¿Es el acceso a los medicamentos un Derecho Humano fundamental?

Esta entrada no es mía, yo solo le he dado forma. Forma parte de una de las ponencias de la Jornada “El Derecho a la Salud: La Lucha contra las Enfermedades Olvidadas” que se llevó a cabo en Barcelona el pasado marzo por parte de la ONGD Sonrisas de Bombay. Su ponente fue Eduard Soler, recientemente fallecido y miembro de la ONGD Farmamundi. Por el valor de la misma y su actualidad más latente, la traigo al blog esta semana.

¿Es el acceso a los medicamentos un Derecho Humano fundamental?

La aproximación a la problemática en torno al acceso a los medicamentos puede llevarse a cabo desde diferentes perspectivas. ¿Se trata de un bien de consumo más?, ¿un producto que podemos encontrar en tiendas y supermercados junto a otros de igual o distinta índole? O, ¿se trata más bien de un derecho humano, un bien que debe ser accesible a todos y todas, indistintamente de los niveles de renta u otras formas de discriminación? Lo que sí está claro es que, cuando hablamos de acceso a los medicamentos, estamos hablando de una medicina escasa, difícil de encontrar, de sabor amargo y dura de tragar.

Se trata de una medicina escasa por cuanto los medicamentos, muchas veces, no son fáciles de encontrar. Esta escasez es manifiesta en aquellos países y territorios con niveles de renta bajos y medios, donde la exigua capacidad de compra y consumo de sus habitantes dificulta los procesos de importación de las medicinas más esenciales. Sin embargo, por cuestiones relativas al mercado y la especulación, otras veces esta escasez puede hallarse en el Norte enriquecido, por ejemplo, cuando en noviembre de 2011 Estados Unidos se encontró frente a un desabastecimiento de más de 180 fármacos, lo que obligó a actuar a la Agencia Federal del Medicamento (FDA) norteamericana.

Se trata, además, de una medicina difícil de encontrar en lo relativo no sólo los medicamentos, sino también al personal preparado para su correcta preparación, gestión y administración, esto es, los farmacéuticos y las farmacéuticas (personal farmacéutico o los… y las….). Así, si nos fijamos en niveles macroregionales, en África y con algunas diferencias por países, nos encontramos con un ratio de entre 1 y 30 farmacéuticos y farmacéuticas por cada millón de habitantes; en Asia, entre 10 y 70 por cada millón; mientras que en Europa y Norteamérica, entre 150 y 940 farmacéuticos y farmacéuticas por cada millón de habitantes. Las diferencias son manifiestas.

Es una medicina de sabor amargo, por cuanto, y a modo de ejemplo, en Tanzania hay que trabajar una media de 500 horas para pagar un tratamiento completo contra la tuberculosis, mientras que en Suiza, para esa misma enfermedad, sólo son necesarias 1,4 horas, y en Tailandia, un país considerado emergente, 20.

Por último, es una medicina dura de tragar en lo referente a la desigualdad en el acceso a la salud y los fármacos: los niveles de mortalidad infantil, así lo evidencian. Mientras que en los países del África Subsahariana mueren en el parto casi 100 de cada 1000 niños, en los países con rentas más altas del mundo (Europa y Norteamérica principalmente), esta cantidad se reduce a menos de 5 por cada 1000. En estos países de rentas altas los medicamentos están financiados, entre un 50 y un 90%, por el presupuesto público, mientras que en los países de rentas bajas, esa misma financiación se da, por presupuestos privados.

Para paliar esta clamorosa desigualdad, el acceso a los medicamentos tiene que abordarse desde la consideración de Derecho Humano fundamental, con pleno reconocimiento internacional y constitucional. La Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) así lo cita en su artículo 25: “toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica y los servicios sociales necesarios (…)”

Uno de los grandes problemas con los que se enfrenta la sociedad a la hora de garantizar este derecho es que tanto la I+D, como la producción y comercialización de los medicamentos, está en manos de empresas privadas, las cuales miran por sus beneficios, no por la garantía de los derechos. Esto hace que la industria farmacéutica prime, a la hora de producir y diseñar cualquier tipo de medicamento, aquellas enfermedades que se dan en el mundo enriquecido, aquel que tiene garantizado el acceso a la salud y podrá pagar un elevado precio por las medicinas. Así, de los 137 medicamentos para enfermedades infecciosas en preparación en el año 2000, sólo 1 mencionaba la malaria como indicación y otro mencionaba la enfermedad del sueño. Sin embargo, ese mismo año se desarrollaron 8 medicamentos para la impotencia y la disfunción eréctil, 7 para la obesidad y 4 para trastornos del sueño.

No podemos olvidarnos de las enormes inversiones que lleva a cabo la industria farmacéutica en la promoción y publicidad de sus productos. Según un estudio realizado sobre la industria farmacéutica en Estados Unidos en 2004, ésta gastó un total de 57.500 millones de dólares en promocionar sus productos, mientras que únicamente 31.500 millones en el desarrollo e investigación de nuevos medicamentos.

Por todo lo anterior, es necesario señalar que el acceso a los medicamentos esenciales es un Derecho Humano fundamental. Los medicamentos esenciales no son una mercancía como otra cualquiera, sino que tienen la capacidad de salvar vidas, y, por tanto, deben ser un “bien público”, por lo que es necesario identificar y poner en marcha todos aquellos incentivos necesarios para asegurar que la I+D, la producción y comercialización de las medicinas alcanza a las enfermedades olvidadas, las vinculadas a situaciones de pobreza.

Para finalizar, una cita del antropólogo americano Paul Farmer, “cuanto más eficaz es el tratamiento, mayor es la injusticia contra aquellos que no tienen acceso a la atención de salud”.

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