Parques y Parlamentos, juntos y también revueltos

¿Quién no ha paseado por el Parc de la Ciutadella en Barcelona, se ha hecho una foto con su famoso mamut de piedra o ha visitado el Zoo en busca del difunto Copito de Nieve? Es casi una visita obligada en una estancia en la ciudad. Seguramente el visitante ha disfrutado del estanque o de la fuente de la cascada, aunque probablemente no haya sido consciente de la multitud de elementos y símbolos vinculados al poder que contiene. No es ninguna casualidad que el Parlament de Catalunya tenga su sede en él.

Un parque, como cualquier otro paisaje, es un espacio muy heterogéneo y se encuentra cargado de múltiples valores. Así, puede ser contemplado y experimentado de formas muy distintas.

El Parc se denomina así porque se sitúa dentro del recinto de una antigua ciudadela militar construida a principios del siglo XVIII por Felipe V para mantener la ciudad bajo un férreo control. Este parque fue, durante mucho tiempo, el único espacio verde de la ciudad, construido a imagen y semejanza de los Jardines del Luxemburgo de París. Como bastión militar formaba parte integrante, además, de un conjunto militar que se completaba con el Castell de Montujïc y se convirtió, con el paso del tiempo, en un odiado símbolo del poder central. El nuevo poder real borbónico personificó una concepción del Estado importada desde Francia, la cual se vio plasmada en los famosos Decretos de Nueva Planta y se concretó en la eliminación de los viejos privilegios fiscales del Principado. Posteriormente, durante la Regencia de María Cristina y el posterior Sexenio Revolucionario, fue desmantelado y donado a la ciudad, y con motivo de la Exposición Universal de 1888, el alcalde del momento encargó la urbanización y diseño de un parque en los terrenos de la ciudadela derribada.

Los parques y jardines no son sólo paisajes naturales en entornos urbanos, son mucho más. Se trata de espacios construidos por los habitantes de las ciudades y, como tales, manifiestan una potente vinculación con la estructura y organización del poder. Los jardines, tal y como los conocemos hoy en día, surgen en la Inglaterra del siglo XVII cuando el Gobierno inglés determinó la parcelación de las tierras agrícolas para limitar el poder de los señores feudales y ganar espacios para el cultivo, buscando una intensificación de la producción y la puesta en valor de unos terrenos tradicionalmente baldíos. Una antesala de lo que fueron en España las desamortizaciones dos siglos después. El consiguiente incremento de la producción, junto al momento de expansión de los mercados debido al proceso de urbanización que se estaba viviendo en el país y el desarrollo del Imperio colonial inglés, benefició a los grandes propietarios que pudieron acaparar más tierras, mientras que pequeños granjeros y campesinos pasaron a ser jornaleros o arredantarios. Las nuevas propiedades intensificadas, antropizadas y cercadas pasaron a ofrecer la apariencia natural del medio rural. Así, el jardín nació como si fuera un todo, producto de la naturaleza, cuando no lo era ya que se trata claramente de una construcción humana que remite a una forma específica de mirar la naturaleza, la de la clase dominante que suele, además, vivir en las ciudades. Precisamente la representación pictórica y estética de esas realidades construidas educaron nuestra mirada y nos indujeron a contemplar ese fragmento de entorno físico, no sólo como objeto con valores estéticos, sino también culturales: alimentando y transmitendo la ideología y los valores de una clase social, la propietaria. De esta forma, la naturaleza se convirtió en un ítem ideológico que reflejó y naturalizó la “propiedad”. En resumen, y como consecuencia, el jardín fue cada vez más natural, mientras que el paisaje cada vez más artificial.

Junto a esto encontramos la personificación, la constatación física del poder, el Parlament, en este caso la sede del poder regional catalán. Como decíamos al principio, no es casualidad que, en dicho entorno, se sitúe la máxima expresión del autogobierno de Catalunya. Por un lado se trata de un paisaje que recuerda una derrota, la de las fuerzas de Barcelona frente al ejército borbónico tras el asedio de la ciudad, y por eso mismo, situar en dicho emplazamiento la máxima representación del poder civil catalán transforma dicha derrota en una victoria moral. Y por otro lado, y vinculado con todo lo anterior, está el hecho de encontrarse ubicado en un lugar simbólico del máximo esplendor del nuevo poder que vino a sustituir al Antíguo Régimen: la burguesía, en este caso catalana. Burguesía que, además, es la constructora y diseñadora de esa nueva forma de mirar el paisaje, de esa nueva forma de concebir lo natural a través de la propiedad. Como veis, se cierra el círculo.

El Parque y el Parlamento están juntos, ocupan un mismo emplazamiento, pero también están revueltos, pues uno y otros simbolizan un nuevo poder, el poder burgués, que se alimenta, a su vez, del espacio en el que está ubicado. Toma ya!

Un poco de música para desdramatizar!

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