Ocupando las calles: El espacio público como ideología

Reseña sobre El espacio público como ideología, de Manuel Delgado. Publicada por la Revista de Antropología Social Ankulegi, nº16, dedicado a la “Familia y parentesco”, 2013.

Ocupando las calles: El espacio público como ideología

Poco antes del que podríamos denominar el año de la recuperación de la calle como espacio para las luchas civiles por una parte significativa de la sociedad del estado español, y cuyo máximo exponente sería el Movimiento 15M, el profesor Manuel Delgado publicaba su libro “El espacio público como ideología”, el cual explicaría en gran medida numerosos elementos y desenlaces que se verían plasmados más adelante.

En la introducción, el autor define el libro como un volumen conformado por una serie de textos producidos para diferentes ocasiones -congresos, jornadas o simposios- adaptados e hilvanados mediante una idea que da al conjunto consistencia como elemento único y diferenciado: la utilización del espacio público como discurso, teoría y praxis política.

El primer capítulo hace un repaso a las distintas miradas sobre el concepto de espacio público. Comenzando por la que podríamos llamar perspectiva de la morfología urbana, entendiendo ésta como intervenciones urbanizadoras, pasando por aquellas más centradas en aspectos relacionales hasta, finalmente, las concepciones vinculadas al espacio público como sinónimo de esfera pública, de asuntos y cuestiones que involucran a la totalidad de la población. El autor deja claro que ninguna de ellas tiene pleno vigor hoy en día. En la actualidad, el espacio público está monopolizado por profesionales del espacio, es decir, por todos aquellos arquitectos, urbanistas o diseñadores que, junto a los gestores, entienden este concepto como una panoplia de territorios de libre acceso donde se desarrolla una forma concreta de relación de la sociedad entre sí y con el poder. Todo ello imbuido de una fuerte connotación política donde destaca una nueva forma ideológica, el ciudadanismo, mascarón de proa actual de los partidos socialdemócratas. El autor sostiene que dicha ideología solo esconde tras de sí una ilusión ya que, todo intento de llevar a cabo una democratización radical de la vida política es imposible si se parte de los supuestos de desigualdad social que conforman las sociedades actuales, elemento inherente al propio capitalismo y que el ciudadanismo ha eliminado de su agenda. Se echan aquí en falta alternativas, propuestas y elementos que sirvan de base a la superación o eliminación de dichas desigualdades, pues el Profesor Delgado se limita a señalar cómo los ciudadanos se convierten en usuarios, indistintamente su clase social y origen, pero no cómo romper ese círculo que une, indistintamente, a dominados y dominantes.

El capítulo segundo ahonda en el ejercicio de explicar la imposibilidad de la igualdad como elemento referencial del espacio público. Aceptado éste como teatro de operaciones donde los individuos, como extraños, interaccionan en múltiples y diversas operaciones entre sí y con el entorno, se supone una supresión del carácter identitario de estos sujetos, un completo anonimato, como si de robots que actúan siguiendo programas implantados que hacen olvidar su origen y posición se tratase. El autor recorre los presupuestos planteados en este sentido por la Escuela de Chicago y el situacionismo, así como las diferencias planteadas por el interaccionismo simbólico y la etnometodología, las cuales otorgan una mayor importancia a la comunicación, la interpretación que los participantes dan a la acción de los demás, de forma que es imposible separar las conductas de estos partícipes de la práctica en sí, ya que ésta se produce y se retroalimenta en cada interacción, dotándola de sentido último. Todas estas corrientes coinciden en una cuestión, la quimera de una posibilidad de interacción sin consideraciones previas, sin atender al origen de los sujetos, a sus contextos sociales, donde el anonimato es total y cada relación comienza de cero, sin condicionantes ni operantes previos. Esto enlaza con la visión aportada en el capítulo anterior de una democracia radical donde cada uno participa en igualdad de condiciones y tiene la misma capacidad de intervención, despojándonos de nuestros orígenes en una especie de sociedad anónima democrática. Es aquí donde podría hacer aparición el primer vínculo de las posiciones del autor con lo que posteriormente serían los movimientos en torno al 15M y herederos. Así, la base fundamental de dicha praxis democrática está basada en ese ciudadanismo cuyo exponente principal son aquellas movilizaciones que reniegan de todo tipo de doctrina pero que, a su vez, se encuentran adoctrinadas por vínculos fundamentalmente emocionales, morales, y que pretende ser igualitaria y homogénea. Acontecimientos espontáneos, inconexos, periódicos sin periodicidad conocida, teñidos de conceptos genéricos como los de paz o solidaridad que hacen posible su aceptación por todos y, por ello mismo, incapaces de llevar a cabo grandes transformaciones. Para el autor, se trata de un canto al subjetivismo, un elogio a la racionalidad y a la capacidad de decisión del individuo, quizás añorando un pasado de organizaciones fuertes, concienciadas, clasistas, ciertamente centralizadas y homogéneas donde sí se mostraba la deseada igualdad de acción y representación. Algo que, quizás, sea también una ilusión.

