Aarushi, el primer rayo de sol

Aarushi Tadvalkar - Me !Hoy, por ser Sant Jordi, el Antropólogo
Perplejo cambia su habitual entrada por un cuento breve de cosecha ajena. Felices a todos/as!

Autor/a: M. O.

Mientras no sepa tu nombre te llamaré Aarushi. Primer rayo de sol. La mujer con quien despierto todos los días.

Son los goznes de tu puerta los que me despiertan y apenas abro los ojos para ver, entre los agujeros de mi manta, tus movimientos. Hace frío aquí fuera a estas horas. Pero tu sales a la calle despierta, incluso ahora que ya empieza a notársete la barriga. Y me pregunto, ¿qué afortunado acuna tus noches? Jamás he visto a tu marido. Tan temprano sale y tan silencioso es…Tampoco por la noche, aunque a menudo yo ya no estoy aquí para verle.

Aarushi. Trenzándote el pelo con cuidado, hábil y precisa. Retocándote el sari, saludando la mañana siempre con una sonrisa. Que despertar tan hermoso me regalas. ¡Oh! Y gracias por el cuenco de arroz. Ya sabes que lo utilizo para que me dejen las monedas. Tus gemelas se ríen con el tintineo si aciertan a pasar a la vez que algún benefactor suelta una. ¡Han crecido tanto! Pronto he de buscarles también un nombre. Andan como locas jugando, riendo, gritando… Se empujan e impacientan mientras te esperan en la puerta. Y es que vas siempre tarde Aarushi, y ahora más que te retiene el peso de la tripa. Todos los días vuelves atrás, la tartera, un jersey para las nenas, una flor… ¿Para quién sería esa flor blanca? Para la maestra, sin duda.

Blanco: eternidad y amistad. Como la que te une a mí. Tu amigo de la calle que te cuida con la mirada y vigila la puerta cuando no estás. Cuando se queda la casa sola o, peor, con la vieja abuela. Esa mujer…que te mira con envidia Aarushi, por tu juventud. Una mujer que jamás me ha dirigido una mirada. Si te viera sonreírme tendrías problemas y lo sabes, por eso siempre miras hacia la puerta antes de saludarme, imperceptiblemente, con la cabeza. Eso para mí es una sonrisa.

Me pregunto si te das cuenta. Si tardas más en cepillarte el pelo porque sabes que te estoy observando. O si acaso, mientras trabajas cosiendo prendas hermosas que no vas a ponerte jamás, te acuerdas del frío o del calor de la calle.

Cuando vuelves a casa con las niñas pidiéndote comida, o juguetes o cualquier cosa, quisiera poder contemplarte un rato. Vienes cargada con un saco de ropa para remendar en casa, del que asoman hilitos de colores delatando tu oficio de costurera. Y las manos Aarushi, manos gruesas y grandes de trabajadora. Y tus andares apresurados. Aunque ahora menos, claro.

Luego si abres la ventana puedo oler lo que cocinas para las pequeñas y la vieja, y reconocerlo todo: arroz, sambar, el fuerte olor a curry, y si es fiesta ninbu pany para los niños y café para ti. ¡Mmmm, tomaría uno de esos cafés ahora mismo!

Las verduras las traen las niñas en dos cestas idénticas, de ellas asoman berenjenas, remolachas, hinojo, etc. Ellas saben que tienen que ayudarte, pero en cuanto llegas a casa se las recoges, no quieres que su abuela sepa que te ayudan. Luego salen a jugar al patio y tú cocinas, barres, friegas y preparas las cosas para el día siguiente, quizá pensando en el día en que llegará tu tercera pequeña, sin duda mujer; en esa casa vais a perderlo todo con tanta dote. Y esa vieja… descansando, supongo, o asomando la nariz muy cerca del televisor minúsculo que trajo un día, ella sola con un carrito. La mujer que te acompañó cuando nacieron las pequeñas, aunque tú llegaste con ambas en brazos y con una bolsa colgada del hombro. Esa mujer solamente abrió la puerta para que pasarais.

Ya es noche cerrada cuando sales una última vez, recoges los juguetes del jardín y, si se te olvidó, riegas un poco las plantas, entonces sí es mi hora de doblar la manta y dar un paseo. Ya no tengo que velar tu casa y, en mi asueto, recojo con la manta las sonrisas que me has dejado, con las monedas el recuerdo de tu pelo negro y termino, contigo Aarushi, el día, y hasta mañana.

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