no es solo una casa, es todo lo que se encuentra a su alrededor. Como decía la definición clásica, los “fenómenos sociales” entre los habitantes, las casas y la sociedad.

Sin embargo, no me quedé tranquilo, así que me acerqué a Marx. Para el marxismo, la vivienda forma parte del sistema de reproducción social de la fuerza de trabajo. Esto es, la vivienda inserta a sus habitantes en el marco de unas determinadas relaciones de producción. Así que podríamos decir que la vivienda como producto de consumo supone una forma más de relación de la gente con el sistema de producción capitalista. ¿Quién va a dejar un trabajo si tiene que pagar una hipoteca, unos impuestos?, ¿quién protestará frente a la “devaluación interna” si tiene que pagar más de la mitad de su suelo para poder tener un sitio donde dormir? Yo me quedo con esta línea de pensamiento, aunque no estoy seguro de que sea cierta. Los habitantes de los slums no quieren una vivienda pública de protección social, quieren una vida digna, y vida y dignidad son incompatibles en un sistema económico que considera la vivienda un bien de consumo más, situado al mismo nivel que un crucero por el Báltico.

Y es que, la clave está en aquello que dijo el primer ministro que tuvo el franquismo en España en temas de vivienda: “Queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Referencias bibliográficas

Irazábal, C. (2009) Onesize does not fit all: land markets and property rights for the construction of the just city. International Journal of Urban and Regional Research, 33.2, 558–63 (aquí)

Y como no,

Marx, C. (.1998.) El Capital. Tomo I. El proceso de acumulación capitalista, Ed. Siglo XXI. (aquí)

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