En el penúltimo de los capítulos del libro, Manuel Delgado señala la imposibilidad, la quimera, de que mediante el diseño y la planificación urbanística se ponga coto a lo que es la efervescencia propia de lo urbano, ya que, como señalaba Ezra Park, recordando un viejo refrán alemán, “el aire de la ciudad hace a los hombres libres” (Ezra Park, 1915: 584). Sin embargo, es imposible negar la influencia que esta planificación puede llegar a tener sobre los grupos humanos. Así, los intentos por parte de los poderes públicos de llevar a cabo intervenciones higienizantes en los centros urbanos y, a la vez, ofrecer una solución a la demanda de vivienda, condujeron a la creación de grandes concentraciones de soluciones sociales, territorios homogéneos, estructurados y estructurantes, habitados por una misma clase social. Esta concentración produjo una revitalización de la conciencia de clase, un resurgir de la solidaridad que, a diferencia del sindicalismo obrero de mediados del siglo XIX, se manifiesta con un carácter territorial mediante demandas específicas vinculadas a las condiciones de las viviendas, la falta de equipamientos y, porque no decirlo, de futuro para las siguientes generaciones. El autor insinúa una hipótesis sobre el abandono de esta clase de política como elemento del Estado del Bienestar: el intento por controlar las eclosiones sociales, los conflictos, la violencia y el establecimiento de estas redes de solidaridad y lucha en busca siempre de un equilibrio, de una paz que es el objetivo último del poder establecido[1].

Para finalizar, el último de los capítulos establece un vínculo entre el imaginario urbano y la función clásica de los mitos. El autor señala como el imaginario urbano actúa como un esquema de significación, un auténtico pegamento social, a la vez que como factor de desarrollo y también de efervescencia social. Por otro lado, es necesario hablar de imaginarios urbanos, en plural, por cuanto estos pueden ser múltiples y diversos, tanto como lo son las formas generadas por los diversos esquemas y conflictos. Existe, sin duda, un imaginario dominante que no es más que el imaginario de la clase que domina, o como reconoce el autor citando a Gramsci “el imaginario hegemónico” que no tiene porqué coincidir con las clases hegemónicas, sino más bien ser opuesto a ellas, en un nuevo intento de control. La relación con el mito viene dada por la reflexión sobre dicho concepto que lleva a cabo Lévi-Strauss, es decir, aquel nivel en la que las tres instancias en la que se expresa el mundo de los humanos están presentes: lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. Así, en la ciudad se mezclan esos tres niveles, convirtiendo al ciudadano en un mitodano.

En definitiva, el libro, con el estilo ciertamente ampuloso característico de la obra del autor, lleno de metáforas y adjetivos, puede suponer una guía para entender muchos de los acontecimientos que estamos viviendo hoy día, aquellos que se expresan a través de manifestaciones, algaradas callejeras, ocupación de espacios públicos y protestas, aunque no se espere encontrar nuevas propuestas de acción u alternativas. Manuel Delgado quiere hacernos ver que, más que algo nuevo, se trata de conocidas expresiones ilusorias, intentos de revitalización ideológica de viejas y caducas formas de conducir la política, siempre partidista, mientras que no se discute lo más fundamental, la clave de bóveda que soporta todo el sistema, esto es, la cada día más profunda desigualdad que campa a sus anchas en las sociedades capitalistas.

Bibliografía

Lévi-Strauss, Claude (2007) Mito y significado, Madrid, Alianza Editorial.

Park, Robert Ezra (1915) “The City: Suggestions for Investigation of Human Behavior in the Urban Environment”, The American Journal of Sociology, XX (5): 577-612.


[1] El autor retomará esta hipótesis en obras posteriores como Delgado, Manuel (2007) La ciudad mentirosa. Fraude y miseria del “Modelo Barcelona”, Madrid, Los Libros de la Catarata.

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