Desmontando Jerez, perdón desmontando Islandia

Hace unas semanas, una buena amiga me comentaba lo que para ella significaba el hecho de que Islandia hubiese salido de su particular crisis económico-financiera de una manera distinta al resto de Europa. Discutimos sobre las posibilidades de aplicar el mismo modelo a sociedades tan distintas de aquella, social y culturalmente, como la española o la italiana. En un momento determinado de la conversación, yo aludí a aspectos demográficos, como la escasa y homogénea población islandesa, para explicar algunas cuestiones relacionadas con las movilizaciones sociales acontecidas o las posibilidades de implicación directa de la población en cuestiones políticas, mediante un ejemplo. Dije yo: “Eva, Islandia viene a ser como Jerez…” Y de ahí el título del presente post.

Desde mi particular punto de vista, las noticias que circulan por los medios de comunicación y redes sociales, sobre una Islandia revolucionaria y ejemplar, pecan un poco de ingenuas, aunque eso sí, insuflan un poco de optimismo a nuestras vidas. Creyendo en esa Islandia, creemos que existe otro camino frente a la crisis, que existe, pero también creemos que nos dejarán recorrerlo y es ahí donde ya tengo yo mis dudas. Como decía un famoso político andaluz: “El que se mueve, no sale en la foto”. Y paso a explicarme.

Como decía, podemos encontrar en la red, en referencia al país nórdico, expresiones de diferente calibre, aunque siempre optimistas y reconfortantes. Ejemplos como “Islandia, revolución silenciosa pero efectiva”, “Islandia se libera de la crisis”, o esta de “Islandia, el país que castiga a los banqueros responsable de la crisis.” Sin embargo, siento venir a poner algo de cordura en todo este asunto ya que, creedme querría ser el primero en apropiarme de este discurso, pero las cosas no son todas tal y como nos gustaría que fuesen.

Vamos paso a paso. Primero de todo, la supuesta nacionalización de la gran banca islandesa  realmente no es del todo cierta. Aunque en un principio sí que fueron intervenidas por el Estado islandés, a posteriori fueron entregadas a sus acreedores internacionales, es decir, a aquellas empresas y bancos con los que tenían deudas pendientes. Esta decisión no fue plenamente voluntaria. Se tomó ante la imposibilidad del Estado islandés de hacerse cargo de la deuda. Ningún país quiere dejar caer su sistema financiero. Es más, en relación con uno de estos bancos, el que gestionaba Icevase, aun se está pendiente de aclarar cómo se llevará a cabo el pago a sus clientes británicos y holandeses. De hecho, el reiterado “No” del pueblo islandés a la devolución del dinero a estos clientes, con sendos referendos en 2009 y 2011, ha llevado el litigio a manos de tribunales internacionales donde los expertos citan que “dicha acción podría ser mucho más costosa, ya que Islandia afrontará retrasos para acabar con los controles de divisas, impulsar la inversión y volver a los mercados financieros para obtener financiación.” Cabe recordar aquí que fueron los propios Gobiernos de centroizquierda islandeses los que llevaron al parlamento, y aprobaron, el pago de la deuda que los ciudadanos finalmente consiguieron parar.

El tema de la deuda, sin embargo, no acaba aquí. La deuda del país alcanza hoy en día el 330% del PIB (unos 40 mil millones de euros) y los ciudadanos mantienen con las entidades financieras locales prestamos, heredados de la edad de oro de las finanzas en la isla, que algunas instituciones creen que difícilmente serán reembolsables.

El Gobierno tuvo que recurrir al FMI en busca de dinero fresco. Y si bien el FMI renunció a sus prácticas radicales habituales, sí se llegó a un acuerdo con algunos principios básicos (recapitalización de los bancos, control del movimiento de capitales y ajuste fiscal, con cierta flexibilidad de plazos, pero ajuste al fin y al cabo) y finalmente se concedió un préstamo de 2.100 millones de dólares al Estado junto con el compromiso de sumar más dinero a esta cantidad inicial, tanto por parte de otros países de Escandinavia, como de la misma Polonia (sic!). Es decir, están en manos del FMI.  Finalmente, esto se ha traducido en un fuerte repunte de la inflación, en un país en plena “reordenación” de los salarios, una subida generalizada de impuestos, una deuda pública del 100% del PIB, y un importante incremento del desempleo.

Por otro lado, la tan comentada reforma online de la Constitución tampoco es tan online como se dice. Aunque las aportaciones fueron recogidas por un foro nacional convocado al efecto, y abiertas a la participación a través de las redes sociales, los que verdaderamente crearon y montaron el documento fueron los 25 miembros de un Comité elegido por sufragio universal en unos comicios donde sólo participó el 33% de los islandeses. Dicho Comité actúa, además, a modo de Consejo Consultivo, pero sin capacidad de decisión plena. Posteriormente, y por defectos de forma, dicha elección quedó declarada nula por un Tribunal.

Otro tema a tratar es el del supuesto encarcelamiento de los responsables de la crisis, los ejecutivos de los bancos. Varios de ellos están imputados, pero no en la cárcel. La decisión final la tienen en sus manos un juez, como en todos los países regidos por el Estado de Derecho, y la decisión, en un sentido u otro, puede tardar en tomarse.

Llegados a este punto quisiera seguir viendo a Islandia como una isla revolucionaria y ejemplar, como muchos de mis amigos y amigas. Porque si bien es cierto que su sociedad civil ha conseguido, mediante la movilización social, parar en dos ocasiones el pago de la deuda internacionales generada por sus extintas entidades bancarias y, también, los poderes públicos han podido renegociar unas condiciones flexibles con el FMI en la consecución de préstamos, y aunque se estima que el crecimiento de la economía de Islandia alcance este año el 1,6%, sigo pensando que, si bien hay motivos para ser optimistas, también los hay para estar preocupados. Porque, no nos engañemos, “el que se mueve, no sale en la foto”, ni Islandia ni en Jerez.

Música!

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