Etnicidad y Marcas Territoriales

Estos días ha caído en mis manos la Revista Quaderns-e del Institut Català d’Antropologia. En ella aparece una reseña de un libro de John y Jean Comarofff titulado “Etnicidad, S.A.” donde se repasan aspectos tradicionales del debate antropológico tales como los conceptos de etnicidad, cultura e identidad, la constitución de las identidades o la transformación de las mismas en productos culturales. Algunas de las ideas recogidas en el libro inciden en cómo la participación de dichos productos en el mercado supone toda una transformación de los modos de producción y reproducción de las sociedades estudiadas. El texto también subraya los elementos positivos que dicha transformación genera, como el empoderamiento cultural y el refuerzo de la consciencia colectiva. Etnicidad, S.A. está centrado en las llamadas “sociedades tradicionales”, comunidades que habitan en territorios post-coloniales que han sufrido procesos de aculturización o, incluso, verdaderos etnicidios, aunque, dándole un par de vueltas al asunto, creo que dichas reflexiones tienen un posible e interesante punto de aplicación en nuestro entorno más cercano.

Trasladando el enfoque a las zonas rurales europeas, uno de los aspectos que más se trabaja últimamente en los proyectos de desarrollo son los relacionados con las “marcas territoriales“. Las marcas territoriales son elementos diferenciadores, mecanismos que mediante el uso de un nombre, término, letrero, símbolo, diseño o combinación de los anteriores, permite al consumidor relacionar un producto con su sitio de origen o producción, lo que claramente se convierte en una estrategia para la diferenciación de los territorios y sus productos en el mercado. Así, un ejemplo de las mismas son las Denominaciones de Origen como las de La Rioja o Penedès.

Ahora bien, la cuestión aquí es que, cuando nos movemos en cuestiones como estas marcas, donde la identidad es reivindicada por los propios detentadores del patrimonio cultural utilizando medios empresariales para gestionarla, se ponen en evidencia dos cuestiones antropológicas claras: a) Por un lado al fiar en gran medida el “desarrollo” de un territorio a su marca territorial se está creando un vínculo íntimo entre ambos que puede lastrar al mismo ante futuras crisis o cambios de ciclo económico. De esta manera, esto puede suponer un efecto arrastre al resto de los sectores no directamente vinculados con la marca cuando las cosas vengan mal dadas, ya que uno de los elementos pueda llegar a perjudicar a los otros como una manzana podrida pudre a las demás, y b) el dinamismo cultural, social y económico que puedan tener dichos territorios, así como la población en ellos asentada, puede también verse “congelado”, estático, al estar vinculado a dicha marca que, no olvidemos, conlleva toda una serie de productos y servicios, un sistema económico local y, por tanto, de modos de producción y reproducción.

Podemos estar, por tanto, ante auténticos problemas de carácter cultural con implicaciones sociales y económicas. Yo, la verdad, no tengo una respuesta para esto y, evidentemente, un post en el blog ni es un sitio adecuado, ni tiene el espacio suficiente para aclarar esta cuestión. De hecho, un proceso de estas características, la creación e impulso de una “marca territorial”, puede ser realmente positivo, tanto para la identificación de la población rural con su territorio, sitiendo el proyecto como algo propio, como que, si está realizado correctamente, con la población implicada y un trabajo de abajo a arriba, pueda llegar a generar sinergias nunca vistas en algunas áreas tradicionalmente poco dinámicas. La cuestión no está clara.

Finalmente, solo pretendía aprovechar la ocasión para dejar aquí planteado el tema, un tema que ha generado muchos debates, sobre todo en cuestiones relacionadas con el turismo y la política de reconocimiento de derechos a los pueblos indígenas/campesinos, y que tiene plena vigencia entre nosotros por su vinculación con lo que ocurre en entornos rurales próximos.

Bueno, os dejo con algo de música!

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